viernes, 14 de abril de 2017

TIEMPO DE AÑORANZAS


La voz morocha de Julieta resonaba en la parte trasera de la casa, al sur de Caballito. El lugar, sin duda, había conocido tiempos mejores, como aquellos años ya lejanos cuando el tranvía del barrio pasaba cercano, haciendo chirriar sus ruedas metálicas sobre los raíles al tomar la curva entre Mitre y José Bonifacio. Tiempo de añoranzas, de los años en que el sodero entraba en casa y, sin llamar si quiera, se presentaba en la alacena de la cocina, o del cuartito cercano, para sustituir los sifones agotados por otros rebosantes de soda amarga y burbujeante. Incluso en aquellos momentos echaba de menos a aquel malhablado delivery de la confitería El Greco, que traía los sándwiches de miga y las medialunas de grasa para la merienda, sin que Julieta, ya renqueante de su vida dura y trabajada, tuviera que moverse demasiado de su lugar preferido de la casa.

Pero todo aquello se había diluido en un poso de soledad y de neblina espesa, que cubría por completo todos sus recuerdos felices. Por suerte, también los otros. La enfermedad había ganado terreno de forma severa e inflexible sobre su cuerpo en los últimos meses. Pero a pesar de todo, quedaba un recuerdo inamovible en la frágil memoria de Julieta.

Por aquel entonces, era una linda joven que rondaba la treintena y que había salido más tarde de la cuenta de su trabajo como moza en el café de La Manzana de las Luces, en pleno centro de la capital. La línea de subte que la llevaba desde la parte baja de la ciudad a su barrio de toda la vida, estaba rebosante de personas que solo hablaban de la tormenta que se avecinaba. Julieta, aunque gustosa siempre de escuchar las conversaciones que brotaban a su alrededor en los vagones, aquella tarde las dejó correr, ensimismada como estaba en la lectura del libro que portaba entre sus manos.

Al salir por las escaleras mecánicas que daban al exterior, frente al Mercado del Progreso, iba tan obsesionada en su lectura que casi cayó al suelo tras toparse con un perro abandonado. El chucho la había seguido hasta casa desde la parada del subte de Primera Junta y, viendo la tormenta que ya se marcaba sobre Nueva Pompeya, no tuvo más remedio que dejarlo pasar, para después ponerle sobre un plato metálico de Gancia las sobras de los ñoquis con tuco de aquel mediodía. Esa misma noche le puso nombre.

Pero el perro se había ido hace muchos años, casi al mismo tiempo que su memoria se comenzó a escapar de su cabeza, diluyendo los recuerdos como si fueran un terrón de azúcar en mitad del café mañanero. Antes, mientras lo veía comer, siempre se preguntaba si a él le hubiese gustado ese perro, o si le hubiesen gustado los ñoquis con tuco que hacía cada día veintinueve de mes. De lo que no tenía dudas Julieta, era sobre el nombre del chucho. Si él hubiera estado junto a ella, sin duda lo hubiera llamado Cortázar. Y aquel pensamiento la preñaba de amor.

Aquel mediodía, poco después de haber comenzado su turno en el café de la Manzana de las Luces, el joven había acudido como en otras ocasiones a tomar café en su terraza, bajo las arcadas de ladrillo y a pocos metros de la entrada del histórico zanjón. Había colocado sobre la mesa cuadrada de madera una libreta negra, y un bolígrafo de plástico trasparente. Julieta se acercó a tomarle la comanda: un café cortado en jarrito. Como siempre. Al volver con la bebida, se percató de que el joven, de una edad similar a la suya, sostenía entre sus manos un libro de cuentos.

─¡Qué lindo! ─dijo Julieta, mientras colocaba la taza sobre la mesa─. Me encanta ese libro de Cortázar.

─¿Ah, sí? ─preguntó él, intentando ganar tiempo, tras haber sido sorprendido por el comentario de la joven muchacha.

─¡Claro, querido! ─confirmó ella sin apartar de su cara una sonrisa desconocida para él hasta el momento─. El cuento de la señorita Cora es mi favorito.

─Ese mismo relato es el que estoy releyendo yo ahora y…

─Yo tenía ese mismo libro, bueno uno similar que regalaron con Clarín ─lo cortó entusiasmada por aquella casualidad─. Pero no sé en qué momento lo extravié.

Después Julieta, sin tiempo para poder escuchar la respuesta poco ingeniosa por lo sorprendido del muchacho, tuvo que ir a atender a una mesa que acababa de acomodarse a la otra punta de la terraza. Aunque ambos intentaron volver a cruzar palabra, solo fueron capaces de hacerlo con sus miradas, pues el café se llenó como nunca a esa hora.

