miércoles, 29 de julio de 2009

BARCELONA TRÁGICA

Las ultimas bujías alumbraban la plaza de Cataluña, cuando una delgada figura entraba en ella, vestía pantalón de pana marrón, una camisa blanca raída y una visera de paño calada hasta las cejas, bajo el brazo un siniestro paquete. Clareaban las primeras luces del día mientras el joven anarquista se colocaba la pistola Máuser que llevaba escondida bajo la ropa, descendió por las Ramblas rápido y enérgico, llevaba prisa, no había duda. La gente estaba nerviosa y se arremolinaba en la calle del Hospital y la plaza del Padró donde una negra columna de humo marcaba el lugar donde el convento de los Jerónimos ardía como una tea, el anarquista aprovecho este revuelo para colarse en el cercano mercado de Sant Josep de la Boqueria y colocar el paquete entre unas cajas de fruta que se amontonaban en uno de los primeros puestos del mercado. Salió de allí rápidamente en dirección al puerto sin mirar atrás, cuando el anarquista llegaba a la altura del Gran Teatro del Liceo la bomba que ocultaba el paquete hizo explosión llenando el centro de Barcelona de pánico y muerte, eran las nueve de la mañana, el plan había salido según lo acordado.
Esto, podía ser el comienzo de una novela, pero no lo es -por lo menos de momento-. Lo arriba narrado es uno de los cientos de aconteciminetos que llenarón Barcelona de muerte y disturbios callejeros y de cientos de edificios incendiados entre los días 26 de julio y el 1 de agosto de 1909, exactamente hace ahora cien años, y el abajo firmante cree que es buena oportunidad para sacar estos echos de nuevo a la superficie.
El caso es que España aún no se había recuperado del varapalo que le produjo la perdida de las últimas colonias en el año 1898 y el gobierno conservador de Antonio Maura quería aumentar su presencia en el norte de África, es entonces cuando se decide construir un ferrocarril que uniera Melilla con las minas de Beni-Buifur, los trabajadores son atacados por los Cabileños, -habitantes de una región montañesa al norte de Argelia-, este incidente hace que se desencadene la conocida como guerra de Marruecos que se extenderá hasta 1927, debido a esto Maura decidió iniciar un programa colonialista que iba en contra de la idea general de España, que por entonces estaba imbuida en una época pacifista, para llevar a cabo este intento de colonización fue necesario mover a los reservistas que deberían embarcar en el puerto de Barcelona, por supuesto estos reservistas eran trabajadores y cabezas de familia que llevaban a sus respectivas casas el sueldo que mantenía a flote la economía familiar, evidentemente esta decisión no fue tomada bien por las clases populares, más aún después de ver como la gente perteneciente a la burguesía media se libraba de acudir a Marruecos al pagar 6000 reales, algo impensable para unos trabajadores cuyo sueldo en la época apenas ascendía a 10 reales. Cuando el 18 de julio de 1909 se embarcaron los primeros reservistas se produjo en el puerto un pequeño tumulto, cuando unas burguesas quisieron entregar unos escapularios, medallas y tabaco a los que se embarcaban, al mismo tiempo llegaron a la ciudad nuevas noticias de Marruecos sobre el gran numero de bajas producidas en el enfrentamiento. Rápidamente desde Madrid se llegó a un acuerdo para llevar a cabo una huelga general para el día 2 de agosto, pero en Barcelona los obreros comenzaban a tener conciencia social y el partido Solidarizat obrera decidió actuar por sorpresa y fijo un paro de 24 horas para el lunes día 26 de julio de 1909, fue este paro el que sirvió de germen a la semana trágica.
Por aquella época el gobernador de Barcelona, Ángel Osorio y Gallardo dimitió de su cargo al negarse a decretar el estado de guerra en la ciudad, sustituyéndole en el cargo el abogado valenciano Evaristo Crespo Azorín, al decretarse el estado de guerra la huelga fue seguida mayoritariamente no solo en Barcelona, sino también en numerosas ciudades catalanas, como Sabadell, Tarrasa, Badalona, Mataró, Granollers y Sitges, creándose también un comité de huelga para la coordinación de la misma, fue entonces cuando el gobierno echó al ejercito a la calle, este fue acogido por el pueblo con gritos en su favor, siendo la primera jornada de la revuelta un día pacífico. Pero todo cambio el día 27 de julio, cuando se confirmó que más de mil doscientos reservistas -la mayor parte de ellos del grupo que había salido de Barcelona-, habían fallecido en el llamado desastre del Barranco del Lobo, esta información creó que toda la población se echara a la calle, lo cual provocó que este día fuera el primero de insurrección, con el levantamiento de barricadas en las calles. Hubo un fuerte cambio en las iniciales protestas antibelicistas y estas se tornaron en protestas anticlericales que acabarón con el incendio de cientos de iglesias, conventos y escuelas religiosas, incluso se llegaron a profanar sepulturas, estos echos anticlericales llegaron incluso a hacer cambiar uno de los proyectos arquitectónicos de Antoni Gaudí, pues este tenia pensado coronar la parte alta de la Pedrera con una imagen de la virgen del Rosario con los arcángeles San Miguel y San Gabriel a su lado, y no lo hizo así por miedo a que la turba confundiendo este edificio con un convento lo prendieran fuego y lo saquearan. Después de que ardieran los primeros edificos se declaro la ley marcial en la ciudad, y comenzaron a apreciarse los primeros disparos en las zonas de las Ramblas, los anarquistas intentaban promover más el pánico colocando varias bombas a lo largo de la ciudad, el ejercito decide ahora apartar su actitud pasiva y esto hace que se encendieran más los ánimos.
