miércoles, 20 de mayo de 2009

EL MOTÍN DE LA TRUCHA

            Desde niño colecciono historias, batallas, héroes, traidores, tanto nativos como foráneos. Pero en esta ocasión quisiera fijarme en una historia de mi tierra, una historia antigua, de gente dura y honesta, y de gente arrogante y mezquina, una historia como otras tantas, de una época en la que el “voto a Dios” antecedía un duelo a muerte- Una época, en la que la palabra honor significaba algo, y él que veía ofendido el suyo no dudaba en luchar para demostrar lo contrario, en definitiva una época en la que la mínima falta de respeto hacia una persona, hacía que la deshonrada tuviera todo el derecho a instalarte un palmo de metal entre pecho y espalda, al ofensor.

            La historia del motín de la trucha es una de ellas, ciertamente ha sido muy tergiversada y cambiada a intereses de unos y otros-como casi todo lo que nos rodea-. Incluso aparece la historia de un milagro con una hostia sagrada, pero bueno cada cosa a su tiempo. Comencemos con la parte histórica del asunto; nos encontramos en la ciudad de Zamora, en el invierno de 1158, enero para más señas, por estas fechas existe una ley a favor de los nobles -como casi todas por otra parte-, por la cual se permitía a los criados de estos, poder comprar todo lo que necesiten para sus señores hasta las nueve de la mañana, pudiendo así disfrutar de las mejores mercancías, sin el estorbo de los plebeyos. A la misma hora estos, esperaban en los alrededores del mercado a que comience a repicar la campana que les da acceso al recinto, y sí poder adquirir las migajas que habían dejado a su paso los esbirros de los nobles.

             Ese día, como todos, una de las personas que esperaban a que sonara la campana era Pedro “el pellitero”, conocido así por el pequeño negocio de venta de pieles que regentaba con su padre Benito en lo alto de la cuesta de Balborraz, una céntrica calle de la ciudad, y que según la leyenda estaba enamorado de una joven hidalga llamada Inés, hija de don Gómez Álvarez de Vizcaya, poderoso señor de Zamora y como buen poderoso, arrogante y cuya mayor diversión era despreciar a los plebeyos. Lo cual, ¿casualidad o manipulación?, no lo sé, nos sirve de coartada o de pretexto perfecta, lo que ustedes prefieran.

            Háganse idea, el joven enamoradizo de damas de alta alcurnia oye la campana y avanza con paso firme hacía un puesto de pescado que regenta un amigo suyo, este, le ofrece una espléndida trucha sanabresa que no se han llevado los criados de los poderosos, porque no la vieron o porque el pescadero pobre pero pícaro -el hambre aguza el ingenio-, había escondido a sabiendas que “el pellitero” vendrá a por ella para que le sirva de comida a su padre y a él. En el momento de la transacción irrumpe en el mercado, fuera de hora, el criado de don Gómez Álvarez de Vizcaya -otra “casualidad”-, llega al puesto del pescadero y exige con cajas destempladas esa trucha para su amo, “el pellitero”, dice que si hombre, que faltaría más, que se la da encantado, y si quiere también que le lleve unas manzanas de su cuenta, a ver si el “tragratruchas” de su amo revienta en su sillón. Evidentemente comienza una acalorada discusión entre ambos, animado por un grupo de gente que se encontraba allí comentando la jugada, el criado no solo sigue en sus trece, sino que además decide mofarse del joven por el amor que este siente por la hija de su amo. La multitud se arremolina y Pedro “el pellitero” pierde la razón, tras ciscarse en la madre que lo parió, se saca una daga de la faltriquera y se la clava en el pecho, dejándolo listo de papeles en el acto.

           En cuanto don Gómez se entera de la reyerta acude a la justicia mayor pidiendo venganza, por el atropello hacía su persona, pues la vida del criado supongo se la traería al pairo, lo que sobraban eran pobres. El caso es que al día siguiente “el pellitero” fue detenido y sentenciado a muerte. Esos días se reunió en la ciudad un consejo de fijosdalgo en la iglesia de San Román para intentar solucionar estos problemas barriobajeros, este consejo sería presidido por don Ponce de Cabrera, hijo del secretario del rey Fernando II de León. La decisión de este cabildo fue “muerte y escarmiento” y acabar con los pocos fueros con los que el pueblo contaba, ¡ que nadie piense que a un noble se le puede torear así como así!, estas decisiones no tardan en llegar a la gente que se encontraba cerca y la noticia corre como la pólvora por todo Zamora- El pueblo indignado se apelotono alrededor de la iglesia, el clima fue calentándose y alguien sugirió-dicho y hecho-, aprovechando que la plaza de la leña quedaba próxima, ir a por unos troncos y hacer una hoguera,  al poco la iglesia ardía como una tea, derrumbándose y aplastando a todos los que se encontraban dentro, a excepción de Ponce de Cabrera que consiguió huir espada en mano, pero que pronto fue herido y murió desangrado como un cerdo -cada uno como lo que es-- Su cuerpo aún yace en una tumba olvidada de la catedral zamorana.

            Los sublevados siguen con su procesión de asolamiento, y la casa del señor de Vizcaya corre la misma suerte que la iglesia, más allá esta la cárcel, donde “el pellitero” se encuentra preso, esperando el momento de su ajusticiamiento. Esta es quemada y derribada en parte, el preso es liberado y llevado a hombros como un héroe, este primer alborozo antecedió al miedo por las represalias que otros nobles podrían tomar contra ellos. Es ahora cuando seis mil personas-entre ellos los dos pelliteros-, parten de la ciudad hacía territorio portugués por el camino de Ricobayo, antes de cruzar el Duero deciden enviar una comitiva a León a pedir clemencia al rey Fernando II, este desoyendo la revancha de los nobles decide concederles la clemencia, claramente es mejor reinar sobré un territorio poblado, aunque sea por gente que a la mínima se subleva que gobernar un territorio despoblado, eso sí, les impone dos condiciones, que reconstruyan la iglesia con su dinero y pidan penitencia al Papa Alejandro III.

           A la zaga de los acontecimientos históricos aparece el llamado milagro de la hostia sagrada, que cuenta que durante el incendio del templo donde se reunían nobles y clérigos, la hostia habría abandonado la custodia y habría volado hacía el edificio cercano de las Dueñas, casa de viudas, que tras el acontecimiento tomaron los votos religiosos de la orden dominica, curiosamente, tras ver arder su casa y ver como su amado había desencadenado un levantamiento popular, Inés, hija de Gómez Álvarez de Vizcaya, decidió recluirse allí de por vida. Realmente la historia muestra una ciudad cansada de los abusos de los nobles y que son capaces de pasarse a cuchillo por un simple pez, una sociedad que fue la de nuestros antepasados y que defendían su honor a toda costa, a esto luego se le añade la leyenda amorosa y la fe milagrosa, pero eso ya es cosa de cada cual.

No hay comentarios:

Publicar un comentario