Aquella mañana y ya sin memoria, Julieta se sintió mal de repente. Aunque aún pudo sacar fuerzas para ir hasta el living, y tomar el libro que leía el día que se encontró al chucho Cortázar en la parada del subte. No tuvo que ojear nada, pues se sabía el cuento de memoria. Cuando Julieta dio su último suspiro sobre su sillón favorito, el único recuerdo que persistía en su mente la sorprendió de nuevo. Marchándose con una sonrisa similar a la que regaló al muchacho aquella tarde en el café.

Cuando Julieta fue a recoger la taza de la mesa del chico, que minutos antes se había despedido desde la lejanía, pudo comprobar que junto al platillo donde se encontraban los cinco pesos de propina, el muchacho había dejado el libro que estaba leyendo minutos antes. Julieta pensó que había sido un olvido fortuito pero, al echarle una inevitable ojeada, observó que en la primera página aquel joven había escrito unas palabras que la obsesionarían de por vida, al igual que lo haría el recuerdo de aquel muchacho al que nunca más volvería a ver.

Para la señorita Cora de la Manzana de las Luces, esperando que este ejemplar no se te extravíe, y te acompañe muchos años. Ojalá siempre que lo leas te acuerdes de mí, como yo lo haré de ti.


lunes, 13 de febrero de 2017

EL BOLSO DE CUERO NEGRO


El escándalo que se montó fue de órdago, sobre todo cuando la anciana, al verse interceptada por los dos fornidos hombres uniformados de la puerta del almacén, se lanzó al suelo enmoquetado de la entrada y comenzó a gritar. Los ojos se le tornaron opacos y la taquicardia se fue apoderando de su pecho. Un ataque de ansiedad de manual, confirmó el empleado de seguridad cuando avisó por el interfono a su superior.

            Las cámaras de seguridad del local habían registrados todos sus pasos desde que media hora antes entrara por la puerta. La pareja de guardias de seguridad que estaban en su primera semana de trabajo no salía de su asombro, la mujer se movía por el local con total libertad, cogiendo lo que le interesaba y guardándolo después con naturalidad en su bolso. Como si lo hubiera hecho decenas de veces.

Cuando la mujer acabó de recorrer todos los pasillos se dirigió hacia la puerta por la que había entrado, la misma en la que ahora se encontraban los dos guardias de seguridad que habían seguido toda su actuación por las cámaras de vigilancia repartidas por el enorme centro comercial. El arco antirrobo pitó estrepitosamente, todo el mundo se giró, clavando la mirada sobre la anciana y los enormes vigilantes que educadamente se acercaron a la mujer, pidiéndole, casi sintiendo vergüenza ajena, que por favor les enseñara el interior del enorme bolso de cuero negro.

            Ella los miró sorprendida, casi desconcertada. Cuando parecía haber asumido que no tenía escapatoria su rostro se volvió turbio y atormentado, después se dejó caer sobre el suelo, cortando el tránsito a los clientes que entraban y salían en ese momento, y dejando a los hombres de seguridad confusos, sin saber muy bien cómo actuar ante esa situación. Fue entonces cuando uno de ellos se levantó, lanzándose rápidamente sobre el interfono.

            El jefe de seguridad llegó en apenas unos segundos, la voz del hombre que le había narrado la situación no parecía dar a entender que la emergencia estuviera bajo control ni mucho menos. Cuando llegó a la entrada, un pequeño grupo de personas se arremolinaba ante la mujer y los dos empleados. Incluso alguno de los trabajadores del local habían dejado su puesto para observar desde cerca la escena.

            Cuando el jefe de seguridad consiguió abrirse camino entre la muchedumbre vio que la señora seguía sentada en el suelo enmoquetado, aunque pudo observar con satisfacción, y para su tranquilidad, que el griterío y el ataque de ansiedad se habían diluido por completo. A su lado estaban arrodillados los dos empleados, junto al bolso de cuero negro que, abierto, dejaba a la vista varios discos compactos de música precintados y un par de libros encuadernados en rústica. Al reconocer la cara de la señora el jefe de seguridad ordenó a sus subordinados que la ayudaran a levantarse y la dejaran marcharse de inmediato. Ante la incredulidad de los vigilantes, su jefe, recogió el bolso de la anciana y lo cerró con los objetos sustraídos dentro. Se lo ofreció a la mujer y acto seguido se disculpó acompañándola hasta la puerta de salida.

            Cuando el círculo de gente curiosa desapareció el jefe de seguridad se acercó a sus subordinados. Intentando pasar desapercibido les señaló a un hombre de avanzada edad, que había observado toda la escena desde lejos, y al cual se le había dibujado una mueca de descomposición en la cara tras observar la embarazosa situación que se había desplegado ante su mirada.

Mientras el jefe de seguridad lo señalaba cauteloso, para que sus empleados pudieran reconocerlo, el hombre se dirigía sin ningún producto en sus manos a una de las cajas. Sacó un par de billetes y pagó lo que la mujer se había llevado en el interior del bolso. El joven de la caja, cobraba sin inmutarse ante las caras de estupefacción de los jóvenes vigilantes que se estrenaban esos días en aquellos grandes almacenes. Cuando el cajero terminó su tarea se despidió cortésmente del hombre llamándolo por su nombre de pila. El anciano murmuro un gracias casi ineludible. Lleno de pesar.