El anticlericalismo visto en la semana trágica, se debía a varios motivos muy arraigados en el proletariado de la ciudad, ya que la iglesia era el estamento más cercano a los trabajadores y esto daba lugar a roces continuos entre unos y otros, como por ejemplo en el tema de la educación, pues los colegios religiosos inculcaban una educación que iba en contra de la causa obrera, aparece ahora la figura de Ferrer i Guardia ideólogo de la escuela moderna y laica que no tuviera nada que ver con la iglesia, este intelectual y anarquista tendría mucha fuerza social, lo que acabaría por costarle la vida meses más tarde de estos acontecimientos, incluso la situación llego a un momento incontrolable cuando la iglesia apoyó e impulsó a los llamados sindicatos amarillos que iban en contra de los sindicatos anarquistas que eran los mayoritarios en la ciudad. Por otro lado el comité de la huelga ve como el asunto se les ha ido de las manos y se ven incapaces de controlar a los exaltados y de evitar que cada día la ciudad amaneciera con numerosas columnas de humo que proceden de edificios religiosos, a todo esto, el ejercito se revela contra el poder central y contra Antonio Maura- si este pone un circo le crecen los enanos-,y decide ponerse del lado de los huelguistas a los que consideran compañeros.
La mayor y primordial necesidad de los sublevados es que la revuelta se contagie por el resto de la península y se haga más fuerte, pues al no contar con un cabecilla que la diría, los huelguistas se dedican a dar palos de ciego y a llevarse la contraria unos a otros, lo cual hace que la fuerza primera del levantamiento se desinfle en unos pocos días, el gobierno central de Madrid por miedo a que la sublevación se extendiera hizo entender al resto del país la idea de que lo ocurrido en Barcelona simplemente era una protesta de carácter separatista y en busca de la independencia, ese mismo día llegaron a la capital catalana tropas de refuerzo desde Valencia, Pamplona y Burgos que tomaron el control de las calles y de la situación entre el ultimo día del mes de julio y el primero de agosto.
Evidentemente la represión por parte del gobierno de Maura no se hizo esperar y fue el ministro de gobernación Juan de la Cierva y Peñafiel -un autentico torturador y verdugo-, el que se hizo cargo de la situación, ese mismo día se ordena detener a miles de personas, unos 2000 fueron procesados de los cuales 175 fueron desterrados - El Heraldo de Aragón habla de unos trenes que llegaron a Alcañiz, un tren mixto procedente de Barcelona con un grupo de personas vigiladas por doce guardias civiles-, se produjeron 59 cadenas perpetuas y otras 5 personas fueron condenadas a muerte, entre ellas se encontraba el anteriormente mencionado Ferrer i Guardia, ideologo de la creación de las escuelas laicas y anarquista, que fue acusado por el gobierno de ser el cabecilla de la insurrección obrera, basándose solamente en una carta remitida por los prelados de Barcelona -echo este, que la historia a demostrado no fue real-, los cinco condenados fueron fusilados el 13 de octubre de 1909 en el castillo de Montjuïc, castillo este, regado durante muchos años de sangre inocente, de los últimos fusilamientos en su interior no han pasado aún muchos años.
La crudeza con la que el gobierno de Antonio Maura respondió al movimiento obrero fue duramente criticada, no solo en el interior de España, sino también en toda Europa, organizando la prensa extranjera una gran campaña en contra, también se llevaron a cabo numerosas manifestaciones e incluso algún asalto a embajadas. El rey Alfonso XIII alarmado por esto y posiblemente temeroso de un golpe de estado que le quitara de en medio decidió que había llegado la hora de cesar a Maura y dar el puesto de presidente de gobierno a el liberal Segismundo Moret.
Ya les he comentado que esta semana se conmemora el primer centenario de la semana trágica de Barcelona, y por suerte el ayuntamiento de la ciudad, el govern de Cataluña y la Generalitat se han puesto manos a la obra -realmente y les voy a ser sincero, me sorprendió, pues no hay cercanas elecciones de ningún tipo, y estos individuos no suelen dar puntada sin hilo-, y han organizado junto a historiadores y personas y empresa publicas una serie de exposiciones sobre el centenario por toda la ciudad, de fotografiás, objetos de la época e incluso titulares de periódicos, incluso se puede asistir a un teatro de calle que representa los actos más importantes y llamativos de la semana trágica, ya era hora de que se hiciera un poco de justicia hacía las personas que tanto lucharon para que ahora nosotros podamos vivir como vivimos. Cuanto nos queda por agradecerles y cuanto tendríamos que aprender de ellos.

