miércoles, 30 de diciembre de 2009

LA LAMENTACIÓN DE NÁJERA

Caía la noche sobre la ciudad riojana de Nájera, una leve niebla comenzaba a impregnar el ambiente con una fuerte humedad que empapaba todo lo que se encontraba a la intemperie, tres individuos se calaban hasta los huesos, mientras se acercaban sigilosamente al núcleo urbano atravesando los viñedos cercanos a la población. Cuando la noche se hizo total y su interrelación con la espesa niebla hacia imposible ver más allá de sus propias narices, los tres individuos se lanzaron contra el portalón de madera del siglo XVII que servia de puerta de la iglesia.

El más flacucho de los tres individuos tiritaba de frió, no era para menos, las noches de ese enero de 1914 eran desapacibles y húmedas, la temperatura no iba más allá de los dos grados bajo cero, además solo cubría su cuerpo con una camisa blanca sin cuello. Tras ojear los alrededores, el hombre que parecía ser el que daba las ordenes, mando al joven enclenque con un tenue golpe de voz que cortara el suministro eléctrico partiendo en dos el cable con una cizalla -el corte de luz no llamaría la atención de la gente, pues el alumbrado eléctrico hacía poco más de unos meses que había llegado a la población y los fallos de abastecimiento eran comúnes-, por eso no temía que ningún vecino diera la voz de alarma, lo que le preocupaba más era encontrarse con una encapotada patrulla de la Guardia Civil de las que se dedicaban a vigilar la cercana zona de bodegas y viñedos.

Mientras el famulo cortaba el cable con la cizalla, el tercero en discordia, un hombre fortachón y de gran corpulencia, con mucho musculo y poco seso reventaba la puerta principal del templo de la Santa Cruz con una palanca, en pocos minutos los tres hombres se encontraban dentro de la iglesia sin haber llamado la atención. Con mucha parsimonia el gigante alelado intentaba encender una bujía de mano para alumbrar el interior, debido a la oscuridad derramo un poco del aceite de la bujía sobre sus pantalones de pana y sus alpargatas y al encender la bujía con una cerilla estuvo a un tris de salir ardiendo.
-Cuando os canséis de hacer el botarate, podríais poneros a la faena -dijo serio el que organizaba la operación.
-Lo siento jefe- dijo el gigante agachando la cabeza.
-Dame la bujía y vete a ayudar a Anselmo a descolgar el maldito retablo antes de que se entere todo el pueblo y nos lleven presos.
-Si jefe.
El hombre barbudo que daba las ordenes levanto la bujía en dirección al retablo y se apartó la gorra de visera para poder observar mejor la pieza, cuando la luz iluminó tenuemente la obra del pintor flamenco Ambrosius Benson al ladrón no le cupo la menor duda, era la obra que le habían encargado “recoger”. Mientras sus dos secuaces se afianzaban sobre un escabel y un escritorio que habían sacado de la sacristía para llegar a la altura del retablo, él pudo ver la obra en todo su esplendor, un tríptico de casi un metro y medio de altura, en la imagen central se representaba a la Virgen rodeada de las santas mujeres y a sus pies Cristo descendido de la cruz, en los paneles laterales del tríptico aparecían San Pedro y Santa Ana cubriendo a dos donantes desconocidos que se encontraban de rodillas a modo de oración.

El barbudo esperaba con impaciencia a que el gigante cerrara los paneles laterales de medio metro de ancho sobre el panel central, lo que vio no le sorprendió, más bien le tranquilizo, en la parte exterior el artista había representado la tentación de Adán y Eva en el Paraíso en grisalla, tal y como el esperaba, una leve sonrisa transformo su cara seria. Era evidente que el hombre conocía perfectamente el cuadro, no solamente por ser un especialista en arte flamenco, sino también porque su trabajo en el último año había consistido en realizar una copia exacta del tríptico, que ahora mismo descansaría a buen recaudo en la trastienda de su taller de la calle de los Moros de Burgos.

