lunes, 1 de enero de 2018

NADA COMO LAS TRADICIONES


            Si, ya sé que a nosotros la navidad nos pilla a contramano, pero creo que no sería mucho pedir que la comida del día veinticinco fuera más acorde con el verano. No sé, podrían ahorrarse al menos el puchero criollo. Digo yo. Nada, la abuela hace como que no existo, como que encuadrado en el marco que separa la cocina del resto de la casa no hubiera nadie. Ella saca una quilométrica tira de asado de la heladera y la extiende sobre la mesa. Está haciendo cálculos mentales, algo no le cuadra. Agarra el teléfono y marca el número de la carnicería de la esquina. Encarga otra tira de asado y una docena de bifes de chorizo. Mi bufido se escucha desde la esquina.

Salgo de la casa, busco en el jardín a mi madre, ella podrá pararle los pies y evitar que toda la familia muera de indigestión. Observo pero no la veo, al que si veo es a mi padre vaciando la pileta.

─A cuarenta grados y vos vaciando la pileta ─le interrogo.

─Ya sabés como son las navidades en esta casa ─dice por toda respuesta, sin acritud.

Vivo con una comuna de locos. Mi madre se asoma ante mi tercer bufido, está en el cuarto del jardín que han acondicionado como segunda cocina. Cuando voy a mostrarle mis quejas sobre todo lo que rodea a la grasienta y cargante comida de navidad la veo cocinado una olla de locro.

─¡Locro! ─grito como un loco.

─Bien calentito y espeso ─dice ella sonriendo, feliz de ver como su olla comienza a hervir inundando la estancia de un olor pesado.

Justo antes de salir de allí escucho que me grita un encargo de última hora: media hora antes de la comida tengo que pasarme por El Cuartito a recoger las pizzas de muzza para los primos. ¡La Pucha!

En la cocina la abuela se pega con las mazorcas de choclo, las ensarta a presión en el fierro de asar. Una docena. Miro el reloj del living, las doce del mediodía. Cuarenta y dos grados y el porcentaje de humedad desbordado. Decido subir a cambiarme de nuevo la remera, llevo dos hoy, pero la transpiración me ahoga y me empapa tanto que parece que voy a salpicar a cualquiera que se me cruce. Suena el timbre de la puerta. La tía. Abro. Entra en escena con una tarta pascualina y dos tortas de pasta frola.

─Calentitas ─grita─, recién las saqué del horno.

»Después ─me dice─, viene tu tío con las empanadas de carne dulce. La receta salteña de la prima Enriqueta, con huevo y aceitunas.

Cuarenta y tres grados.

El sol de pleno verano en el Cono Sur se muestra bravo, quemando y derritiendo todo lo que se pone a su paso. La vecina de en frente, en corpiño y bombachas, se refresca bajo la manguera que tienen en su jardín. Los perros de otros vecinos están despatarrados, con la lengua fuera bajo la sombra de los gomeros de la vereda. Una estampa perfecta para la época hasta que oigo a mi abuela telefonear de nuevo al carnicero de la esquina. Le pide el favor de que antes de irse con su familia le traiga un quilo de matahambre.

─¡No! ─grito fuera de mí, casi arrancándole el tubo del teléfono de la mano─. Ya está bien, nada más de carne para hoy. Por favor.

─Y bueno ─se indigna ella, si luego se quedan con hambre no me culpen a mí.

─¿Con hambre?

 Aún estoy intentando controlar las náuseas que me producen el calor y el olor a toda la comida pesada que se está acumulando en la casa cuando suena de nuevo el teléfono. Es el abuelo, se retrasará un poco, tiene que pasar a recoger unos dulces artesanos que encargó en una pastelería del conurbano. Rellenos de dulce de leche, apuntilla ufano. Pufff, resoplo y suspiro.

Cuando vuelvo al patio mi padre ha terminado de vaciar la pileta.

─le pregunto extenuado─, ¿Por qué todos los años el mismo rito? ¿Por qué todos los años el mismo sufrimiento?

Se encoge de hombros, es Navidad dice de nuevo como si acabara de descifrarme el mayor de los secretos de la humanidad. Después sigue su camino con la caja de herramientas quejumbrosa, azul, oxidada en las esquinas. Me siento en el pasto recién segado, tengo ganas de llorar. Mi madre lleva la olla de locro al interior de la casa.

─Usen la parrilla de brasa ─suplico─, la del exterior.

¿Estás loco? ─contestan madre e hija al unísono desde la ventana de la cocina─. ¿La parrilla de brasa? ¿En el exterior? ¿En plena Navidad?

Lo dejo por imposible.

Vuelvo de buscar las pizzas. Mi padre está comenzando a cerrar todas las ventanas y puertas a cal y canto, entre tanto charla con el tío que ya llegó con las empanadas. Sobre la mesa y en cada rincón ya están situadas las grotescas decoraciones navideñas. Suena el timbre. El abuelo. Las dos y diez. Cuarenta y cuatro grados. El verano más caluroso del último siglo. Estamos todos, comienzan a servir el puchero humeante, mientras, la abuela saca del viejo baúl los jerséis de lana hechos a mano con estampados de muñecos y copos de nieve. Nos los vamos colocando, el calor es insoportable y aún falta por pasar la tortura de toda la comida de navidad, caliente y pesada, como si siguiéramos en Europa.