miércoles, 22 de julio de 2009

ESTACIONES FANTASMA


            Viajo mucho en metro, normalmente por necesidad, pero también lo hago por gusto. Siempre que la vida me lleva a una ciudad que cuenta con esta forma de transporte aprovecho para usarlo en algún momento de mi estancia, aunque no lo necesite. Por eso tengo algún que otro recuerdo metropolitano, como en el de Londres, donde más encerrado me sentí, pues el túnel pasa a solo unos centímetros del vagón, la suciedad que envuelve al de Roma, que me sorprendió negativamente, o lo caótico del de Berlín- por aquello del nombre de las estaciones-. O el de Lisboa,   más tranquilo y fácil de utilizar- porque solo tiene cuatro líneas-. Pero como ya habrán intuido, hoy no quiero hablar de la calidad de las redes de transporte público de las ciudades europeas, sino que quiero hacerlo sobre otras curiosidades que normalmente no están a la vista, pero que si afinas los sentidos puedes apreciarlas aunque sea solo por unos segundos, y que a veces debido a ciertos elementos que las rodean hacen que te sobresaltes y te sorprendan.

             En muchas ocasiones pienso, que cuando en el año 1924 inauguraron el primer tramo del Gran Metropolitano de Barcelona- el cual unía la plaza de Cataluña con la plaza de Lesseps-, nadie pensó lo rápido que crecería este medio de transporte, y mucho menos que algunas de sus estaciones fueran a día de hoy un elemento llamativo para tantas personas. Lugares que atraen a los curiosos, y que te piden saber más e investigar sobre su historia. Ciertamente es posible que para muchas personas sean nimiedades, casualidades de la vida, elementos desechados de la continua evolución de la ciudad subterránea, que nace a la vez que crece y evoluciona la superficie. Tal vez tengan razón y sea silo eso, pero no me negaran que en algunos casos alcanzan cierto carácter romántico, de cuento gótico o fantástico.

             Supongo que muchas personas que viven en Barcelona, o de los miles de visitantes que llegan a la ciudad Condal al cabo del año se harán la misma pregunta; ¿cómo es posible que el gran arquitecto catalán Antoni Gaudí no cuente con una estación de metro dedicada? Algo por otro lado normal, pues él tiene mucha culpa de que Barcelona sea conocida mundialmente-. La respuesta es muy sencilla, sí que existe esta estación con su nombre. Está ahí, pero no se molesten en buscarla en el plano del metro barcelonés porque no la encontrarán- ya les he dicho que hoy el asunto tiene carácter romántico-fantasmagórico-, pero lo cierto es real, se ve a menudo. Solo hay que saber dónde y cuándo mirar. La estación fantasma de Gaudí curiosamente se encuentra cerca de la tumba del arquitecto- supongo que no será casualidad-, y bajo de la avenida que lleva su nombre, la que une la Sagrada Familia-obra insigne del genio de Reus-, con el Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, otra obra modernista del arquitecto Lluís Domènech i Montaner. Estos son también los nombres de las dos estaciones que se sitúan a ambos lados de la de Gaudí.

            La citada estación debería haber pertenecido a la línea cinco del metro de la capital catalana, la línea azul, su construcción fue realizada en el año 1960 para que sirviera de enlace entre la antigua línea dos y la nueva línea cinco. Pero nunca entró en funcionamiento, nunca fue abierta al público ¿por qué? no lo sé, nadie aún ha sido capaz de aclarármelo al cien por cien. Posiblemente la planificación cambió y no fue necesario ese enlace, tal vez al crear la nueva estación de la Sagrada Familia la de Gaudí perdió utilidad, pues se encuentran demasiado cerca. Lo cierto es que aún hoy entre los oscuros túneles del metro de Barcelona sale a la luz de vez en cuando esta estación, en muchas ocasiones no se aprecia bien, hay que ir muy pendiente y tener suerte para que en ese preciso momento no se cruce en tu campo de visión el tren que circula en dirección contraria. En ocasiones los trabajadores del metro la tienen iluminada con luces de emergencia, una luz tenue, casi fantasmal que envuelve el enclave con una mágica combinación. La mortecina iluminación que revive por milésimas de segundos los antiguos elementos de una estación anclada en el tiempo, creada y cerrada en los años sesenta. No puedo tampoco dejar de pensar la mala suerte que tuvo Gaudí con los transportes públicos, en el año 1926 un tranvía lo arrolló acabando con su vida, y treinta y cuatro años después  la estación que debería llevar su nombre se pierde en el olvido y la oscuridad del subsuelo barcelonés antes de ser inaugurada.

