miércoles, 25 de noviembre de 2009

OPERACIÓN BLANCA NAVIDAD

Por el nombre y las fechas en la que nos encontramos, dicha operación podría tratarse de una campaña de recogida de alimentos, de ropa o de juguetes para hacer felices durante unos días a niños sin hogar, actos estos que tanto gustan a nuestros políticos de medio pelo quienes aprovechando estos días de esparcimiento y buenas intenciones-aunque ellos no las tengan nunca-, se fotografían delante de las puertas de los hospicios, los hospitales o las residencias de ancianos intentando arrebañar algún que otro voto entre la mariscada de navidad y la de el día de fin de año. Pero no, esta operación llamada blanca navidad, no tiene nada de buena intención, ni de filantropía hacía los más necesitados, sino que se trata de un mezquino y xenófogo juego de palabras llevada a cabo por una serie de individuos dedicados a la política en el norte de Italia.

Hablemos del asunto, la localidad donde acontece este triste acto de racismo es el municipio de Coccaglio, en la provincia de Brescia, dentro de la región de Lombardia- en la zona central del norte del país-, una ciudad de unos 7000 habitantes, donde más de 1500 son inmigrantes. Resulta que ahora el “bueno” del alcalde de la localidad lombarda quiere que estos sean desalojados -por las buenas o por las malas-, antes de la señalada fecha del día 25 de diciembre de este año, por supuesto el día escogido por este esperpento de persona que hace las funciones de alcalde no ha sido elegido al azar, ya que según sus propias declaraciones el día en si corresponde a una fecha importante para los católicos, pero de ninguna importancia para los islámicos. Lo que él no dice y no lo dice porque lo ignora es que no todos estos inmigrantes de los que el se quiere deshacer como si fueran simples envoltorios de polvorones son de religión musulmana sino que también los hay católicos, aunque sinceramente que quieren que les diga, el tema de la fecha es lo de menos y a mi humilde modo de ver se esta usando a modo de cortina de humo, pues lo importante son los hechos no las fechas, y un tirano o un verdugo lo es igual el día de navidad que el día de San Juan Nepomuceno.

Lo que ya no tiene perdón es el nombre que le han dado a la operación, con un claro acento racista y xenófogo, pues es una clara alusión al color de piel de la mayoría de los futuros deportados, los cuales provienen en su mayoría de Albania y de Marruecos, ya son varios los medios de comunicación de nivel internacional los que denominan a este alcalde como de nazi, y tal vez no sean adjetivos subidos de tono, ya que el partido que controla la zona es una coalición de la Liga Norte- de la extrema derecha-, junto con el partido de El Pueblo de la Libertad de Silvio Berlusconi -después de esto poco más hay que añadir-.

Lo peor de todo es que este no sera un caso aislado, pues se teme que si la operación sigue adelante, que seguirá -pues lo único necesario para que el asunto salga adelante además de que el ayuntamiento lo denuncie es que lo apoye y confirme el partido que gobierna el país, y ese no es otro que el de ya nombrado Berlusconi, que va de la mano con los fascistas de la Liga Norte-, es que otras localidades cercanas se suban al carro de la expulsión a diestro y siniestro. Ya ven que en todas las casas se cuecen habas, lo que pasa es que en algunas casas las ollas son más grandes y lo peor de todo es que parece que algunos tiene aún campos y campos de habas por recolectar. Asique si no cambia la historia, el día de navidad mientras unos leen en los periódicos o ven en los telediarios las noticias de los niños disfrutando de los regalos que han recibido durante la noche anterior, otros estaremos pendientes de la suerte que van a correr más de 1500 personas en una localidad del norte de Italia.

Así es la vieja Europa, donde mientras unos países luchan por conseguir acuerdos para respetar los derechos humanos de todas las personas que se encuentran en suelo comunitario, otros se dedican a apalear con sus propias manos esos derechos, realizando declaraciones y creando operaciones que rozan la ilegalidad, aunque esta palabra para personas de pútridas entrañas y de estériles agallas como Berlusconi y sus secuaces no signifique nada, solo espero que la vida coloque a cada uno en su lugar, que esta gentuza que se ha dedicado y que se dedica en cuerpo y alma a lo largo de toda su vida a hacerse rico y popular robando a manos llenas y a hundir en la miseria a los más débiles, solo por el hecho de disfrutar del sufrimiento ajeno, sufran en algún momento de su vida el peor de los horrores, sea el que sea, solo así la gente de bien podrá dormir algún día un poco más tranquilo.