 Siempre hace lo mismo, les comentó el jefe de seguridad, la sigue allá a donde va, y después abona en caja lo que la mujer se lleva sin pagar, pensando que nadie la ve, que nadie se entera. Lo hace por amor, sin decirla nada después, sin llamar su atención para no avergonzarla ante la multitud. Ella no puede evitarlo, el impulso de llevarse cualquier objeto, sea cual sea su valor, o importancia, es más fuerte que su propia existencia.

Está enferma confirma el anciano al pasar junto a los tres tipos que siguen en pie junto a la puerta del establecimiento. Es cleptómana, pero no tiene maldad, añade. Cuando se ve sorprendida se comporta como lo ha hecho hace un rato, se apodera de ella un fuerte ataque de nervios y se deprime. Por eso, desde que me jubilé, para evitarle disgustos y depresiones que la hunden en la mayor de las congojas la sigo siempre que sale de casa con su bolso de cuero negro. El de salir a la compra.





            

jueves, 26 de enero de 2017

SOBRE TÉRMINOS A LA MODA E INFORMES COMPROMETEDORES


A lo largo de la historia ha habido palabras que han pasado del más oscuro de los desconocimientos a ser utilizadas por todos los miembros de la sociedad, desde las redacciones de los medios de comunicación hasta las barras de los bares, pasando por las conversaciones de las mesas donde se llevan a cabo las comidas familiares. Nadie queda fuera del rango de perturbación de la palabrita de turno. Entre otras cosas, porque los medios de comunicación las repiten hasta la saciedad como si acabasen de descubrir la madre de todas las palabras. El término de los términos.  

Seguro que les vienen a la cabeza muchas de ellas, la mayoría en idiomas extranjeros, que después de exprimirlas al máximo, como si de un pomelo se tratase, vuelven a caer en la más amplia de las ignorancias. Como si de tanto repetirlas hubieran dejado de tener sentido, o tal vez por eso mismo, y que son reemplazadas inmediatamente por otras nuevas que pronto dejarán de estar a la moda. La moda, la tecnología, la cultura y sobretodo el esnobismo son las víctimas más propicias para llevar a cabo este colonialismo en la terminología. Pero será el mundo de la política, aunque no lo parezca, el que más términos extranjeros trasladará a nuestro día a día. Además, estos serán los que más se internen en la vida cotidiana de los ciudadanos. Según parece, y a la vista de cómo avanzan las noticias que llegan desde los servicios secretos rusos y norteamericanos, se avecina la llegada sin remisión a nuestras vidas de una nueva y flamante palabra. Un término que pronto nos taladrará la cabeza y los oídos desde primera hora de la mañana hasta los últimos informativos del día.

Pongamos unos leves ejemplos de lo anteriormente mencionado. En España, durante las últimas e interminables campañas electorales saltó a la palestra el término sorpasso. Parece algo extraño, pero no era más que hablar de un adelantamiento en las encuestas o resultados electorales, eso sí, en italiano, que así parece que dice más y además hace ver que dominamos idiomas. Después, apareció en todos los programas de noticias y editoriales periodísticos el término impeachment, que a pesar de que suena a noqueo pugilístico no es más que un término del derecho anglosajón, mediante el cual se puede procesar a un alto cargo político, y que podría traducirse como un proceso de destrucción. Lo hemos tenido hasta en la sopa con el caso brasileño de Dilma Rousseff, la que tras ser ampliamente acusada de corrupción por la oposición tuvo que enfrentarse a una moción de confianza que perdió, finalizando ahí su carrera política. Sin embargo, es curioso, que los países que más abusamos con la repetición del término, a la hora de la verdad, a la hora de aplicarla a nuestros políticos, nos difuminamos en la más amplia de las desidias y desganas. Singularidades del lenguaje y de la hipocresía.

Más antiguo, y utilizado por la sociedad y los medios de comunicación en los últimos tiempos, es el término escrache o escrachar, que a pesar de proceder del occitano se hizo famoso en Argentina. Lo vimos, y utilizamos, en todo su esplendor durante los años 2001 y 2002 tras el estallido del Corralito económico argentino, cuando los ciudadanos argentinos persiguieron a políticos y banqueros allá por donde se movían para escracharlos con los múltiples cacerolazos ─otro interesante término que descubrimos por entonces─, y que ahora se aplica a cualquier protesta realizada con más o menos atino en la vía pública.

Los anteriores son solo unos ejemplos de la pesadez lingüística de los medios de comunicación que, como un perro hambriento, cuando dan con un hueso no paran hasta que lo convierten en polvo o hasta que se cansan de él. Lo que ocurra antes. Lo que si queda claro es que cuando sueltan y dejan ir al término, éste ha quedado totalmente desmitificado y resultará inservible para referirse a cualquier otro caso por parecido al original que éste sea.