             Hay al menos otro caso de estación fantasma en España, en este caso se encuentra en el centro de Madrid, concretamente se trata de la estación de Chamberí sobre la línea uno, situada entre las estaciones de Iglesia y Bilbao- tampoco la encontrarán en el mapa-, en el barrio y bajo la plaza del mismo nombre. Fue inaugurada el 17 de octubre de 1919 siendo una de las ocho estaciones que conformaron la primera línea metropolitana de la capital, Cuando ésta se  remodeló los andenes crecieron de los sesenta metros que tenían hasta los noventa, para que los nuevos trenes pudieran circular hasta con seis vagones, y no con los tres como hasta entonces lo hacían, facilitando así el mayor y más rápido transporte de pasajeros. Este cambio y la cercanía entre ambas estaciones, acabaría volviendo no rentable la parada de Chamberí. Fue cerrada el 21 de mayo de 1966,  tapiaron las bocas que daban entrada desde la castiza plaza y la estación perdió su vida, recortaron sus andenes para facilitar la circulación, pero aun así todos los trenes reducen la velocidad cuando atravesaban las instalaciones abandonadas. El recorrido desapareció de la memoria colectiva durante más de cuarenta años, pero los viejos andenes de Chamberí siempre estuvieron allí, recordando a sus viajeros y su historia. Durante el paso de los años permaneció aislada del mundo, lo que no evito que la estación sufriera actos de vandalismo, actos que no acabaron con su belleza, aunque si la volvieron un tanto tétrica.

               En la actualidad la estación fantasma de Chamberí se ha convertido en la estación museo de Chamberí. Es curioso, según escribo estas líneas tengo justo delante unas cuantas fotos de la estación madrileña cuando aún estaba abandonada, ocupada por indigentes y llena de grafitis. En ellas se puede ver el hall de entrada, con sus antiguos tornos de color verdosos oxidados, los azulejos blancos de su bóveda de entrada están oscurecidos por el paso del tiempo, e incluso algunos de ellos se han despegado y yacen rotos en el suelo. La iluminación es muy pobre, solo un gran foco que cuelga encima de la antigua garita donde alguien un día vendió billetes, esta tenue luz hace que se recorten siluetas siniestras y que se insinúen algunos de las pintadas que manchan sus paredes. Se observaban partes grises color de ceniza, como si un fuego hubiera devorado esa parte. Dentro, acercándote a las escaleras se puede ver el cartel que marca la dirección hacía Vallecas realizado en azulejos decorados en colores vivos, allí finalizaba el recorrido de la línea uno en el año 1966. A la altura de los andenes llega al cenit del asunto, se conservan aún los carteles publicitarios de la época en la que se cerró definitivamente la estación. Todas ellos realizados en azulejo de distintos colores- una obra de arte-. Uno de estos anuncios es de relojes Longines, “el mejor reloj” dice la publicidad, en la que un ángel dorado sujeta un reloj enorme. Otro anuncio con fondo amarillo, muestra a un hombre vestido de chaqué apuntando a una estrella, el anuncio dice: “Café torrefacto LA ESTRELLA” montFRA. 32. Otro más allá anuncia los Almacenes Rodríguez “Sírvase apéese en el metro estación de Gran Vía”, entre todos estos anuncios aparece el símbolo del metro de Madrid; un rombo achatado en rojo sobre fondo blanco, en el centro en negro el nombre de la estación, una verdadera maravilla. Parece que en cualquier momento va a hacer aparición uno de esos trenes originales de madera, apeándose de él los trabajadores con su serillo al hombro, y las mujeres con la cesta de mimbre en dirección al mercado de abastos más próximo.

             Como ven nuestro país tiene maravillas y curiosidades también bajo tierra, les invito a que la próxima vez que hagan alguno de estos recorridos afinen la mirada, e intenten ver alguna de estas estaciones fantasma. Además la de Chamberí hoy en día esta restaurada, puede visitarse y pasear por parte de su interior de forma gratuita, es una experiencia interesante. Se la recomiendo.

miércoles, 15 de julio de 2009

UNA TORTILLA GADITANA

La historia es de sobra conocida por todos, nos situamos en marzo del año 1812, día 19, festividad de San José en Cádiz. Un grupo de personas que no han reconocido a José Bonaparte  como nuevo rey de España promulgan la primera constitución española, conocida por la historia como la Pepa, que según datos históricos estuvo en vigor durante dos años, concretamente hasta el día 24 de marzo de 1814, cuando el rey Fernando VII volvió a tomar las riendas del país, -gobierno que no se merecía por traidor y por descerebrado- Pero si somos rigurosos, esta constitución no estaría en vigor salvo en la isla que formaban la Isla de León y Cádiz, unidas por el majestuoso arrecife , ya que durante el  periodo al que nos referimos una buena parte de España -la mayoría- estaba bajo el poder de Napoleón, y era gobernada por las Águilas Imperiales, representadas estas en la figura de José I. Lo que si es cierto, sin ningún tipo de duda, es que esta constitución fue el final de un duro recorrido, recorrido que comenzó el 25 de septiembre de 1808 en Aranjuez, con la creación de una Junta Suprema Central Gobernativa, que más tarde recalaría en Sevilla y que en primer término fue dirigida por un anciano conde de Floridablanca, hasta que falleció, lo que sirvió para darle paso a un grupo de jóvenes, entre los que destacará Quintana. Esta junta en primera instancia estaba dedicada a dirigir las fuerzas contra los invasores, llevando a cabo una posterior reconstrucción del estado, que acabaría en la creación de unas cortes constituyentes en Cádiz, cortes que posteriormente y tras dos años de reuniones, con sus más y sus menos entre liberales y serviles, militares y eclesiásticos, aprobarían finalmente la primera constitución española.

