miércoles, 29 de diciembre de 2010

EL BALCÓN DEL ANARQUISTA.


 

            El día amaneció soleado, tranquilo, como era de esperar, el calendario marcaba en sus páginas el día 31 de mayo, corría el año 1906.

           Un bullicio de gentío, altanero, deseoso de pan y circo se arremolinaba con gran estruendo ante las cercanías de la madrileña iglesia de los Jerónimos, justamente enfrentada a la pared trasera del Museo Nacional del Prado. También, en otras muchas calles de Madrid, se podía ver, oír y sentir el barullo del populacho. Supongo que con estos leves datos, muchos ya se harán cargo del acontecimiento que narro, o que me dispongo a narrar.

          Este día, 31 de mayo de 1906-, se llevaba a cabo en la iglesia citada con anterioridad el enlace matrimonial-y real-, del rey Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg-para algunos en la época la princesa más guapa del momento-. La Puerta del Sol hervía de caras sonrientes, expectantes, para poder ver pasar a unos metros de sus humildes cuerpos la carroza cargada con los recién casados. La Puerta del Sol, aparecía totalmente desierta de canarios-así se denominaba a sus tranvías-, porque la policía había blindado el centro de la ciudad y nada que no fuera excepcional ocurría en su interior, apartando lo diario de sus calles, no había tranvías, ni mendigos, nada de lisiados de la guerra de Cuba o Filipinas. Todo había desaparecido en pro de la seguridad.

          Pero, como en todos los acontecimientos históricos que se precien, existe una cara y una cruz, pues en uno de estos lugares atestados de gente, había otro individuo un tanto ajeno a la felicidad colectiva. Su llegada a la ciudad, no había sido nada fácil-pensaba Mateo Morral-, mientras montaba la bomba casera, sentado sobre un pobre jergón situado en su habitación de pensión. Cuando unos meses antes había dado con sus huesos en la capital de España, nada parecía alentador, primero la dificultad para llegar de Barcelona a Madrid. Luego, la imposibilidad de encontrar una habitación de pensión con un balcón o ventana que diera a algunas de las calles por las que debería de pasar el cortejo, y por si fuera poco, aquel endemoniado y maldito picor, causado por una infección venérea. Pero, algunas cosas se fueron arreglando con el paso del tiempo, y unos días antes al del enlace, Mateo Morral, consiguió hacerse con una habitación que diera a la Calle Mayor de la capital. Concretamente, en el último piso del número 88.

         Ya instalado, otra cosa perturbaba en sobremanera al anarquista, era la maleta, esa maleta que escondía bajo la paupérrima cama, o más bien, lo que le preocupaba, era el interior de esa maleta. Allí, estaba la bomba, la bomba Orsini-un modelo similar a la que explotó en el Liceo de Barcelona-, la cual, aún a medio montar, lo perturbaba. Morral, repasaba una y otra vez, de forma mental y mecánica cada uno de los pasos a seguir para finalizar el tétrico montaje, sudoroso cada vez que la tomaba en sus manos, temeroso de que tras un mal movimiento, el artefacto explotara y se fuera todo a hacer puñetas.

         En esas estaba Morral, cuando miró de reojo el ramo de flores situado a su vera, un ramo de flores, que esa misma mañana había comprado a una florista en la cercana Red de San Luis, tras la última reunión con sus confidentes de la capital. Mientras tanto, recordaba su vida anterior a los viajes a Alemania, donde conoció el anarquismo. Recordaba su infancia rodeado de la burguesía textil catalana-a la que su familia pertenecía-, y recordaba todo esto, intentando olvidar el maldito picor de la enfermedad que lo quemaba por dentro.

       Mientras tanto, la ceremonia de los Jerónimos tocaba a su fin, el cortejo de vuelta a Palacio comenzaba. La carroza real, ricamente decorada y tirada por unos preciosos caballos blancos, tocados con pomposos penachos rojos comenzaban su andadura. Rodeado de la guardia real a caballo, con el traje de gala.

        El real cortejo, enfilaba ya la Calle Mayor-había dejado atrás el lugar con mayor cantidad de populacho, y por tanto la más peligrosa a ojos de la seguridad, la Puerta del Sol-. El cortejo se detuvo un momento ante la confitería La Mallorquina, para saludar a ciertos personajes importantes de la sociedad madrileña, que habían interrumpido su tertulia y su café, para saludar desde el segundo piso. El ambiente de la calle era de gran alborozo, los obreros agitaban sus viseras como si les fuera la vida en ello, y las mujeres mostraban sus pañuelos de los días de fiesta al ver pasar el séquito.

        Mateo Morral, colocaba con sumo cuidado la bomba Orsini dentro del ramo de flores, con tacto y tranquilidad. La tranquilidad y el tacto que la situación y el nerviosismo le permitía. El alboroto crecía por momentos, lo cual era clara referencia a que los recién casados estaban cerca, el anarquista Morral, se caló la visera hasta las cejas y salió al balcón.

         La comitiva pasaba por delante de la puerta de la iglesia del Sacramento, y de nuevo volvió a pararse a saludar, justo ante la puerta de la pensión, justo ante el número 88 de la Calle Mayor, justo bajo el balcón donde Mateo Morral asomaba ya con un ramo de flores en la mano. De repente, el ramo era lanzado hacía los novios, y unos segundos después, un gran estallido aturdió a toda la calle. Los vecinos del número 88, que estaban asomados a los balcones, fueron lanzados hacía el interior de sus viviendas, los caballos de la carroza real aparecieron destripados en los adoquines, cuando la oscura nube provocada por la explosión desapareció. Guardia reales heridos, cuerpos de ciudadanos anónimos desangrados, con partes de su cuerpo amputadas y esparcidas por el suelo. Un ingente número de gente huía sin dirección, intentado escapar de la tragedia, pisándose unos a otros. 

         La explosión fue tan fuerte, que se oyó incluso en la Plaza de Oriente, donde los asistentes, pensaron en un primer momento que alguno de los enormes andamios de la construcción de la neoclásica catedral de la Almudena se había venido abajo.

         El final del atentado es por todos conocido, los reyes permanecieron a salvo en todo momento, pero la explosión acabo con la vida de sesenta y seis  personas, y con cientos de heridos.

        Hoy en día, el atentado es recordado con una pequeña estatua situada a las puertas de la iglesia del Sacramento, que sustituye el original que fue derruida durante el gobierno de la Segunda República, la cual denominó durante un breve tiempo a la actual Calle Mayor, como Calle de Mateo Morral. Lo que no ya todo el mundo sabe o conoce, es que justo en frente de esta monumento, en el último piso, del número 88 de la Calle Mayor, donde se vislumbra el balcón más cercano a la esquina de la calle de San Nicolás. Allí, permanece de forma perenne, durante todo el año, una palma seca, en recuerdo al lugar desde el que fue lanzada la bomba, en recuerdo a un anarquista catalán, que un caluroso día de 1906, sirvió de cabeza de turco, a los tejemanejes de políticos conocidos, que como siempre no dan la cara. Asique ya saben, la próxima vez que paseen por la Calle Mayor de Madrid, no dejen de levantar la vista hacía el último balcón del número 88. El balcón del anarquista.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

ENTREVISTA A UMBERTO ECO. MADRID13-12-2010.




Il Professore, llegó a la Sala María Zambrano del Circulo de Bellas Artes de Madrid, pasado unos minutos de las once de la mañana. Educado, como siempre, pidió perdón por su leve ronquera, debido a un resfriado que sufre desde hace unos días. El autor de El Nombre de la Rosa (que cumple 30 años de su primera edición), aparece con su perenne traje, tocado con un sombrero y con su bastón de madera color marrón. En la boca juega con una boquilla de cigarro negra, la cual mostrará durante toda la entrevista.
Pregunta: Simonini(el protagonista de su última novela), es un autentico canalla.
Respuesta: Sonríe. Creo, que he creado al personaje más antipático y despreciable de la historia de la literatura. Un italiano glotón, piamontés, que vive en París. Odia a los judíos, a los masones y a los jesuitas, además es misógino.
P: ¿Como cree usted, que el lector acogerá a su personaje?.
R: Realmente, no sabía como el lector acogería a este personaje, ni si podrían confundir la verdad y la ficción. Tal vez, este miedo venga porque he creado una historia folletinesca y decidí crear una novela basada en una serie de documentos, tal vez alguno de los más odiados de la historia reciente, basados en los Sabios Ancianos de Sión, para reconstruir la historia del antisemitismo del siglo XIX, hasta la llegada de Hitler.
P: Se supone, que los Ancianos de Sión, redactaron un panfleto anti-judío en Rusia, el cual sirvió de excusa a los Nazis.
R: Si, esto se tuvo durante muchos años como verdadero, pero en el año 1921 “The Times”, publicó que el documento era falso, sin embargo, a partir de ese momento se toma como verdadero e incluso Hitler decide que el hecho de que se haya publicado diciendo que era falso lo convertía en un documento auténtico.
P: ¿Que hace que una novela como “El Nombre de la Rosa” o “El Cementerio de Praga” se convierta en un superventas?
R: Lo cierto, es que mis lectores tienen mucho aguante-sonríe-, en El Nombre de la Ros, los hice leer muchas partes del libro en latín. En Baudolino, en cambio les hice leer, más de diez hojas en un lenguaje inventado. Por ello, esta claro que mis novelas tienen que tener algo más que la simple historia. Supongo que con la simple historia tendría unos cien mil lectores, pero no más. Sin embargo en un mes, solo en Italia, se han vendido 600.000 libros. No lo entiendo, a lo mejor se han vuelto todos locos-bromea-. Es posible que lo estén, porque votan a Berlusconi-ríe-.
P: Su última novela (El cementerio de Praga),ha sido calificada como una “sinfonía maligna” por el L´Osservatore Romano y por El Vaticano.
R: Bueno, no creo que sea para tanto, el personaje principal no representa a nadie en concreto de la historia. Lo único cierto, es que las declaraciones de El Vaticano, ha sido la mejor publicidad para mi libro, lo cual ha supuesto un aumento de ventas de unas 100.000 copias.
P: Simonini(el protagonista), es un falsificador de documentos de hace siglos, pero que parece de rabiosa actualidad, si lo comparamos con las filtraciones de Wikileaks.
R: Si, es curioso. Antes, pensábamos en el gran hermano de Orwell. El ciudadano se sentía vigilado, el estado podía saber en cada momento lo que hace o donde esta, cuanto has gastado y en que, por ejemplo, se podía saber cuando y como había viajado de Roma a Milán, o que habías comprado en el supermercado, solo con ver el extracto de tu tarjeta de crédito, o con quien y de que habías hablado con tu teléfono móvil.
Pero ahora, se han invertido los papeles, y son los ciudadanos los que todo lo ven, todo es transparente y el poder necesita de un cierto secreto. Ahora, no sabemos que pasará. Puede que se vuelva a los mensajeros a caballo. O tal vez en un baile aparezca un caballero y apartándose una mascara, aparezca Obama, o que tras una dulce damisela, se encuentre la señora Merkel.
P: Se dice, que la sociedad judía ha criticado el libro. ¿Es cierto?.
R: No, nada de eso, todo lo contrario, incluso tres asociaciones judías me han invitado a presentar el libro en la feria del libro de Jerusalén, son gente muy inteligente, saben diferenciar entre el personaje y el autor. Mary Shelley, creó El Monstruo de Frankenstein, pero Mary Shelley no era el monstruo de Frankenstein.
P: Volvamos a la novela. Como ya ha dicho, la novela se basa en el estilo folletinesco del siglo XIX. Incluso, lleva casi 60 ilustraciones a la antigua usanza.
R: Si, y ese es uno de los mayores problemas para el lector, pues algunas de ellas se han realizado exclusivamente para el libro, pero otras de ellas, son originales del siglo XIX, por ello el lector, tiene momentos de su lectura, en la que no sabe si la historia que están leyendo es real o ficticia.
P: ¿Cree que el la sociedad actual siguen existiendo los falsificadores de documentos?.
R: Vivimos rodeados de falsificadores de los servicios secretos y de los gobiernos. El ejemplo más claro y reciente, es la guerra de Iraq, es una guerra fundamentada, en unos documentos que decían que el gobierno de Sadam ocultaba armas de destrucción masiva, y evidentemente, se ha demostrado que esos documentos eran falsos.
P: Hablemos un poco de actualidad. ¿Cree que Berlusconi es un cuerpo que se arrastra hacía su muerte política o esta más vivo de lo que todos creemos?.
R: Entre el cuerpo que se arrastra y el muerto existe la figura del vampiro, Berlusconi es un zombi, un muerto viviente muy peligroso.
P: ¿Que opina de los recortes culturales que esta llevando a cabo en Italia el ministro de Finanzas?.
R: El ministro de finanzas de Italia, dice, que con la cultura no se come. Yo no estoy de acuerdo, que vaya al museo del Louvre y verá si se come de la cultura.
P: ¿Que opinión tiene usted sobre la actuación de la Liga Norte?.
R: En Italia, hay un sector de la derecha que odia la cultura y a los intelectuales, desde hace muchos años. Además, en el gobierno hay gente inculta y racista. Está surgiendo un populismo en el que el Parlamento pierde sus funciones y una sola persona tiene el control mediático.
Pero, no miren tan lejos, deben tener cuidado, porque en su país, también puede ocurrir esto.
P: Últimamente el norte de Italia, sale a la palestra por los problemas religiosos.
R: La noticia religiosa que recorre Italia en los últimos días, habla sobre la sentencia a favor de un hombre musulmán radical, que a conseguido que su hija acuda a clase de música con unos auriculares para que no escuche la música, la cual cree su padre, que podría corromperla en su religión.
Lo cierto, es que la religión ha sido un estimulo muchas veces. Sin ella no habríamos tenido a Miguel Ángel o a Rafael, pero el fanatismo reprime la creatividad.
Madrid 13 de diciembre de 2010.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

