viernes, 3 de mayo de 2019

EL ENANO DE TRAFALGAR.


         Gabacho, del Marennes. Marino, científico, cuarentón y medio metro ─o menos─. Así se podría describir por encima a Jean Jacques Lucas, un marinero tan valiente como peligroso, en lo de la honradez no entraremos, pues en el momento y la situación en donde ocurre todo ser honrado era prácticamente sinónimo de ser idiota, y aquel 21 de octubre de 1805 bastante tenía con sobrevivir lo suficiente para sacarle las tripas a otro inglés más antes de que le picaran el billete.
         Unos días antes, Villeneuve, aquel infame vicealmirante, había ordenado a la escuadra franco-española abandonar el seguro puerto de Cádiz para enfrentarse en mar abierto contra las naves de la Pérfida Albión. El choque inminente sería un poco más al sur, donde hoy hay un faro perdido en mitad de una zona de veraneo: cabo Trafalgar.
      Napoleón Bonaparte ya andaba detrás de revolverles las asaduras a los ingleses. Lo había intentado anteriormente un par de veces con desiguales resultados: en Algeciras salió bien parado, pero en Finisterre al Corso le salió el marrano mal capado y vociferó a los cuatro vientos que como estratega en tierra firme era un filigrana, pero que habiendo agua de por medio fallaba más que una escopeta de feria. Ahora de nuevo en el mar y con Villeneuve al mando la cosa pintaba mal. El enano Lucas se olía el percal, conocía de sobra las naves inglesas y sabía que a base de zurriagazos lejanos, que es lo que se pretendía, no se conseguiría nada. Según Lucas la única forma de salir más o menos bien parados del enfrentamiento sería mediante el cuerpo a cuerpo tras un abordaje.
      El enano Lucas llegó a Trafalgar como capitán del Redoutable, navío de línea de segunda clase, bandera francesa, dos cubiertas y setenta y cuatro cañones, que poco antes de salir se reconvertirían en setenta y ocho. Una perita en dulce para cualquier marinero experimentado, y el enano lo era. Más de veinticinco años de mili en el mar, y vivo. No se podía decir lo mismo de la mezcolanza de hombres que completaban su tripulación: pordioseros, borrachos y mendigos que habían sido alistados a la fuerza en las calles de Cádiz. Pintaban bastos.
      Ya en batalla los buques franco-españoles formaban en línea, mientras que por su lado el almirante inglés Horatio Nelson, mandó formar en dos columnas paralelas, para así romper la línea enemiga por el centro. Él y su Victory encabezarían una de ellas, la Royal Sovereign la otra. A pesar de comer pólvora y balazos por un tubo Nelson consiguió colarse entre las naves de la escuadra franco-española, aunque se desvió bastante y en vez de meter la popa entre el Santísima Trinidad ─joya de la armada española─ y el Bucenture francés, acabó entre este último y el Redoutable del tal Lucas, el cual había observado junto con su tripulación cómo se producía la maniobra, pensando que ya era mala leche que con todos los barcos que había les hubiera tocado a ellos el gordo.
         Aún no había comenzado la fiesta especial de pólvora y sangre, cuando el enano Lucas vio por el rabillo del ojo que el almirante Villeneuve estaba más perdido que Fernando VII en una biblioteca, mientras que el Formidable seguía navegando hacía el norte, pasando de todo y sin soltar un mísero cañonazo. El compartimiento cobarde de su capitán, Dumanoir, no se le pasaría por alto a la historia ni tampoco al enano Lucas, que entre dientes y mientras ordenaba a sus hombres que dieran marcha a los cañones con cureña y aparejos, maldecía a sus cobardes y estúpidos superiores.
     Poco antes de que Nelson metiera su proa entre los dos barcos franceses, rompiendo definitivamente la línea, los chicos de Jean Jacques Lucas dispararon un cañonazo que tumbó el palo de mesana del Victory. Esto enfadó mucho ─con razón─ al almirante inglés, que enseguida respondió con una andanada de zurriagazos que dejó a la nave del enano Lucas lista de papeles, escupiendo un humo negro y espeso que cubrió inmediatamente toda la zona. A pesar del desastre las cosas se habían puesto donde el francés quería; cortada finalmente la línea Lucas se jugó el todo por el todo y ordenó a sus hombres que en cuanto las bordas de ambos navíos se tocasen saltaran al interior del Victory y atacaran sin piedad. No quería prisioneros. Descargaron toda la fusilería antes de abordar el barco inglés, incluidas doscientas granadas. Nelson, ofuscado y furioso, tuvo que ver como un grupo de pordioseros y un enano estaban haciendo chacina a sus hombres. Tras la acción, la cubierta se había llenado de cadáveres, el olor a sangre fresca era insoportable y la pólvora vertida al aire arañaba los ojos de los supervivientes.
          Pero la pesadilla no había terminado para los ingleses, pues cuando la nube de pólvora y humo negro se disiparon se percataron de que el almirante Nelson, el mayor héroe de la historia de la marina inglesa, se deshacía como un azucarillo en una taza de té a las cinco de la tarde. Un tirador francés, a cargo de Lucas, le había descerrajado un certero disparo que le había destrozado la columna vertebral. La alegría duró poco, pues en seguida el Temeraire ─un buque de tres puentes─ acudió en ayuda de Nelson lanzando toda la fuerza de sus cañones sobre el Redoutable. El resultado; casi seiscientos muertos, el palo y la cofa mayor incrustada en el barco inglés, medio barco ardiendo y el otro medio acribillado a cañonazos. Lucas decidió entonces rendirse, cabeceando hacia ambos lados y ciscándose en los hijos de la Gran Bretaña. Le habían dejado el barco hecho unos zorros.