            Lo cierto es que esta constitución no murió tras la llegada de nuevo al poder de Fernando VII -el mayor cretino que ha puesto sus pies en España, que ya es ser cretino-sino que volvería a utilizarse en dos ocasiones más, la primera de ellas durante el breve periodo que abarco el trienio liberal (1820-1822), y una segunda entre los años 1836 y 1837, bajo el influjo de un gobierno progresista que la usaría mientras daban de paso una nueva constitución, la de 1837. La constitución de Cádiz, tal vez no fue una ruptura total con el pasado, pero estableció una serie de cambios digamos interesantes, como  la libertad de imprenta, el fin del tormento y la tortura, llegando incluso a aprobar la desaparición del Santo Oficio. Hubo acuerdos sobre el reparto de las tierras y  la libertad de industria, pero como ya he dicho antes, todos estos cambios se vieron truncados cuando el rey francés abandonó el trono que su hermano había conseguido para él y las tropas imperiales de Napoleón volvieron a cruzar los Pirineos.  Fernando VII, volvió al trono e implantó de nuevo el absolutismo del que tanto gustaba, dejando con un palmo de narices a los afrancesados, que veían en la figura del rey francés la ilustración, y con ella la salvación del país. Quedando con la misma cara de tontos los realistas, que habiendo luchado por su país y por su rey,  vieron como este, no solo no les felicitó por su actuación contra el invasor y el apoyo a España, sino que les acusó de haber dado un golpe de estado contra el poder de su insigne persona, aprovechando el vacío de poder en el trono español-mientras su rey (pobrecito mío) estaba de vacacione pagadas en el sur de Francia a sueldo de Napoleón- y ponía como prueba del intento golpista la constitución que estos habían redactado tiempo atrás, siendo diputados y liberales perseguidos y encarcelados al mismo modo que los afrancesados, sin distinción –como ven, de desagradecidos, incultos y mal nacidos esta nuestra historia llena-.

            Ya les he dicho, que esta historia es por todos conocida, y todos-o casi- los libros de  historia la recogen, con datos, fechas y nombres, incluso si gustan del tema, existe un museo en Cádiz exclusivamente dedicado a tal fin, con interesantes mapas, pinturas de los diputados y una gran maqueta de la ciudad de Cádiz en madera noble. Pero a  lo que el abajo firmante quiere hacer referencia hoy, es, a una curiosidad histórica, o tal vez a una curiosidad gastronómica si ustedes lo prefieren así. Quiero hablar de un plato común, y recurrente en las mesas de este país. La tortilla francesa.

            Tal vez el nombre, o el pensamiento generalizado ha hecho que la memoria y la conciencia historia de muchas personas, hagan creer que el nacimiento de este sencillo y tan socorrido plato se deba a la peculiar osadía de un chef de Montmartre, a una costumbre regional francesa, o a un plato pastoril, fácil y rápido. Nada más lejos de la realidad, aunque siendo justos si hay que apuntar que nuestros vecinos tuvieron algo que ver en este descubrimiento culinario, me explico. Su origen es español-cuando España era una Isla- y como ya se imaginarán a esta altura de la película, también tuvo mucho que ver la tierra de Cádiz, concretamente la Isla de León-actual San Fernando- . Esta ciudad fue cercada por las tropas francesas- estas dominaban el territorio desde Rota hasta el Sancti Petri y bombardeaban  Cádiz y la Isla desde La Cabezuela y La Carraca - con la intención de hacerse con lo que quedaba de España, y obligarles a aceptaran a su rey como rey oficial de España. Los gaditanos allí asediados dijeron que ni hablar del peluquín, y las tropas imperiales decidieron cortar todo suministro de alimentos y mercancías, pensando que así, sin víveres, y recibiendo las envestidas de las tropas galas, no tardarían en sucumbir. Pero no solo sobrevivieron a los ataques franceses, sino, que también fueron capaces de resistir a la fiebre amarilla-fiebre que sólo hizo moverse a los diputados de San Fernando a Cádiz- siguiendo los isleños en su lucha contra los enfantsdelapatrie hasta que el ejército inglés llegó en su ayuda, si es que se puede decir que los ingleses han ayudado o han sido aliados de alguien en su perra vida.