MILAGRO EN BARAJAS.


El té, estaba servido en vaso de cartón y además, sabia a jabón. La leche por su lado, estaba fría, pero la novela que portaba en mis manos, por lo menos era buena. Aunque, el barullo que reinaba en toda la terminal del aeropuerto de Madrid Barajas, no me permitía llevar a cabo una lectura tranquila y sosegada, la cual me hubiese gustaría.
Pero el asunto, no era para menos, las cuatro terminales del aeropuerto de la capital, estaban saturadas de gente y de maletas, que iban y venían sin rumbo establecido, debido a que los informadores de Aena y las compañías aéreas, les mandaban de un lado para otro sin darles explicación alguna, de por que no salían sus vuelos. Apenas unas leves explicaciones, diciendo que los controladores aéreos, se habían puesto malos, o se habían sentido indispuestos, todos a la vez y se encontraban reponiéndose de sus vahídos-curiosamente todos juntos y en comandita-, en el gran salón de actos, de un importante y conocido hotel, cercano al aeropuerto madrileño.
El caos, montado por el boicot de los controladores, era aterrador, de repente, la gente, que antes hacía cola, regular y tranquilamente, ante los mostradores de facturación, comenzaron a alborotarse, a pedir aclaraciones, a perseguir a la gente de Aena, y a pedir inmediatamente una explicación creíble y justa-la cual se merecían, y la cual nadie les dio-. El asunto, comenzaba a enquistarse, según iban pasando los minutos y al pasar las horas, comenzaba a mascarse la tragedia. Una tragedia aeroportuaria.
Yo, que tan solo esperaba, que no iba a ningún sitio, cerré mi libro-era imposible seguir leyendo-, y me paseé por la terminal en la que me encontraba, el alboroto ya era general-no sin razón-, pues este grupo de trabajadores, los cuales cuentan con unos sueldos que ya quisiéramos los demás, con una jornada laboral, que ya la quisiéramos los demás, y que hacen de su capa un sayo y se pasan por el arco del triunfo las leyes, y lo que es peor, las ilusiones y los sueños, de la gente que les paga el sueldo.
Muchas personas se desesperaban, pues veían como se cernía sobre ellos la oscura sombra de la perdida de las reservas de sus vuelos y sus hoteles en el extranjero, otros, equipados con un número ingente de maletas y niños, veían como se alejaba la oportunidad de llevar a sus hijos a un parque temático francés, a la vez que veían como junto a los sueños de sus hijos por conocer a Pluto, se alejaban también, los miles de euros gastados en la actividad. Algunos-la mayoría extranjeros-, veían como se quedaban aislados en Madrid, sin conocer el país, ni el idioma, porque se encontraban allí esperando un segundo vuelo que los llevase a sus países de origen. Otros-no pocos-, ponían la voz en el cielo, porque por culpa de estos individuos, no podrían volver a sus puestos de trabajo a tiempo, y pensaban-no sin razón-, que esta ocurrencia podría costarles el puesto. Una mujer joven, de unos veintitantos, lloraba en una esquina sentada sobre una maleta rosa, mientras habalba por su móvil, diciendo a su interlocutor, que o mucho cambiaba la película o que iban a a tener que anular la boda, simple y llanamente, por que ella-la novia-, no iba a llegar a tiempo al altar.
El momento del cenit, llegó, cuando se sumó a estos, el grupo de viajeros que habían sido evacuados de un vuelo transcontinental, cuando su avión ya rodaba por la pista de despegue. El asunto estaba espinoso, muy espinoso. Las voces amenazantes y desilusionadas se oían por encima del resto de la gente. Muchos, no sabían aún a que se debía el hecho de no poder volar, cuando ya habían llegado los primeros periodistas a cubrir la noticia. Todo era un caos, las colas se multiplicaban antes decenas de mostradores, los insultos y los malos modos-repito, que con toda la razón-, se repetían cada vez en más idiomas y la desesperación de muchos- que no veían otra forma de llegar a su destino-, se notaba y se masticaba en el ambiente.
Pero, como en la mayoría de los casos de desesperación y de mala leche colectiva, ocurrió una cosa, increíble, memorable. Cerca de donde se encontraba el grueso del vituperio y el ultraje, un grupo de personas, de varias edades y de ambos sexos, comenzaron a cantar, con voces angelicales profundas, un grupo de voces celestiales, dentro de cuerpos humanos y en medio de una situación irrespirable, donde el agobio y la mala baba era constante.
El grupo de voces, comenzó a llevar a cabo una canción de opereta, calentando las cuerdas vocales. De repente, todo el mundo se giró-o nos giramos-, hacía ellos, de repente, el murmullo y las voces generales comenzaron a descender poco a poco, hasta llegar un momento-unos segundos-, en que la mayor parte de la terminal permaneció en silencio, escuchando y maravillados por el tema a cappella interpretado por este grupo. Grupo que por otro lado, esperando un vuelo con el que llegar a su actuación en Londres, dedicaba la espera a ensayar.
Cuando la agrupación cesó en la practica del ensayo con este primer tema, el barullo volvió a la terminal, las voces se apoderaron de nuevo de las personas que veían su puente volar, a los llantos por no poder llegar a su propia boda, y a las caras de niños y padres defraudados por culpa de unos individuos que cobran más de lo que merecen y que piden a la gente de la calle que comprendan lo incomprensible.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

EL OFICIO DE OBSERVAR.




Como otras tantas fotos ya mencionadas y descritas en esta página, la de hoy, también cuelga en una de las paredes de mi casa, junto a otras muchas que tal vez algún día-o tal vez no-, salgan a colación de algún que otro tema.
La de hoy, es una de mis favoritas, a diferencia de las otras comentadas en esta humilde publicación, la que se muestra arriba, nos pilla a todos mucho más de cerca, por dos razones básicas. Su autor es español, y además lo que se muestra en ella- a simple vista, la figura de un niño sobre un grupo de gente-, muestra en el fondo, lo que fue un momento importante de la historia de este país- España-. Por si fuera poco, es una imagen relativamente reciente, que marca y refleja el cambio político más importante de las últimas décadas.
La foto en cuestión, fue tomada un día del año 1976, en una de las manifestaciones a favor de la democracia, dicha instantánea, fue tomada por un importante fotógrafo, un hombre que fue capaz de retratar la transición española como pocos, o mejor dicho, como nadie, y que después de comenzar a trabajar con menos de dieciocho años para Europa Press, pasó a hacer fotos por encargo, para la farándula y el mundo del cine, tanto español como americano. Su nombre, es César Lucas, y se ha jubilado hace poco, después de cincuenta años detrás de una cámara.
Pero vayamos a la foto y a lo que evoca, que a fin de cuentas, ese es el trabajo de la foto y del que la realizó, ya saben, ese oficio de observar y mostrar a los demás lo que ven, ese trabajo que hay que valorar, como hay que valorar también, el de los reporteros que hoy, se juegan la vida de guerra en guerra, o de catástrofe natural, en catástrofe natural, para convertirse en nuestros ojos y mostrarnos lo que ocurre en la parte más alejada del globo terráqueo.
Lo dicho, la foto se sitúa en una calle indeterminada, de una ciudad indeterminada de nuestro cainita país. Posiblemente Madrid-que cada uno piense lo que quiera, eso aquí es lo de menos-, sería una foto más, de una manifestación en pos de la libertad, de la democracia o por la legalización de ciertos partidos políticos, sino fuera por una cosa distinta, un elemento que le da ese toque de suficiencia y que le ha hecho mantenerse en las colecciones fotográficas del siglo XX. Sobre la multitud de cabezas de personas anónimas, y sobre los hombros de su padre, se alza un niño de no más de de seis o siete años, con el pelo rubio y el puño en alto.
La foto, es un canto a la libertad, a la idea de cambio de una situación un tanto anormal en un país supuestamente evolucionado, muestra la transformación de este país, y la posibilidad de invertir el presente en un futuro más esperanzador, donde todos tuviesen derechos y obligaciones, donde cada uno pudiese elegir lo que quisiera ser y tener. Era esa época, en donde se sitúan las imágenes de la vida española entre el blanco y negro y el color. El momento, en el que los jóvenes tenían la oportunidad de hacerse con sus discos favoritos de Joan Manuel Serrat o del chileno Víctor Jara sin tener que jugarse su libertad, o podían dejar de comprar bajo cuerda y la mirada inquisitiva de la estatua de Cascorro, los libros con las décimas de Violeta Parra o los poemas de amor y soledad de Pablo Neruda. Donde se podía ir a escuchar tranquilamente las canciones del desaparecido grupo La Mandrágora, en el antro -también desaparecido-, del mismo nombre, donde Joaquín Sabina, Javier Krahe o Alberto Pérez, comenzaban a hacer sus primeras apariciones públicas, sin miedo a que los grises les sacasen de allí a la carrera.
Pero la realidad no era tan bonita-como nunca lo es la realidad-, pues seguramente, mientras César Lucas tomaba esta instantánea del niño sonriente sobre los hombros de su padre, es muy probable que en algún lugar de la ciudad un grupo de pistoleros, manejados como marionetas sangrientas por otros individuos más poderosos, limpiaran y sacaran brillo a las armas, con las que un año después asesinarían a unos abogados laboralistas en el número 55 de la Calle Atocha. Sin saber tampoco, que por aquel entonces, muy probablemente, un grupo de haraganes uniformados de color verde oliva, buscaban una cabeza de turco para que perpetrara el golpe de estado de febrero del 81.
Ahora, mientras tomo un cortado y escribo estas lineas en el céntrico café del Nuncio, en la capital de España, me imagino a este niño treinta y cuatro años después. Sentado en su casa, con sus canas y sus entradas en un pelo más lacio, y con su pequeña barriga incipiente por encima del cinturón. Observando y analizando la España actual, cansado, hastiado y desilusionado con lo que ve cada día y viendo tan lejos de si, el país que él y su padre soñaron una vez, y que quedo atrás, tan lejos como el mayo francés y su arena bajo los adoquines. Por culpa de una clases política rancia e iletrada, una clase política, que en unos casos, ha cambiado la camisa azul bordada en rojo por el traje y la corbata, pero no su pensamiento. Y en el otro, ha cambiado las ideas de Pablo Iglesias, por unas vacaciones en las Bahamas y un coche alemán de alta cilindrada. Juntándose ambos grupos tras cada pleno, para comer en la misma mesa, dándose palmaditas en la espalda y vanagloriándose de lo que han hecho con este país, nuestro país.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