Ese es el drama, como si siguiéramos en Europa. Veinte años después de la mudanza la navidad es como allá, como en la estepa castellana, helada, fría y desagradable, pero en mitad de Cono Sur. Las tradiciones dicen los abuelos, nada como las tradiciones castellanas. Nada como el respeto a las raíces, a los desarraigados. Al otro lado de la ventana, la vecina sigue bajo la manguera, al fondo su familia la espera con una ensalada y unos sándwiches. La visión liviana agudiza el calor del interior.  Odio la navidad, sobre todo cuando es a contramano.

CALLE BELÉN NÚMERO 25


La calle Belén es un lugar tranquilo, una de esas localizaciones simplonas en mitad de un barrio obrero. Sus alrededores bullían los días anteriores a la llegada de la Navidad, el mercado ofrecía sus mejores galas, y el pescado blanco y el cordero barato volaban de los puestos. Los percebes y las langostas no llegaban hasta esas recónditas calles. Tampoco nadie los esperaba.

En el número veinticinco de la calle Belén hacía un par de años que vivía una pareja joven. José, al que todos conocían como Jota el ebanista, y la Mari, una joven de menor edad que él, que los fines de semana trabajaba de dependienta en el Estradivarius del barrio. Desde hacía unos meses los problemas se le acumulaban a la joven pareja, Jota había tenido menos cuidado del recomendable, y a la Mari le crecía el vientre a la misma velocidad que lo hacían sus deudas. Además, el trabajo en la ebanistería se había terminado después de que una multinacional sueca abriera una sucursal a las afueras del barrio, junto a la autovía del sur.

El asunto se había puesto feo, él sin trabajo y su chica a punto de perderlo, porque su jefe, que creía que la empatía era una enfermedad venérea, le había dicho que su bombo no incitaba al consumo de la juventud. Por lo que a final de mes le dio la paga y la patada. Noviembre se puso cuesta arriba, pero con los ahorros que tenían pagaron las deudas que les vencían en ese mes. Diciembre sería otro cantar. Así se lo hicieron saber a su casero, prometiéndole que en cuanto encontraran trabajo le pagarían los atrasos. El hombre, sencillo y cercano, les dijo que se tranquilizaran, que él se hacía cargo de la situación.

Como prometió se hizo cargo, y nada más salir del portal telefoneó a su cuñado, concejal de urbanismo del ayuntamiento y el que lo metió en lo de los fondos buitre. Otro tipo íntegro y comprometido, con sus acusaciones por prevaricación y tráfico de influencias como Dios manda. El casero parecía realmente preocupado por la situación de sus inquilinos. «Al paso que va la justicia en este país no los echo de aquí hasta que el niño sea doctor honoris causa», le dijo. Y éste, compungido, también se hizo cargo de la situación.

La mañana del día veinticuatro amaneció con todas las fuerzas del orden rodeando la casa del cuñado del concejal para desalojar a la joven pareja. Los vecinos, alborotados por el jaleo de un día medio festivo como aquel, se lanzaron a la calle para saber lo que ocurría. Al enterarse, comenzaron a increpar a los antidisturbios que llegaban, asegurando que Jota y la Mari eran buena gente que estaban pasando un bache económico. Los policías apretaban, y ellos los acusaban de querer montar el belén en un día señalado para tapar los decretos que el ayuntamiento estaba firmando a escondidas. «¡Sois unos vendidos!», gritaban. Los agentes echaban la culpa de aquello a Martín Herodes, el alcalde, que estaba cabreadísimo porque su concejal de urbanismo no hacía más que llamar preguntándole una y otra vez «¿Qué hay de lo mío? ¿Y de lo de mi cuñado?», y que así no había quién se concentrara en sus labores y no hacía más que perder dinero al póker.

Jota, que había salido a ver si alguien lo contrataba para la campaña de navidad, y de paso maquillaba las cifras del paro de cara a fin de año, se encontró a su vuelta con todo el revuelo. Al ver a la Mari asomada al balcón, mentándoles los muertos a los del casco y las porras, se puso delante del que parecía dar las órdenes para decirle que no tenía corazón, que él estaba para defender a la población y no para perseguirla. A lo que el agente contestó «No te pases de listo, que una cosa es una cosa, y otra muy distinta es andar sin necesidad tocándome los aparejos». Pero Jota se los siguió tocando, y minutos después estaba dentro de un furgón policial camino de la comisaría del distrito, donde un inspector con nietos le invitaría a café y le diría que de todo se sale.

Mientras tanto la Mari había sido sacada de la casa, y cargada con las cuatro cosas que tenía la pareja se tambaleaba por la calle, soportando el dolor de las cada vez más frecuentes contracciones. Allí, sin avisar ni rellenar ningún formulario administrativo, la Mari rompió aguas. Los vecinos la metieron en un portal cercano, donde minutos después había alumbrado a su hijo Susi.