            Fue durante este férreo asedio, cuando comenzaron a escasear los alimentos en la Isla del León, mientras en Cádiz más alejado de la jarana de la guerra, de los fusileros y de todas las incomodidades de las bombas diarias, no sentían la escasez de nada, pues el puerto estaba abierto, y recibían barcos tanto de las Indias como de sus aliados ingleses, viviendo curiosamente mejor los asediados, que los militares franceses que llevaban a cabo el cerramiento, y que malvivían comiendo pan duro, bebiendo vino aguado y durmiendo entre chinches. El caso es que en medio de esta marabunta de acontecimientos, en la Isla de León, lo primero en desaparecer fueron las patatas-los soldados realistas allí acuartelados se lo comían todo- alimento esencial, por barato y eficiente a la hora de matar el hambre de aquellos que luchaban por mantener a raya a los soldados del pequeño emperador francés. Sin patatas por supuesto, no podía fabricarse la tortilla española, fue entonces cuando alguien decidió seguir haciéndolas pero de forma simple, es decir, sin patata- nunca me cansaré de repetir que el hambre agudiza el ingenio- además si había un alimento del cual los franceses no podían privarles, estos eran los numerosos huevos que ponían a diario las gallinas que habitaban en cada casa de la ciudad.


            Evidentemente, el nuevo bautismo gastronómico no se hizo esperar, y como a los españoles, más si cabe a los gaditanos, lo que nos sobra es guasa en el cuerpo, tuvieron la feliz idea de llamarla tortilla a la francesa, en honor al país que les tenía aislados del resto del mundo. Las tropas francesas al ver como los españoles en vez rendirse ante el poderoso ejército francés, se enfrentaban a ellos en las calles, les sacudían bombazos desde su fuerte en Puntales, les cercenaban el cuello a la mínima incursión en los caños salineros, creaban guerrillas que les acribillaban en las serranías andaluzas y se reían de su rey llamándolo Pepe Botella, comenzaron a caer en la desmotivación, desmotivación que les costaría no conquistar España al completo, sino la perdida de esta guerra, y el comienzo del declive del Imperio Napoleónico. Pues resultó que el país que quiso conquistar sin despeinarse Napoleón, no era un país normal, era un país lleno de pobres y creyentes a pies juntillas- casi a partes iguales- que no tenían nada que perder, y que no dudaban en  pasar a cuchillo a cualquiera que fuera en contra de su Dios y de su rey-hasta los sacerdotes en los púlpitos predicaban que matar franceses no era pecado-. Lástima que el rey por el que lucharon, no se mereciera ni una gota de sangre de la que el pueblo derramó por él. De nuevo y a pesar de todo, perdimos una valiosa oportunidad de abrir España a la luz de la ilustración y colocar una par de guillotinas en algunas plazas principales, desterrando para siempre el olor a sacristía y absolutismo trasnochado que aún hoy nos acompaña.

miércoles, 8 de julio de 2009

LA FADISTA CIEGA


No suelo ir repartiendo limosna a todo el que me la pide, ni mucho menos. Además viviendo en Lisboa seria tarea imposible, pues si diera a todo los que mendigan unas monedas, en pocas semanas pasaría a engrosar la larga lista de transeúntes que alargan el brazo y abren la mano al ver pasar junto a ellos a otros transeúntes, mientras recitan alguna frase ininteligible y desfigurada de tanto repetirla mecánicamente al cabo de las horas y de los días. No bromeo, es ingente el número de personas que se buscan la vida de forma precaria intentando que el prójimo se apiade de ellos y les de alguna monedilla. Solo en la manzana en la que vivo- un barrio obrero cerca del centro de la ciudad- hay seis gorrillas aparcando coches, una lisiada que pide a la puerta de un supermercado y dos ciegos que deambulan por las calles sin dirección aparente.

 

            Entre los que piden en la calles de Lisboa resaltan unos cuantos conocidos en toda la ciudad, entre ellos: un joven que toca el acordeón, mientras su perro enano sujeta una pequeña cesta con los dientes, o el ciego de la línea azul del metro, que pide mientras lleva a cabo su peculiar actuación, con su bastón golpea el suelo y con un pequeño metal hace lo mismo contra una hucha también metálica que lleva colgando del cuello, llevando al mismo tiempo el ritmo de una canción con la boca, y sin perder el equilibrio. Resaltan también una joven pareja, que suele estar en la puerta de una iglesia de la rua Garret, ella toca la flauta, mientras él pasa la gorra por la calle recitando de memoria “una limosna para la flautista que les alegra el oído y la vista”, y por supuesto los gorrillas que llenan las calles de la ciudad a cambio de una moneda o un cigarrillo.