-Descolgadlo con cuidado -espetó el barbudo cuando vio que al enclenque se le escurría de una mano-, si lo dañáis o rompéis el señor Hartveld no nos dará ni una perra gorda por el.
-Pero jefe, va a ser imposible sacar este armatoste del pueblo sin que nadie se percate-dijo el esmirriado-.
-No digas estupideces y date prisa, ya te he dicho que esta todo preparado, nada puede salir mal.
-Ya jefe,ya, pero pienso....
-No te pago por pensar.-Interrumpió el barbudo zanjando la conversación-.
El enclenque seguía rezongando por lo bajo, pero el barbudo ya no le hacía caso, solo pensaba en el dinero que recibiría al día siguiente por la mañana cuando entregara la mercancía y no solo eso, sino también en el dinero extra que iba a conseguir al “colocar” la falsificación a otro cliente menos poderoso pero igual de generoso con el dinero.
Cuando el retablo estaba en el suelo lo envolvieron con varios lienzos limpios y una vez protegido de los posibles golpes lo introdujeron dentro de dos sacos de rafia manchados de tierra que habían cojído minutos antes de la puerta de un lagar cercano. Los dos secuaces cargaron con la pieza mientras el barbudo cerraba con cuidado la puerta de la iglesia y apagaba la bujía. De nuevo se encontraban en la total oscuridad abrazados por la tupida y húmeda niebla.
-Esperad un minuto,-dijo el barbudo-, pegaros a la pared que nadie os vea.
-Pero jefe-acertó a decir el gigante-.
-Haced lo que os digo o no vereís un duro.
Los dos ladrones se colocaron en la zona más oscura que se formaba en el lugar donde nacía la torre de la iglesia, mientras tanto su jefe se alejó de allí a pasos agigantados. Unos minutos después el barbudo apareció de nuevo con un carro lleno de abono tirado por dos yeguas de asturcón.
-Rápido-ordenó-, colocad el tríptico bajo el abono y tapadlo como es debido.
Ambos personajes colocaron la obra de arte como su jefe les había ordenado, tras esconderlo perfectamente se lavaron las manos manchadas en un pilón cercano.
-Tanto trabajo por un cuadro -dijo el gigante algo molesto-.
-No te quejes, nos han prometido quinientos duros a cada uno si todo sale bien -contestó el enclenque.
-¿Tanto?-se sorprendió el gigante.
-Claro, el cuadro vale muchísimo más y el jefe dice que puede venderlo a su cliente por lo menos por doce mil duros.
-¿Sesenta mil pesetas por un madero pintorrejeado? -preguntó con cara desencajada el gigante.
-No seas animal, es una obra de arte del siglo XVI -el famulo levanto la cabeza y se coloco la visera todo digno, como si acabara de dar la lección de su vida al grandullón.
-Daos prisa -gritaba a lo lejos el barbudo-, no tardara en pasar la patrulla de la Guardia Civil y no quiero que nos pillen aquí con todo el percal.

Rápidamente los dos individuos se acercaron al coche, Anselmo, el enclenque más raudo que el fortachón, se subió el primero al pescante del carro junto al barbudo que ya tenia las bridas de las yeguas en las manos, pero cuando el gigante llego a su altura agarro a su delgado compañero y lo lanzo atrás sobre el abono y ocupo su sitio.
-Y vigila bien no se caiga la obra de arte- dijo socarrón y con una carcajada final-.
Rápidamente el barbudo espoleó las yeguas y el carruaje se puso en movimiento, había que darse prisa, pues a primera hora de la mañana siguiente tenían una importante reunión con un coleccionista en una de las tabernas de la calle Laurel de Logroño.


Esto no es más que literatura, pero literatura que reproduce un echo que aconteció realmente en en enero de 1914 en Nájera un pueblo cercano a Logroño, la pieza en si era el tríptico de La Lamentación del artista flamenco Abrosius Benson y que fue sustraída, pudiera ser tal y como se cuenta arriba de la iglesia de la Santa Cruz de la población riojana, aunque la noticia transcendió rápidamente a los medios de comunicación nunca se volvió a saber nada de la pieza, hasta que el pasado año la sala de subastas londinense Sotheby´s sacó un catalogo para una subasta con la obra, rápidamente el académico najerino Constantino Garrán se percató del asunto y lo denunció a la policía y al Ministerio de Cultura. Todo arreglado, pensaran ustedes, el tríptico se devuelve a su lugar de origen y asunto concluido, pero no. El cuadro salió de España a finales de los años diez del siglo XX, y no fue hasta los años setenta de dicho siglo cuando se creó en España la ley de recuperación del patrimonio artístico sustraído en estas tierras, además la ley no es retroactiva, por lo que a todas luces la obra salió de España de forma legal y no hay otra forma de recuperárla que pujando por ella en la subasta de Sotheby´s.

Por desgracia a día de hoy no tengo la más remota idea de que fue de la obra tras la subasta, solo se que el ministerio de cultura no fue capaz de hacerse con ella, por lo que es probable que hoy La Lamentación de Nájera se encuentre colgada en una colección privada de un magnate japones o en un museo estatal de cualquier de los estados de Norteamérica. Como tantas y tantas obras de la geografía española expoliadas para siempre, sino se lo creen deberían darse un paseo por el Museo de los Claustros situado en medio de Nueva York, seguro que se llevan más de una sorpresa.

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