LA TASCA DE LOS U2.


En los últimos tiempos, la figura del grupo irlandés U2 ha estado bastante presente en mi vida, aunque no es de mis grupos favoritos. Es lo que tiene pasarse una larga temporada en Dublín, todas-o casi todas-, las conversaciones de música, acaban siendo abrumadas por el grupo irlandés, y sobre todo por la figura de su líder, Bono. Puedes seguir su vida, desde el edificio, donde el grupo llevó a cabo la grabación de sus primeros discos, hasta la futura U2 TOWER, junto al cauce del río Liffey. Se puede visitar también el pueblo de Killiney, lugar donde cuenta con su residencia Bono. Un pueblo con unas fantásticas vistas sobre el mar, pero pocas sobre la casa de este, donde apenas se podía observar la parte alta del tejado. Se puede visitar su hotel y un pub de su propiedad, e incluso puedes despedir la noche en el Pub Temple Bar, situado en la calle del mismo nombre, con una última canción del grupo.
Lo que no me esperaba, tras mi vuelta a España, era llegar a Madrid y toparme de nuevo con el grupo, mientras tomaba unas cañas en una zona céntrica de Madrid. La calle en cuestión esta relativamente cerca de la Gran Vía, es la de la Madera, la misma calle donde durante los años 1797 al 1805 vivió el chelista y compositor italiano Luigi Boccherini, una calle con dos cuestas, al principio una hacía abajo, y hacía la mitad de la calle, otra hacía arriba, y entre medias, el Teatro Alfil.
El bar donde me encontraba, no era muy amplio, pero tampoco uno de esos bares que parecen un pasillo, se puede estar allí tranquilamente y disfrutar de las cañas. Por fuera, llamó mi atención, las puertas son de esas de los mesones o de las tascas de las de toda la vida, de estas que ya casi no se ven, en ella dominaba el negro y el rojo inglés, tanto en las puertas y ventanas como en el rotulo donde anunciaba el nombre del sitio en cuestión: Casa Julio. La casa, fundada en 1921, sigue manteniendo todo el encanto de la época, no es difícil imaginarse allí a taxistas y tenderos tomando café y coñac, junto a unos churros, a primera hora de la mañana, o a los ferroviarios compartiendo cañas o vermut con sifón, mientras daban cuenta de unos pajaritos fritos en su barra.
Su interior como he dicho, de un tamaño acogedor, se divide en dos, a la izquierda según se entra se levanta la barra en forma de ele, de mármol y madera. A la derecha se sitúan las mesas, cinco o seis no más, de placas rectangulares de mármol, sujetas por hierro torneado. Las sillas y las altas banquetas, son de madera. En el lateral derecho, justo encima de las mesas hay un espejo alargado, rectangular, como los que se podían ver en los viejos cafés tertulias, y que aún hoy se pueden encontrar en algún que otro lugar.
El resto de las paredes, aparecen totalmente cubiertas de fotos, de todos los tamaños, y entre ellas, se cuela de vez en cuando algún recorte de periódico, también enmarcado. La gente consumía sus bebidas, y sus croquetas-que son lo típico del bar, de seis o siete clases, y de buen tamaño-, sin prestar atención a estas imagenes. Al fondo, cerca de un antiguo teléfono negro, aparecían también antiguas fotos en blanco y negro, de pequeño tamaño e intercalando formar circulares y cuadradas. En la pared más larga, aparecen fotos más modernas, en unas se puede ver al dueño, solo, o acompañado de amigos, en otras se ve también al dueño acompañado de importantes y conocidos actores y humoristas.
Pero lo que llamó mi atención, fue la columna central, la que separa la barra de la zona de las mesas, la citada columna, por supuesto también se encuentra cubierta de fotos. Mi vista, se posó en una imagen de la fachada del bar, con su puerta abierta y una persona trajeada ante ella, no era otro, que el escritor e intelectual Luso José Saramago. Pero aún llamo más mi atención, la foto situada justo debajo de la del autor de Ensayo sobre la ceguera. Eran cuatro individuos, repartidos por el interior del bar, con pinta de roqueros, me acerque para verlos más de cerca, y me sorprendí bastante al ver que se trataba de los U2, con su cabecilla Bono-con sus gafas de cristales azulados-, sentado en una de esas sillas de madera, con su espalda apoyada en la pared.
Vaya-pensé-, nunca me imaginé a un grupo de rock irlandés, de cañas por esta zona de Madrid y mucho menos, disfrutando de un plato tan típico de España como las croquetas, pero así era y al seguir repasando las paredes de la tasca, vi algún recorte de periódico donde la prensa local recogía la visita, se podía leer titulares como: Vino Bono o Las croquetas de U2. Sin darme cuenta, comencé a recordar mis visitas irlandesas a los lugares frecuentados por el grupo, pronto mi cabeza se llenó de recuerdos, de música celta, de mejillones con pan de centeno, de cerveza negra... Y mientras salia del bar, y andaba en dirección a la Calle del Pez, mi subconsciente me hizo comenzar a silbar la melodía de una de las canciones de los U2. Sunday Bloody sunday.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

SOBRE VIAJES Y SOÑADORES


La historia, la narró hace ya unos cuantos años uno de los mejores músicos de este país, y para el que sea seguidor de él o de su música, seguro que la historia le es conocida o por lo menos le sonará, sino, no se preocupen, por que hoy haremos un pequeño esbozo de ella. El músico, llamó a los dos personajes principales de esta historia Abelardo y Eloisa, en realidad, no se si esos son sus verdaderos nombres, o si el artista, sustituyo los reales por estos evocadores nombres de amantes medievales, el caso, es que yo usaré otros más acordes con los tiempos que corren, por ejemplo, digamos que se llamaban Sara y Carlos.
El asunto, es que Sara y Carlos, eran jóvenes-con todo lo que esto implica-, inexpertos como un pájaro sin alas. Los dos, vivían en un lugar lejano de la costa, un lugar de la meseta, una localidad pobre y pequeña, como la mayor parte de las zonas mesetarias. Ninguno de los dos, había salido nunca de su tierra, ni tan siquiera se habían movido hacía los extremos peninsulares, hablando en plata, ninguno conocía el mar. Por supuesto, ambos lo habían visto antes, en fotos, o en las películas en blanco y negro pasadas una y otra vez en los cines de sesión continua. Conocían su textura, su olor y su apariencia, por lo leído en libros, y por lo narrado por aquellos que habían tenido la suerte de admirarlo, e incluso algunos lo habían hecho en el extranjero, lo cual en esos tiempos y en un pequeño pueblo, era casi una heroicidad.
Hasta que llega un día, y uno de los dos se planta-Carlos o Sara-, eso da igual, y le dice a su compañero que le acompañe. ¿Donde?, contestó el otro sorprendido y con una lagrima en el ojo. Al mar, vayámonos al mar, cumplamos nuestro sueño, fue su respuesta. Y un día de madrugada, cuando las calles aún permanecían vaciás, los dos salieron de sus casas, llevando el dinero justo, lo poco que ellos pudieron conseguir, y algo más que algún amigo pudo dejarles y se pusieron en marcha. En busca del mar, pero no de un mar cualquiera, puesto a ello, vayámonos al extranjero pensaron y tras sopesarlo un rato, pensaron que estando en la meseta, el mar extranjero más cercano era el de Lisboa, y allí se fueron, dejando una servilleta escrita para sus padres, en la que se podía leer “Tranquilos, nos vamos a ver el mar, pronto volveremos”.
Cayendo en la gran mentira en la que caen la mayoría de los turistas, esa mentira que dice que Lisboa es la única capital de Europa que tiene mar. Pero esto, ellos no lo supieron hasta que llegaron allí y les dijeron que la capital no tenía mar, ni playa, sino río, un río enorme y fantástico, pero un simple río, y que el mar más cercano estaba a 27 kilómetros, en la localidad de Estoril. Y allí se presentaron, en el primer tren del día, muertos de frío y con el hambre aferrada a sus estómagos, como una lapa.
Por ello, cada vez que me acerco a Estoril suelo recordar y recrear la historia de los chicos, me siento en el paseo marítimo, y les veo allí, nerviosos, moviéndose por la orilla de la estación, impacientes y felices, oliendo el salitre del mar y oyendo al fondo el oleaje Atlántico, pensando que quedaba poco para cumplir sus sueños. Me los imagino juntos, sentados sobre las grandes piedras del espigón, viendo saltar la espuma y el romper de las olas, que les salpicaba con la fina humedad de las gotas en sus rostros juveniles y felices.
La ultima vez, me les imagine allí sentados, sonrientes, felices, sintiéndose libres ante el sueño cumplido, evadidos del mundo, casi creyéndose invisibles. Vi también, como entraban en el espigón los dos policías de la seguridad pública portuguesa, acercándose silenciosamente, ocultando el ruido de sus pisadas con el batir de las olas, y tras colocarse a sus espaldas, y sujetándoles de los hombros, les piden que se identifiquen. Ambos, sabiéndose descubiertos, se levantan y se van con ellos hacía la comisaria más cercana, donde ya no se oye el mar, ni se huele el salitre, donde se acaba su sueño. Allí, ante una vieja y destartalada mesa repleta de papeles, depositan lo que llevan en sus bolsillos, sus mínimas posesiones: sus pasaportes, unos escudos y una postal de Estoril. Esperando que les devolvieran a casa, junto a sus padres asustados, a la par de malhumorados por la aventura de sus hijos, que habían puesto en jaque a las autoridades de dos países y a sus madres al borde del colapso. Pero felices, por el sueño cumplido, un sueño de locos, de libertad autentica, aunque fuese por poco tiempo, una libertad de verdad, como la que sienten los locos, los únicos verdaderamente libres.
El último día que reviví esta historia en mi imaginación, me asaltó esa media sonrisa que me acompaña de forma perenne allí donde voy, como un silencioso polizón, que se apodera de mi cara cuando menos me lo espero. Tras esto, cerré mi chubasquero para protegerme de la incipiente lluvia, gire sobre mis talones, y salí corriendo en dirección al cercanías, que pitaba en el cercano apeadero, anunciando su inmediata partida hacía la vida real.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