Como les comentaba antes, según avanzan las últimas noticias en torno a la llegada del nuevo presidente y administración al gobierno de los Estados Unidos, comienza a escucharse el eco de una nueva palabrucha que, muchos ya suponen, muy pronto va a convertirse en el karma más repetido por todas las agencias de noticias del globo terráqueo. En este caso, el término procede del ruso y se podría traducir literalmente como un informe comprometedor: Kompromat en el original. La palabra de marras vendría a ser algo así, poniéndonos más quisquillosos con la acepción, como el término utilizado para describir los materiales comprometedores sobre un político o figura pública. Estos materiales pueden ser utilizados para crear sobre la persona señalada una publicidad negativa, un chantaje o para asegurarse su lealtad inquebrantable. Si el Kompromat existe, o es ficticio, es otro tema, pero sus efectos suelen ser los mismos. Como todo en esta vida ya lleva mucho tiempo inventado, no es obra de los nuevos poderes rusos ni mundiales, sino que era una táctica utilizada por todos los servicios secretos del pasado siglo. Particularmente útil para el KGB de la época soviética, que se servía de ella para apretarles las tuercas a ciertos personajes políticos o económicos que no querían plegarse a sus intenciones.

Muchos piensan que la supuesta amistad, impostada o no, entre Trump y Putin tiene mucho que ver con esto. Aunque históricamente los juegos de poder y dinero hacen extraños compañeros de cama, estos dos chirrían demasiado hasta para muchos de los propios compromisarios que le han dado el poder a Donald Trump. La pasada semana varios medios de información estadounidense confirmaban la existencia de un dosier compuesto por más de treinta páginas donde, parece ser, se detallan diferentes informaciones presentadas como comprometedoras para el nuevo presidente de los Estados Unidos, y que figuran en poder de los servicios secretos del Kremlin y de su líder jamesboniano Vladimir Putin. Entre ellas, según las informaciones que corren por despachos y agencias norteamericanas, se habla de la existencia de un video de carácter sexual filmado clandestinamente por los servicios rusos durante una visita de Trump a Moscú en el año 2013. Parece que los próximos años pueden ponerse cuesta arriba para el presidente Trump si esto es cierto, pues los servicios secretos rusos cuentan con una buena pieza que querrán cobrarse, en cuanto su víctima se salga de su carril de confianza, o en el momento en que la amistad con Moscú pierda la fuerza y confianza con la que cuenta ahora mismo.


Solo el tiempo dirá si el término Kompromat pasará a la historia siendo tan conocido para la sociedad como lo es a día de hoy el Watergate del presidente Richard Nixon.

jueves, 19 de enero de 2017

MUERTOS POR LA INDIFERENCIA


       El tiempo pasa para todos, pero corre cuando se trata de olvidarnos de las barbaridades humanitarias que en algún momento de nuestra vida nos hizo rasgarnos las vestiduras y lanzar el grito al cielo de las redes sociales. Parece que fue hace un siglo, pero tan solo han pasado unos meses desde que nos despertásemos con la imagen del niño sirio ahogado en las aguas del mar Egeo. Pero pasó el verano, y el tiempo acabó mandando al saco de los lejanos recuerdos la indignación de aquellas imágenes trágicas, que representan como ninguna el devenir funesto de la hipócrita sociedad que hemos construido poco a poco y entre todos. Todos, sin excepción, ya sea por obra o por omisión como recitan las plegarias milenarias de la rancia retórica del cristianismo. Mejor perseguir al pecador que ayudar al necesitado.

            Nuestro liviano sentido de la moral que nos permite indignarnos al ver el cuerpo de un niño ahogado en las costas turcas, o la imagen de un pequeño que acaba de escapar de un bombardeo por los pelos, se vuelve desidia al ver a los refugiados adultos durmiendo a la intemperie en los campos de refugiados de Lesbos o en el interior de los destartalados almacenes de Belgrado, a punto de morir por congelación. La Unión Europea, como siempre, junta a sus representantes para discutir qué hacer, o cómo, con la situación que desde hace meses viven estas personas en territorio europeo, y siempre llegan a la misma conclusión, a la misma decisión. Ninguna. El gobierno de la Unión Europea no fuerza la máquina para solucionar la emergencia humanitaria, la amenaza de muerte inminente, real, y no lo hace porque los gobiernos de los países miembros no quieren forzarla. No se atreven por una simple razón, todos tienen miedo a que puedan dar un paso adelante, comprometerse con una u otra posición ante la crisis de los refugiados y que después los votantes se lo hagan pagar en las urnas. Por poder ─y dinero─ baila el perro. Eso es lo único que les importa a nuestros queridos políticos. La solución de los problemas ya se lo dejan a los demás, que ellos, parece ser, no fueron elegidos para eso.