jueves, 19 de noviembre de 2009

PRÓXIMA ESTACIÓN: SANTA APOLÓNIA

Lo vi por primera vez hace ya un par de años, fue la segunda vez que di con mis huesos en la ciudad de Lisboa, acababa de poner los pies en la estación de tren de Santa Apolónia, tras diez horas de viaje nocturno y noctambulo -cometí el error de no coger un avión al aeropuerto de Portela-, pero de todo se aprende y tras una larga noche en un compartimento de seis personas que la renfe “habilito” para ocho -lo de la renfe también tiene tela, pero eso lo dejaremos para otro día-, llegue a destino, por suerte la capital lusa te ayuda a reconciliarte con el mundo y a olvidar el duro viaje cortesía de los ferrocarriles españoles.

Fue tras saludar a una amiga que había venido a recibirnos y cuando me colocaba trabajosamente la pesada mochila intentando no perder el equilibrio por la flojera de piernas que me había infligido las largas horas de aislamiento ferroviario, con los ojos irritados y doloridos por la noche en vela, cuando ya estaba listo para emprender la marcha mi cansada vista se topo con él. Un hombre de unos setenta años -quizás más-, y de poco más de metro sesenta de estatura, se dirigía hacia nosotros empujando un pequeño carro de metal con cuatro ruedas casi rectas del desgaste, en ella transportaba unos paquetes que acababa de descargar del ferrocarril con ayuda de uno de los revisores que se había bajado a consumir su porción de nicotina para seguir realizando correctamente su jornada. Iba mal afeitado, la barba rasuradada a primera hora del día aparecía de nuevo en su rostro dándole un ligero toque azulado, vestía un viejo pantalón de tergal, en el cual reflejaban numerosos brillos, que hablaban por si mismos de las horas de trabajo que había hecho con ellos el viejo porta paquetes, a modo de cinturón llevaba un cordel de esos que sirven para cerrar los paquetes que transportaba, una camisa de manga corta de color gris y tapaba su calva con una gorra de plato adornada con una cinta roja, de esas que usan o usaban los jefes de estación cuando agitando una bandera gritaban hasta desgañitarse ¡Pasajeros al tren!. A pesar de su avanzada edad movía ágilmente sus cortas piernas, ademas -me fijé-,llevaba una picarona sonrisa en sus labios. Me sorprendió realmente, no se si porque aún estaba aturdido por el viaje o simplemente porque si, pero el caso es que me quede mirando como realizaba su trabajo, hasta que al pasar a mi lado me miró y dijo: Bom día rapaz.

Quiso la vida que unos meses después fuera yo quien viviera en esa ciudad y tras uno de mis largos y diarios paseos llegara a la falda del barrio pescador de Alfama donde se situá la vieja estación. Me encontraba en la puerta del museo militar cuando vi que el bar de Nuno estaba cerrado, entonces aún, pensando que hacer con mi vida me acerque al borde del río Tajo y gire mi cuerpo mirando a la ciudad, lo que primero vieron mis ojos fue la cúpula del panteón nacional y las torres cuadradas de la catedral, y tras ellas un innumerable e ingente numero de casas amontonadas a distintos niveles. Mientras contemplaba embobado el alzado urbanístico de la ciudad que me acogía con los brazos abiertos se puso a lloviznar, como de costumbre me pilló sin un paraguas cerca- no los soporto-, raudo me coloque la capucha de mi chubasquero y apure el paso en dirección a la estación, así además de resguardarme de la lluvia podría coger el metro y dirigirme al Chiado donde podría tomar un café y no echar la tarde en balde-pensé-.

Cuando enfilaba la recta de andenes pasando bajo el gran reloj que marcaba las salidas y llegadas de los ferrocarriles, volví a ver a lo lejos la figura del hombre, a su lado como indiscutible acompañante el carro metálico, el anciano tiraba de un paquete de grandes dimensiones que intentaba bajar del cercanías que acababa de llegar desde Azambuja. Fui yo el que ahora siguiendo con mi camino llegue hasta su altura y tras decirle com licença agarre con fuerza el paquete y entre los dos lo colocamos en la oxidada carretilla. Él sin perder en ningún momento la sonrisa me dio una palmadita en el brazo y dijo obrigado rapaz. Tras ello, seguí mi camino hacía el metro pensando en el café que me llamaba desde la otra punta de la ciudad.