EL CARGUERO SAN GABRIEL


           Los ciento cincuenta metros de eslora no parecían nada del otro mundo junto a la vieja estación de ferrocarril, pero aun así lo reconocí en el primer momento que lo vi. No me hizo falta acercarme mucho para disipar las dudas, aquel casco pintado en azul oscuro y la blancura de la superestructura donde se encontraba el puente de mando no podía ser de otro buque. De todos modos, evité no lanzar las campanas al vuelo hasta que pude leer el nombre pintado en letras blancas sobre el lado izquierdo del castillo de proa. Fue entonces cuando respiré aliviado. Sí, era él.

           El San Gabriel era un carguero con bandera caboverdiana, cosas de la vida, que hasta unos cuantos años atrás había llevado escrito otro nombre en la popa de espejo: Praia Doce. Aunque poco importaba ya a esas alturas.

            Hacía años que no paseaba por el puerto de Lisboa, entre las docas y las grúas amarillentas tiznadas de óxido que pronto acabaría con ellas. A pesar de ser un puerto de río, aquel lugar no tenía nada que envidiarle a ninguno de sus símiles marítimos, pues a esas alturas el río ya estaba a punto de convertirse en mar. La zona olía a salitre añejo y el agua era más salada que dulce. Por lo demás, aquel puerto contaba con todos los complementos necesarios para serlo: almacenes que apenas almacenan nada, redes secándose al sol, vertederos hediondos de miserias y restos de pescado podrido, cuerdas de amarras ásperas y desgastadas por el duro trabajo que reposan enrolladas al borde del agua como si fueran serpientes venenosas, marineros desempleados que rondaban por las fondas y oficinas buscando embarcarse en algún buque para llevar algún sustento a casa... Al anochecer frecuentaban el lugar putas que sin duda habían conocido tiempos mejores, pero que nunca se volvían a casa con los bolsillos vacíos. Además, en el de Lisboa había que sumar a una chusma poco frecuente en los demás puertos de la zona: los trileros, que aprovechan la cercanía con la vieja estación de Santa Apolonia para hacer el agosto con los turistas ingenuos, y sobre todo con los despistados, que comienzan sus vacaciones en la parte baja de Alfama.

            Hice varias preguntas por la zona, después de recibir miradas y respuestas cortas, pero suficientes, de los marineros que por allí me crucé, encaminé mis pasos hacia la parte más alejada del dique, sobrepasé la salida principal de la estación ferroviaria dejando a mi izquierda el monumento que algún gobierno, seguramente culpable de ello, había levantado a los emigrantes portugueses ─cada cual limpia su conciencia como buenamente puede, o le dejan─, y crucé la rúa Caminhos de ferro para entrar en O Farol.

El lugar era una tasca de mala muerte con apenas luz. En el interior había tan solo media docena de parroquianos que bebían vino y aquel pringoso licor de ginja mientras charlaban sobre fútbol. Todos se giraron al verme entrar, pero enseguida perdí su atención y siguieron a lo suyo. Me acodé al principio de la barra, una de esas de metal, mate de recibir el roce de tantos codos, y pedí al camarero una botella de cerveza. La más fría que tuviera. El tipo que colocó ante mí una botella de Sagres ─siempre odié esa marca─ era un viejo conocido, aunque él no pareció reconocerme. Nuno, un cincuentón de poco más de un metro sesenta de altura, con prominente panza y un bigote negro que parecía pintado con un brochazo de brea. Siempre quiso ser banderillero, pero a lo máximo que llegó fue a ser el torilero suplente de la plaza de Campo Pequeno. Después, cosas de la vida, tuvo que ponerse al frente del negocio familiar cuando a su padre lo jubiló anticipadamente una angina de pecho que se lo llevó al cementerio de Prazeres.

            Tras darle un largo trago a la cerveza, directamente desde la botella, giré noventa grados hacia la izquierda, enfrentando mi cuerpo al del único cliente que estaba situado en la barra. El único también, que no había realizado el más mínimo movimiento, ni tan siquiera había separado la mirada de su copa de ginebra azul, cuando minutos antes entré en el bar. Cuando me acercaba a él, masticaba con parsimonia un pastel de bacalao que parecía que jamás había estado recién hecho.