LEMBRANÇAS


Alguien dijo alguna vez-tal vez fuera yo-, que los recuerdos(lembranças), son una bestia siempre dispuesta a morder. No hay ninguna certeza más cierta-valga la redundancia-. Pero también depende, tanto de los recuerdos, como de los distintos momentos en los que los recuerdes.
El asunto, viene a colación por un ataque de recuerdos o lembranças, que me asalto hace unos días. La culpa fue del escritor gallego Manuel Rivas y de la cantante-también gallega-, Lucía Pérez. Nos encontrábamos en la cuarta planta del Circulo de Bellas Artes de Madrid, el ambiente ayudaba al recuerdo y a la morriña-a la que hizo referencia el autor en alguna ocasión-.
El caso, es que justo antes de que la periodista, Marta Gónzalez Novo comenzara con la presentación de la novela, la cantante interpreto uno de los temas, de los cuales llevaría a cabo durante la dicha presentación. El tema, lo reconocí rápidamente, pues es uno de mis fados favoritos: As chaves da minha vida. Interpretada de forma magistral por la fadista gallega y por su acompañante a la guitarra, la profunda y potente voz de la cantante llevando a cabo el fado, me transporto a otro lugar. Un lugar querido y añorado a partes iguales, un lugar al que asistía semanalmente, sin falta, todas las noches de los viernes.
El sitio en cuestión, se encuentra en una de las callejuelas del antiguo barrio de Alfama, como no, en Lisboa, en la calle conocida como Costa do Castelo, un lugar bastante difícil de encontrar entre las distintas rúas de la zona, pero que vale la pena descubrir. Es una casa como otras tantas de la zona, una bella casa llena de historias, donde hasta las paredes hablan diferente al resto de la ciudad, donde cada noche de fados, parece la última fiesta de una época pasada, o la primera de un tiempo futuro. Una gran casa, convertida en centro cultural, donde se puede disfrutar de una obra clásica de teatro después de comer en su restaurante, mientras observas la noche lisboeta alumbrada por el puente del 25 de abril, o puedes ver un espectáculo circense mientras compartes con tus amigos una botella de vino verde. El sitio en cuestión se llama Chapitô, y es de sobra conocido por la gente que haya vivido o pasado una buena temporada en la capital Lusa.
Pero hoy, si me permiten, quiero centrarme en un lugar especifico de este lugar, el lugar a donde me transportó Lucía Pérez con su canto, ese sitio, es un pequeño lugar situado en la parte baja del Chapitô, un diminuto bar, en la parte más bajo del centro, un lugar al que hay que llegar bajando unas escaleras de caracol y que no cuenta con ventanas, de techo bajo y apariencia agradable. Lleno de mesas y sillas, todas distintas, al igual que las copas. Uno de los laterales del bar, está adornado por unas antiguas sillas de barbero, donde a falta de otro lugar, muchas personas se sientan para disfrutar de la música, y de los tés naturales, servidos en grandes vasos de cerámica, casi hirviendo, y acompañados por unas galletas de jengibre. Su nombre es Bartô y allí todos los viernes se dan cita profesionales y aficionados del fado, desde gente que se anima y sube a cantar por que se lo pide el cuerpo, hasta algunos de los mejores del momento. Aún recuerdo, mi primera visita al Bartô, donde tuve la suerte de oír cantar allí a Mafalda Arnauth, la que muchos denominan como la verdadera sucesora de Amalia Rodrigues.
El ambiente fantástico, con las velas tililando a mi alrededor, mientras rasgaban las cuerdas de las guitarras y la hondura de la voz de los fados, con sus letras tristes y sentenciosas, me hacían pensar que me encontraba en otra época, en siglos anteriores, donde la ciudad era lo que debería de seguir siendo, esa ciudad rica y fantástica, la cual ahora apenas se reconoce entre los actuales hoteles y centros comerciales. La voz de la gallega, también me trajo a la mente los ropajes oscuros de los individuos que interpretaban su música, dentro del foso donde se situaban estos. Como no, no pude dejar de recordar el dulce y espeso sabor del vino de Porto, que marcaba con sus lagrimas color escarlata los bordes de las copas de fino cristal, mientras calmaba el frío interior, de los que lo bebíamos para quitarnos la humedad que el invierno lisboeta adhería en nuestros huesos.
Por eso digo, que es cierto que los recuerdos son una bestia siempre dispuesta a morder, pero que esos recuerdos, a veces no solamente te muerden, sino que también, en algunos casos, te sirven de valsamo y te relajan, llevándote durante unos instantes lejos de la realidad que tal vez no era la que desearías. Y que en momentos como el antes citado, me transporta a un lugar agradable donde disfruté tanto en compañía como en solitario, pues una buena copa de vino y una noche de fados se puede disfrutar acompañado, pero no pasa nada por hacerlo en solitario.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

UNA HISTORIA DE GUERRA Y HONOR.


Nos encontramos a día 9 de Noviembre del año 1808, en un lugar concreto, exactamente entre las poblaciones de Gamonal y Villafria, en la actual provincia de Burgos, en esos mismos momentos, el ejercito francés, con su emperador a la cabeza, se dirige a realizar una reconquista, la de la ciudad de Burgos. Napoleón, y sus chicos se mueven desde la Bureba hacía la capital, a reconquistar la plaza que el día 22 de septiembre habían perdido, por la fiereza de los burgaleses.
El francés, no iba solo evidentemente, además de sus húsares y mamelucos, lo acompañaban, los dragones y los terribles lanceros polacos, el cuerpo de ejercito I, II, III, IV y VI, así como su guardia Imperial y la reserva de la división del general Merle. Un total de 20.040 hombres, así como 4000 fuerzas de caballería y 62 piezas de artillería.
Por el otro lado, el español, los hombres que hacían frente al petit cabrón-como le conocían algunos en la época-, era la Primera División del Cuerpo del ejercito de Extremadura, mal dirigidos y peor representados por Ramón Patiño, Conde de Belveder, que pasó de ser un simple Guardia de Corps a General. Reforzados por el Batallón de Escolares de Benavente y el Provincial de Tuy, junto a un pequeño grupo de artillería con 4 piezas del Ejercito de Galicia. Aguantando y esperando la aparición del ejercito inglés, que debería llegar a manos del general Blake.
Bueno, a parte de los datos cronológicos y cronográficos, datos que siempre caracterizan cualquier detallada descripción de un batalla, por pequeña u olvidada por la historia y sus libros que sea. Pero, lo que me interesa de esta historia de guerra, no es solo la guerra en si, me interesan otras muchas más cosas que en un momento narraré, esos pequeños detalles, que hacen que la historia haya ido hacía una u otra dirección, así como las malas decisiones de los malos mandos, o la capacidad de decisión y los atributos bien puestos de otros personajes, y lo narrado a continuación, es una caso claro y correcto de lo que quiero decir.
El día 9 de noviembre de 1808, el Conde de Belveder, recibió, la orden clara por parte de generales mucho más expertos y veteranos. Esa orden decía, que defendiera la plaza de Burgos llevando a cabo una defensa periférica de la ciudad desde los cerros cercanos, mientras esperaban la llegada de los ingleses, pero el inepto del Conde de Belveder decidió hacer lo que le vino en gana y salió con sus tropas a campo abierto, entre las poblaciones de Gamonal y Villafria, situando su vanguardia en Rubena, quedando al descubierto y vendidos. Por ello, cuando el día 10 de noviembre de 1808, en el momento en el que ambos ejércitos se juntaron en el campo de batalla, lo que en un momento inicial fue un choque de ejércitos, se convirtió en una matanza, en una tragedia donde los españoles fueron masacrados en unos minutos, y un poco después de las once de la mañana, solo unos pocos vencidos, huían entre las calles de Gamonal o buscaban la huida a través de la ribera del ría Arlanzón.
El avance Imperial era imparable a esa hora, mucho más sabiendo que el Conde de Belveder había dejado la defensa de la ciudad en manos de una población, pauperricamente armada y atemorizada, como si de un niño abandonado y asustado se tratase. Pero, como en todas las historias, al igual que hay un inepto descerebrado-el nuestro ya lo tenemos-, también hay un héroe, que tiene todo donde lo tiene que tener. Este, no fue otro que Vicente Genaro de Quesada, que ese día accidentalmente se encontraba al mando del batallón que defendió con sus pocos hombres la ciudad, ante la entrada enfervorizada y en busca de sangre y oro, de la caballería gabacha. Se mantuvo de pie con sus hombres, hasta que herido en todo su cuerpo, exhausto y con el sabor dulce y espeso de su propia sangre en la boca, defendió su vida y la de sus 74 hombre hasta las últimas consecuencias, por su honor y por sus huevos-un tipo que se vestía por los pies-. Un tipo, que cuando tenía todo perdido, y con un pie en el otro barrio, saco fuerza de flaqueza y cuando el general Bessiers le ordenó que entregara su sable, este le mando a paseo. Este tipo, sabia lo que era el honor y sabia defender el suyo y lo demostró a costa casi de su vida.
Pero en esta historia, hay otro personaje que demostró su honor y valía, así como su respeto ante los valientes, aunque sean enemigos. Cuando unos días después, Napoleón hacía su entrada en la ciudad sin triunfalismos y se asentaba en el Consulado del Mar, un individuo de su ejercito, el general Bessiers, se acercó al hospital de Sangre, donde Vicente Genaro de Quesada se debatía entre la vida y la muerte, y haciendo valer su honor como militar y como persona, se acerco a aquel que se había defendido a sablazos contra sus hombres, y quitándose el sombrero Imperial, le entregó su espada, la misma que el militar español se había negado días antes a entregar al ejercito del francés.
Como ven a pesar de ser una guerra abierta, de sangre y machetazos, una guerra dura y a muerte, como lo son todas a fin de cuentas, hay pequeños detalles como estos, que demuestran que a pesar de ser enemigos, y a pesar de pasarse unos a otros por la calandria sin rechistar. A pesar de todo esto, se puede demostrar que lo cortes no quita lo valiente y que hay gente que además de un uniforme y un cargo tiene también honor y respeto.