Al final del día todo parecía haberse tranquilizado y vuelto a su orden. En la calle Belén apenas quedaban transeúntes, pero lejos de allí, en el CIE del puerto, tres inmigrantes con ropa rara y cargados con unos cofres con olores fuertes, que les fueron requisados por si eran opiáceos o drogas blandas, intentaban convencer al tipo de la garita de que ellos no tenían que estar allí, sino en un portal llevando a cabo el trabajo por el que les habían hecho cruzar medio mundo. En vez de ser escuchados, aquella misma tarde fueron embarcados en un vuelo directo a Senegal, a pesar de que uno de ellos no dejaba de repetir que él era de Angola. En su lugar, el que apareció aquella tarde en la habitación del hospital donde la Mari achuchaba a su pequeño, fue un paje del alcalde que portaba una factura con todos los gastos ocasionados por el violento desalojo.


Pero como todas las historias de navidad acaban bien, ésta también lo hizo, al menos hasta que comience la cuesta de enero, y todos acabaron pasando la fría noche bajo techo. La madre y el niño en el hospital, el padre en la comisaría jugando al mus con el inspector, los tres subsaharianos en un avión de fabricación rusa, y el casero y su cuñado el concejal de urbanismo en uno de los reservados del puticlub Lolitas.

jueves, 2 de noviembre de 2017

VUELO 1029


El avión de Delta Air Lines comenzaba a levantar el morro del suelo de forma delicada. El despegue fue tan sutil que los cuerpos casi no apreciaron el cambio de presión que los clavaba en los asientos. Cuando el tren de aterrizaje se replegó por completo, escondiéndose en las entrañas del aparato, Steve miró su reloj. Casi en ese mismo instante un tenue pitido avisaba a los pasajeros de que ya eran libres para desabrochar sus cinturones de seguridad.

El vuelo había salido a su hora del aeropuerto internacional Benito Juárez, al menos una buena noticia pensó el piloto Steve Dupart, mientras se desabrochaba el cinturón y se ponía en pie encaminándose hacia la parte trasera del aparato. Allí, dos azafatas norteamericanas comenzaban a preparar los carros metálicos para ofrecer a los pasajeros las primeras bebidas del vuelo.

            ─¿Cómo por aquí Steve?─ preguntó la más cercana a la puerta─, te hacía en el de efe hasta mañana por la noche.

            ─Ese era el plan original ─contestó el hombre mientras sacaba un zumo de naranja de un pequeño refrigerador─. Pero Ted está enfermo, y me han pedido que haga su vuelo de mañana al mediodía, por lo que me vuelvo con vosotras a Nueva York ─dijo sonriendo con picardía a las jóvenes azafatas.

            Steve odiaba los vuelos nocturnos para viajar como pasajero, su estatura le imposibilitaba encajar su cuerpo en los asientos y apenas descansaba. Normalmente la empresa le guardaba un sitio en primera clase, pero debido al aviso de última hora no había sido posible.

            ─Tienes cara de cansado Steve ─comentó la misma azafata─, ¿Por qué no te vas a descansar al crew rest?, hoy el vuelo está completo y no creo que tengamos tiempo para descansar ni un minuto.

Steve se lo pensó durante unos segundos, pero enseguida diluyó sus dudas y aceptó. Lo cierto era, que ocupar una de las camas preparadas para el descanso de la tripulación sería la única forma de dormir algo durante las cinco horas que duraba el vuelo. Tras dar las gracias, apuró el último sorbo del zumo, y se encaminó hacia allí.

No fue necesario que Steve encendiera ninguna luz del pequeño cubículo donde se encontraban las dos literas enfrentadas, la costumbre le había llevado a conocer cada rincón del aparato, y la tenue luz de seguridad era más que suficiente para moverse por él sin tener que molestar a los compañeros que pudieran estar descansando. Decidió colocarse en la cama superior de la litera que se encontraba más apartada de la puerta, así, si algún trabajador quisiera entrar a descansar podría usar las más cercanas a la salida.

Cuando Steve ya se había descalzado, y tras aflojar el nudo de su corbata, se percató de que había alguien más en el habitáculo. Junto a él, en la cama superior de la litera contigua, una pequeña niña se despabilaba tras haberlo escuchado. Steve, tras recuperarse de la sorpresa inicial, pudo observar que la pequeña no tenía más de cuatro o cinco años. Al verlo la chica le sonrió ampliamente, con ternura y mostrándole unos grandes ojos azules. Enseguida la pequeña se giró, volviéndose a sumir en sus ensoñaciones más profundas. Steve sonrió, y arropó totalmente a la pequeña. Estiró la fina manta hasta casi cubrir por completo su liso y brillante cabello rubio, deseándole buenas noches. Ella contestó algo casi ininteligible, dando a entender que el sueño había vuelto a apoderarse de su pequeño cuerpo.

            Apenas un par de horas después Steve se despertó, había dormido profundamente durante ese tiempo, se incorporó, y decidió volver al exterior. Tal vez sus compañeros necesitaran que alguien les echara una mano. Aún estaba algo aturdido por el sueño, pero no le sorprendió que la cama donde unas horas antes descasaba la niña estuviese ahora vacía, sin embargo si le resultó extraño que la cama estuviera perfectamente estirada, como si allí no se hubiese posado ni una mosca. Desde luego, la niña, o quien hubiera venido a recogerla, eran personas de lo más educado, pensó Steve mientras acababa de calzarse.