            ─Póngale otra copa al capitán ─ordené a Nuno que aún seguía sin reconocerme.

            ─No necesito que nadie me invite a un trago ─sentenció seco el viejo.

            ─¿Ni siquiera yo?─ lo interrogué, obligándole a girarse para mirarme a la cara.

            Su expresión de desidia mudó de repente. Él sí que me reconoció al instante. Se volvió blanco. Transparente.

            ─¿Pero tú…? ─no era capaz de articular palabra─. Tú estabas…

            ─¿Muerto? ─le pregunté.

            Apenas fue capaz de acabar de masticar el pastel que acababa de llevarse a la boca cuando me miró, porque yo ya había sacado el cuchillo que escondía en el interior de la chaqueta, colocándoselo en el pecho. Tan solo había trascurrido un segundo, pero todos los parroquianos habían abandonado el bar a toda prisa al ver la faca. Los gritos de dolor y tragedia quedaron silenciados por el paso de uno de los camiones que entraba o salía del puerto. Me giré hacia Nuno, le di las gracias por el chivatazo. Él, aunque no había nadie en el local seguía haciendo como que no me conocía. Al fin y al cabo, había sido mi compañero de celda durante mucho tiempo y no quería más líos de los necesarios. Le había contado mi historia mil veces: como perdí mi trabajo de capitán en el Praia Doce años atrás por culpa de aquel viejo envidioso que me acusó de tráfico de drogas. Después vino la cárcel, mi caída en desgracia, y el supuesto suicidio en la costa de la cercana Sesimbra que el viejo observó con chulería desde el recién rebautizado San Gabriel.


Pero a veces, el mar devuelve a los muertos para una última conversación.

jueves, 7 de marzo de 2019

UN BOLSO DE CUERO NEGRO



El escándalo que se montó fue de órdago, sobre todo cuando la anciana, al verse interceptada por los dos fornidos hombres uniformados de la puerta del centro comercial, se lanzó al suelo enmoquetado de la entrada y comenzó a gritar. Los ojos se le volvieron opacos, y la taquicardia se fue apoderando de su pecho. Un ataque de ansiedad de manual, confirmó el empleado de seguridad cuando avisó por el interfono a su superior.

            Las cámaras de seguridad del local habían registrados todos sus pasos desde que media hora antes entrara por la puerta principal. La pareja de seguratas que estaban en su primera semana de trabajo no salían de su asombro; la mujer se movía por el local con total libertad, cogiendo lo que le interesaba y guardándolo después, con naturalidad, en su bolso de cuero negro, como si lo hubiera hecho decenas de veces. Los agentes de seguridad se miraban sorprendidos.

Cuando acabó de recorrer todos los pasillos se dirigió hacia la misma puerta por la que había entrado, la misma en la que se encontraban los dos vigilantes que habían seguido toda su actuación por las cámaras que monitoreaban toda la planta; repartidas por el enorme centro comercial. El arco antirrobo pitó estrepitosamente, no quedaba otra, y todo el mundo se giró, clavando sus penetrantes miradas sobre la anciana y los enormes vigilantes que educadamente se acercaron a la mujer pidiéndole, casi sintiendo vergüenza ajena, que por favor les enseñara el interior de aquel enorme bolso de cuero negro; al que la mujer se aferraba con una fuerza que nadie comprendía de dónde podría provenir.

            Ella les miró sorprendida, casi desconcertada. Cuando parecía haber asumido que no tenía escapatoria, su rostro se volvió turbio y atormentado. Después, se dejó caer sobre el suelo, cortando el tránsito a los clientes que entraban y salían en ese momento, y dejando a los hombres de seguridad confusos, sin saber muy bien cómo actuar ante aquella situación. Fue entonces cuando uno de ellos se levantó, lanzándose rápidamente sobre el interfono.

            El jefe de seguridad llegó en apenas unos segundos, la voz del hombre que le había narrado la situación no parecía dar a entender que la situación estuviera bajo control, ni mucho menos. Cuando llegó a la entrada, un pequeño grupo de gente se arremolinaba ante la mujer y los dos empleados, incluso alguno de los trabajadores del local había dejado su puesto entre las cajas para observar desde cerca la escena.

            Cuando el jefe de seguridad consiguió abrirse camino entre la muchedumbre, pudo observar, con satisfacción, que el griterío y el ataque de ansiedad de la señora se había diluido por completo. Ahora descansaba tranquila, sentada sobre el suelo enmoquetado. A su lado, estaban arrodillados sus dos empleados, junto al bolso de cuero que, completamente abierto, dejaba a la vista varios discos compactos de música precintados y un par de libros encuadernados en rústica. Al reconocer la cara de la señora, el jefe de seguridad ordenó a sus subordinados que la levantaran y la dejaran marcharse. Ninguno de los dos hombres reaccionaba, por lo que ante la incredulidad de los vigilantes su jefe recogió el bolso de la señora, y lo cerró con los objetos sustraídos dentro. Se lo ofreció a la mujer, y acto seguido se disculpó acompañándola hasta la salida más cercana del local.

