miércoles, 27 de mayo de 2009

CANELA EN RAMA


          Tengo una manía, me gusta sentarme en las terrazas de las cafeterías y ver pasar a la gente, creo que es una buena forma de conocer a las personas y personajes de una ciudad, me gusta observar sus costumbres, no solo sociales, sino también las gastronómicas, sobre todo cuando se trata de un país que no es el mío. Por eso suelo pasearme por los mercados de abastos aunque no compre nada, visito también los barrios alejados de la zona turística, en los que no hay monumentos ni museos, solo gente como usted y como yo, trabajadores, estudiantes, inmigrantes. Para mí, visitar estos lugares tiene tanta importancia como visitar las mejores salas de exposiciones, es la mejor forma de conocer a la gente que te rodea.

          Por eso, cuando tengo tiempo libre recorro cada barrio, cada calle de Lisboa, la ciudad donde actualmente vivo, no dudo en visitar  las cafeterías céntricas, como las de Alfama, Chiado o Gracia, así como las de los nuevos barrios del extrarradio de la capital portuguesa, esos que nacieron a la sombra de la Exposición Universal de 1998 y que no son exactamente el paraíso del turismo, allí te echas a la cara a grandes profesionales del gremio de la restauración, que te tratan como si fueras de la familia y no de la forma mecánica – lo sé por experiencia- con la que te tratan en bares del centro, atestados de turistas a todas las horas del día, pues hay ciudades en las que se mezcla el ansia urbanicida de los políticos de turno, con una cierta disneylización de los centros históricos, donde avalanchas de gente te impiden llevar a cabo una vida normal. Esta unión de factores provoca la eclosión de una nueva tipología de personaje social y urbano.


       A esta nueva tipología se le puede definir como rebaños de turistas, pastoreados normalmente por una joven guía autóctona, éstos, se pasean por la ciudad chocándose con la gente que camina en dirección contraria a la suya, porque solo miran por el objetivo de su cámara, o porque simplemente van mirando al cielo con la boca abierta, como si esperaran que en cualquier momento apareciera el Ángel caído espada en mano a cobrarse cuentas pendientes, asaltando después las tiendas de souvenirs como auténticos mercenarios, arrasando con cualquier obsequio que se interponga en su camino.

       El caso, es que el otro día me encontraba en una terraza, con mi café, tranquilamente leyendo y observando la flora y fauna del lugar, cuando vi doblar la esquina a una de esas guías con un paraguas azul en alto, el pánico se apoderoó de mi alma cuando vi el grupo que se recortaba detrás de la esbelta figura de la morena guía, que más parecía una modelo de cualquier marca de ropa íntima que una pastora de turistas. En pocos segundos los habituales del bar nos vimos rodeados por el grupo de turistas ingleses, no es que tenga nada contra el turismo, ni mucho menos, yo también soy, he sido y seré turista, además todo el mundo tiene derecho a ganarse la vida. La diferencia estriba en el comportamiento, en la educación. De niño me enseñaron a hacer turismo respetando la ciudad que visito, los monumentos, incluso a las hordas de hooligans disfrazados de quinceañeros.

 
       Es evidente que hay turistas y turistas, los más por suerte, visten normal, pasean tranquilos, se comunican con palabras y no con exabruptos, y  no pasean por los museos en chanclas de playa, comportiendo su sudoroso hedor con el resto de visitantes. Pero en este ocasión no fe así, lo primero que hicieron fue colocar todas las sillas en dirección al sol y llamar a voces al camarero, pidiendo sus consumiciones al unísono y a gritos, en ingles claro, pues hay gente que no es consciente de que existen más idiomas en el mundo además del suyo, y creen que todos tienen la obligación de hablar a la  perfección el inglis pitinglis. Cuando el camarero volvió con las cervezas, muchos ya se habían desecho de las camisetas, y mostraban orgullosos barriga cervecera y tatuajes varios de sus respectivos equipos de fútbol, pronto se animaron y comenzaron con cánticos ininteligibles, a uno de ellos se le puso la cabeza tan roja que pensé que le acabaría explotando-juro, que si lo hubiera hecho, hubiera soltado una carcajada-, no contentos con esto, rizaron el rizo del protocolo y celebraron el último trago de su ambrosia con estruendosos eructos. Canela en rama, vaya.

     Cuando ya estaba a punto de mandarlo todo al carajo e irme a quemar una agencia de viajes, apareció la modelo de ropa interior reconvertida en guía, decidiendo que ya era suficiente sufrimiento por hoy y con el paraguas en ristre siguió con la visita, su cara mostraba decepción y cansancio, pobre-pensé-, mientras se alejaba, y yo pedía otro café.

         

2 comentarios:

  1. Hola Edu. Me alegra mucho que de una vez empezaras con la idea del blog, enhorabuena.
    No te amargues por el borreguismo de los turistas que hay gente para todo, haber si algún día nos toca ser guías y nos encontramos en la misma situación que esa pobre chica, aunque yo creo que no aguantaría tanta sutileza inglesa. Con lo divertido que es ver los sitios por cuenta y riesgo, arrancando trozos de muro con una cucharilla jejeje!

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  2. El turismo debería ser algo invisible y sobretodo, algo que no condicione la vida de los habitantes del lugar (ya sea subiendo los precios o rompiendo la tranquilidad y ritmo de vida de la zona). Es muy triste ir a ciudades como Lisboa y no poder disfrutar de zonas que están invadidas por manadas (o más bien piaras) de gente escandalosa y molesta que destaca por estar fuera de lugar.

    "Tourists,respect portuguese silence or go to Spain"

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