miércoles, 8 de julio de 2009

LA FADISTA CIEGA


No suelo ir repartiendo limosna a todo el que me la pide, ni mucho menos. Además viviendo en Lisboa seria tarea imposible, pues si diera a todo los que mendigan unas monedas, en pocas semanas pasaría a engrosar la larga lista de transeúntes que alargan el brazo y abren la mano al ver pasar junto a ellos a otros transeúntes, mientras recitan alguna frase ininteligible y desfigurada de tanto repetirla mecánicamente al cabo de las horas y de los días. No bromeo, es ingente el número de personas que se buscan la vida de forma precaria intentando que el prójimo se apiade de ellos y les de alguna monedilla. Solo en la manzana en la que vivo- un barrio obrero cerca del centro de la ciudad- hay seis gorrillas aparcando coches, una lisiada que pide a la puerta de un supermercado y dos ciegos que deambulan por las calles sin dirección aparente.

 

            Entre los que piden en la calles de Lisboa resaltan unos cuantos conocidos en toda la ciudad, entre ellos: un joven que toca el acordeón, mientras su perro enano sujeta una pequeña cesta con los dientes, o el ciego de la línea azul del metro, que pide mientras lleva a cabo su peculiar actuación, con su bastón golpea el suelo y con un pequeño metal hace lo mismo contra una hucha también metálica que lleva colgando del cuello, llevando al mismo tiempo el ritmo de una canción con la boca, y sin perder el equilibrio. Resaltan también una joven pareja, que suele estar en la puerta de una iglesia de la rua Garret, ella toca la flauta, mientras él pasa la gorra por la calle recitando de memoria “una limosna para la flautista que les alegra el oído y la vista”, y por supuesto los gorrillas que llenan las calles de la ciudad a cambio de una moneda o un cigarrillo.

 

            Entre toda esta gente, lo que más llama mi atención desde los primeros días en los que llegué a la capital lusa, lo que más me sorprendió fue ver que más de la mitad de los que mendigaban en ella eran ciegos. Un día mientras desayunaba en un bar del barrio de Martim Moniz- barrio de inmigración por excelencia de Lisboa- me encontré con Rui, un hombre de unos cincuenta y muchos años, con un palo de escoba a modo de bastón y unas grandes gafas de sol que le tapaban las marcas de quemaduras cerca de las cuencas de los ojos, me pidió dinero, no se lo di-ya he dicho que no voy repartiendo dinero por ahí- pero sin embargo lo invité a desayunar. Él, agradecido –supongo- me contó su historia; no nació ciego, fue durante la dura y larga dictadura de Salazar cuando se quedó así, fue detenido e interrogado, parece ser que una de las formas más utilizadas por los esbirros del dictador portugués era quemar con ácido los ojos de los detenidos, también a otros les cortaban el brazo a la altura del codo, a algunos les toco las dos cosas-decía Rui, mientras mordisqueaba un bollo de arroz-.

 

            Hace unos pocos días volví a recordar la historia de Rui, fue mientras volvía de comprar una botella de Fonseca en una pequeña bodega situada cerca del mercado de la Ribera en la zona de Cais do Sodre. Decidí volver a casa andando, acababa de anochecer y la temperatura invitaba al paseo, pase por debajo del arco del triunfo que abre paso a la rua Augusta, la calle que une la plaza del Comercio con la plaza de Pedro IV – más conocida como plaza del Rossio- la plaza que allá por abril de 1974 vio como la revolución pacífica de los claveles acababa con la dictadura de Marcelo Caetano -no con la de Salazar como muchos dicen, pues Salazar había muerto en el año 1970, al caerse de una tumbona-. El caso, es que allí estaba, era la primera vez que la veía- y sin embargo paso por esa calle a diario- era una mujer bastante gorda, casi obesa, de más de sesenta años, estaba sentada a la luz de un escaparate de una tienda de ropa, ya que su piernas no podían aguantarla de pie durante mucho tiempo, de su cuello colgaba una hucha rectangular, negra, con los bordes y las esquinas reforzadas de metal, la parte de arriba consistía en una chapa de color negro con una pequeña abertura en el centro, lo justo para que entrara una moneda por ella, nada más. La mujer sujetaba la hucha fuertemente, con las dos manos, como si tuviese miedo a que se la arrebataran, seguro que eso ya la ha sucedido en alguna ocasión- pensé-, solo soltaba una de sus manos de vez en cuando para frotarse los ojos, unos ojos totalmente blancos, de los cuales brotaban abundantes lágrimas.

 

            De repente la mujer comenzó a cantar, mientras sus inservibles ojos blancos miraban al cielo, un cielo negro y estrellado –posiblemente Lisboa sea la única capital europea desde la que puedes observar las estrellas sentado en un banco del centro- un cielo que tal vez ella algún día vio y que ahora añora, o que nunca conoció, pero que por una extraña atracción observa sin verlo, pensando tal vez en porque esta privada de la vista y de poder tener una vida decente, pues los ciegos en Portugal no reciben  ayuda del gobierno, ni por parte de alguna institución –ni pública ni privada-.

 

            De las cuerdas vocales de la mujer salió un fado, una canción preciosa. La reconocí enseguida, se trataba de A casa portuguesa, fado que Amália Rodrigues hizo famosa e internacional. Les aseguro que la voz de la mujer ciega no tenía nada que envidiar a la de la gran fadista, y mucho menos a la de las que se llaman así mismas artistas y que cantan fados en restaurantes del Barrio Alto y en Alfama, mientras unos camareros desganados te sirven una comida intragable y de ínfima calidad, -nada que ver con la del resto de la ciudad- mientras los comensales en muchos casos tienen que soportar los berridos de estas divas de la canción, acabando el deleznable espectáculo con una minuta que asusta, pues la ínfima comida y el espectáculo sale a testículo de palmípedo. El caso es que la voz de la ciega era espléndida, pura, fuerte y clara, me senté frente a ella en la cristalera de una sucursal del banco Espirito Santo y la escuche durante un largo rato, ella fue desgranando los más famosos fados del país, hablando de Coimbra, de Alfama, de los viejos pescadores, del río Tajo y del terremoto que arrasó la ciudad, estaba maravillado, al igual que las otras personas que se paraban junto a mí para oír a la mujer.

 

            Cuando la mujer acabó con uno de sus fados me levanté con la intención de retomar mi camino, saque mi cartera y cogí todas las monedas que llevaba en ella, me acerqué, la felicité por su voz e introduje cuidadosamente una a una todas las monedas por la estrecha abertura de la hucha negra, ella me lanzó una mirada con sus ojos blancos, como si realmente pudiera verme y sonrió.

           

            Cuando me alejaba, ella comenzó a cantar de nuevo y yo comencé a pensar, en Rui, en las cantantes de los restaurante, en la fadista ciega y maldije las dictaduras, la sinrazón, y a los estados gobernados por personas pusilánimes que no ayudan a gente que lo necesita y que favorecen a que esta maldita vida sea tan injusta.

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