            Cuando el círculo de gente desapareció, el jefe de seguridad se acercó a sus subordinados que seguían sin salir de su asombro. Intentando pasar desapercibido, les señaló a un hombre de avanzada edad que había observado toda la escena desde lejos, compungido, semi oculto tras una estantería de tazas con unicornios coloridos y falsos botes de medicamentos llenos de gominolas. En ese mismo momento, mientras los tres hombres colgaban su vista en su costoso caminar, ya se dirigía sin ningún producto entre sus manos a una de las cajas; sacó, costosamente de su billetera, un par de billetes y pagó lo que su mujer, cleptómana diagnosticada, se acababa de llevar.

            Siempre hacía lo mismo. Todos en la zona comercial del centro de la ciudad lo conocían, les comentó el jefe de seguridad. Aquel hombre, decrépito, se pasaba el día siguiéndola, sin descanso, pagando después todo lo que ella se llevaba en cualquier negocio, sin interrumpirla en su quehacer, sin llamarla la atención. En silencio, en segundo plano. Para no avergonzarla.

martes, 6 de noviembre de 2018

VUELTA A CASA



El avión de Delta Air Lines comenzaba a levantar el morro del suelo de forma delicada. El despegue fue tan sutil que los cuerpos casi no apreciaron el cambio de presión que los clavaba en los asientos. Cuando el tren de aterrizaje se replegó por completo, escondiéndose en las entrañas del aparato, Steve miró su reloj. Casi en ese mismo instante un tenue pitido avisaba a los pasajeros de que ya eran libres para desabrochar sus cinturones de seguridad.

El vuelo había salido a su hora del aeropuerto internacional Benito Juárez, al menos una buena noticia pensó el piloto Steve Dupart, mientras se desabrochaba el cinturón y se ponía en pie encaminándose hacia la parte trasera del aparato. Allí, dos azafatas norteamericanas comenzaban a preparar los carros metálicos para ofrecer a los pasajeros las primeras bebidas del vuelo.

            ─¿Cómo por aquí Steve?─ preguntó la más cercana a la puerta─, te hacía en el de efe hasta mañana por la noche.

            ─Ese era el plan original ─contestó el hombre mientras sacaba un zumo de naranja de un pequeño refrigerador─. Pero Ted está enfermo, y me han pedido que haga su vuelo de mañana al mediodía, por lo que me vuelvo con vosotras a Nueva York ─dijo sonriendo con picardía a las jóvenes azafatas.

            Steve odiaba los vuelos nocturnos para viajar como pasajero, su estatura le imposibilitaba encajar su cuerpo en los asientos y apenas descansaba. Normalmente la empresa le guardaba un sitio en primera clase, pero debido al aviso de última hora no había sido posible.

            ─Tienes cara de cansado Steve ─comentó la misma azafata─, ¿Por qué no te vas a descansar al crew rest?, hoy el vuelo está completo y no creo que tengamos tiempo para descansar ni un minuto.

Steve se lo pensó durante unos segundos, pero enseguida diluyó sus dudas y aceptó. Lo cierto era, que ocupar una de las camas preparadas para el descanso de la tripulación sería la única forma de dormir algo durante las cinco horas que duraba el vuelo. Tras dar las gracias, apuró el último sorbo del zumo, y se encaminó hacia allí.

No fue necesario que Steve encendiera ninguna luz del pequeño cubículo donde se encontraban las dos literas enfrentadas, la costumbre le había llevado a conocer cada rincón del aparato, y la tenue luz de seguridad era más que suficiente para moverse por él sin tener que molestar a los compañeros que pudieran estar descansando. Decidió colocarse en la cama superior de la litera que se encontraba más apartada de la puerta, así, si algún trabajador quisiera entrar a descansar podría usar las más cercanas a la salida.

Cuando Steve ya se había descalzado, y tras aflojar el nudo de su corbata, se percató de que había alguien más en el habitáculo. Junto a él, en la cama superior de la litera contigua, una pequeña niña se despabilaba tras haberlo escuchado. Steve, tras recuperarse de la sorpresa inicial, pudo observar que la pequeña no tenía más de cuatro o cinco años. Al verlo la chica le sonrió ampliamente, con ternura y mostrándole unos grandes ojos azules. Enseguida la pequeña se giró, volviéndose a sumir en sus ensoñaciones más profundas. Steve sonrió, y arropó totalmente a la pequeña. Estiró la fina manta hasta casi cubrir por completo su liso y brillante cabello rubio, deseándole buenas noches. Ella contestó algo casi ininteligible, dando a entender que el sueño había vuelto a apoderarse de su pequeño cuerpo.