Lo que ya se ha convertido en el mayor problema humanitario del siglo XXI y que nos retrata como lo que realmente somos, no es más que un anexo a las crisis humanitarias ocurridas en Europa durante el siglo anterior. Desde la guerra de España en el Rif hasta las últimas masacres de los Balcanes, pasando por dos guerras mundiales, los genocidios de judíos, armenios o la limpieza étnica de Srebrenica. Para poner coto y solución a todas estas barbaridades obra del ser humano ─no lo olvidemos nunca. La culpa siempre es nuestra─ nació la Organización de las Naciones Unidas, la mayor casa de putas de la historia hasta el momento. Que está ahí para observar y después no hacer nada. Y sino, vean la exitosa labor de Javier Solana durante la guerra de los Balcanes.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos explica claramente que si alguien omite el deber de socorro está cometiendo, además de una inmoralidad, un delito. Nuestros gobiernos llegan tarde a todos los sitios y en todas las épocas. Las decenas de miles de refugiados llegaron en verano, parece mentira que no se hayan tomado medidas antes. Es como si los encargados de poner freno a la desidia, al sufrimiento de estas personas que huyen de una guerra que los mismos gobiernos han fomentado, no supieran que después del verano llega el otoño y después el invierno. Gélido y desapacible.

Estamos asistiendo a la consecuencia de la pésima gestión, no humanitaria, de la Unión Europea hacia las personas que huyen de una guerra para morir congelados en mitad de un territorio hostil que creyeron amigo. Insensibilizados ante el dolor de los demás, sobre todo cuando los demás son pobres. Una actuación muy merecedora de aquel premio Nobel de la Paz de 2012, con el que reconocieron la labor humanitaria de este grupo de tipejos y tipejas que manejan a su antojo los designios de todos los que caemos bajo su sombra.


Viéndolos ahí, huyendo de la guerra para morir congelados, solo puedo pensar en la playa de Argelès-sur-Mer, al sur de Francia, donde en febrero de 1939 fueron recluidos miles de refugiados españoles. Muchos murieron a causa del frío, de la falta de comida y de la neumonía en mitad de un invierno no tan duro en lo climatológico como el que estamos viviendo este año. Entre ellos se encontraba un tal Vicente Ferrer, que a la larga haría más por la humanidad que cualquier gobierno Europeo de antes y de ahora. Quien sabe qué figura irremplazable para mejorar el mundo puede estar ahora mismo ahí, malviviendo entre la nieve, sin ropa, sin comida y sin futuro. 

jueves, 5 de enero de 2017

AL FINAL SE ARMÓ EL BELÉN


La calle Belén es un lugar tranquilo, una de esas localizaciones simplonas en mitad de un barrio obrero. Sus alrededores bullían los días anteriores a la llegada de la Navidad, el mercado ofrecía sus mejores galas, y el pescado blanco y el cordero barato volaban de los puestos. Los percebes y las langostas no llegaban hasta esas recónditas calles. Tampoco nadie los esperaba.

En el número veinticinco de la calle Belén hacía un par de años que vivía una pareja joven. José, al que todos conocían como Jota el ebanista, y la Mari, una joven de menor edad que él,que los fines de semana trabajaba de dependienta en el Estrafalarius del barrio. Desde hacía unos meses los problemas se le acumulaban a la joven pareja, Jota había tenido menos cuidado del recomendable, y a la Mari le crecía el vientre a la misma velocidad que lo hacían sus deudas. Además, el trabajo en la ebanistería se había terminado después de que una multinacional sueca abriera una sucursal a las afueras del barrio, junto a la autovía del sur.

El asunto se había puesto feo, él sin trabajo y su chica a punto de perderlo, porque su jefe, que creía que la empatía era una enfermedad venérea, le había dicho que su bombo no incitaba al consumo de la juventud. Por lo que a final de mes le dio la paga y la patada. Noviembre se puso cuesta arriba, pero con los ahorros que tenían pagaron las deudas que les vencían en ese mes. Diciembre sería otro cantar. Así se lo hicieron saber a su casero, prometiéndole que en cuanto encontraran trabajo le pagarían los atrasos. El hombre, sencillo y cercano, les dijo que se tranquilizaran, que él se hacía cargo de la situación.

Como prometió se hizo cargo, y nada más salir del portal telefoneó a su cuñado, concejal de urbanismo del ayuntamiento y el que lo metió en lo de los fondos buitre. Otro tipo íntegro y comprometido, con sus acusaciones por prevaricación y tráfico de influencias como Dios manda. El casero parecía realmente preocupado por la situación de sus inquilinos. «Al paso que va la justicia en este país no los echo de aquí hasta que el niño sea doctor honoris causa», le dijo. Y éste, compungido, también se hizo cargo de la situación.

