viernes, 11 de diciembre de 2009

FUEGO Y TRADICIÓN


Cuando hace unos días me encontraba con una amiga tomando cañas en un bar del barrio barcelonés de Gracia no pensé en la relevancia que alcanzaría la charla sobre antropología social que mantuvimos, el tema principal, los rituales de invierno en la Península Ibérica. Después de comentar varios casos de tradiciones lusas que acontecen en invierno en la zona de Bragança -al noreste del país vecino-, zona por cierto cercana a mi lugar de nacimiento le conté cierta tradición de mi tierra que se celebra la noche de cada siete de diciembre -antigüamente se celebraba la noche de fin de año-.
Esta tradición apareció en el año 1466, el voto a la Inmaculada Concepción que realizaron 13 pueblos cercanos de la provincia de Zamora, la fiesta en sí se llama “hoguera de la Inmaculada”, ese año se comunico al pueblo que se celebrara el aniversario de esta refrendación creando hogueras e iluminarias, para iluminar todo el pueblo, ya que por entonces no existía iluminación electrica, así como para que sirva de purificación de cuerpo y alma. Pero lo cierto es que la simbología del fuego como rito no se nos escapa de que viene de más atrás, pues también se celebraba -por que ahora ya no se hacen-, las hogueras de San Juan, y las hogueras de las octavas, es decir, unas hogueras que se hacían después de la fiesta del Corpus y que servian para que cada barrio del pueblo celebrara su propia fiesta. Ya he dicho que en mi opinión tiene mucha relación o bebe de ritos mucho más antiguos, actos como los realizados hace miles de años por los fundadores de estas tierras, los celtas, estos lo conocían como: noche de Beltaine, traducido a nuestros días viene a ser fuego de Bel o bello fuego, el origen de la noche de Beltaine es la consagración de esta noche al dios celta del fuego, Belenos. Por supuesto esta tradición viene precedida de otra aún más antigua- pues como buen pueblo nómada e invasor el celta también bebe de los elementos propios de pueblos anteriores a ellos-,aquí concretamente de las fiestas que los griegos clásicos dedicaban al dios Apolo.
El fin último de estos ritos consistía en la mayoría de los casos en conseguir la purificación del alma de los guerreros que pronto comenzarían una lucha. El rito en si consiste en prender una gran hoguera cuando anochece y apoyados por todos los miembros de la aldea, los guerreros vencen el miedo y saltan por encima de las llamas al menos tres veces consecutivas. Como ven esta tradición celta que se lleva a cabo en el noroeste de España tiene mucho puntos en común con los ritos del solsticio de verano que se llevan a cabo en la veraniega nit de Sant Joan en toda la zona del Mediterráneo -como pueden observar también el nombre del ritual pagano ha sido transformado al cristianismo-.
Curiosamente, en el caso referido hoy, el ritual más que con la purificación de las almas también aparece otra relación con otro hito celta, la madurez. Ya he dicho que en la zona del noreste de Portugal es una costumbre muy arraigada, como lo es también en la zona fronteriza de Zamora y Salamanca -posiblemente también en tierras gallegas-, en algunos casos se les conoce como festa dos rapazes, calendas, festas das morcelas o como ocurre en mi pueblo, los quintos, por supuesto esta acepción es moderna, pues en el termino quintos se ve una marcada alusión militar, por eso se hace a final del año, me explico. Los jóvenes que cumplirán la mayoría de edad en los próximos meses celebran esa mayoría a modo de despedida, pues en las próximas semanas recibirán el destino donde pasaran una larga temporada de su vida realizando el servicio militar obligatorio, desde la desaparición de la mili, la tradición de los quintos podríamos decir que ha perdido su fondo, pero no su forma, pues el rito de unión y reconocimiento popular es mucho más antiguo que la escusa militar.
En el fondo esta despedida de los amigos antes de realizar la mili tiene una doble lectura de fiesta y reconocimiento -sobretodo teniendo en cuenta que hasta hace unos años solo afectaba a los miembros masculinos del pueblo o aldea-, es una celebración a la que acude todo el pueblo, colocándose alrededor de una gran hoguera, donde los jóvenes comen y beben, mientras el resto del pueblo lleva a cabo una serie de cantos, los jóvenes saltan la hoguera y cuando pasa la noche los jóvenes han cambiado su condición por la de adultos-o así debería ser según la teoría, en la practica actualmente suelen cambiar su estado sobrio por el ebrio y nada más- . En realidad esto no es más que el antiguo ritual celta de la maduración, la diferencia es que ellos tras la purificación del alma, salían a luchar o a cazar, afianzando su entrada en el mundo adulto con el sacrificio de un enemigo o de un animal, por suerte hoy en día para pasar el cenit de la madurez no derramamos sangre -por lo menos la gran mayoría-, y en la actualidad este rito lo celebran conjuntamente chicos y chicas.
En otros lugares como en el concejo de Bragança en Portugal, la tradición aún es más “autentica”, pues los jóvenes – varones-, del pueblo pasan la noche anterior al rito en solitario en un bosque o monte cercano recolectando leña para la hoguera, a su vuelta las chicas del pueblo los agasajan con una cena a base de ternera que cenaran solo los chicos -tal vez piensen que esta tradición es machista, pero piensen, ¿que antigua tradición no lo es?-, lo cierto es que una vez pasada la noche y convertidos ya en adultos de pleno derecho y reconocidos por el pueblo, los jóvenes celebran su nueva condición realizando una comida especial a la que invitaran a las mujeres del pueblo.
Otro elemento de época celta, que aún se realiza hoy en muchos pueblos de Castilla y León y de Asturias es la colocación de un mayo, este elemento no es más que un tronco de árbol serrado y limpio de ramas, que los propios quintos colocan de forma vertical en un solar, como habrán observado por su nombre este ritual se celebra el mes de Mayo, pero la finalidad a cambiado mucho desde el mundo celta, hoy tiene mucho que ver de nuevo con la religión y las festividades cristianas de este periodo del año, pero su primer sentido era mucho más simple, los pueblos celtas lo colocaban a modo de acción de gracias por una buena cosecha, cuando la cosecha era mala o en la población había ocurrido una desgracia, epidemias, asesinatos...etc, los aldeanos quemaban un muñeco de trapo junto al mayo para espantar los malos augurios.
Como ven, nuestras tradiciones de fuego y madurez no son modernas aportaciones religiosas ni siquiera actividades del medievo transportadas a nuestros días, sino que es mucho anterior, algo mucho más místico e interesante que una doctrina impuesta. Lo triste de estas tradiciones es que en muchos lugares se pierden por la falta de juventud interesada en ellas o porque no se han sabido transmitir de forma coherente a los nuevos habitantes, convirtiendo uno de los rituales más sagrados de los fundadores de nuestras tierras en un mero macro-botellón que vale de escusa para causar destrozos en elementos públicos y privados, una verdadera pena.

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