            Apenas un par de horas después Steve se despertó, había dormido profundamente durante ese tiempo, se incorporó, y decidió volver al exterior. Tal vez sus compañeros necesitaran que alguien les echara una mano. Aún estaba algo aturdido por el sueño, pero no le sorprendió que la cama donde unas horas antes descasaba la niña estuviese ahora vacía, sin embargo si le resultó extraño que la cama estuviera perfectamente estirada, como si allí no se hubiese posado ni una mosca. Desde luego, la niña, o quien hubiera venido a recogerla, eran personas de lo más educado, pensó Steve mientras acababa de calzarse.

            Al volver a la zona pública del aparato, el joven piloto buscó con la vista a la niña rubia de ojos azules para saludarla, y disculparse por haberla despertado. No la vio, pero creyó encontrar a su madre, una mujer de mediana edad con el mismo cabello y unos ojos tan grandes y azules como los de la niña, pero cargados de angustia. La mujer permanecía abrazada a un hombre que dormitaba con cara compungida. El sentido común le impidió molestarlos, pero se dirigió hacia una azafata cercana. Sin duda, el matrimonio era familia de algún miembro de la tripulación, por eso la niña dormía en una de las camas reservadas a los trabajadores, y la azafata sabría indicarle donde encontrarla.

La azafata, sorprendida ante la extraña pregunta de su compañero, lo observó con extrañeza.

─No hay ningún niño en este vuelo Steve ─le aclaró mientras rellenaba con agua caliente un vaso de cartón─, creo que aún sigues un poco dormido.

Steve ladeó la cabeza, y tras sopesarlo un momento agarró a la mujer del brazo, dirigiéndola hasta el lugar donde descansaba la niña tan solo un par de horas antes.

─Pero, eso es imposible. ¿La has tocado? ─ preguntó la mujer sin salir de su incredulidad.

─La he arropado ─contestó Steve─. Incluso he hablado con ella.

La azafata se descompuso de inmediato. Su rostro se tornó blanquecino y tuvo que salir del pequeño habitáculo. Steve no asimilaba lo que ocurría, no entendía a que podía deberse la extraña reacción de su compañera.

─¿Ves a aquella pareja? ─le dijo, apuntando hacia donde se encontraba el matrimonio que Steve había confundido minutos antes con los padres de la niña─. Vuelven de pasar unos días en México, con la familia de él. Al poco de llegar sufrieron un accidente. Llevan el ataúd de su hija de cinco años entre el equipaje. Ella es la única niña que viaja en este vuelo.

jueves, 5 de julio de 2018

ZORRILLA 1982.