La mañana del día veinticuatro amaneció con todas las fuerzas del orden rodeando la casa del cuñado del concejal para desalojar a la joven pareja. Los vecinos, alborotados por el jaleo de un día medio festivo como aquel,se lanzaron a la calle para saber lo que ocurría. Al enterarse, comenzaron a increpar a los antidisturbios que llegaban, asegurando que Jota y la Mari eran buena gente que estaban pasando un bache económico. Los policías apretaban, y ellos los acusaban de querer montar el belén en un día señalado para tapar los decretos que el ayuntamiento estaba firmando a escondidas. «¡Sois unos vendidos!», gritaban. Los agentes echaban la culpa de aquello a Martín Herodes, el alcalde, que estaba cabreadísimo porque su concejal de urbanismo no hacía más que llamar preguntándole una y otra vez«¿Qué hay de lo mío? ¿Y de lo de mi cuñado?», y que así no había quién se concentrara en sus labores y no hacía más que perder dinero al póker.

Jota, que había salido a ver si alguien lo contrataba para la campaña de navidad, y de paso maquillaba las cifras del paro de cara a fin de año, se encontró a su vuelta con todo el revuelo. Al ver a la Mari asomada al balcón, mentándoles los muertos a los del casco y las porras, se puso delante del que parecía dar las órdenes para decirle que no tenía corazón, que él estaba para defender a la población y no para perseguirla. A lo que el agente contestó «No te pases de listo, que una cosa es una cosa, y otra muy distinta es andar sin necesidad tocándome los aparejos». Pero Jota se los siguió tocando, y minutos después estaba dentro de un furgón policial camino de la comisaría del distrito, donde un inspector con nietos le invitaría a café y le diría que de todo se sale.

Mientras tanto la Mari había sido sacada de la casa, y cargada con las cuatro cosas que tenía la pareja, se tambaleaba por la calle, soportando el dolor de las cada vez más frecuentes contracciones. Allí, sin avisar ni rellenar ningún formulario administrativo, la Mari rompió aguas. Los vecinos la metieron en un portal cercano, donde minutos después había alumbrado a su hijo Susi.

Al final del día todo parecía haberse tranquilizado y vuelto a su orden. En la calle Belén apenas quedaban transeúntes, pero lejos de allí, en el CIE del puerto, tres inmigrantes con ropa rara y cargados con unos cofres con olores fuertes, que les fueron requisados por si eran opiáceos o drogas blandas, intentaban convencer al tipo de la garita de que ellos no tenían que estar allí, sino en un portal llevando a cabo el trabajo por el que les habían hecho cruzar medio mundo. En vez de ser escuchados, aquella misma tarde fueron embarcados en un vuelo directo a Senegal, a pesar de que uno de ellos no dejaba de repetir que él era de Angola. En su lugar, el que apareció aquella tarde en la habitación del hospital donde la Mari achuchaba a su pequeño, fue un paje del alcalde que portaba una factura con todos los gastos ocasionados por el violento desalojo.

Pero como todas las historias de navidad acaban bien, ésta también lo hizo, al menos hasta que comience la cuesta de enero, y todos acabaron pasando la fría noche bajo techo. La madre y el niño en el hospital, el padre en la comisaría jugando al mus con el inspector, los tres subsaharianos en un avión de fabricación rusa, y el casero y su cuñado el concejal de urbanismo en uno de los reservados del puticlub Lolitas.