miércoles, 27 de octubre de 2010

EL MUELLE FLOJO DEL ALCALDE


El asunto no es nuevo, la verdad es que a este tipo se le calienta la boca con bastante facilidad, sino se lo creen, vayan a la hemeroteca y busquen, seguro que se sorprenderán. Lo cierto, es que al abajo firmante, no le sorprende nada la nueva perla del individuo en cuestión, ya que viví en la ciudad que gobierna con mano, de hierro y a golpe de decreto y párquings-no siempre con todos los permisos debidamente cumplimentados-, durante más de un lustro, asique, como verán ya estoy curado de espanto, en cuanto a declaraciones fuera de tono se refiere.
Los más avispados, ya se harán una idea de a lo que me refiero, pero si aún no han caído, no se preocupen, yo les refresco la memoria, al fin y al cabo ese es mi trabajo. Me refiero a las declaraciones realizadas por el alcalde de cierta ciudad castellana, que hace las veces de capital en la región castellano leonesa. Este “señor”, dijo sobre la nueva ministra de sanidad: “Cada vez que le veo la cara [a Leire Pajín]y esos morritos pienso lo mismo”. Personalmente, la nueva ministra de sanidad, no es fruto de mi devoción, así como otros tantos, de este partido y de otros anteriores que han gobernado nuestra triste y perra España, lo cierto, es que hace años que no creo en la clase política nacional. Pero una cosa es no tragar a una persona, y otra faltar al respeto, con alevosía y desenfreno.
Siempre he creído, que todo sería mucho más sencillo, si se pusiera al frente del ministerio de sanidad a una persona comprometida con la sanidad, o simplemente a un medico, que sepa por donde se anda, o por lo menos que lo intente. Lo mismo ocurriría en el ministerio de cultura o educación, no creo que sea tan difícil encontrar a una persona culta y con ideas interesantes, en cuanto a la educación de nuestros infantes se refiere. Pero bueno, es lo que hay, y una cosa esta clara, el mayor problema de este país, es que hace muchos años que no contamos con un ministro o ministra-que no se me enfade nadie-, de cultura o educación que cuenten con la ídem. Pero ese es otro tema.
El asunto de hoy, no tiene nada que ver con caer mejor o peor al abajo firmante, o ser mejor o peor en el desempeño de una tarea, ninguno de nosotros somos quien para calificar eso, para ello esta la historia y el tiempo. El asunto que me concierne hoy, es un asunto de respeto y educación básico, no hace falta ser premio nobel para saber comportarse en público y mucho menos siendo el representante de una ciudad. Ya sabemos, que los políticos no suelen ser grandes oradores de forma improvisada, la mayoría-tanto de un bando como del otro, eso que quede claro-, son un tanto obtusos sin un discurso preparado delante. Es decir, que sean unos ineptos inofensivos se soporta, les va en el sueldo-y a nosotros también-, pero lo que no es de ley, es que además, sean unos bocazas obscenos y maleducados.
La incontinencia verbal del individuo en cuestión es realmente notoria, cada vez que abre la boca sube el pan, reparte estopa a diestro y siniestro, desde los enemigos políticos a escala local y nacional, hasta a personas de sus propias filas, un gentleman en toda regla, como pueden ver. Y para muestra un botón.
Aún se recuerda en la ciudad en la que hace la labor de corregidor, la coplilla que le dedico a su oponente política en la que la acusaba de mentirosa, y que recitaba de memoria en sus mitines políticos, mientras un grupo de seguidores le aplaudían y reían las gracias, algo así como lo que a pasado con sus últimas declaraciones. Otro frase celebre del tipo, fue cuando equiparó las actuaciones del juez Garzón con las bombas de E.T.A. O cuando se encaró con un joven que le increpó alguna de sus actuaciones, durante un mitin, llamándolo Hijo de puta ante todos los micrófonos, o cuando llamó señorita Pepis, vestida de militar, a la ministra de defensa en una visita a las tropas. Y otras tantas menos conocidas a nivel nacional, pero que los que viven o vivíamos en “su” ciudad, conocemos a la perfección, y que tenemos o teníamos que aguantar, como aquella cabezonada que le entro por tirar abajo el atrio neoclásico de la catedral, porque no le cuadraba en sus planes urbanicidas de la capital, y sus declaraciones, cuando vio que todas las asociaciones de arte e historia de la ciudad se le echaban encimas: no se que les importa a los rojos que quite el atrio, si ellos no van a misa.
Y para poner la guinda a esta sarta de despropósitos, pongamos un último ejemplo de hasta donde llega la incontinencia verbal del individuo, cuando le salta el muelle. Pues no se conforma con ir en contra de todo los que piensan distinto a él, sino que entre las personas de su propio partido también han sufrido sus iras verborreicas, pues hace unos meses, tras unas declaraciones de Manuel Fraga sobre el presidente de la Comunidad Valenciana y el caso Gürtel, donde el representante valenciano no salia muy bien parado de las palabras del gallego, el alcalde volvió por sus fueros y dijo literalmente: a determinada edad, lo mejor es no hacer declaraciones. Pues eso, “señor” alcalde, aplíquese su propia medicina.

miércoles, 13 de octubre de 2010

UN SECUNDARIO DE PRIMERA.




Siempre, o casi siempre, suelo tener escritos o por lo menos pensados con algo de antelación estos artículos, vamos, que no improviso de un momento para otro, se por donde me ando. Por ello, no suelo cambiar nunca-o casi nunca-, su orden, ya ven costumbres o manías de historiador, todo ordenado y colocado. Ya saben defecto profesional. Y digo casi nunca, por que el articulo de hoy si ha sufrido este, digamos “desorden” cronológico, pero les aseguro que tiene un porque.
Ayer, leyendo la publicación virtual de un diario de tirada nacional me sorprendió una pequeña noticia enmarcada en un pequeño recuadro de dicha publicación, la noticia decía así: Fallece Manuel Alexandre. Un pequeño escalofrió me alcanzó por la espalda, un sentimiento parecido al que sientes cuando lees la esquela de un conocido, o de una persona a la que hace tiempo que no veías.
A Manuel Alexadre, lo conocí hace ya unos años, posiblemente en uno de los lugares que más frecuentaba, junto a sus amigos y conocidos, unos ya desaparecidos, otros que aún siguen presentándose allí a diario. Era, un sábado de mayo de hace cuatro o cinco años, en el Café Gijón del Paseo de Recoletos de Madrid. Allí, junto a la puerta de entrada, la primera mesa que queda a la derecha, según se accede al local, justo pegado al recoveco donde años atrás se colocaba Alfonso, cerillero, limpiabotas y anarquista, vestido con un mono azul de dos piezas y rezongando cada vez que alguien se dejaba la puerta abierta. Las puertas están para cerrarse, decía Alfonso, cuando alguien dejaba la puerta sin entornar. Junto a él- a Alexandre-, unos cafés o unas infusiones, que compartía con amigos de toda la vida, uno de ellos, siempre sentado junto a él, el también actor Álvaro de Luna, el eterno Algarrobo.
Recuerdo, como hace años, tras verle dos o tres veces, en la misma mesa del Café Gijón- en la que hoy no se sienta nadie-tan solo hay un retrato del cómico y un ramo de flores-, me acerque y le salude, para felicitarle. Por aquel entonces, le acababan de nominar al premio Goya al mejor actor por su penúltima Película, Elsa y Fred. Este goya no se lo dieron -si le concedieron el de honor, en el año 2003-. Una gran película del director Marcos Carnevale, que con más de ochenta y cinco años le dio la oportunidad, de ser actor principal por primera vez en su vida, junto a la actriz China Zorrilla. Las escenas finales de la película, en la Fontana de Trevi de Roma, simulando la película preferida de ella: La dolce vita de Felini, es una imagen que evoca perfectamente la felicidad de este actor y de todos los que le conocíamos. Fue entonces, cuando él, contento por la situación y esperando supongo la llegada de su inseparable conversador, Álvaro de Luna, me contó algunas escenas de la historia de ese café. La que más recuerdo, sin duda, fue una en la que Camilo José Cela, soltó un guantazo a un amigo común, tal, que lo tiró al suelo, después de que este, le tomara el pelo al dar una aportación económica para hacer un homenaje al premio Nobel. Manuel Alexandre, se partía de risa mientras lo contaba, con sus grandes y cansados ojos abiertos y su sonrisa pícara y galante, con su bigote perfectamente arreglado.
Es curioso, su última obra de teatro, donde si fue un actor de primer orden, fue Tres hombres y un destino, junto a José Luis López Vázquez y Agustín González, que curiosamente, también fue la última interpretación teatral para los otros dos insignes actores. Pero como secundario, apareció en las principales películas españolas, aunque en muchas apareció inadvertido, les pongo un ejemplo. Recuerdan El Verdugo, de Berlanga, pues bien, él era el ejecutado, pero también le pudimos ver en ¡Bienvenido Mister Marshall!, o Muerte de un ciclista, entre otras importantes e inolvidables producciones españolas.
Hoy curiosamente también, el mundo lo despide en el centro del teatro madrileño, en la Plaza de Santa Ana, en el Teatro Español, un lugar importante para él-pues allí debuto en los años cuarenta-, y para el teatro español, hace unos años también se despidió allí al cómico total, amigo intimo de Alexandre. Fernando Fernán-Gómez.
Pero, sin duda, es un teatro importante para mí, allí siendo aún un crío, asistí a mi primera obra de teatro. Esta, no fue otra que Eloisa esta debajo de un almendro, de Enrique Jardiel Poncela, allí he asistido a presentaciones literarias de novelas de los principales escritores de lengua española. Y allí el grueso de la cultura española, junto a los políticos de turno que irán a hacerse la foto, despedirá hoy al otro cómico total, posiblemente al último. A esa persona bonachona y simpática, que llegó a reconocer en varias ocasiones, que era lo que más le gustaba en su vida: el teatro, las mujeres y los percebes, decía seguro y con su pícara sonrisa.

miércoles, 6 de octubre de 2010

LA SOPRANO Y EL MENDIGO.



