miércoles, 15 de julio de 2009

UNA TORTILLA GADITANA

La historia es de sobra conocida por todos, nos situamos en marzo del año 1812, día 19, festividad de San José en Cádiz. Un grupo de personas que no han reconocido a José Bonaparte  como nuevo rey de España promulgan la primera constitución española, conocida por la historia como la Pepa, que según datos históricos estuvo en vigor durante dos años, concretamente hasta el día 24 de marzo de 1814, cuando el rey Fernando VII volvió a tomar las riendas del país, -gobierno que no se merecía por traidor y por descerebrado- Pero si somos rigurosos, esta constitución no estaría en vigor salvo en la isla que formaban la Isla de León y Cádiz, unidas por el majestuoso arrecife , ya que durante el  periodo al que nos referimos una buena parte de España -la mayoría- estaba bajo el poder de Napoleón, y era gobernada por las Águilas Imperiales, representadas estas en la figura de José I. Lo que si es cierto, sin ningún tipo de duda, es que esta constitución fue el final de un duro recorrido, recorrido que comenzó el 25 de septiembre de 1808 en Aranjuez, con la creación de una Junta Suprema Central Gobernativa, que más tarde recalaría en Sevilla y que en primer término fue dirigida por un anciano conde de Floridablanca, hasta que falleció, lo que sirvió para darle paso a un grupo de jóvenes, entre los que destacará Quintana. Esta junta en primera instancia estaba dedicada a dirigir las fuerzas contra los invasores, llevando a cabo una posterior reconstrucción del estado, que acabaría en la creación de unas cortes constituyentes en Cádiz, cortes que posteriormente y tras dos años de reuniones, con sus más y sus menos entre liberales y serviles, militares y eclesiásticos, aprobarían finalmente la primera constitución española.

            Lo cierto es que esta constitución no murió tras la llegada de nuevo al poder de Fernando VII -el mayor cretino que ha puesto sus pies en España, que ya es ser cretino-sino que volvería a utilizarse en dos ocasiones más, la primera de ellas durante el breve periodo que abarco el trienio liberal (1820-1822), y una segunda entre los años 1836 y 1837, bajo el influjo de un gobierno progresista que la usaría mientras daban de paso una nueva constitución, la de 1837. La constitución de Cádiz, tal vez no fue una ruptura total con el pasado, pero estableció una serie de cambios digamos interesantes, como  la libertad de imprenta, el fin del tormento y la tortura, llegando incluso a aprobar la desaparición del Santo Oficio. Hubo acuerdos sobre el reparto de las tierras y  la libertad de industria, pero como ya he dicho antes, todos estos cambios se vieron truncados cuando el rey francés abandonó el trono que su hermano había conseguido para él y las tropas imperiales de Napoleón volvieron a cruzar los Pirineos.  Fernando VII, volvió al trono e implantó de nuevo el absolutismo del que tanto gustaba, dejando con un palmo de narices a los afrancesados, que veían en la figura del rey francés la ilustración, y con ella la salvación del país. Quedando con la misma cara de tontos los realistas, que habiendo luchado por su país y por su rey,  vieron como este, no solo no les felicitó por su actuación contra el invasor y el apoyo a España, sino que les acusó de haber dado un golpe de estado contra el poder de su insigne persona, aprovechando el vacío de poder en el trono español-mientras su rey (pobrecito mío) estaba de vacacione pagadas en el sur de Francia a sueldo de Napoleón- y ponía como prueba del intento golpista la constitución que estos habían redactado tiempo atrás, siendo diputados y liberales perseguidos y encarcelados al mismo modo que los afrancesados, sin distinción –como ven, de desagradecidos, incultos y mal nacidos esta nuestra historia llena-.

            Ya les he dicho, que esta historia es por todos conocida, y todos-o casi- los libros de  historia la recogen, con datos, fechas y nombres, incluso si gustan del tema, existe un museo en Cádiz exclusivamente dedicado a tal fin, con interesantes mapas, pinturas de los diputados y una gran maqueta de la ciudad de Cádiz en madera noble. Pero a  lo que el abajo firmante quiere hacer referencia hoy, es, a una curiosidad histórica, o tal vez a una curiosidad gastronómica si ustedes lo prefieren así. Quiero hablar de un plato común, y recurrente en las mesas de este país. La tortilla francesa.