jueves, 1 de diciembre de 2016

UNA CASA PORTUGUESA


           Cuando salí de la librería Bertrand la rúa Garrett estaba atestada de gente. Al llegar a la altura de la joyería Alianza, resbalé aparatosamente entre los húmedos adoquines blancos y negros que marcaban la cara de la ciudad como un taqueado jaqués descomunal y único de cuestas y plazas. Apenas pude controlar mi cuerpo para no dar con él en el suelo. Me alegré de haber dejado para otra ocasión la visita a la bodega de la Ribera junto al mercado de Cais do Sodré. A aquellas horas, y después de varios resbalones, ya habría destrozado la botella de vino dulce que tenía en mente para la sobremesa de la comida del domingo.
            El almuerzo de ese domingo estaba en la cabeza de la mayor parte de las personas que a esas horas andaban por las calles húmedas y resbaladizas de Lisboa. La celebración del aniversario de la Revolución que expulsaría a la exigua, pero hija de otra larga y tortuosa, dictadura de Marcelo Caetano, se seguía celebrando en muchas de las casas del país. En mi caso, con amigos que nos juntábamos cada año para brindar por la libertad después de asistir al desfile anual por la avenida de la Libertad. Siempre con un puñado de claveles rojos en las manos.
A pesar de la posibilidad de que las nubes volvieran a descargar decidí volver a casa caminando, acababa de anochecer pero sin embargo la temperatura invitaba al paseo. El bullicioso trasiego de personas que entraban y salían a esa hora del metro acabó de convencerme para seguir camino por la empinada rúa do Carmo. Desde la esquina podía ver una de las postales más típicas del centro, la más fotografiada por los visitantes, el antiquísimo automóvil aparcado en la puerta de Richards, donde sonaban piezas de música y folkore tradicional portugués. A su alrededor, revoloteaba el perenne círculo de curiosos que sobaban los libros y los discos compactos sin intención de comprar nada.
Lo cierto es que el paseo transcurría rápido, ensimismado en mis pensamientos como estaba, e intentando no volver a resbalar dejé atrás las calles del Chiado para desembocar en la amplia plaza de Pedro IV. Rossio, como localmente se conoce el lugar, ya estaba comenzando a ser preparada para acoger las próximas celebraciones. Los casi desaparecidos quioscos de flores se reproducían en esas fechas para ofrecer miles de claveles. Pero no todo eran celebraciones en la ciudad, lo supe en cuando la vi.
El arco monumental, que se forma en la desembocadura de la sombría y húmeda rúa dos Sapateiros, le servía de refugio ante los chubascos intermitentes que acogía la ciudad durante aquel mes de abril. La mujer, bastante gruesa, casi obesa, de más de sesenta años estaba sentada a la luz del escaparate de una tienda centenaria de ropa. Sus piernas, cansadas por el paso de los años y de las vicisitudes de la vida mísera, no podían sostenerla en pie durante mucho tiempo. De su escaso cuello colgaba una hucha rectangular negra, con los bordes y las esquinas reforzadas en un metal brillante. La parte de arriba consistía en una pequeña chapa rectangular de color negro que contaba con una pequeña abertura, lo suficiente para que por ella entrara con dificultad una moneda. La señora sujetaba la hucha de una forma recia, con las dos manos, como si tuviese miedo a que se la arrebatasen. Como si ya lo hubieran hecho alguna vez. Tan solo, cada cierto tiempo, soltaba una de sus manos para frotarse los ojos, unos ojos totalmente blancos, opacos, casi solidificados de los cuales brotaban abundantes lágrimas.
No pude evitar pensar en otro ciego que conocía del barrio. Una mañana mientras desayunaba en un bar de Anjos entró Rui, con un palo de escoba a modo de bastón y unas enormes gafas de sol que le tapaban las marcas dejadas por unas quemaduras en las cuencas de los ojos. Él, cada mañana recorría todos los locales del barrio pidiendo unas monedas para echarse algo a la boca. Lo invité a desayunar. Él me contó su historia con toda clase de detalles. Aquellas quemaduras que ocultaba bajo las gafas, se las hicieron los esbirros de Salazar durante una de las numerosas detenciones que se produjeron en los primeros años de la dictadura. Para que hablara, para que confesara lo que querían escuchar le quemaron los ojos con ácido. Pero él no tenía nada que contar, a nadie que delatar. Desde aquel día, contaba mientras masticaba un bollo de arroz, busca seguir adelante, enfrentarse a sus miedos para olvidar el día que le robaron la vista.
La voz de la mujer sustituyó la imagen de Rui en mi cabeza. Había comenzado a cantar mientras sus inservibles ojos secos miraban al cielo, un cielo negro donde comenzaban a aparecer estrellas claras y brillantes que se atrevían a desafiar a las nubes reinantes. Me acerqué a un banco cercano donde dejé la bolsa cargada de libros y petiscos. Levanté la vista hacia el mismo cielo que miraba la mujer, una extraña atracción invisible que nos unía. Con los ojos clavados en el cielo sus cuerdas vocales se tensaron para interpretar una preciosa canción, amable y alegre. Un fado que hizo famoso la Rodrigues, pero que de su boca brotaba nostálgico y afligido. La voz me conquistó de inmediato, al igual que a todos los que andábamos por allí en ese momento.
Cuando la mujer terminó su repertorio me levanté con lágrimas en los ojos, me acerqué a ella para felicitarla por su voz, pero sobre todo por su forma de enfrentarse a una vida injusta desde la belleza de un talento único. Introduje como buenamente pude un par de billetes por la estrecha ranura de la hucha que colgaba de su cuello. Ella me lanzó una mirada con sus ojos blancos, como si realmente pudiera verme, y sonrió. Cuando me alejaba comenzaba a llover de nuevo, ella cantaba y yo ya no pensaba en no caerme, sino en levantarme siempre.


jueves, 24 de noviembre de 2016

SOBRE INVESTIGACIONES DOCTORALES Y BRINDIS AL SOL


           Hace un par de días asistía a unas jornadas doctorales ofrecidas por la universidad pública en la que curso mi trabajo de investigación doctoral. Es el segundo año en que se realizan y cubren la mayor parte de los días de una semana de noviembre o diciembre. Sus temas versan en torno a la vida de investigación universitaria. Este año concretamente lo hacían sobre un importante tema a tener en cuenta por todos los que nos encontramos en un momento decisivo para nuestra vida profesional: la transferencia de la investigación a la empresa. Un tema llamativo, interesante, al menos en un primer momento. Las presentaciones, jabonosas y cercanas al tedio como se acostumbra en estos actos, se alargaron durante más de media hora para después dejar paso a las primeras conferencias de la mañana, dos en concreto. En éstas se lanzaban peroratas sobre cómo dar el salto de la investigación universitaria al mundo laboral, y como suelen en su discurso mostraron por las humanidades el mismo interés que acostumbran: ninguno.