Rebeca Nelson, creo recordar que era su nombre, el de ella, el de él, perdónenme, pero no es que no lo recuerde, sino que nunca lo llegué, ni llegaré a conocer, cosas de la vida, ya ven. Ella, joven, bien parecida, larga melena pelirroja recogido en una cola de caballo, unos pendientes de perlas en los orejas, iba ataviada con unas sencillas botas oscuras, unos vaqueros desgastados y una camiseta azul marino, cubierta por una cazadora de cuero. Él, una persona mayor, casi anciana en las maneras, no en los rasgos, grandes ojos abiertos, vivarachos, casi con un toque infantil. Vestía unos vaqueros sucios y anchos, y una gabardina que le cubría hasta por debajo de las rodillas. Pelo y barba blanca, tupida pero arreglada que le cubría la mayor parte de la cara.
El tipo, siempre pedía limosna sentado en una de las tiendas de ropa de alta costura que se sitúan en la mitad superior de la calle, por tanto, era viejo conocido mio y de todos los que pasean o andan por la céntrica calle dublinesa de Grafton Street, calle esta, abarrotada de gente a casi todas horas, donde se pueden ver hombres anuncio hasta donde puede alcanzarte la vista, con puestos de flores naturales casi salidos de otras épocas, con tiendas de lujo y restaurantes de comida rápida, pero aún a pesar del bullicio y de la aplastante modernidad, la calle guarda un atisbo de serenidad y buen gusto, que te tranquiliza y te lleva a un ensimismamiento ligero y transitorio. Una de esas calles que te puedes imaginar perfectamente como era en el siglo XIX, con sus coches de caballos y sus hombres trajeados y mujeres con ampulosos y voluminosos trajes. La chica sin embargo, era nueva en el repertorio de personajes que se dan cita a diario en la céntrica rúa, mostrando sus habilidades.
Lo cierto, es que si algo le sobra a la capital de la República de Irlanda, son buenos músicos, de los de verdad, solo es necesario darse un paseo por el centro o por el famoso Temple Bar, para darse cuenta de ello. Pero, también cuenta con un gran numero de sin techo, de mendigos-homeless-, que dicen ellos. Gente con muchas historias detrás, unas más curiosas que otras, que abarrotan plazas y calles de Dublín. Ambos grupos, suelen hacer su vida por separado, rara es la vez en que músicos y mendigos interactúan entre si, aunque algunos casos hay. El de hoy es uno de ellos.
Como les digo, era la hora de la comida-más o menos-, y la calle estaba llena de gente que iba y venia, con hamburguesas y sándwiches, la mirada perdida, buscando su lugar de trabajo o lo que les diera la gana, cuando de repente en un lateral de la calle, una voz angelical y profunda rompió el silencioso barullo, la antes citada chica, comenzó a cantar opera, con un chorro de voz digno de las grandes divas del escenario, la gente pronto comenzó a arremolinarse en torno a ella, llegando a formar un pequeño tumulto, mientras escuchaban maravillados la voz de la joven soprano. Mientras esta preparaba la voz para entonar otras de sus piezas, pude ver como se hacia un pequeño hueco entre la multitud, y como el anciano mendigo se abría paso entre los transeúntes, para colocarse, apoyando su hombro izquierdo en una farola cercana a la cantante. Comenzando a contemplar a la artista desde ese lugar privilegiado situado apenas a un par de metros de distancia.
De repente, nuestra soprano empezó a entonar una obra por todos conocida, pero no por ello menos bella o más simple. El Ave María de Schubert. El corro de voz invadió la calle y por ente a todos los que allí nos encontrábamos. Y el viejo mendigo, fijando su triste mirada en la chica, comenzó a sonreír, no con una sonrisa amplia, ni ampulosa, sino con una sonrisa corta, recatada, de felicidad. Felicidad reflejada además en una mirada cristalina, de unos ojos claros, profundos como un pozo antiguo, una mirada brillante de color azul, un azul claro y limpio, como el de los zafiros recién pulidos. Una mirada limpia, como he dicho, como la que pone un niño pequeño, ante un escaparate de regalos, donde cada día ve su juguete preferido y lo imagina junto a él. O la mirada cómplice de unos amantes, que se comen con los ojos, disfrutando mutuamente de los rasgos del otro.
Lo cierto, y si me permiten la afirmación. Esta fue una de las escenas más simples y entrañables entre dos desconocidos que he visto nunca, solo la supera una escena similar que fotografié hace unos años a la puerta de una cafetería de Amsterdam, donde un niño pequeño de unos tres años que acompañaba a a su padre de la mano, se quedó embobado mirando a otro mendigo, que tocaba un viejo violín, intentando refugiarse de la apremiante lluvia. Les aseguro que la mirada del niño holandés y la del mendigo irlandés, era la misma. La misma mirada de embelesamiento y felicidad.

jueves, 30 de septiembre de 2010

LA BATALLA DE BUSSACO.

El año va de bicentenerarios, no solo en España, como se podrán imaginar. El caso, es que por estas fechas hace doscientos años, nuestros vecinos lusos ­sí, esos que tenemos al otro lado de la frontera, a tiro de piedra, aunque parezca increíble, ellos también tienen historia, y en la mayoría de los casos, es muy similar a la nuestra­, pues eso, que nuestros vecinos lusos el día 27 de septiembre del año 1810, le dieron la del pulpo a las tropas napoleónicas, a lo mejor no les suena el dato, pero tal vez les suene Bailen, o Arapiles. Bien, pues esto es algo así, tierra cercana, y personajes casi idénticos.

Como les iba diciendo, nos encontramos en Portugal, día 27 de septiembre de 1810, un calor húmedo ahogaba al personal en ambos bandos, unos, los lusos, que luchaban junto a los ingleses, se encontraban en lo alto de un monte, llamado monte de Bussaco, ambos ejércitos, dirigidos por Arthur Wellesley, primer Duque de Wellington. Los otros, pues los de siempre en este siglo, los franceses, los hijos del Imperio, los hijos del petit francés. El temible ejercito napoleónico, que hacia menos de un año se había internado por los Pirineos, con una orden clara, arrasar Portugal, hacerse con el dominio del país y echar de allí como sea a Wellington y a todos sus muchachos.

De lo que ocurrió con el ejercito napoleónico durante ese año, por tierras españolas, hablaremos largo y tendido otro día, que además me pilla de cerca, pues esas tropas que cruzaron la frontera por Ciudad Rodrigo, con destino Coimbra, estuvieron asentadas y haciendo de las suyas en mi pueblo, vamos, a la puerta de mi casa como quien dice, pero ese es otro tema y ya iremos otro día sobre él.

A lo que iba, es que, el ejercito napoleónico, dirigido por el mariscal del Imperio, André Masséna, uno de los ojitos derechos de Bonaparte, se encontraba allí, junto a él, más de sesenta y cinco mil hombres y ciento catorce piezas de artillería, para enfrentarse a los poco más de cincuenta mil portugueses e ingleses, que tan solo contaban con sesenta piezas de artillería. La idea de Masséna, era sencilla, cruzar el Monte de Bussaco, de unos quince quilómetros y avanzar hasta Lisboa, con la intención de hacerse con el control de la capital y por tanto con la del país.

Pero el general inglés, supo por donde le bailaban el agua, y como experimentado militar, se hacía una idea de antemano sobre lo que le rondaba en la cabeza a su colega gabacho y por tanto decidió adelantarse a los acontecimientos, es decir, blindo la zona. El monte de Bussaco, permitía ser cruzado por varios caminos distintos, pero el Duque de Wellington, supuso que lo más lógico, es que los franceses intentaran llegar a la parte alta por la zona más corta, pasando justo al lado del Monasterio de la Santa Cruz de Bussaco y desde allí girar hacia la derecha hacía la estrada de Coimbra, para sorprender a los portugueses, dejarles listos de papeles, y con un poco de suerte llevarse consigo todo elemento de valor que se encontrar en el interior del monasterio.

Dicho y hecho, Wellington, colocó un tercio de sus efectivos en la zona cercana al monasterio, zona que además contaba con un muro de unos tres metros de altura desde el cual podían ver sin ser vistos, mientras que en la zona sur del monte colocó a unos 2200 hombres y al norte, hizo lo mismo con otros 5200, apoyados todos ellos, por las piezas de artillería. Sin llamar la atención, como si la zona fuera una zona defensiva de retaguardia. Imagínense al inglés paseándose como diciendo yo no he hecho nada, mientras su ego, se hinchaba hasta casi ahogarlo, y al otro lado el mariscal francés frotándose las manos, pensando en la perita en dulce que iba a echarse a la faltriquera, pues a su buen entender, lo que tenia delante era solo un pequeño destacamento de retaguardia.

El día 27 de septiembre de 1810, a las ocho y quince minutos de la mañana, el ejército napoleónico se lanzó a hacerse con el monte de Bussaco, sin saber lo que allí se cocía realmente. El resto, pueden imaginárselo, las escenas, pues las típicas de estos acontecimientos, soldados de ambos bandos destripados, saqueados y reventados por la metralla, el corte de las bayonetas y de las piezas de artillería, olor a pólvora, a sangre, a pus viejo y entrañas esparcidas por el monte, olor a guerra.

El final de la batalla llegó ese mismo día sobre las cuatro de la tarde, y el recuento de bajas por el lado portugués fue de 1252 muertos y heridos, mientras que el ejército del Imperio, perdió a 4486 de sus hombres, entre ellos a cinco generales. Pero el mariscal francés André Masséna, tan solo un día después logró dar con el paso franco del monte y supero el obstáculo, lanzándose sobre Lisboa. Eso si, el daño ya estaba hecho, las bajas en sus filas fueron numerosas y la moral de sus soldados estaba por los suelos, todo lo contrario que la de sus oponentes lusos, que a pesar de haber tenido que recular hasta la línea de Torres Vedras, estaban henchidos en su orgullo, y eso vale más que cualquier victoria militar.

jueves, 23 de septiembre de 2010

SOCIEDAD GENERAL DE APROVECHADOS.

Hoy, va el asunto de ejemplos y mala baba a partes iguales. Comencemos por el ejemplo. Usted, humilde lector, tiene la necesidad de comprar una mesa de tamaño estándar para su cocina, comedor, merendero, pérgola, o para donde a usted le venga en gana colocar la mesa de las narices. Por tanto, se acerca a unos grandes almacenes o a una tienda más modesta de barrio y tras una breve conversación con el dependiente y tras que este, le muestre los diferentes modelos con los que cuenta la tienda, usted, elige uno de ellos para colocarlo en su casa. Hasta aquí todo normal, usted a pagado religiosamente la transacción y se ha hecho con un útil que usted necesitaba. El problema viene ahora, usted para inaugurar la mesa, decide invitar a comer a la familia, padres, hermanos y sobrinos. Bien, pues cuando todos están en amor y comparsa degustando y deglutiendo la comida antes dicha, suena el timbre de la puerta. Sorpresa, es el dueño de la tienda de muebles, en la cual el ese día anfitrión compró la mesa en la que ahora reposa la comida a medio engullir.