 

            Entre toda esta gente, lo que más llama mi atención desde los primeros días en los que llegué a la capital lusa, lo que más me sorprendió fue ver que más de la mitad de los que mendigaban en ella eran ciegos. Un día mientras desayunaba en un bar del barrio de Martim Moniz- barrio de inmigración por excelencia de Lisboa- me encontré con Rui, un hombre de unos cincuenta y muchos años, con un palo de escoba a modo de bastón y unas grandes gafas de sol que le tapaban las marcas de quemaduras cerca de las cuencas de los ojos, me pidió dinero, no se lo di-ya he dicho que no voy repartiendo dinero por ahí- pero sin embargo lo invité a desayunar. Él, agradecido –supongo- me contó su historia; no nació ciego, fue durante la dura y larga dictadura de Salazar cuando se quedó así, fue detenido e interrogado, parece ser que una de las formas más utilizadas por los esbirros del dictador portugués era quemar con ácido los ojos de los detenidos, también a otros les cortaban el brazo a la altura del codo, a algunos les toco las dos cosas-decía Rui, mientras mordisqueaba un bollo de arroz-.

 

            Hace unos pocos días volví a recordar la historia de Rui, fue mientras volvía de comprar una botella de Fonseca en una pequeña bodega situada cerca del mercado de la Ribera en la zona de Cais do Sodre. Decidí volver a casa andando, acababa de anochecer y la temperatura invitaba al paseo, pase por debajo del arco del triunfo que abre paso a la rua Augusta, la calle que une la plaza del Comercio con la plaza de Pedro IV – más conocida como plaza del Rossio- la plaza que allá por abril de 1974 vio como la revolución pacífica de los claveles acababa con la dictadura de Marcelo Caetano -no con la de Salazar como muchos dicen, pues Salazar había muerto en el año 1970, al caerse de una tumbona-. El caso, es que allí estaba, era la primera vez que la veía- y sin embargo paso por esa calle a diario- era una mujer bastante gorda, casi obesa, de más de sesenta años, estaba sentada a la luz de un escaparate de una tienda de ropa, ya que su piernas no podían aguantarla de pie durante mucho tiempo, de su cuello colgaba una hucha rectangular, negra, con los bordes y las esquinas reforzadas de metal, la parte de arriba consistía en una chapa de color negro con una pequeña abertura en el centro, lo justo para que entrara una moneda por ella, nada más. La mujer sujetaba la hucha fuertemente, con las dos manos, como si tuviese miedo a que se la arrebataran, seguro que eso ya la ha sucedido en alguna ocasión- pensé-, solo soltaba una de sus manos de vez en cuando para frotarse los ojos, unos ojos totalmente blancos, de los cuales brotaban abundantes lágrimas.

 

            De repente la mujer comenzó a cantar, mientras sus inservibles ojos blancos miraban al cielo, un cielo negro y estrellado –posiblemente Lisboa sea la única capital europea desde la que puedes observar las estrellas sentado en un banco del centro- un cielo que tal vez ella algún día vio y que ahora añora, o que nunca conoció, pero que por una extraña atracción observa sin verlo, pensando tal vez en porque esta privada de la vista y de poder tener una vida decente, pues los ciegos en Portugal no reciben  ayuda del gobierno, ni por parte de alguna institución –ni pública ni privada-.

 

            De las cuerdas vocales de la mujer salió un fado, una canción preciosa. La reconocí enseguida, se trataba de A casa portuguesa, fado que Amália Rodrigues hizo famosa e internacional. Les aseguro que la voz de la mujer ciega no tenía nada que envidiar a la de la gran fadista, y mucho menos a la de las que se llaman así mismas artistas y que cantan fados en restaurantes del Barrio Alto y en Alfama, mientras unos camareros desganados te sirven una comida intragable y de ínfima calidad, -nada que ver con la del resto de la ciudad- mientras los comensales en muchos casos tienen que soportar los berridos de estas divas de la canción, acabando el deleznable espectáculo con una minuta que asusta, pues la ínfima comida y el espectáculo sale a testículo de palmípedo. El caso es que la voz de la ciega era espléndida, pura, fuerte y clara, me senté frente a ella en la cristalera de una sucursal del banco Espirito Santo y la escuche durante un largo rato, ella fue desgranando los más famosos fados del país, hablando de Coimbra, de Alfama, de los viejos pescadores, del río Tajo y del terremoto que arrasó la ciudad, estaba maravillado, al igual que las otras personas que se paraban junto a mí para oír a la mujer.

 

            Cuando la mujer acabó con uno de sus fados me levanté con la intención de retomar mi camino, saque mi cartera y cogí todas las monedas que llevaba en ella, me acerqué, la felicité por su voz e introduje cuidadosamente una a una todas las monedas por la estrecha abertura de la hucha negra, ella me lanzó una mirada con sus ojos blancos, como si realmente pudiera verme y sonrió.