            Al volver a la zona pública del aparato, el joven piloto buscó con la vista a la niña rubia de ojos azules para saludarla, y disculparse por haberla despertado. No la vio, pero creyó encontrar a su madre, una mujer de mediana edad con el mismo cabello y unos ojos tan grandes y azules como los de la niña, pero cargados de angustia. La mujer permanecía abrazada a un hombre que dormitaba con cara compungida. El sentido común le impidió molestarlos, pero se dirigió hacia una azafata cercana. Sin duda, el matrimonio era familia de algún miembro de la tripulación, por eso la niña dormía en una de las camas reservadas a los trabajadores, y la azafata sabría indicarle donde encontrarla.

La azafata, sorprendida ante la extraña pregunta de su compañero, lo observó con extrañeza.

─No hay ningún niño en este vuelo Steve ─le aclaró mientras rellenaba con agua caliente un vaso de cartón─, creo que aún sigues un poco dormido.

Steve ladeó la cabeza, y tras sopesarlo un momento agarró a la mujer del brazo, dirigiéndola hasta el lugar donde descansaba la niña tan solo un par de horas antes.

─Pero, eso es imposible. ¿La has tocado? ─ preguntó la mujer sin salir de su incredulidad.

─La he arropado ─contestó Steve─. Incluso he hablado con ella.

La azafata se descompuso de inmediato. Su rostro se tornó blanquecino y tuvo que salir del pequeño habitáculo. Steve no asimilaba lo que ocurría, no entendía a que podía deberse la extraña reacción de su compañera.


─¿Ves a aquella pareja? ─le dijo, apuntando hacia donde se encontraba el matrimonio que Steve había confundido minutos antes con los padres de la niña─. Vuelven de pasar unos días en México, con la familia de él. Al poco de llegar sufrieron un accidente. Llevan el ataúd de su hija de cinco años entre el equipaje. Ella es la única niña que viaja en este vuelo.

sábado, 26 de agosto de 2017

ALICE


Aquel día de principios del otoño había amanecido frío, con el viento encajonándose con fuerza entre las estrechas calles para mostrar su ronquera en las plazas adoquinadas que guardaban las espaldas del Sacré-Cœur. Las primeras hojas comenzaban a caer de los árboles cercanos, para después ser arrastradas por las diferentes corrientes de ida y vuelta hasta los torrentes de agua que los trabajadores del ayuntamiento creaban cada mañana desde la parte alta de la ciudad. Son dos ríos que avanzan sin freno lavando las calles, arrastrando toda la inmundicia lanzada al suelo durante las veinticuatro horas anteriores. Las esterillas, desmadejadas por el uso y arrastre del agua, taponaban las estrechas aberturas en forma de alcantarilla que asomaban a cada tramo como balcones al interior de la ciudad. A pesar de todo, las terrazas de los cafés de la zona alta de la ciudad estaban abarrotadas.

Más allá de los siempre presentes turistas de la ciudad, la zona bullía con los vecinos que aprovechaban cualquier excusa para lanzarse a calle. Todo se repetía. Todo en el mismo lugar y momento que cuando nos vimos por primera y única vez.

Nuestra relación duró tan solo unos minutos, no llegamos a tocarnos, ni cruzamos una sola palabra. Tan solo en una ocasión nuestras miradas se mezclaron furtivas en el mismo momento. Fue cuando me incorporaba a la acera cercana al café donde minutos antes había desayunado. Sin embargo, Alice siempre viene a mi memoria cuando tengo que plantearme algún asunto relacionado con el amor. Invitándome a la reflexión.

Pero no adelantemos acontecimientos.

Supongo que tendría más o menos mi misma edad. Al menos lo aparentaba. Su rostro seco, pero con la tirantez que deja la salinidad de unas lágrimas derramadas de forma amplia, e intermitentemente, a lo largo de toda una noche se reflejaba en su cara. El leve viento que descendía desde el cercano jardín del Molino enrojecía levemente la piel bajo sus ojos. Vestía unos pantalones vaqueros, oscuros, y una camiseta verde que dejaba ver una piel aceituna que ya echaba de menos el recién perdido verano. En su mano agitaba de forma febril un bote de pintura en espray. No tenía pinta de grafitera, y la hora y el lugar no parecían los más idóneos para demostrar su talento con la pintura diluida, pero aun así el frenesí con el que movía el bote, haciendo sonar la bola metálica de su interior al chocar contra las paredes circulares, dejaba clara su intención de usarlo de un momento a otro.

La curiosidad que casi siempre mata al gato se puso de mi lado dándole una tregua a la aventura, como un demonio sarcástico. Expectante. Fue entonces cuando decidí seguirla a una prudente distancia. Zigzagueamos entre las terrazas de sillas de mimbre y los turistas despistados que toqueteaban imames de nevera con forma de cabaret rojo hasta llegar a una pequeña plaza, un lugar que hasta aquel momento había pasado inadvertido a mis paseos diarios.