            Tal vez el nombre, o el pensamiento generalizado ha hecho que la memoria y la conciencia historia de muchas personas, hagan creer que el nacimiento de este sencillo y tan socorrido plato se deba a la peculiar osadía de un chef de Montmartre, a una costumbre regional francesa, o a un plato pastoril, fácil y rápido. Nada más lejos de la realidad, aunque siendo justos si hay que apuntar que nuestros vecinos tuvieron algo que ver en este descubrimiento culinario, me explico. Su origen es español-cuando España era una Isla- y como ya se imaginarán a esta altura de la película, también tuvo mucho que ver la tierra de Cádiz, concretamente la Isla de León-actual San Fernando- . Esta ciudad fue cercada por las tropas francesas- estas dominaban el territorio desde Rota hasta el Sancti Petri y bombardeaban  Cádiz y la Isla desde La Cabezuela y La Carraca - con la intención de hacerse con lo que quedaba de España, y obligarles a aceptaran a su rey como rey oficial de España. Los gaditanos allí asediados dijeron que ni hablar del peluquín, y las tropas imperiales decidieron cortar todo suministro de alimentos y mercancías, pensando que así, sin víveres, y recibiendo las envestidas de las tropas galas, no tardarían en sucumbir. Pero no solo sobrevivieron a los ataques franceses, sino, que también fueron capaces de resistir a la fiebre amarilla-fiebre que sólo hizo moverse a los diputados de San Fernando a Cádiz- siguiendo los isleños en su lucha contra los enfantsdelapatrie hasta que el ejército inglés llegó en su ayuda, si es que se puede decir que los ingleses han ayudado o han sido aliados de alguien en su perra vida.

            Fue durante este férreo asedio, cuando comenzaron a escasear los alimentos en la Isla del León, mientras en Cádiz más alejado de la jarana de la guerra, de los fusileros y de todas las incomodidades de las bombas diarias, no sentían la escasez de nada, pues el puerto estaba abierto, y recibían barcos tanto de las Indias como de sus aliados ingleses, viviendo curiosamente mejor los asediados, que los militares franceses que llevaban a cabo el cerramiento, y que malvivían comiendo pan duro, bebiendo vino aguado y durmiendo entre chinches. El caso es que en medio de esta marabunta de acontecimientos, en la Isla de León, lo primero en desaparecer fueron las patatas-los soldados realistas allí acuartelados se lo comían todo- alimento esencial, por barato y eficiente a la hora de matar el hambre de aquellos que luchaban por mantener a raya a los soldados del pequeño emperador francés. Sin patatas por supuesto, no podía fabricarse la tortilla española, fue entonces cuando alguien decidió seguir haciéndolas pero de forma simple, es decir, sin patata- nunca me cansaré de repetir que el hambre agudiza el ingenio- además si había un alimento del cual los franceses no podían privarles, estos eran los numerosos huevos que ponían a diario las gallinas que habitaban en cada casa de la ciudad.


            Evidentemente, el nuevo bautismo gastronómico no se hizo esperar, y como a los españoles, más si cabe a los gaditanos, lo que nos sobra es guasa en el cuerpo, tuvieron la feliz idea de llamarla tortilla a la francesa, en honor al país que les tenía aislados del resto del mundo. Las tropas francesas al ver como los españoles en vez rendirse ante el poderoso ejército francés, se enfrentaban a ellos en las calles, les sacudían bombazos desde su fuerte en Puntales, les cercenaban el cuello a la mínima incursión en los caños salineros, creaban guerrillas que les acribillaban en las serranías andaluzas y se reían de su rey llamándolo Pepe Botella, comenzaron a caer en la desmotivación, desmotivación que les costaría no conquistar España al completo, sino la perdida de esta guerra, y el comienzo del declive del Imperio Napoleónico. Pues resultó que el país que quiso conquistar sin despeinarse Napoleón, no era un país normal, era un país lleno de pobres y creyentes a pies juntillas- casi a partes iguales- que no tenían nada que perder, y que no dudaban en  pasar a cuchillo a cualquiera que fuera en contra de su Dios y de su rey-hasta los sacerdotes en los púlpitos predicaban que matar franceses no era pecado-. Lástima que el rey por el que lucharon, no se mereciera ni una gota de sangre de la que el pueblo derramó por él. De nuevo y a pesar de todo, perdimos una valiosa oportunidad de abrir España a la luz de la ilustración y colocar una par de guillotinas en algunas plazas principales, desterrando para siempre el olor a sacristía y absolutismo trasnochado que aún hoy nos acompaña.

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