El individuo de la casa se extraña y pregunta a que se debe tal visita, puesto que él ya lleva viviendo allí más de quince años y el encargado de la tienda de muebles no se había personado en su casa nunca. A lo que el tendero contesta tajante y seguro de si mismo: Como usted bien sabe, las mesas que vendo en mi tienda, son de fabricación propia, es decir, yo, no solo me encargo de vender sino que además, llevo a cabo todo el proceso creativo, y por tanto, yo le cobré lo propio, para uso y disfrute de usted. Pero usted no me dijo que además de su posadera, iba a colocar alrededor de mi mesa las de toda su familia, disfrutando esta de la mesa creada por mi, por lo cual, vengo a su casa a cobrarle una determinada cantidad de su dinero, por cada una de las personas que ahora mismo se encuentran sentadas alrededor de su mesa, y así haré, cada vez que alguien que no sea usted se siente en ella.

Cualquier persona normal, y marco lo de normal, mandaría, en el mejor de los casos, al tipo de la tienda a la calle con cajas destempladas, diciéndole entre exabruptos y ciscamientos varios, que el ya pagó suficiente por la maldita mesa y que ahora se sentara a su alrededor quien le salga a él de la castaña. Esto seria lo normal, y vuelvo a repetir lo normal. Yo pago por una cosa, elemento o utensilio una vez, y luego lo uso como a mi me venga en gana, dejando que lo use quien a mi me apetezca, por que por ello es mío. Supongo que a todos les parece algo lógico y normal­ no dejen caer lo de normal en saco roto­.

Pues bien, ahora llega el turno de la mala baba. Resulta que hace unos días una amiga­escritora y editora, para más INRI­, me hace llegar una información un tanto escabrosa, la cual venia acompañada de una carta firmada por un conocido escritor de lengua castellana. Días después, más personas cercanas me enviaron de nuevo la misma misiva. En la información propiamente dicha, se dejaba ver la nueva pantomima sacacuartos que esta llevando a cabo la Sociedad General de Autores española. Resulta, que no satisfechos con colarse en bodas, comuniones y negocios varios para ver si estaban usando música sin haber pagado la cuota establecido por ellos mismos, que ahora esta sociedad de buitres carroñeros que viven agarrados como viles parásitos a la capacidad creativa de músicos y escritores, quieren cobrar a todas la bibliotecas del país, veinte céntimos de euro, por cada libro que estas presten a sus socios. Supongo que para hacerse ellos más ricos, y cuando me refiero a ellos, me dirijo a esos que viven de lo que un día fueron, ya saben, gente como ese chico, Ramón, el rey del pollo, no digo su nombre artístico, porque creo recordar que lo tiene registrado y si lo escribiera en esta página, debería pagar el maldito canon a su maldita sociedad de sacacuartos.

Párense, por favor, un momento a pensar, piensen en los autores de las obras, escritores consagrados que un día hicieron de esas bibliotecas­ a la que ahora unos indeseables buscan sacarles los cuartos­, sus feudos, su lugar más preciado. Esos autores, vivieron rodeados de libros de una biblioteca, normalmente pública. Realmente la mayoría deben lo que hoy son a esos lugares donde gratuitamente podías culturizarte, hacerte más grande como persona y vivir maravillosas aventuras sin salir de las cuatro paredes donde te encontrabas. Esos autores, a los cual nadie a pedido su opinión, y que ahora dicen defender esta Sociedad General de Aprovechados, por no decir otra cosa mal sonante. Dudo mucho que ningún escritor bien nacido este a favor de esta medida, es tirar piedras contra su propio tejado, estoy casi seguro, de que más del noventa por ciento de estos escritores, prefieren ser menos ricos, pero más leídos, estoy seguro que prefieren que se expanda la cultura entre la gente de a pie, a que los precios de mercado, para algunos prohibitivos, impidan a alguno de sus seguidores leer su última creación. Estoy seguro de ello, por que ellos con toda seguridad deben mucho a las bibliotecas y a sus préstamos, por que allí conocieron a los grandes clásicos por primera vez, por que allí se dieron cuenta que la lectura no era aburrida y por que allí muchos pensaron: yo, algún día escribiré una de estas novelas.

Yo personalmente, soy escritor amateur, pero lector profesional, y sinceramente al igual que otros tantos, le debe mucho a las bibliotecas y nada a estos tipos, que se las van dando de defensores de la cultura, cuando en realidad son los mayores censores de la cultura libre, y de la libertad, libertad, que la gente normal, respeta y valora. Lo que esta sociedad lucrativa esta haciendo se llama extorsión, sino lo creen, consulten un diccionario, antes de que un individuo de estos comience a cobrarnos cada vez que abramos uno. Viva la biblioteca pública y libre.

jueves, 16 de septiembre de 2010

AGONÍA DE UN POLÍTICO HONRADO.

Alguien afirmó una vez: Los políticos honrados se quitan de en medio cuando cae sobre ellos la sospecha. Pero no supo o no quiso terminar la sentencia, el abajo firmante añadiría un pequeño matiz al asunto, hay les va: Los políticos honrados se quitan de en medio cuando cae sobre ellos la sospecha, o más bien se encargan de quitarlos de en medio haciéndoles la vida imposible. A nadie le gusta robar delante de una persona que no lo hace, y que podría chivarse a algún juez, o a alguien que le interese, que ese es otro tema. Además ya sabe lo que dura un pez de colores en una pecera llenas de pirañas. Eso es así, aquí y en Trinidad y Tobago, por mucha democracia que haya ­ ó que nos hacen creer que hay­, por mucha lucha de clases, o por mucha limpieza de dirigentes mamporreros y trafulleros, es de cajón de pino gallego ­ó carvallo, que dicen allá­ que siempre hay políticos que hacen de su capa un sayo y montan una república bananera a su alrededor, amparando bajo su manto de honestidad brutal y ficticia­ sobre todo ficticia­, a sus secuaces disfrazados de diputados y consejeros. Mercenarios con traje y corbata y encima, algunos con valija diplomática, que trabajan por su beneficio, empeñados en hacerse ricos robando al prójimo, y si ese prójimo es conocido mejor que mejor.

El que no salga a la raza que lo maten, dice el refrán castellano, aunque también hay otro más acertado para según que tipo de gente: Dios los cría y ellos se juntan. Se creerán que es una bobada pero pásense por los restaurantes cercanos al congreso de los diputados de Madrid, a la hora de la comida, y verán a esos políticos que cantan por las mañanas que se lanzan flechas ardiendo dentro del hemiciclo, dándose palmaditas en la espalda, preguntándose por la familia mientras se toman unas copas de Chivas con hielo, acompañado de un Montecristo, riéndose de usted y de mi, que les mantenemos en su pedestal.

Es cierto que la mayoría se dedican a lo que se dedican, ya saben el cuento de Pedro y el lobo, pues ellos a lo mismo, pero estos con especulación urbanística y corrupción en vez de con ovejas, riéndose a carcajadas, diciendo que viene el juez, que viene el juez, hasta que un día, viene un juez con los huevos en su sitio y les trinca, metiéndoles la quinta enmienda por cierto orificio y sin parar hasta que les toca con ella la campanilla. Pero, cuando el político de turno se lo esta empezando a hacer encima, pensando esta vez si, esta vez me caigo con todo el equipo, aparece su salvador, llámenlo ángel de la guarda, llámenlo Tribunal Supremo, para ellos es el mismo perro con distinto collar y les saca del apuro, dejando libre de cargos y de polvo y paja, eso si, regañándoles, no por lo que han robado, sino por ser tan gilipollas como para dejarse pillar. Pero no me fastidies hombre, con lo fácil que es llenarse el bolso en este país sin que se entere ni el tato y me vas tú y me sales en la portada de los periódicos, haber si aprendes de tus socios de partido, que no dan un ruido.

Pero como en todos los sitios cuecen habas, este gremio, también tiene sus garbanzos negros, ya ven no todo el monte es orégano, o no todo el hemiciclo son gente de bien, honrada, y de buena catadura. También hay ciertos individuos que luchan por sus ideales, por su comunidad o provincia, por esos que un día lo votaron para que defendiera sus intereses. Esos que van al congreso o a la diputación con idea de trabajar, de los que madrugan todos los días y que además están todas las horas en el curro, que no ponen excusas para escaquearse un par de días y hacerse un puente, para ir a las Seychelles, con su familia, o con la de otro, que de todo hay. Esos individuos que buscan aprobar leyes y enmiendas para ayudar a la juventud y a los trabajadores. Esa gentuza que se creen que pueden hacer algo de provecho para la comunidad, en vez de entretenerse llenando sus bolsillos y los de todos sus primos.

Esos, que se conocen como políticos honrados, que duran poco en los puestos públicos, que lo dejan hartos de malas jugadas, de que les pongan una y otra vez la zancadilla y de que se rían en su jeta, el resto, esos digamos hijos de mal vientre, por no decir otra cosa, y no me pidan que de nombres que todos conocemos, por que si lo hiciera, tendría que ciscarme en la madre que los parió acto seguido, esos que aparecen tan dignos en los telediarios, diciendo que ellos no han hecho nada malo, mientras no pueden evitar que se les escape una sonrisilla, esos a los que habría que esperar a la salida del congreso o de donde toque, con una recortada llena de posta lobera y montar allí mismo la de San Quintín.

Ya se que son pocos, pero fíjense y recuerden, seguro que tarde o temprano encontraran algún nombre, alguna persona que en su día se dedicaron a la política y tras unos pocos años intentar hacerse oír, lo dejan, por la puerta de atrás, con el rabo entre las piernas, sumidos en una profunda agonía. Mandándolo todo a varas, y volviendo a su antiguo trabajo, a dar clase en la universidad normalmente. Ya se sabe, en ciertos lugares no se puede tener iniciativas positivas y poder al mismo tiempo, dicho en plata. No se puede tener la verga del teniente y la paga del coronel.

jueves, 9 de septiembre de 2010

LA PUERTA DE LA TRAICIÓN.

Noche Cerrada sobre la ciudad de Zamora, una amarillenta luna en cuarto menguante ilumina tenuemente la oscuridad, mientras que el frío afilado y peligroso cubría de escarcha blanquecina todo aquello que se encontraba a la intemperie, corría el año 1067 y no estaba el aceite para buñuelos, pintaban bastos para los zamoranos viejos y lo sabían -a veces es peor ser consciente de que se corre peligro a correrlo-, correr peligro es soportarle, pero saber que se corre, eso mina la moral de hasta el más lanzado.

            La única salvación de los vencidos es no esperar salvación alguna -pensaba el vigía-, en la elevación que le permitía su situación de vigilancia sobre lo alto de la empalizada. Tiritaba, bajo una simple saya color marrón, deshilachada y atestada de manchas y chinches a partes iguales, hambriento, famélico y cansado, escaso de fuerzas. No era para menos, el asedio de las tropas castellanas del rey Sancho II estaba a punto de cumplir siete meses. Y mientras tanto, ellos, los zamoranos, resistiendo cada ataque, como los juncos resisten la fuerza del aire, doblándose algunas veces, pero sin llegar a partirse nunca, manteniéndose en pie, impávidos, firmes y fríos como un témpano, girando la cara a cada sacudida, pero volviendo a su estado inicial al instante, con dos cojones.