Justo en frente, en la esquina contraria a donde se encontraba la chica se abría una frutería rebosante de mercancía. Apoyé mi hombro derecho sobre una delgada señal de tráfico esperando el final del asunto. La joven seguía con el crepitar de la bola metálica del interior del bote, hasta que en un momento dado apartó el tapón de plástico transparente que cubría el dispositivo, cerrándolo de forma hermética, y con una soltura digna de un especialista comenzó a pulverizar la pintura negra de su interior sobre la pared blanca. Prácticamente impoluta hasta entonces.

La mancha de pintura, como esparcida por un cirujano preciso y con tiento, no emborronó más que el pequeño grupo de palabras escritas con anterioridad, y que en un tono rojo llamaba la atención desde la lejanía. En ellas se leía, pude verlo casi en el último instante antes de la actuación de la joven: Alice Je t´aime.

Inmediatamente, y tras borrar todo atisbo de la declaración de amor la chica giró sobre sus talones, y mientras se entretenía en volver a colocar el rígido tapón de plástico al espray avanzaba hacia donde me encontraba. He de reconocer que un primer momento sentí miedo de que me hubiera descubierto, de que finalizara con una sonora bronca mi actividad voyeur. Pero mis temores se disiparon pronto, justo después de que ella pasara a mi lado, tocando ligeramente mi cuerpo con su brazo moreno. Lo hizo sin percatarse de mi presencia. Su rostro había enrojecido de ira, y ante mi estupor se dirigió al interior de la cercana frutería.

─¡Dile a tu hijo que es un cerdo! ─gritó al dependiente con toda la fuerza que le permitían sus pulmones.

─¿Pero qué te sucede Alice? ─interrogó el otro. Totalmente sorprendido por aquella furibunda actitud de la joven. A la que sin duda conocía desde hacía bastante tiempo.

─Que tu hijo es un cerdo. Que lleva todo el verano engañándome ─aclaró aún a gritos.

─Pero… ─la interrumpió el frutero con más dudas que determinación.

─¡Lleva todo el verano con otra! ¡Lleva todo el verano pegándomela con otra! ─gritaba fuera de sí, mientras lanzaba el bote de pintura sobre una caja de aguacates maduros─. No lo quiero volver a ver. Díselo.

─Pero…

Ya era tarde para explicaciones. Alice salió de la frutería como alma que llevaba el demonio. Al pasar junto a mí, de nuevo sin percatarse de mi presencia, pude observar como la tirantez de su rostro, seco por las lágrimas, volvía a humedecerse de nuevo. Una de las pocas clientas que estaban a esa hora en la tienda, rompió el silencio espeso que reinaba en la esquina: «Los amores de verano no siempre acaban como uno espera.»




lunes, 31 de julio de 2017

EL CARGUERO SAN GABRIEL


           Los ciento cincuenta metros de eslora no parecían nada del otro mundo junto a la vieja estación de ferrocarril, pero aun así lo reconocí en el primer momento que lo vi. No me hizo falta acercarme mucho para disipar las dudas, aquel casco pintado en azul oscuro y la blancura de la superestructura donde se encontraba el puente de mando no podía ser de otro buque. De todos modos, evité no lanzar las campanas al vuelo hasta que pude leer el nombre pintado en letras blancas sobre el lado izquierdo del castillo de proa. Fue entonces cuando respiré aliviado. Sí, era él.

           El San Gabriel era un carguero con bandera caboverdiana, cosas de la vida, que hasta unos cuantos años atrás había llevado escrito otro nombre en la popa de espejo: Praia Doce. Aunque poco importaba ya a esas alturas.

            Hacía años que no paseaba por el puerto de Lisboa, entre las docas y las grúas amarillentas tiznadas de óxido que pronto acabaría con ellas. A pesar de ser un puerto de río, aquel lugar no tenía nada que envidiarle a ninguno de sus símiles marítimos, pues a esas alturas el río ya estaba a punto de convertirse en mar. La zona olía a salitre añejo y el agua era más salada que dulce. Por lo demás, aquel puerto contaba con todos los complementos necesarios para serlo: almacenes que apenas almacenan nada, redes secándose al sol, vertederos hediondos de miserias y restos de pescado podrido, cuerdas de amarras ásperas y desgastadas por el duro trabajo que reposan enrolladas al borde del agua como si fueran serpientes venenosas, marineros desempleados que rondaban por las fondas y oficinas buscando embarcarse en algún buque para llevar algún sustento a casa... Al anochecer frecuentaban el lugar putas que sin duda habían conocido tiempos mejores, pero que nunca se volvían a casa con los bolsillos vacíos. Además, en el de Lisboa había que sumar a una chusma poco frecuente en los demás puertos de la zona: los trileros, que aprovechan la cercanía con la vieja estación de Santa Apolonia para hacer el agosto con los turistas ingenuos, y sobre todo con los despistados, que comienzan sus vacaciones en la parte baja de Alfama.