           

            Cuando me alejaba, ella comenzó a cantar de nuevo y yo comencé a pensar, en Rui, en las cantantes de los restaurante, en la fadista ciega y maldije las dictaduras, la sinrazón, y a los estados gobernados por personas pusilánimes que no ayudan a gente que lo necesita y que favorecen a que esta maldita vida sea tan injusta.

miércoles, 1 de julio de 2009

ERA INQUIETO Y LABORIOSO

No quiero hacerle un homenaje, nada de eso, él era tan modesto como riguroso, además personalmente pienso que los homenajes se deben hacer con el homenajeado delante, en vida, para que pueda disfrutarlo y opinar sobre ello, en los homenajes póstumos siempre hay mucha palabrería hueca. En muchas ocasiones, si el finado es un personaje público, esta palabrería aparece en boca de políticos y personas pertenecientes a distintas instituciones, las cuales, muchas de ellas ni siquiera conocieron al homenajeado, no lo quisieron bien, ó simplemente no le hicieron ningún caso en vida. Esto es un recuerdo, un guiño hacia un maestro, de parte de uno de tantos historiadores,-entre los que generacionalmente me incluyo-, que acudieron a alguna de sus clases.
Julio Valdeón,- al que me refiero-, falleció hace unos días en un hospital de Valladolid, a los setenta y dos años de edad. Fue catedrático de historia medieval durante más de treinta años en varias universidades españolas: la Complutense de Madrid, la universidad de Sevilla y la universidad de Valladolid. Posiblemente el mayor medievalista de las últimas décadas, y sin duda, el mejor homenaje que recibió a lo largo de su vida, fue ver a diario como sus alumnos llenaban las aulas para oír al erudito hablar sobre historia medieval, esa historia tan vilipendiada y olvidada por la mayoría, pero de gran importancia, pues sentó las bases de la sociedad en la que ahora vivimos. Él siempre la defendió a capa y espada durante todos los años que se dedicó a la docencia y la investigación,-como demuestra la gran cantidad de libros que escribió-. Este estudio y esta defensa del medievo, lo llevo a formar parte de la Real Academia de Historia y a recibir el pasado año 2004, el prestigioso premio nacional de historia por una minuciosa obra sobre el rey Alfonso X, gracias a su estudio, a su dedicación y a sus esfuerzos, la historia medieval española sufrió la mayor renovación de su historia -nunca mejor dicho-, la llevo en volandas hasta el lugar que merecía, por lo que su nombre es imprescindible cuando se habla sobre estudios medievales en las últimas décadas.
La vida de Julio Valdeón estuvo enlazada a muchos de los importantes acontecimientos históricos de la reciente historia de España, nació el 21 de julio de 1936, solo unos días después de que estallara la guerra civil en el país, se crió en el seno de una familia republicana y socialista, vio como su padre era fusilado a finales del mismo año en el que Valdeón vio la luz, estudió en la escuela marxista universitaria. Ya durante la transición fue uno de los máximos impulsores intelectuales de la autonomía de Castilla y León, así como uno de los primeros covocantes de la fiesta que todos los 23 de abril celebra el día de los comuneros en Villalar (Valladolid), también en el año 1977 se presento por las listas del partido comunista a las primeras elecciones libres después de una larga dictadura. En los últimos veinte años formó parte de dos comisiones, la primera, una comisión dedicada a la reforma de la enseñanza de historia en la educación secundaria -lastima que los ministros de educación no sigan el ejemplo de personas como Julio-. Su segunda participación en una comisión fue en la que se dedicó a resolver el contencioso de los papeles del archivo de Salamanca sobre la guerra civil,-asunto que aún colea-.
La última vez que lo vi, fue en uno de los pasillos que unen la biblioteca con la puerta de entrada de la facultad de filosofía y letras, en Valladolid. Llevaba traje y su pelo blanco peinado hacía atrás, apenas cruzamos un saludo y cuatro palabras. No fui alumno suyo, pero si asistí a varias de sus clases durante los años que estudie en la facultad donde el impartía conocimientos, siempre me valió la pena sacar un hueco de vez en cuando para oír al maestro, él me enseño que lo importante para un historiador no es recordar fechas, eso lo puede saber cualquiera,- todo está en los libros-, un buen historiador debe ir más allá de fechas y nombres, viendo de forma general los echos, y solo con eso saber cuando y porque se desencadena el carrusel de actuaciones políticas y sociales, que desencadenan cambios históricos, saber conocerlo y explicarlo con claridad, así como aprender a aplicar la historia a lo que se nos viene encima en la actualidad, pues la historia siempre se repite.
Supongo que a muchos nos ocurrió lo mismo cuando nos enteramos del fallecimiento de Julio Valdeón, nos asalto un sentimiento de vació intelectual, algo parecido a lo que se siente cuando se ve arder una biblioteca ó un archivo documental, ves como se pierde un punto de cultura y sabiduría del cual nunca más vas a poder disfrutar, ni acceder para aumentar tus conocimientos.
Con la desaparición de Julio Valdeón, los historiadores y estudiantes de historia, así como los amantes de esta ciencia, perdemos un gran e importante punto de referencia y sin duda, la historia medieval pierde un gran estudioso y a un férreo defensor.