jueves, 19 de noviembre de 2009

PRÓXIMA ESTACIÓN: SANTA APOLÓNIA

Lo vi por primera vez hace ya un par de años, fue la segunda vez que di con mis huesos en la ciudad de Lisboa, acababa de poner los pies en la estación de tren de Santa Apolónia, tras diez horas de viaje nocturno y noctambulo -cometí el error de no coger un avión al aeropuerto de Portela-, pero de todo se aprende y tras una larga noche en un compartimento de seis personas que la renfe “habilito” para ocho -lo de la renfe también tiene tela, pero eso lo dejaremos para otro día-, llegue a destino, por suerte la capital lusa te ayuda a reconciliarte con el mundo y a olvidar el duro viaje cortesía de los ferrocarriles españoles.

Fue tras saludar a una amiga que había venido a recibirnos y cuando me colocaba trabajosamente la pesada mochila intentando no perder el equilibrio por la flojera de piernas que me había infligido las largas horas de aislamiento ferroviario, con los ojos irritados y doloridos por la noche en vela, cuando ya estaba listo para emprender la marcha mi cansada vista se topo con él. Un hombre de unos setenta años -quizás más-, y de poco más de metro sesenta de estatura, se dirigía hacia nosotros empujando un pequeño carro de metal con cuatro ruedas casi rectas del desgaste, en ella transportaba unos paquetes que acababa de descargar del ferrocarril con ayuda de uno de los revisores que se había bajado a consumir su porción de nicotina para seguir realizando correctamente su jornada. Iba mal afeitado, la barba rasuradada a primera hora del día aparecía de nuevo en su rostro dándole un ligero toque azulado, vestía un viejo pantalón de tergal, en el cual reflejaban numerosos brillos, que hablaban por si mismos de las horas de trabajo que había hecho con ellos el viejo porta paquetes, a modo de cinturón llevaba un cordel de esos que sirven para cerrar los paquetes que transportaba, una camisa de manga corta de color gris y tapaba su calva con una gorra de plato adornada con una cinta roja, de esas que usan o usaban los jefes de estación cuando agitando una bandera gritaban hasta desgañitarse ¡Pasajeros al tren!. A pesar de su avanzada edad movía ágilmente sus cortas piernas, ademas -me fijé-,llevaba una picarona sonrisa en sus labios. Me sorprendió realmente, no se si porque aún estaba aturdido por el viaje o simplemente porque si, pero el caso es que me quede mirando como realizaba su trabajo, hasta que al pasar a mi lado me miró y dijo: Bom día rapaz.

Quiso la vida que unos meses después fuera yo quien viviera en esa ciudad y tras uno de mis largos y diarios paseos llegara a la falda del barrio pescador de Alfama donde se situá la vieja estación. Me encontraba en la puerta del museo militar cuando vi que el bar de Nuno estaba cerrado, entonces aún, pensando que hacer con mi vida me acerque al borde del río Tajo y gire mi cuerpo mirando a la ciudad, lo que primero vieron mis ojos fue la cúpula del panteón nacional y las torres cuadradas de la catedral, y tras ellas un innumerable e ingente numero de casas amontonadas a distintos niveles. Mientras contemplaba embobado el alzado urbanístico de la ciudad que me acogía con los brazos abiertos se puso a lloviznar, como de costumbre me pilló sin un paraguas cerca- no los soporto-, raudo me coloque la capucha de mi chubasquero y apure el paso en dirección a la estación, así además de resguardarme de la lluvia podría coger el metro y dirigirme al Chiado donde podría tomar un café y no echar la tarde en balde-pensé-.

Cuando enfilaba la recta de andenes pasando bajo el gran reloj que marcaba las salidas y llegadas de los ferrocarriles, volví a ver a lo lejos la figura del hombre, a su lado como indiscutible acompañante el carro metálico, el anciano tiraba de un paquete de grandes dimensiones que intentaba bajar del cercanías que acababa de llegar desde Azambuja. Fui yo el que ahora siguiendo con mi camino llegue hasta su altura y tras decirle com licença agarre con fuerza el paquete y entre los dos lo colocamos en la oxidada carretilla. Él sin perder en ningún momento la sonrisa me dio una palmadita en el brazo y dijo obrigado rapaz. Tras ello, seguí mi camino hacía el metro pensando en el café que me llamaba desde la otra punta de la ciudad.

No he vuelto a cruzarme con él, ni hemos vuelto a cruzar una palabra más, no se como se llama, ni cual es su historia, pero se que es una de esas personas que te cae bien solo con mirarlo, tiene ese encanto novecentista que te atrae y desarma. Ahora ya de vuelta a España me suelo cruzar a menudo con ciertos individuos, de esos que no trabajan no por que no puedan, sino porque simplemente no quieren, especímenes de este tipo hay en todas las ciudades y pueblos -búsquelos-, viven a la sopa boba de la familia y del estado, viven, algunos como jubilados anticipados por enfermedades inventadas y echándole mucha cara a la vida se ríen además de los que trabajan para sacar a sus familias adelante, pasan el día en el bar y su máxima expectativa en la vida es esperar a que el estado o la seguridad social ingrese la mensualidad para seguir tocándose la barriga -por no decir otra cosa-, es en estos momentos cuando me acuerdo del porta paquetes de Santa Apolónia, de su actitud, su sonrisa y su ganas de trabajar con su avanzada edad por un sueldo seguramente ridículo, pero que sin duda necesita, porque él ha decidido ser honrado y ganarse el pan con su esfuerzo y no como todos estos parásitos que a lo largo del tiempo se convierten en el cáncer de un país y de su habitantes.

2 comentarios:

  1. La parte final ¿podría estar en cualquier relato costumbrista de Larra (Mariano José de)o me lo parece? Supongo que a veces las sociedades son como los cangrejos. Y así vamos, con la cabeza baja y los bolsillos rotos.

    Me ha gustado mucho lo del 'encanto novecentista'.

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  2. P.D. Yo esta mañana he estado charlando con 'mi vagabundo' de Plaza Catalunya, que ha acabado emocionándome con unos boleros y mostrándome los mejores bares con 'oferta desayuno' de la zona, mientras arrastraba con mucha energía y buen humor (aunque para él la vida sea muy triste) un carro lleno de periódicos gratuitos, un fuet y innumerables historias trágicas para contar.

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