            Hice varias preguntas por la zona, después de recibir miradas y respuestas cortas, pero suficientes, de los marineros que por allí me crucé, encaminé mis pasos hacia la parte más alejada del dique, sobrepasé la salida principal de la estación ferroviaria dejando a mi izquierda el monumento que algún gobierno, seguramente culpable de ello, había levantado a los emigrantes portugueses ─cada cual limpia su conciencia como buenamente puede, o le dejan─, y crucé la rúa Caminhos de ferro para entrar en O Farol.

El lugar era una tasca de mala muerte con apenas luz. En el interior había apenas media docena de parroquianos que bebían vino y aquel pringoso licor de ginja mientras charlaban sobre fútbol. Todos se giraron al verme entrar, pero enseguida perdí su atención y siguieron a lo suyo. Me acodé al principio de la barra, una de esas de metal, mate de recibir el roce de tantos codos, y pedí al camarero una botella de cerveza. La más fría que tuviera. El tipo que colocó ante mí una botella de Sagres ─siempre odié esa marca─ era un viejo conocido, aunque él no pareció reconocerme. Nuno, un cincuentón de poco más de un metro sesenta de altura, con prominente panza y un bigote negro que parecía pintado con un brochazo de brea. Siempre quiso ser banderillero, pero a lo máximo que llegó fue a ser el torilero suplente de la plaza de Campo Pequeno. Después, cosas de la vida, tuvo que ponerse al frente del negocio familiar cuando a su padre lo jubiló anticipadamente una angina de pecho que se lo llevó al cementerio de Prazeres.

            Tras darle un largo trago a la cerveza, directamente desde la botella, giré noventa grados hacia la izquierda, enfrentando mi cuerpo al del único cliente que estaba situado en la barra. El único también, que no había realizado el más mínimo movimiento, ni tan siquiera había separado la mirada de su copa de ginebra azul, cuando minutos antes entré en el bar. Cuando me acercaba a él, masticaba con parsimonia un pastel de bacalao que parecía que jamás había estado recién hecho.

            ─Póngale otra copa al capitán ─ordené a Nuno que aún seguía sin reconocerme.

            ─No necesito que nadie me invite a un trago ─sentenció seco el viejo.

            ─¿Ni siquiera yo?─ lo interrogué, obligándole a girarse para mirarme a la cara.

            Su expresión de desidia mudó de repente. Él sí que me reconoció al instante. Se volvió blanco. Transparente.

            ─¿Pero tú…? ─no era capaz de articular palabra─. Tú estabas…

            ─¿Muerto? ─le pregunté.

            Apenas fue capaz de acabar de masticar el pastel que acababa de llevarse a la boca cuando me miró, porque yo ya había sacado el cuchillo que escondía en el interior de la chaqueta, colocándoselo en el pecho. Tan solo había trascurrido un segundo, pero todos los parroquianos habían abandonado el bar a toda prisa al ver la faca. Los gritos de dolor y tragedia quedaron silenciados por el paso de uno de los camiones que entraba o salía del puerto. Me giré hacia Nuno, le di las gracias por el chivatazo. Él, aunque no había nadie en el local seguía haciendo como que no me conocía, al fin y al cabo había sido mi compañero de celda durante mucho tiempo y no quería más líos de los necesarios. Le había contado mi historia mil veces: como perdí mi trabajo de capitán en el Praia Doce años atrás por culpa de aquel viejo envidioso que me acusó de tráfico de drogas. Después vino la cárcel, mi caída en desgracia, y el supuesto suicidio en la costa de la cercana Sesimbra que el viejo observó con chulería desde el recién rebautizado San Gabriel.


Pero a veces el mar devuelve a los muertos para una última conversación.

jueves, 27 de julio de 2017

SOBRE ÁRBITROS COMPRADOS Y TESTIGOS INOCUOS


              Les prometo que fue casualidad, asique no busquen en el asunto más maldad de la necesaria. Estaba trabajando en mi casa, documentándome para un trabajo que estoy escribiendo, y tenía la mesa llena de copias de periódicos y publicaciones de prensa de la primera parte del siglo XIX. Ya saben: invasión napoleónica, Guerra de Independencia, Cortes de Cádiz… canela en rama. Pocas horas antes, esa misma mañana, me había sentado con una novela de un buen amigo a disfrutar del café cargado de todos los días, cuando recordé que nuestro insigne Presidente del gobierno estaba convocado a declarar ante un juez por un asuntillo de nada llamado, igual ni les suena, caso Gürtel. El que es uno de los mayores casos de corrupción política de todos los tiempos, y que está emponzoñando la política patria, poniendo a prueba la paciencia de todos los ciudadanos y dejando en muy mal lugar a una gran parte de la judicatura de este país. Fanática y partidista a manos llenas (lo del fiscal de anticorrupción corrupto es de película italoamericana de los años cincuenta).