El grueso de las conferencias impartidas en ese día, como en las de los demás, se centraron en mostrar las herramientas y los programas proyectados por la universidad para, una vez terminada la tesis, poder encontrar un puesto laboral dentro del ámbito científico y tecnológico. Las horas fueron pasando, al igual que las disertaciones, sin que en ningún momento se hablara, ni de refilón, sobre la aplicación de estos maravillosos programas para hacer desembocar a los investigadores y estudiantes de artes y humanidades en las luminosas, y supuestamente perfectas, empresas con las que la universidad tiene convenios. Convenios hipotéticamente maravillosos para los jóvenes, pero que en realidad son contratos de prácticas abusivos donde el sueldo apenas llega ni para pagar una habitación en un piso de alquiler, pero que si sirven para llenar la casilla de experiencia del currículum para después dar el salto a una empresa que te ofrezca un contrato de los de verdad. Un camino de espinas, cierto, pero al menos un camino que a los demás, a los que estudiamos artes y humanidades no nos ofrecen.

Al menos en este caso ni se lo plantearon, pues como les digo ni una sola mención, ni un solo guiño hacía los estudiantes e investigadores del ámbito de las humanidades que ocupábamos la sala mayoritariamente. Las jornadas doctorales, creo que es importante aclararlo, son de asistencia obligatoria para todos los grupos de investigadores, sea cual sea tú tema de trabajo. Vayan o no a comentar algo que pueda incumbirte para tú futuro, ya sea educacional o laboral.

Cuando las jornadas andaban por la mitad de sus sesiones muchos ya habíamos asumido que nuestro papel en aquel asunto era meramente el de figurante. Una bonita, y móvil, decoración que ayudaba a que la sala no estuviera tan desangelada como estaría de haber acudido solamente los que verdaderamente habían recibido información y ofertas durante esos días. A pesar de todo aún había justos en Sodoma, o ilusos cada cual que piense lo que crea conveniente, y al finalizar una de las conferencias un chico levantó la mano para hacer una pregunta a los miembros de la mesa redonda. Su cuestión hacía referencia a lo que todos los investigadores en arte y humanidades presentes pensábamos, que no era otra que saber por qué se nos ignoraba cuando se hablaba de salidas profesionales de los futuros doctores. Incluso, el joven llegó a interrogarles sobre las posibilidades de encontrar programas o colaboraciones con empresas del sector, similares a las ya preparadas para la gente de ciencia y tecnología. Tras la pregunta el silencio se apoderó del recinto durante unos interminables segundos, para después tornarse en un lejano titubeo que se escapaba de la boca del encargado de la última conferencia y director del ámbito del que trataba el tema de los programas laborales. Su respuesta fue, tras el titubeo, encogerse de hombros mientras decía «Pues ahora mismo no sé, pásate por el despacho a ver si encontramos algo».

Buscarse la vida en el ámbito de la cultura y las humanidades a diferencia de lo que muchos creen es muy difícil, demasiadas horas de trabajo sobre los hombros por muy poco sueldo, o por ninguno. Muchas mili a las espaldas para aguantar según qué respuestas de parte de los encargados institucionales, los mismos que deberían ser los encargados de que tantas y tantas horas de trabajo reviertan en un puesto laboral digno. Desde luego ninguno de los que estábamos allí buscamos, ni queremos al menos por mi parte, que nadie nos solucione la vida, que nadie nos busque trabajo. Más aun sabiendo cómo funcionan esos brillantes contratos de becarios de los que hablábamos antes. Pero sin duda ayudaría, para seguir adelante en la investigación, que nuestras propias universidades no nos trataran como un grupo de investigadores de segunda. Algo que no solo es descorazonador, sino que también es denigrante.


De qué sirve que cuando el gobierno ─nacional o autonómico, eso es lo de menos─ ataque a las carreras de letras y humanidades se formen asambleas en los claustros y la gente se encierre, o manifieste, con el consentimiento y apoyo del rectorado y los diferentes estamentos universitarios. Que éstos firmen manifiestos criticando lo que ellos creen un comportamiento inquisitivo del poder ante la cultura, si cuando realmente tienen que defender las humanidades, en la lucha diaria, nos ignoran casi por completo. ¿Cómo queremos pretender que las humanidades tengan futuro dentro de la sociedad si incluso dentro del mundo universitario nos arrinconan en la esquina más oscura y alejada?