«¿Pero dónde coño va ese tío?». El alboroto en el estadio recién inaugurado para los campeonatos mundiales de ese mismo año es generalizado. César mira asombrado a la grada de dónde segundos antes ha salido el sonido de un silbato que quería sustituir al del árbitro, un ruso calvo y con camiseta de solapas, que a pesar de ver como la defensa de Kuwait se frena en seco, tras pensar que había pitado fuera de juego de Giresse, sigue la jugada. Por su parte, el pequeño centrocampista francés se hace el sordo y coloca el tercero para Francia.
            ―Esto está visto para sentencia ―había dicho César mientras los franceses celebraban el gol y Andrés lanzaba un puñado de cáscaras de pipas a sus pies.
            Sin embargo, el juego no volvía a reanudarse porque un tipo vestido con túnica y turbante estaba montando un espectáculo en el palco, haciendo gestos a los jugadores kuwaitíes para que se retirasen del campo mientras él, bajaba por las esclareas principales del estadio con dirección al césped abarrotado de policías vestidos de marrón.
            ―Ya verás ―dice Andrés con sorna, éste duerme esta noche en el calabozo.
Sin embargo para su sorpresa, y la de todo el estadio, periodistas gabachos incluidos que retransmiten voz en grito sin saber que leches está pasando, la policía no solo no detiene al emir y a su sequito, sino que se abren y le hacen un pasillo como si éstos acabaran de ganar la liga.
―¡Hay que joderse! ―escucha decir César a su alrededor.
El revuelo en el campo, junto a la banda, es monumental. El tipo del turbante al que muchos desde la grada creen identificar como el emir de Kuwait y otros como su hermano, presidente de la Federación de Fútbol del país árabe, está rodeado de una masa de jugadores vestidos de rojo y blanco, a juego con su turbante, mientras el video marcador del campo ya ha sumado el tanto francés.
El árbitro ruso vuelve en sí y se acerca al hombre del turbante que grita desaforado, mientras los jugadores franceses rodean a los kuwaitíes que a su vez rodean al árbitro y al supuesto jeque, como si aquello quisiera ser una colorida y desconcertada cebolla. En las gradas la gente está comenzando a gritar y a silbar improperios a todos los que por allí se movían, haciendo de aquello un verdadero espectáculo antifútbol. Otros, los que no silban, intentan enterarse por medio de la radio que llevan a todos los partidos que coño está ocurriendo allí abajo, para ello permanecen sentados, casi en cuclillas, con las manos haciendo de campana antiruido sobre sus orejas para así escuchar mejor al locutor de turno. Estos declaran: que aquel hombre que ha bajado de la grada, asegura que el gol no puede subir al marcador porque alguien ha silbado y ha confundido a sus jugadores.
―El jeque se acerca al árbitro ―relata el locutor desaforado en antena, a la vez César retrasmite a los que están sentados junto a él en la porción de grada que les ha tocado―, le dice algo en voz baja que no llegamos a entender.
Andrés está alucinado con lo que están viendo sus ojos. Es la primera vez que va al fútbol, y no solo se ha estrenado con un partido de Mundial en su ciudad, sino que además siente que desde el primer momento está viviendo un hecho único, pues al entrar en el campo había visto un camello pastando en la zona trasera de la portería del fondo norte, otra excentricidad más de los directivos de la selección de Kuwait, quiénes han decidido llevar a estos animales, a modo de mascota amuleto, por todos lo campos que les tocará visitar durante su participación en el mundial. Un prolegómeno gracioso y anecdótico, si lo comparamos con la sorprendente tangana de la que está siendo testigo en esos mismos instantes, y que pasará a la posteridad como uno de los momentos más surrealistas de la historia de los mundiales.
―Menos mal que ya tenemos tele en casa ―dice Andrés eufórico, mientras César sigue narrando lo que el locutor de la emisora está retrasmitiendo―, sino cuando cuente esto nadie me iba a creer.
            En el césped la cosa parece calmarse durante unos segundos, los mismos que aprovecha el árbitro soviético, un tal Miroslav Stupar que no volverá a pitar ningún partido en su vida, para anular el último gol francés.
La explosión, no se hizo esperar ni en el terreno de juego ni en las ondas radiofónicas. Mientras los periodistas mostraban su incredulidad ante un hecho que todos catalogaban como un vergonzoso ejemplo de corrupción arbitral, Michael Hidalgo, seleccionar francés, se comía al colegiado que corría como un pollo sin cabeza a la espera de la intervención de la policía que, esta vez sí, agarran al hombre que ha entrado en el rectángulo de juego y lo sacan de allí de manera inmediata, como si acabaran de detener a un delincuente.
―Esto solo puede pasar en España ―decía César, repitiendo el sentimiento del locutor de su emisora preferida.
En la grada ya había aficionados que aseguraban que el árbitro estaba a punto de anular todos los goles anteriores de Francia, por lo que Kuwait vencería por la mínima a punto de terminar el partido. Sin embargo, aquel maletín de cuero marrón que portaba el jeque, y que sin ningún reparo había mostrado al árbitro mientras le hablaba al oído antes de que éste anulara el gol francés, no consiguió que el colegiado consintiera lo que los espectadores ya barruntaban, dejando el escándalo mundial en un primer peldaño, que el ruso no ascendería por miedo o por vergüenza.
―Ves lo que te digo ―había asegurado César a su hermano pequeño, quién seguía alucinando por lo vivido―, el fútbol empieza a tener un tufo a podrido que te quita las ganas de todo.
―Y lo que nos quedará por ver ―había contestado un viejo sentado tras ellos.
           

lunes, 1 de enero de 2018

NADA COMO LAS TRADICIONES


            Si, ya sé que a nosotros la navidad nos pilla a contramano, pero creo que no sería mucho pedir que la comida del día veinticinco fuera más acorde con el verano. No sé, podrían ahorrarse al menos el puchero criollo. Digo yo. Nada, la abuela hace como que no existo, como que encuadrado en el marco que separa la cocina del resto de la casa no hubiera nadie. Ella saca una quilométrica tira de asado de la heladera y la extiende sobre la mesa. Está haciendo cálculos mentales, algo no le cuadra. Agarra el teléfono y marca el número de la carnicería de la esquina. Encarga otra tira de asado y una docena de bifes de chorizo. Mi bufido se escucha desde la esquina.

Salgo de la casa, busco en el jardín a mi madre, ella podrá pararle los pies y evitar que toda la familia muera de indigestión. Observo pero no la veo, al que si veo es a mi padre vaciando la pileta.

─A cuarenta grados y vos vaciando la pileta ─le interrogo.

─Ya sabés como son las navidades en esta casa ─dice por toda respuesta, sin acritud.

Vivo con una comuna de locos. Mi madre se asoma ante mi tercer bufido, está en el cuarto del jardín que han acondicionado como segunda cocina. Cuando voy a mostrarle mis quejas sobre todo lo que rodea a la grasienta y cargante comida de navidad la veo cocinado una olla de locro.

─¡Locro! ─grito como un loco.

─Bien calentito y espeso ─dice ella sonriendo, feliz de ver como su olla comienza a hervir inundando la estancia de un olor pesado.