            El caso, es que ese asuntillo “de nada” que envuelve al partido del gobierno me robó la atención de la novela que tenía entre mis manos durante el resto de la mañana. Quiso la casualidad que esa tarde, tras abandonar la actualidad política antes de que saltara la válvula, cayeran en mis manos unas de las publicaciones de las que hablaba arriba. El periódico en cuestión con el que trabajaba se titulaba El Duende Político o Tertulia Resucitada, fue una breve publicación que se editó en la ciudad de Cádiz durante algunos meses del año 1811. El artífice de que esa publicación saliera a la luz fue un clérigo llamado Miguel Cabral de Noroña, de corte bastante radical y poco dado a las medias tintas, lo que se demostró en la publicación del número once de su periódico, donde apareció un duro artículo contra el gobierno en el que se expresaba en los siguientes términos: «la inmoralidad, la corrupción y el desorden jamás tocaron al extremo espantoso y deplorable en que se hallan ahora (…), parece que una mano oculta, empeñada en el sacrificio de la patria, sostiene aún en el mando y en todos los destinos importantes a las personas más imbéciles y viciadas.» El artículo no es parco en descalificaciones y opiniones que más que dejar en mal lugar al gobierno de la época, lo despeñaba por completo, para terminar solicitando un cambio radical de la dirección que tomaba el país: «es preciso que hablemos claro: el gobierno que tenemos no puede salvarnos: que las Cortes le remuevan y pongan dignos patriotas a la frente de los negocios, o somos perdidos irremediablemente

            Como era lógico en la época ─y eso que aún no existía la Ley Mordaza que te puede sentar en la Audiencia Nacional a la mínima─, el fiscal Cano Manuel, que ya había tenido sus más y sus menos con Cabral de Noroña, vio su oportunidad para quitárselo de en medio y lanzó una acción judicial contra él, lo que propició no solo que el periódico en sí desapareciera del espacio público, sino que además obligó al clérigo Cabral a coger las de Villadiego y largarse a Filadelfia por si las moscas.

Pero a lo que iba, que me pierdo en pormenores de la historia. Como ven, lo de España como nido de corruptos, e inútiles con valija diplomática no viene de ahora ni mucho menos. Esto hace mucho que es un páramo para trepas y caraduras, pero hay épocas en las que se incrementa, o que al menos se nota más. A ver si me explico, cuando todos teníamos dinero para vacaciones y coches nuevos no parecía importarnos tanto que nuestros políticos se lo llevaran a manos llenas, pero cuando viene una crisis ─ya sea la actual o la que apareció durante la invasión napoleónica y la guerra de Independencia─ parece que ya no nos gusta tanto el asunto, y hasta nos lanzamos a la calle para algo más que celebrar un mundial de fútbol. Lo que sucede, creo fervientemente, es que no estamos aprendiendo nada, y cuando las cosas se arreglen y volvamos a tener dinero para vacaciones caribeñas y coches alemanes de última generación, olvidaremos toda la mili que llevamos a cuestas y estos cabrones ─u otros similares─ con balcones a la calle nos volverán a dejar las arcas huecas.

            Escribo esto no porque me haya levantado con el día cruzado, ni porque sea de un negativo que te rilas. Lo digo porque ya lo estamos haciendo. Porque el otro día se produjo una de las escenas más vergonzosa que se han producido en este país en los últimos años, con lo que eso significa en un país que arrastra vergüenzas de todos los colores, y es que un Presidente de gobierno haya tenido que ser llamado a declarar como testigo ─de momento─ en un caso de corrupción que emponzoña a toda la cúpula política de su partido, y a él como parte del mismo, desde hace más de veinte años, y parece que a todos nos da igual. Nos importa un testículo de palmípedo que nos roben y además se rían en nuestra cara, nos importa una leche que el juez y el fiscal que deben defender los intereses de todos los españoles se pasen este juicio ─y todos los demás de la causa aún abierta─ defendiendo los intereses de un partido político y de todos los particulares que lo forman. Porque hemos asimilado la corrupción y el mamoneo como algo normal. Lo hemos aceptado así porque ellos llevan queriendo que lo asimilemos de esa manera desde hace más de doscientos años. Y lo peor es que lo están consiguiendo: es algo normal que todos haríamos he llegado a escuchar en la barra de algún bar, y sé que lo piensan de veras.

El juicio de la Gürtel me recuerda, salvando las distancias oportunas, a las pachangas balompédicas ─o de algo parecido, a lo que denominábamos fútbol sin serlo─ que jugábamos en los recreos del colegio con los compañeros de clase, y con algún espontaneo de cursos superiores o inferiores ─siempre que éste fuera bueno con la pelota o accediera a ponerse de portero, puesto detestado por todos─, cada día del curso. Lloviera o hiciese un calor asfixiante. En esos partidos sin reglas fijas, pero férreas ─curiosidad de la anarquía futbolera de patio de colegio─, donde no había otro arbitro que el que dirigía el balón en cada jugada. Éste, el que dirigía el balón, podía gritar en cualquier momento y lugar del campo de juego ─pocas veces rectangular, y nunca simétrico─, que la entrada o roce que le había hecho el contrario era merecedora del máximo de los castigos, y aunque la refriega se hubiese llevado a cabo en mitad del campo, el chaval, agarrando el balón con las manos y quitándose de encima contrincantes, se ponía sobre el punto de penalti imaginario ─siempre demasiado cerca de la también imaginaria portería─ para cobrarse la pena que él demandaba como justa entre el abucheo de los contrarios, y el férreo apoyo de los suyos. Por el contrario, cuando ocurría a la inversa, y era el contrario el que recibía la falta, el golpe o la patada ─fuera simulada o le hubiesen partido en dos la tibia─ a un metro de la portería contraria, se las veía y se las deseaba para cobrarse el justo penalti, mientras que los compañeros ─casuales─ del equipo infractor gritaban a todo lo que les daba la voz eso de: «¡Árbitro comprado. Partido regalado!»