No he vuelto a cruzarme con él, ni hemos vuelto a cruzar una palabra más, no se como se llama, ni cual es su historia, pero se que es una de esas personas que te cae bien solo con mirarlo, tiene ese encanto novecentista que te atrae y desarma. Ahora ya de vuelta a España me suelo cruzar a menudo con ciertos individuos, de esos que no trabajan no por que no puedan, sino porque simplemente no quieren, especímenes de este tipo hay en todas las ciudades y pueblos -búsquelos-, viven a la sopa boba de la familia y del estado, viven, algunos como jubilados anticipados por enfermedades inventadas y echándole mucha cara a la vida se ríen además de los que trabajan para sacar a sus familias adelante, pasan el día en el bar y su máxima expectativa en la vida es esperar a que el estado o la seguridad social ingrese la mensualidad para seguir tocándose la barriga -por no decir otra cosa-, es en estos momentos cuando me acuerdo del porta paquetes de Santa Apolónia, de su actitud, su sonrisa y su ganas de trabajar con su avanzada edad por un sueldo seguramente ridículo, pero que sin duda necesita, porque él ha decidido ser honrado y ganarse el pan con su esfuerzo y no como todos estos parásitos que a lo largo del tiempo se convierten en el cáncer de un país y de su habitantes.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

BIEN HECHO, JOVEN


            O “Das ist gut, mein Junge”, como ustedes prefieran, esta fue la contestación de un coronel de la Stasi alemana, cuerpo que se encargaba de vigilar-no siempre de forma muy educada-, que nadie hablara mal sobre la RDA-, al oficial que había sido el primero en abrir un paso fronterizo del muro de Berlín hace ahora veinte años.

            Pero la historia siempre es más curiosa y enrevesada de lo que suele aparecer en los libros de texto – en los que aparece, que esa es otra-. Lo cierto es que lo que hoy conocemos como la gloriosa caída del telón de acero no fue más que una acumulación de casualidades, buscadas o encontradas-no seré yo el que lo juzgue ni mucho menos-, el tiempo coloca a todos en su sitio, para lo bueno y para lo malo  y aún es pronto para confirmarlo. Lo cierto es que el 9 de noviembre de 1989 comenzó con una reunión del comité Central de la RDA -zona oriental del muro-, nada extraño como se imaginarán dentro de la rutina política del país. Esta reunión termino con la típica rueda de prensa insípida y aburrida de costumbre, a manos del portavoz del gobierno de la RDA, un tal Schabowsky. En un momento dado, éste comentó que el comité de la RDA había llegado a un acuerdo para que los ciudadanos de la zona oriental de Alemania con pasaporte en regla pudieran viajar al extranjero. La anterior afirmación, sacó de su letargo a un periodista italiano que rápidamente preguntó en que momento esta ley entraría en vigor, el portavoz del gobierno oriental, que en su vida se había visto metido en otro embolado como aquel, no sabía que contestar. Y demostró lo que todos suponían, que no era otra cosa que el hecho de no haberse leído  la hoja que el comité le había entregado. Mientras comenzaba a tartamudear sin encontrar la respuesta acertada, para quitarse el muerto de encima tuvo la feliz idea de contestar las dos palabras que cambiarían la historia de Alemania: “Al Sofort” es decir; de inmediato. Cuando la respuesta oficial que se le había ordenado, era;  próximamente.

             A todo esto nuestro protagonista, el oficial de la Stasi, Harald Jäger escuchó la afirmación mientras cenaba en su puesto de vigilancia de Checkpoint  Bornholmerstr. Al oír las declaraciones del  portavoz de la Alemania Oriental  se atragantó con la sopa de cebolla, y sólo atinó a mascullar, “¿Pero qué tonterías dice este hombre?”.

 Durante las siguientes tres horas el oficial no dejó de ver como su puesto fronterizo se veía rodeado por cientos de personas, las cuales no solo se acercaban a un lugar prohibido durante años, sino que además tenían la gallardía de pedir a los rudos y en ocasiones irracionales oficiales de la Stasi que abrieran la puerta, y les dejaran cruzar el puente de Bornholmerstr que unía la RDA con la RFR.