Justo antes de salir de allí escucho que me grita un encargo de última hora: media hora antes de la comida tengo que pasarme por El Cuartito a recoger las pizzas de muzza para los primos. ¡La Pucha!

En la cocina la abuela se pega con las mazorcas de choclo, las ensarta a presión en el fierro de asar. Una docena. Miro el reloj del living, las doce del mediodía. Cuarenta y dos grados y el porcentaje de humedad desbordado. Decido subir a cambiarme de nuevo la remera, llevo dos hoy, pero la transpiración me ahoga y me empapa tanto que parece que voy a salpicar a cualquiera que se me cruce. Suena el timbre de la puerta. La tía. Abro. Entra en escena con una tarta pascualina y dos tortas de pasta frola.

─Calentitas ─grita─, recién las saqué del horno.

»Después ─me dice─, viene tu tío con las empanadas de carne dulce. La receta salteña de la prima Enriqueta, con huevo y aceitunas.

Cuarenta y tres grados.

El sol de pleno verano en el Cono Sur se muestra bravo, quemando y derritiendo todo lo que se pone a su paso. La vecina de en frente, en corpiño y bombachas, se refresca bajo la manguera que tienen en su jardín. Los perros de otros vecinos están despatarrados, con la lengua fuera bajo la sombra de los gomeros de la vereda. Una estampa perfecta para la época hasta que oigo a mi abuela telefonear de nuevo al carnicero de la esquina. Le pide el favor de que antes de irse con su familia le traiga un quilo de matahambre.

─¡No! ─grito fuera de mí, casi arrancándole el tubo del teléfono de la mano─. Ya está bien, nada más de carne para hoy. Por favor.

─Y bueno ─se indigna ella, si luego se quedan con hambre no me culpen a mí.

─¿Con hambre?

 Aún estoy intentando controlar las náuseas que me producen el calor y el olor a toda la comida pesada que se está acumulando en la casa cuando suena de nuevo el teléfono. Es el abuelo, se retrasará un poco, tiene que pasar a recoger unos dulces artesanos que encargó en una pastelería del conurbano. Rellenos de dulce de leche, apuntilla ufano. Pufff, resoplo y suspiro.

Cuando vuelvo al patio mi padre ha terminado de vaciar la pileta.

─le pregunto extenuado─, ¿Por qué todos los años el mismo rito? ¿Por qué todos los años el mismo sufrimiento?

Se encoge de hombros, es Navidad dice de nuevo como si acabara de descifrarme el mayor de los secretos de la humanidad. Después sigue su camino con la caja de herramientas quejumbrosa, azul, oxidada en las esquinas. Me siento en el pasto recién segado, tengo ganas de llorar. Mi madre lleva la olla de locro al interior de la casa.

─Usen la parrilla de brasa ─suplico─, la del exterior.

¿Estás loco? ─contestan madre e hija al unísono desde la ventana de la cocina─. ¿La parrilla de brasa? ¿En el exterior? ¿En plena Navidad?

Lo dejo por imposible.

Vuelvo de buscar las pizzas. Mi padre está comenzando a cerrar todas las ventanas y puertas a cal y canto, entre tanto charla con el tío que ya llegó con las empanadas. Sobre la mesa y en cada rincón ya están situadas las grotescas decoraciones navideñas. Suena el timbre. El abuelo. Las dos y diez. Cuarenta y cuatro grados. El verano más caluroso del último siglo. Estamos todos, comienzan a servir el puchero humeante, mientras, la abuela saca del viejo baúl los jerséis de lana hechos a mano con estampados de muñecos y copos de nieve. Nos los vamos colocando, el calor es insoportable y aún falta por pasar la tortura de toda la comida de navidad, caliente y pesada, como si siguiéramos en Europa.


Ese es el drama, como si siguiéramos en Europa. Veinte años después de la mudanza la navidad es como allá, como en la estepa castellana, helada, fría y desagradable, pero en mitad de Cono Sur. Las tradiciones dicen los abuelos, nada como las tradiciones castellanas. Nada como el respeto a las raíces, a los desarraigados. Al otro lado de la ventana, la vecina sigue bajo la manguera, al fondo su familia la espera con una ensalada y unos sándwiches. La visión liviana agudiza el calor del interior.  Odio la navidad, sobre todo cuando es a contramano.

CALLE BELÉN NÚMERO 25


La calle Belén es un lugar tranquilo, una de esas localizaciones simplonas en mitad de un barrio obrero. Sus alrededores bullían los días anteriores a la llegada de la Navidad, el mercado ofrecía sus mejores galas, y el pescado blanco y el cordero barato volaban de los puestos. Los percebes y las langostas no llegaban hasta esas recónditas calles. Tampoco nadie los esperaba.