Es curioso como ya desde la más tierna infancia entendíamos a la perfección como iban a funcionar los asuntos políticos en este país. 

jueves, 13 de julio de 2017

RECUERDOS DE ITALPARK


En tardes como las de hoy paseaba por el parque Thays de Buenos Aires, y me imaginaba como pudo haber sido el asunto. El predio, realmente grande entre la avenida Libertador y las viejas vías oxidadas de la estación de Retiro, poco más allá, casi al alcance de las manos, las primeras construcciones amontonadas de Villa 31, construcciones estrechas de ladrillos mal colocados, unas paredes colocadas sobres las otras, una especie de subciudad dentro de la gran ciudad. Un Lagash, un Uruk o un Kish moderna. Un día caerá una de esas construcciones y se vendrá abajo toda la cuadra, o la mitad de la villa, un efecto dominó, vete a saber, y algunos de esos que hoy viven con la venda en los ojos se preguntarán cómo pudo haber sido. Pero nada es casual en las desgracias, ni en las construcciones de la Mesopotamia austral del siglo XXI, lo único que diferencia esta zona de las ciudades del Tigris y del Éufrates es que las autoridades no buscarán al arquitecto y tiraran abajo su casa por su error profesional como ocurría bajo las leyes mesopotámicas, aquí simplemente será una desgracia más, posiblemente tapada por el gobierno de turno. Seguramente olvidada días después.

Pero asuntos de venganzas y leyes históricas aparte, se me hace extraño pasear por el parque Thays sin imaginarme como habría sido ese predio treinta años atrás, cuando allí se levantaba el parque de atracciones ItalPark, uno de los puntos más visitados y deseados por los niños y jóvenes de la ciudad. Casi puedo escuchar los gritos ante las viejas atracciones, mientras huelo la mezcla de garrapiñadas, panchos o copos de nieve. Unos olores que según avanzo se van ensombreciendo, mezclándose con del humo del fuego que un día de agosto de 1989 destruyó la pista de autos Monza, y que pocos meses después se cebaría con el laberinto del terror. El humo se disipa de pronto, y es sustituido por el estridente sonido de las sirenas de emergencia, las que un 20 de julio de 1990 tuvieron que precipitarse por las avenidas cercanas en auxilio de dos jóvenes que salieron despediditas de una de las atracciones. Una falleció, y eso marcó el fin del mítico parque de atracciones porteño. Algunos decían que en el estado decrepito que ya se encontraba el parque, sin apenas mantenimiento, lo que había ocurrido era una tragedia anunciada. A alguien le tenía que tocar y les tocó a ellas. Una historia tan vieja que todos hemos escuchado alguna vez en algún lugar del mundo.

Muy lejos quedaban ya los años de esplendor del ItalPark, cuando en 1960 los hermanos Zanón abrieron un parque de atracciones mágico para la época, y que ocupaba el lugar donde estuvo el primigenio parque Japonés de la ciudad (antes de que éste se fuera a los bosques de Palermo donde sigue en la actualidad). El nombre extraño tal vez, no lo es tanto si se tiene en cuenta la cantidad de inmigración italiana en la capital de la Argentina ─los dueños lo eran─, además las máquinas, las atracciones, parece ser que eran traídas desde el país europeo. Las primeras dos décadas del parque fueron de un éxito rotundo, cada pocos años presentaban novedades que dejaban boquiabiertos a los jóvenes de la ciudad; primero toboganes y calesas, después llegaron las máquinas mecánicas, las pistas de autos de choque, o la montaña rusa.

Pero el accidente mortal no solo acabó con la vida de una chica de quince años, sino que también lo hizo con el parque. Los años noventa fueron los años de la hiperinflación, que una década después acabaría como acabó, y el mantenimiento del parque era una tarea casi imposible para los dueños y sus cuentas apresadas bajo el pesado Corralito. Las indemnizaciones sancionadas por la justicia tras el accidente mortal dieron la puntilla a ItalPark, que cerraría definidamente en noviembre de 1990.

El predio quedó abandonado durante un tiempo, en su interior las atracciones se cubrían de óxido y olvido, la vegetación avanzaba y recuperaba lo que un día fue de ella. Un buen día el gobierno local decidió que ese macabro recuerdo ─cuyas imágenes recordaban demasiado al parque de atracciones abandonado de Prípiat, después del desastre nuclear de Chernóbil─, fuera borrado del mapa porteño. Se pensó en abrir un nuevo lugar de recreo, aunque también asomó la afilada sonrisa de pelotazo urbanístico. Al final se decidió que el enorme solar lo ocupara un nuevo pulmón verde, un enorme parque. Inaugurado en 1998, sería bautizado con el nombre del arquitecto y paisajista francés Carlos Thays, el cual realizó la mayor parte de su trabajo en la capital porteña.