miércoles, 17 de junio de 2009

EL VIEJO LIBRERO DEL CHIADO

Fue un libro de Louis Boussenard, impreso en el año 1906, en Lisboa, pero, les voy a ser sincero, el título era lo de menos, pues todos los títulos alineados junto a él en las estanterías eran de un valor y una belleza similar, una maravilla para los sentidos, formando una red de ediciones de clásicos portugueses, realizadas todas ellas a principios del pasado siglo XX. Allí aparecían decenas de volúmenes, desde Os Lusiadas de Luiz de Camôes, a Messagem de Fernando  Pessoa, pasando, como no, por Os Maias de Eça de Queiroz, o los folletines que este compartió con  su colega Ramalho Ortigâo en la prensa nacional, como  O misterio da estrada do Sintra, junto a ellas también algunas obras mediocres, como algún título del médico e historiador Julio Dantas, que no dejan de ser obras de arte en cuanto a la encuadernación se trata.

            Pero ese día no, no me decidí por ninguno de estos clásicos de las letras portuguesas, ese día apareció ante mis ojos una novela menos conocida, me llamó la atención su simple encuadernación, su título, Lucta de gigantes, del ya nombrado Louis Boussenard, una novela sobre las antiguas colonias lusas, que en esa época aun no eran antiguas, sino que eran simplemente colonias portuguesas. Su edición me hipnotizo desde el primer vistazo por simple y bella a partes iguales, encuadernada en veneciana de color azul oscuro, el canto reforzado con piel negra. La única marca que hacía acto de aparición para diferenciar este volumen de sus compañeros de estantería, era una pequeña gravura en el la piel oscura que reforzaba el libro, allí aparecía el título de la obra en letras doradas, en el interior los párrafos se extienden sobre papel biblia, mezclándose con ilustraciones, un total de treinta y seis- nada más, ni nada menos-, incluso cuatro de ellas son desplegables, una obra de arte en toda regla, un libro de esos que da respeto tocar, de cuando las cosas se hacían bien o no se hacían, cuando pensar en crear un edición de tapa blanda, era tomado por los impresores como una broma de mal gusto.

            El trato, se cerró en una antigua librería, en el  numero cuarenta y cuatro de la rua do Alecrim de Lisboa, en el barrio del Chiado, curiosamente justo enfrente de donde se levanta una escultura dedicada a una de las obras más importantes de la literatura portuguesa- de obligatoria lectura en todos los colegios del país-, allí, una mujer abre los brazos mientras es sujetada por un hombre, la escultura esta levantada en honor a la obra Os Maias, y por extensión en honor de su creador, ya mencionado. La librería casi pasaba-o pasa-, desapercibida por su escasa fachada, apenas hay sitio para la estrecha puerta y un pequeño escaparate donde se muestran no más de media docena de títulos, debajo del diminuta cristalera se puede observar un diseño en azulejos, donde se ve la cercana plaza del de Terreiro do Paço, actual plaza del Comercio- lugar de procesos inquisitoriales-, el dibujo la muestra antes del terremoto de 1755, el cual la dejó casi en ruinas. Sobre la puerta de entrada hay una vidriera que anuncia el negocio: ALFARRABISTA, compra-vende, LIBROS ANTIGUOS. Vaya por delante que la publicidad no engaña, en ambos laterales de la tienda se despliegan grandes estanterías, que en mejores épocas posiblemente estarían atestadas de pequeñas obras de arte encuadernadas en rustico y cosidas a mano, pero que ahora solo cuentan con unos centenares de volúmenes, eso sí, de la misma calidad que los que la ocupaban en los años dorados de la librería. En una mesa colocada entre ambas estanterías aparecen distintos grabados, diseños y dibujos, cuyas fechas de creación varían entre los primeros años del pasado siglo, hasta la mitad del mismo, por si fuera poco, junto a la mesa donde observaba  su negocio el viejo librero, se amontonan revistas de temáticas varias, valdría con decir, que el número más moderno que allí se encuentra, narra a bombo y platillo la reciente boda entre Rainiero de Mónaco y la actriz Grace Kelly, de esa fecha hacia atrás, lo que ustedes quieran.