              El oficial pensó que la cosa se iba a poner fea, y decidió llamar a los máximos representantes de la Comisión Central de la RDA para recibir órdenes de cómo actuar. Pero casualmente nadie respondió a su llamada, esta casualidad se explica de una forma muy sencilla. Cuando los miembros del comité Central acabaron su reunión salieron a la calle a recoger sus coches, la mayoría de ellos se dirigieron a sus casas, éstas se encontraban fuera de Berlín en un pequeño pueblo, en una urbanización, donde vivían la mayoría de los altos cargos del partido. Evidentemente en esta época no existían los teléfonos móviles, y la única manera de comunicarse con ellos era mediante el teléfono fijo de su casa o despacho. Pero ocurrió que cuando el oficial Jäger telefoneaba a sus superiores -a la vez que intentaba controlar el temblor de piernas que lo acuciaba-, éstos se encontraban de camino a su casa, por eso nadie contesto a la llamada. De echo es posible que ninguno de ellos a esa hora fuera consciente de la metedura de pata de su desinformado portavoz, y ni se figuraban que las calles del Berlín oriental estaban comenzando a atestarse de gente esperando para cruzar al otro lado del muro.

              Al final, el bueno de Jäger después de oír al portavoz del gobierno, y viendo a la gente en la calle decidió hacer lo que le pedían y abrió las barreras del checkpoint, permitiendo a la  gente cruzo al otro lado. Al principio lo hacían con miedo, como un conejo al que le abres la jaula y antes de salir corriendo mira a ambos lados preguntándose donde está la trampa, y después de ver que era verdad, que podían salir y volver a entrar sin problemas, una oleada de gente se lanzó no solo a cruzar al otro lado, sino que decidieron derribar con sus propias manos el muro. Pero esa historia ya la conocen todos ustedes.

             Lo que me gusta imaginarme es la llegada del oficial a su casa al día siguiente, háganse a la idea, la mujer como buena alemana se acuesta temprano, antes de que todo ocurriera y sin saber nada de la caída del muro, y cuando su marido llega a casa ella le pregunta como todos los días: “¿Qué tal el trabajo cariño?”, y el aún aturdido por lo acontecido la responde “”Esta noche he abierto el muro”. Imagínense la cara de la mujer, mezcla de incredulidad y de miedo. Pues bien, esta es la cara que tuvo esa noche la mayor parte de la población alemana. Por suerte todo salió bien y no se derramo una gota de sangre.

            Gracias a esto hoy hablamos de Alemania en singular, esa Alemania en la que un buen día del siglo XIX anido la pérfida y venenosa serpiente llamada Hitler, una alimaña que trajo millones de muertos, la locura, y casi la destrucción del viejo continente. Y que para remate, una vez desaparecido el ogro, nos quedó la guerra Fría y una gran y tenebrosa cicatriz rasgando la cara de Europa. Por suerte el muro cayó y hoy puedes pasear tranquilamente desde Postdamer Platz -RFR- a Alexander Platz -RDA-, pasando por la Puerta de Brandemburgo, por la Avenida de los tilos y pararte tranquilamente delante de la Universidad Humbolt, justo en la plaza donde Hitler ordenó quemar todos los libros. Gracias a ese momento, hoy se puede pasear por ese puente de Bornholmerstr, donde hace veinte años se produjo unos de los hechos más importantes de la Europa contemporánea y tocar los restos del muro mientras tu subconsciente hace que oigas el ruido de la piquetas contra el cemento – por lo menos a mí me ocurre así cada vez que me acerco al lugar-. Al final todo salió bien para todos, a excepción del ex miembro de la Stasi, Jäger, que aún hoy es un apestado en ambas Alemanias. En la RDA por ser el que abrió la puerta y ayudó a acabar con el comunismo en el país, y en la RFR, muchos no le perdonan los veinticinco años en los que sirvió a la Stasi, pero aun así yo hago mías las palabras del coronel de la Stasi que se presentó en su puesto de vigilancia al saber que habían abierto el muro. Bien Hecho, Joven.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

UNA FRASE, MIL RECUERDOS

Se eu nâo morrese nunca! E eternamente buscasse e conseguiesse a perfeiçâo das coisas!.

