jueves, 4 de junio de 2009

EL CARGUERO SAN GABRIEL

Tiene ciento cincuenta metros de eslora, el casco pintado de azul oscuro y una superestructura de ocho pisos de altura de un color blanco impoluto en la que sobresale el puente de mando, su bandera es caboverdiana y su nombre resplandece con letras blancas de tres metros de alto a ambos lados del castillo de proa y en la popa de espejo, S. GABRIEL. La primera vez que lo vi se encontraba fondeado en el pequeño puerto de carga del río Tajo a su paso por Lisboa, cerca de su desembocadura, donde el río ya mide dieciséis quilómetros de ancho y tiene más de sesenta metros de profundidad, aquí, los cargueros y petroleros casi pasan desapercibidos cuando fondean en el medio de su cauce.
El carguero estaba allí, quieto, amarrado en las docas de Alfama, junto a la estación de ferrorril de Santa Apolónia, esperando a que una gran grúa de color amarillo acabase de descargar los enormes contenedores y lo cargara con otros nuevos, era finales del mes de septiembre del pasado año, fue la primera vez que paseaba por las docas, me acerque al borde, y allí estuve observando la operación realizada por la grúa durante un largo tiempo, debe de ser porque soy de tierra a dentro, pero me fascina el mar, y puntualizo, el mar, no la playa, me encanta observar a los barcos, sobre todo las grandes moles como cargueros y petroleros, aunque sea en el puerto de un río que está a punto de convertirse en parte del océano, pues aquí ya huele a salitre e incluso ya se puede apreciar un pequeño oleaje, además la zona cuenta con todo lo que debe tener un puerto marítimo, almacenes, cuerdas de amarras enrrolladas al borde del agua, marineros que buscan trabajo desesperadamente en algún navío y alguna puta desdentada que intenta llegar a final de mes gracias a los nuevos marineros que acaban de regresar a puerto, así como viejos trileros y mangantes de guante blanco que sin duda vivieron tiempos mejores y que ahora se dedican a dar el palo a turistas despistados y egoístas con una caja de cartón y tres cartas de póquer dadas la vuelta o que venden cerveza por los miradores para sacarse unos duros, enfrentándose en algunos casos, a los inmigrantes africanos y paquistaníes, que son los que controlan la venta ambulante de la ciudad, cuando el hambre aprieta se agudiza el ingenio.
Allí junto a la estación de ferrocarril y justo en frente de una estatua de bronce dedicada a los emigrantes portugueses se encuentra una tasca, un chigre, de los que suelen o solían crecer alrededor de los puertos, su nombre es "O Farol" y detrás de la barra esta su dueño y camarero, Nuno, un cincuentón de poco más de un metro sesenta de estatura, prominente panza y bigote negro, cuyo sueño de juventud fue ser picador de toros y lo más lejos que llegó fue a ser torilero ocasional en la plaza de Campo Pequeño de Lisboa, dejándolo todo para regentar el bar de su padre cuando a este le jubilo anticipadamente una angina de pecho. En sus mesas se da cita lo más pintoresco de la zona, vecinos, marineros jubilados y algún que otro turista despistado que acaba de llegar en tren y ansía tomar un café caliente, los parroquianos acodados en la barra dan cuenta del vino alentejano, cerveza y licor de ginja, mientras comentan las ultimas noticias, casi siempre de fútbol y de barcos, sobre todo de barcos y de cómo el gobierno invierte sus impuestos en crear nuevos puertos deportivos para los yates de los pijos de Estoril y Cascáis, mientras se olvidan de sus barrios, donde las casas se sustentan sobre vigas comidas por la carcoma y las termitas y los bares como los de Nuno cierran sus puertas para siempre.
Aquí fue donde conocí, -el mismo día que vi por primera vez el San Gabriel-, a aun tipo de mueca seria, que se encontraba al final de la barra, con una copa de ginebra Bols en la mano, mascaba con desgana un pastel de bacalao, tenía la piel morena y agrietada, casi acartonada, no había duda, era un marinero, llevaba a cuestas el sol y la sal de muchos años de trabajo, en sus brazos asomaban pequeños tatuajes de color verde oscuro, tatuajes imperfectos, hechos a mano en algún tiempo lejano, tal vez en su juventud. Después de la segunda copa entramos en conversación, me llamo Horácio Neves, natural de Lisboa -dijo-, había sido pescador durante muchos años, en las aguas donde hoy los piratas somalíes hacen estragos a la flota pesquera europea, mientras nuestras fuerzas del orden juegan a polis buenos y polis malos con ellos, después de más de veinte años lo dejo y se fue a vivir a Barcelona, donde aún sigue su mujer, él se embarco en un mercante y ahora se dedica a capitanear un barco que transporta ropa desde China y siempre que hace escala en Lisboa aprovecha para recorrer la ciudad y comer una dorada a la sal en el bar de Nuno, la mejor de toda la ciudad.
Tras apurar otra copa de ginebra me mostro dos fotos, una en blanco y negro, era la calle donde nacío , en la parte baja del barrio de Gracia de Lisboa, la otra, en color, era una imagen de La Barceloneta, donde le espera su mujer cuando se jubile en unos cuantos años, las miró y dijo: "Mi pasado y mi futuro, mi presente lo tengo ahí en frente", señalando en dirección al San Gabriel.
Hace unos días volví a avistar el San Gabriel fondeado en Alfama y me acerque a la tasca de Nuno, allí como siempre apoyado al fondo del bar estaba el capitán Horácio Neves con una copa de ginebra en la mano, lo salude como si saludara a un amigo de la infancia al que hace años que no ves y nos pusimos a hablar de Lisboa, de Barcelona, del futuro y del pasado, cuando el bar se fue animando nos conto alguna pequeña aventura de su ultima travesía, cosas nimias para el, pero que entusiasmaron a todos los allí congregados, al anochecer nos despedimos con un fuerte apretón de manos.
Es muy probable que no vuelva a verle nunca más, pues su próxima escala en Lisboa es en el mes de septiembre y yo para entonces ya no estaré en la ciudad, pero tal vez dentro de unos años podamos coincidir de nuevo en algún bar cercano a cualquier puerto, de cualquier ciudad, y el viejo capitán, junto a una copa de ginebra holandesa vuelva a contarme interesantes historias de su trabajo, y quizás, yo también le cuente alguna historia sobre el mío.

2 comentarios:

  1. El primero que leo, y me ha encantado, espero que sigas ahí todos los miercoles. (o casi todos, todos lo mismo es pedirte demasiado) Enhorabuena!

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  2. Según lo iba leyendo he visto el Tejo, el barco, el bar, la estacion de Sta.Apolonia, al marinero... Me ha encantao, de verdad.

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