En el número veinticinco de la calle Belén hacía un par de años que vivía una pareja joven. José, al que todos conocían como Jota el ebanista, y la Mari, una joven de menor edad que él, que los fines de semana trabajaba de dependienta en el Estradivarius del barrio. Desde hacía unos meses los problemas se le acumulaban a la joven pareja, Jota había tenido menos cuidado del recomendable, y a la Mari le crecía el vientre a la misma velocidad que lo hacían sus deudas. Además, el trabajo en la ebanistería se había terminado después de que una multinacional sueca abriera una sucursal a las afueras del barrio, junto a la autovía del sur.

El asunto se había puesto feo, él sin trabajo y su chica a punto de perderlo, porque su jefe, que creía que la empatía era una enfermedad venérea, le había dicho que su bombo no incitaba al consumo de la juventud. Por lo que a final de mes le dio la paga y la patada. Noviembre se puso cuesta arriba, pero con los ahorros que tenían pagaron las deudas que les vencían en ese mes. Diciembre sería otro cantar. Así se lo hicieron saber a su casero, prometiéndole que en cuanto encontraran trabajo le pagarían los atrasos. El hombre, sencillo y cercano, les dijo que se tranquilizaran, que él se hacía cargo de la situación.

Como prometió se hizo cargo, y nada más salir del portal telefoneó a su cuñado, concejal de urbanismo del ayuntamiento y el que lo metió en lo de los fondos buitre. Otro tipo íntegro y comprometido, con sus acusaciones por prevaricación y tráfico de influencias como Dios manda. El casero parecía realmente preocupado por la situación de sus inquilinos. «Al paso que va la justicia en este país no los echo de aquí hasta que el niño sea doctor honoris causa», le dijo. Y éste, compungido, también se hizo cargo de la situación.

La mañana del día veinticuatro amaneció con todas las fuerzas del orden rodeando la casa del cuñado del concejal para desalojar a la joven pareja. Los vecinos, alborotados por el jaleo de un día medio festivo como aquel, se lanzaron a la calle para saber lo que ocurría. Al enterarse, comenzaron a increpar a los antidisturbios que llegaban, asegurando que Jota y la Mari eran buena gente que estaban pasando un bache económico. Los policías apretaban, y ellos los acusaban de querer montar el belén en un día señalado para tapar los decretos que el ayuntamiento estaba firmando a escondidas. «¡Sois unos vendidos!», gritaban. Los agentes echaban la culpa de aquello a Martín Herodes, el alcalde, que estaba cabreadísimo porque su concejal de urbanismo no hacía más que llamar preguntándole una y otra vez «¿Qué hay de lo mío? ¿Y de lo de mi cuñado?», y que así no había quién se concentrara en sus labores y no hacía más que perder dinero al póker.

Jota, que había salido a ver si alguien lo contrataba para la campaña de navidad, y de paso maquillaba las cifras del paro de cara a fin de año, se encontró a su vuelta con todo el revuelo. Al ver a la Mari asomada al balcón, mentándoles los muertos a los del casco y las porras, se puso delante del que parecía dar las órdenes para decirle que no tenía corazón, que él estaba para defender a la población y no para perseguirla. A lo que el agente contestó «No te pases de listo, que una cosa es una cosa, y otra muy distinta es andar sin necesidad tocándome los aparejos». Pero Jota se los siguió tocando, y minutos después estaba dentro de un furgón policial camino de la comisaría del distrito, donde un inspector con nietos le invitaría a café y le diría que de todo se sale.

Mientras tanto la Mari había sido sacada de la casa, y cargada con las cuatro cosas que tenía la pareja se tambaleaba por la calle, soportando el dolor de las cada vez más frecuentes contracciones. Allí, sin avisar ni rellenar ningún formulario administrativo, la Mari rompió aguas. Los vecinos la metieron en un portal cercano, donde minutos después había alumbrado a su hijo Susi.

Al final del día todo parecía haberse tranquilizado y vuelto a su orden. En la calle Belén apenas quedaban transeúntes, pero lejos de allí, en el CIE del puerto, tres inmigrantes con ropa rara y cargados con unos cofres con olores fuertes, que les fueron requisados por si eran opiáceos o drogas blandas, intentaban convencer al tipo de la garita de que ellos no tenían que estar allí, sino en un portal llevando a cabo el trabajo por el que les habían hecho cruzar medio mundo. En vez de ser escuchados, aquella misma tarde fueron embarcados en un vuelo directo a Senegal, a pesar de que uno de ellos no dejaba de repetir que él era de Angola. En su lugar, el que apareció aquella tarde en la habitación del hospital donde la Mari achuchaba a su pequeño, fue un paje del alcalde que portaba una factura con todos los gastos ocasionados por el violento desalojo.


Pero como todas las historias de navidad acaban bien, ésta también lo hizo, al menos hasta que comience la cuesta de enero, y todos acabaron pasando la fría noche bajo techo. La madre y el niño en el hospital, el padre en la comisaría jugando al mus con el inspector, los tres subsaharianos en un avión de fabricación rusa, y el casero y su cuñado el concejal de urbanismo en uno de los reservados del puticlub Lolitas.