Se lo traduzco, “Si yo no muriese nunca, eternamente buscaría y conseguiría la perfección de las cosas”, esta frase pertenece al poeta portugués Cesário Verde, dicha frase fue parte de mi ex rutina diaria -y la de otros muchos- durante el tiempo en el que viví en la capital lusa, concretamente se encuentra en uno de los túneles de la boca de metro de Cidade Universitaria en Lisboa, frente a otra frase, en este caso de Socrates -el filosofo, no el político-, que dice “No soy ni griego ni romano, sino ciudadano del mundo. Muchos de ustedes se preguntaran a que viene todo esto, creerán que me he vuelto loco o que me ha dado un repentino ataque de morriña o de saudade como dicen allí, alguien dijo alguna vez que se es parte de cada una de las ciudades en las que se vive a lo largo de la vida, o como suelen decir en mi pueblo, no se es de donde naces, sino de donde paces, y les aseguro que la sabiduría popular no deja lugar a replica ni discusión.

El caso es que mi repentina recuerditis aguda no viene dada por el libre albedrío ni por la socorrida idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor, pues el presente siempre tiene un toque de frescura y el futuro una gran dosis de esperanza mezclada a partes iguales con la preocupación de el que sucederá. Pero lo que trae todo esto a escena es un correo que me envió hace unos días una amiga, a la cual conocí mientras realizaba mis estudios en la universidad de Lisboa -ella también es historiadora o como yo, pretende serlo-, en él, me comentaba su intención de realizar una exposición en Barcelona con una serie de dibujos que ella realiza -muy buenos se lo aseguro, incluso tengo uno de ellos colgado en una pared de mi casa-, tras el correo llego a mis manos uno de esos dibujos que supongo expondrá, en él resalta la frase con la que comienza esta página, supongo que se harán cargo que no me dejo indiferente -al igual que al resto de personas que tenían como costumbre diaria pasearse por dicha estación del metro de la capital lusa-.

En el dibujo además de la frase, se esboza el túnel del metro que los estudiantes usábamos asiduamente y por el cual por cierto soplaba un viento horrible durante los meses del lluvioso invierno lisboeta, en él mi amiga a colocado a un individuo, un hombre de avanzada edad, con poco pelo es su cabeza, gafas, maletín oscuro sujeto por su mano izquierda y una larga gabardina que le llega casi hasta los pies, ágil a pesar de su edad se dirige hacía la salida del suburbano, seria un hombre sin más que usa el transporte público, sino fuera por un detalle que solo apreciamos unos pocos, esa figura que se deja llevar por la monotonía de una gran ciudad me resulta familiar, tanto, que durante un semestre compartí pupitre con él, pues era compañero en la materia de Cultura contemporánea portuguesa, un tipo peculiar sin duda, siempre cargado de carpetillas de plástico llenas de hojas escritas a mano, siempre con camisa, corbata y americana y lo más curioso si cabe, con dos relojes, uno colocado en cada muñeca, nunca conseguimos averiguar a que se debía esa curiosidad.

Como ya he dicho todos tenemos una frase que evoca uno o varios recuerdos, pero cuando vi por primera vez el dibujo con la frase y a el anciano lisboeta volvieron a mi cabeza miles de recuerdos, buenos y malos -por supuesto-, pues nunca es fácil irse de tu ciudad a un país que no conoces, con otra cultura y apenas chapurreando unas palabras en su idioma, pero por suerte la mente del ser humano es mucho más inteligente que el propio ser humano y con el paso del tiempo antepone los buenos recuerdos a los malos y cuando ves cosas como este dibujo te viene a la mente los buenos momentos, como las noches en el mirador de San Pedro de Alcántara o en el Barrio Alto, las largas mañanas de sábado en la Feira da Ladra, los viejos libreros del Chiado, las charlas con los pescadores de Alfama, lo largos paseos por la Moureria, las tardes en el mirador de Graça o los cafés con leche y amigos en el café do Monte y por supuesto los días en la facultad de letras, donde además de aprender historia y portugués aprendes lecciones de la vida y aprendes a vivir recibiendo palos y aplausos, y estos momentos quieras que no te reconcilian con la vida, esa vida que muy a menudo nos empeñamos o que se empeñan en complicarnos, pero que con un poco de esfuerzo puede ser maravillosa.