            El librero, ya he dicho, anciano, delgado, con largos dedos huesudos, pero de mirada viva y despierta, como si los años hubieran pasado por su cuerpo pero no por su alma. Pero los años no pasan en balde para nadie, me di cuenta de ello, cuando me acerque a interesarme por el precio de un volumen, el viejo librero sufría párkinson, la enfermedad se encontraba en un estado avanzado, y tristemente apenas le permitía mantenerse sentado recto en el sillón, pero a pesar de las violentas sacudidas que le producía su cuerpo, él, seguía tratando los libros con sumo cuidado, con una delicadeza innata, con la que se nace, solo rozaba el ejemplar con la punta de los dedos, como si tuviese miedo a que si lo tocase demasiado este se deshiciera. Tras darle una pequeña ojeada, me dio un precio, irrisorio para ese volumen, casi blasfemo, diría yo. Cuando confirme que me quedaba con él, salió de la trastienda una mujer de unos cuarenta años, cara redonda, pelo cortado a la altura de la nuca y rictus serio en sus facciones, la hija del librero-supuse-, por la forma en la que lo trataba. Con un irritante hilo de voz, que contrastaba con la serenidad de aquel pequeño templo de la literatura portuguesa. Estamos de liquidación, dijo con el mismo tono de voz, ya veo-pensé-, mientras observaba al viejo librero tachar, con dificultades derivadas de su enfermedad, el título del libro que acababa de vender, o de perder para siempre, según reflejaba su mirada, fue entonces cuando supuse que al catálogo de la librería se habían añadido los títulos de su colección privada, y le destrozaba ver como se desgajaba lo que tanto le había costado conseguir a lo largo de su vida, supongo, que esto se debería a falta de dinero, falta de espacio, o simplemente falta de cultura de los inmediatos herederos, que cierta es esa frase que dice: cuanto más peligroso es un ignorante que un malvado.

            Supongo que en ese momento, como amante de los libros me sentí un poco identificado con el viejo librero, viendo como su bien más preciado se resquebrajaba, supongo, que mientras sus joyas salen por la puerta de su antiguo negocio para no volver más, él, pensara nervioso quien será el que lo ha comprado, si lo leerá, o simplemente lo amontonara en una estantería sin darle uso y matando así su función, o si sabrá tenerlo a buen recaudo, lejos de la luz directa, de la humedad. Con un libro nuca te sientes solo, yo, personalmente, si ante un supuesto cataclismo, tuviera que salvar alguno de mis bienes materiales, sin duda indultaría mis libros-junto a algunas fotografías familiares-. Aunque hay que aclarar que el posesivo: mis libros, es muy relativo, normalmente los libros  sobreviven a sus dueños, a sus coleccionistas, y siempre te queda la duda de que pasará con tu biblioteca particular cuando tú desaparezcas, si tus herederos o quien proceda, sabrán valorarlos y conservarlos, aumentando la colección con sus propios títulos, o por lo contrario los venderán al mejor postor, o aún peor, si serán parte de un vertedero. Lo cierto-pensé-, es que un libro es un estorbo para el que no la valora.


            Por lo que el trabajo ahora es nuestro-me dije-, nosotros somos los encargados de transmitir el amor a los libros, o a lo que sea que coleccione o venere cada cual. No sirve decir, si le gusta ya lo valorará, cierto es, que hay casos en los que así es,- los menos-. Pero no se equivoque, el ser humano no es tan inteligente como nos creemos, necesita que le espoleen su comportamiento e inteligencia para que respete y comprenda lo que tiene ante sus narices, además, sepa, que la inteligencia humana tiene límite, pero no la estupidez, se sorprendería de ver hasta qué punto lo demostramos cada día. 

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