miércoles, 16 de septiembre de 2009

SU MAJESTAD BUBY I

Hoy les voy a contar una historia fantástica, pero no fantástica por lo increíble, sino en el sentido más infantil y fantasioso del termino, pues lo que narraré a continuación a todos nos suena y todos lo hemos escuchado en boca propia y ajena, sobretodo si convivimos con niños a nuestro alrededor.

El pequeño rey Buby I, un rey niño de un país mediterráneo pierde su primer diente de leche, esa misma noche el joven rey recibe la visita en su alcoba de un pequeño animalito, un ratón de pelo gris, con bigotes respingones y juguetones, raudo y veloz escala hasta el rostro del joven rey Buby I colocando su cola en el interior de la nariz del monarca, automáticamente este reacciona a la intromisión en su aparato respiratorio con un gran y rotundo estornudo, después de esto el joven monarca se convirtió en ratón. Tras los primeros momentos de lógico escepticismo por parte del rey, ambos roedores rápidamente se dedicaron a tareas primariamente ratoniles y tras devorar algunas de las viandas que el rey guardaba en sus aposentos ambos huyeron de allí, el monarca recién convertido en roedor acompaño a su nuevo amigo a su propia casa, situada en la confitería de Carlos Prats donde vivía dentro de una caja de galletas junto a su familia, allí le invita a una taza de té, conversan durante un largo rato, mientras tanto el rey se adapta a su nuevo cuerpo y a su nuevo cargo, menos importante pero mucho más satisfactorio que el que tenía anteriormente, pues su tarea a partir de ahora consistirá en acompañar al ratón original en la honrosa misión de recorrer el mundo visitando todas las casas donde un niño pierda un diente de leche y tras recuperarlo de debajo de su almohadón cambiárselo por un regalo.

A estas alturas del articulo muchos estarán pensando que e bebido o he fumado y que leches estoy contando hoy, sin embargo seguramente otros muchos sabrán a quien me estoy refiriendo con esta historia, pues no es otra cosa que la famosa historia del Ratoncito Pérez, por supuesto no quiero contarles una historia que todos ya conocen y que es una tontería como otra cualquiera, sino que quiero valerme de ella para volver a contar una anécdota o curiosidad histórica que tanto me gustan, quiero explicarles porque y de donde viene el asunto o la leyenda en cuestión.

Pues bien, la historia del joven monarca Buby I, de la cual nacerá la famosa leyenda del Ratoncito Pérez, pertenece a la necesidad de la madre de un monarca español de explicar a su joven hijo a que se debe la caída de los dientes de leche cuando este tenía ocho años, la madre de este, responde al nombre de María Cristina y fue la que decidió encargar al padre Coloma-jesuita, abogado de profesión que se dedicó sin embargo a escribir en distintos periódicos para defender la Restauración Borbonica- la creación de un cuento infantil que sirviera para que el rey viviera de forma fantástica la normal evolución de su cuerpo. No se si ya habrán caído en la cuenta de la identidad del joven rey, pues este no es otro que Alfonso XIII, monarca mimado y odiado – por monárquicos y anarquistas respectivamente-, desde su nacimiento hasta su muerte, que pudo haber sido antes de lo que fue si la suerte que le caracterizo durante toda su vida no le hubiera sonreído -pues sobrevivió a dos atentados consecutivos, uno en París y otro en Madrid y a un tiroteo en 1913 en plena calle Álcala a manos de un anarquista, catalán y mal tirador-.

Como ven la leyenda no es tan antigua como muchos pensábamos -o por lo menos de lo un servidor pensaba-, sino de los últimos años del pasado siglo XIX, una época un tanto revuelta por lo menos políticamente hablando en territorio español, con la fructificación del movimiento anarquista, la fuerte enraización de la monarquía más tradicionalista y con partidos moderados y conservadores a la gresca y todo esto aliñado con una ingente cantidad de bombas volando de un lado al otro, pero en la que también había cabida para momentos digamos más “tiernos” y que han aguantado y han sido recordados por la gente de a pie hasta nuestros días.

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