            El cierzo del norte llevaba toda la noche sin arreciar, mientras que el frío por su parte aumentaba a cada instante, el aire le cortaba la cara al vigía, sus mejillas de soplacaldos se iban enrojeciendo hasta llegar a arder bajo la tupida barba negra, que ya empezaba a canear en el mentón, sus grandes y ojerosos ojos relucían en la oscuridad cada vez que una antorcha cercana chisporroteaba, sus pupilas se mostraban dilatadas por la oscuridad y por el vino tinto que escondía en una bota dentro de su faltriquera. La madre que los parió- masculló el vigía-, mientras observaba pequeños movimientos en la campa donde se asentaban los guerreros de Sancho II. Y encima estaba el asunto de aquel gallego, Bellido Dolfos dicen que se llama, que la noche anterior había aprovechado un resquicio en la seguridad de la ciudad para pasarse al enemigo. El vigía aún sin conocerlo lo maldice entre dientes, a estas alturas de la película, lo que menos falta hace a nadie es disidentes.

             Mientras tanto, en el cercano campamento, el rey Sancho II, que ya hacía años había comenzado unas campañas para reconquistar lo que él consideraba como su herencia, pues él era el primogénito, y su padre había decidido repartir su reino entre sus cinco hijos en vez de cedérselo a él como debería. Por ello, ahora tenía que volver a juntarlos por la fuerza. Galicia ya era suyo de nuevo, y Don García -rey legítimo de tierras gallegas-, había tenido que esconderse en Toledo, protegido por el rey Mamum.

              Ahora tenía entre ceja y ceja a Zamora, y tras siete meses estaba a punto de conseguirla.

              El rey sentado sobre un arcón de madera esperaba nervioso la visita de un gallego, que la noche anterior había huido del cerco y ahora iba a confesarle un lugar para poder acceder a la ciudad sin ser visto y así hacerse con ella. Mientras tanto, un mochilero de unos quince años se encontraba sentado sobre un jergón de paja húmeda, tiritando de frío, mientras afilaba y limpiaba la espada que el rey portaría esa misma madrugada, cuando el gallego llamado Bellido Dolfos, hijo de Dolfos, le llevara hasta la puerta de su victoria final.

             La madrugada no fue mejor que la noche, el cierzo soplaba con fuerza y la escarcha que cubría el suelo crujía al ser pisada por el rey y el vasallo, que por aquella altura ya era conocido en Zamora como el traidor. Ambos se acercaban a la pétrea muralla, cuando se encontraban a unos metros de una abertura -poco más grande que la puerta de una casa, y cubierta parcialmente por maleza-, el rey comenzó a sentirse mal. El rey Sancho II, se sentía indispuesto, un fuerte golpe sacudió su estómago. El maldito frío, o una mala digestión -se dijo-, pidió disculpas a su guía y se ausento durante unos minutos.

              Cuando el rey se encontraba haciendo cosas que nadie podía hacer por él, Bellido Dolfos se acercó sigilosamente, pisando con ligero y buena letra. El rey Sancho II, más pendiente de sus tripas que de su alrededor, no oyó como su acompañante se acercaba por su espalda. El gallego afincado en Zamora, traidor aún en eso momentos para la ciudad que lo acogió, sacó de su bota un puñal, y sin pensárselo dos veces se lo clavó en el pecho al rey que quería hacerse con Zamora. Esto por Zamora y por los gallegos, maldito bastardo, dijo mientras le escupía en la cara. Entre tanto el rey viéndose listo de papeles intento avisar a sus secuaces, pero el mal-o el bien-, según se mire-, ya estaba hecho. Y de esta manera el que fue considerado durante un tiempo como traidor por los zamoranos, se convirtió en su salvador, pues días después de picarle el billete al rey Sancho II, sus esbirros recogieron el campamento y cesaron en su intento de conquistar Zamora.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

DOS JAPONESES Y UNA PAELLA.


         Háganse cargo del asunto, un bar con restaurante de Madrid, cercano a la plaza del Dos de mayo, donde figuran insomnes las figuras pétreas de Daoíz y Velarde, héroes en otras época, y ahora meros espectadores que ven pasar por delante de sus cansados ojos la historia caínita de nuestra vieja y perra España, olvidados por unos y vilipendiados por otros, sobre todo por políticos de chicha y pomelo a los que les gusta cantar por las mañanas, puritanos de pega, que se la cogen con papel de fumar y luchan por la alianza de civilizaciones machacando a estudiantes y trabajadores.


Ahí estaba yo, como otras tantas veces, en el bar de costumbre-si me lo permiten me voy a ahorrar dar nombres-, en el Madrid castizo, un bar de gente del norte-la cabra tira al monte-, de tipos y tipas que un día tuvieron que emigrar a la capital para intentar tirar hacia adelante y ganarse las habichuelas para los suyos-por ello son lugares que frecuento y respeto-. Una tasca con la barra y los taburetes- cuatro o cinco-, de madera, mostrador repleto de tapas y raciones, el tiracañas congelado goteando por la condensación, dejando paso a un pequeño letrero donde se anuncia una cerveza gallega. Al fondo una lámina en blanco y negro enmarcada, es la plantilla del Celta de Vigo-temporada 74-75-. El camarero, grandote, simpático, con su tripa por encima del pantalón, palillo de madera en boca, camisa blanca con un gran manchurrón de color rojizo sobre el ombligo, y en el bolso de ésta, medio paquete de Bisonte. Me reconoce cuando entro; coño zamorano, ya hacía tiempo que no se te veía el pelo. Dice mientras me tira una caña.

          A los pocos minutos entran en el bar dos individuos, pequeños delgados, uno con el pelo al cero y unas grandes gafas, el otro, bien parecido, con su pelo plateado cortado a cepillo-como los antiguos militares- porta en sus manos una guía turística del tamaño de las páginas amarillas, ojos rasgados y una cámara réflex marca Nikon colgada del cuello. Se acercan cautos a la barra, uno de ellos dice con mucha corrección y respeto Du yu espik inglis? El camarero que se le queda mirando, ojos abiertos como platos, pupilas dilatadas, similares a los de un conejo parada en medio de la autovía cuando es deslumbrado por los focos del coche, el cual irremediablemente unos segundos después le va a sesgar la vida. ¿Qué?- dice al rato impávido el tío-. De repente el japo abre la macro guía que sostiene con aplomo y señala algo en ella, mientras dice con su enorme sonrisa, paela. ¡Ah, coño!- revive el camarero con el palillo aún en la boca-, si hombre, si, siéntense aquí, que ahora mismo se la hacemos. Yo mientras tanto observaba la escena desde la lejanía, dando cuenta de un trozo de empanada y un plato de pulpo a feira.

         Mientras esperan los dos japoneses se hacen fotos con todo lo que tienen a su alrededor, incluso, me piden que les haga una mientras ellos posan ante un cartel de una corrida de toros, plaza de las Ventas, Madrid, Feria de San Isidro, año 1984. Encabeza el cartel José Cubero Sánchez ¨El Yiyo¨. Mientras me acerco de nuevo a la barra a por otra caña en espera a que salga la paella-este espectáculo no me lo pierdo, pensé-, los dos japos se retrataban junto a la plantilla del celta de la temporada 74-75. Iba por la tercera caña cuando salió nuestro amigo con la paella, la colocó en medio de los dos japos, y juro por la vela cangreja del San Juan Nepomuceno que casi rompen a aplaudir ante ella. Les observaba acodado en la barra, donde esperaba paciente a que me sirvieran un cortado, mientras tanto ambos japos se esforzaban en explicarle algo al camarero, éste, cuando se acercó a la cafetera para hacerme el café rezongaba por lo bajo; arigato, dice el jambo ahora, ¿qué leches es un arigato? La madre que parió al chino este, porque no van a tocarle el cimbrel a los de los restaurantes modernos, que yo bastante tengo con lo mío. Aunque lo intenté, en ese momento no pude reprimir la sonrisa, mientras los de la mesa seguían con su sesión de fotos, ahora ante la paella.

          Cuando parecía que todo volvía a su estado normal y óptimo, cuando el camarero se enjuagaba ya las gotas de sudor de la frente, pensando estos ya no me torean más, los dos nipones rizaron el rizo y antes de pasarse la paella por la calandria sacaron de sus respectivos bolsos un juego de palillos; redondos, pulidos, en color oscuro, de madera noble, tal vez boj. Rematados con unas letras japonesas en color dorado. Ahí sí, ahí el camarero no pudo soportarlo más, me lanzó una mirada como diciendo: tú te crees, que me hagan esto a mí, a mi paella, a mi restaurante. Acto seguido golpeo la barra de madera con toda su mano abierta, dos veces, pam pam. Y dijo con voz ronca, mala catadura y peor jaez: ¡oyes!, aunque uséis los palos esos, el cubierto os lo pienso cobrar igual. El japo del pelo blanco, con una sonrisa de oreja a oreja y un retranca más grande que un camión de tres ejes, se volvió diciendo de nuevo, yes yes, arigato.  Y qué decir, ahora sí que no pude retener la carcajada mientras el camarero se metió en la cocina maldiciendo y ciscándose en el Imperio del sol naciente y en su mala suerte con los clientes, y en mi por estar allí riéndome a pleno pulmón, mientras uno de los japoneses levantaba una de las cervezas y sonriéndome, dijo: ispanish very simpatic, arigato

miércoles, 18 de agosto de 2010

DE McGEE´S A McLAREN´S.



No suelo ver la televisión-o casi-, no me gusta. Algún informativo y poco más, siempre he preferido para entretener mis ratos muertos u ociosos un libro-malo o bueno, que de todo hay-, pero sea como fuese, siempre me he decantado por el papel escrito, cada uno tiene sus manías-otros van al fútbol o a los toros-.
Aunque cierto es también, que suelo ver a menudo películas y series, eso si, en DVD, nunca me ha gustado que un programador televisivo, me diga lo que tengo o no tengo que ver, por ello, elijo cuidadosamente que películas o series echo a mi faltriquera. Tengo muchas en la recamara, aún por ver, otras muchas ya las he devorado con ganas. Una de las últimas en pasar por mis garras ha sido “The Pacific”, de los creadores de otra gran serie, que ya tengo digerida, “Band of Brother”. Ambas recrean a la perfección ciertos momentos de la Segunda guerra Mundial, a manos de un grupo de paracaidistas-una-, o narrando la lucha de marines americanos, contra el imperio japones en el Pacifico-la otra-. Otras son más ligeras, más humorísticas, como “The big bang theory”, y la que me lleva a escribir esta página, “How i met your mother”(Como conocí a vuestra madre).
La serie, cuenta la historia de unos jóvenes que viven en Nueva York, con sus aventuras y desventuras, todo gira alrededor del protagonista, un joven que busca a su mujer perfecta. La historia corre treinta años hacia adelante y atrás en el tiempo. Pues el chico, cuenta a su hijos la historia de como conoció a su madre. La serie gira en torno a ello, pero como toda serie que se precie, tiene un lugar de encuentro: un bar, realmente un pub irlandés, que existe-o existió-, y es de ese bar y de uno de sus camareros, de lo que hoy quiero hablar.
El pub de la serie se llama McLaren´s, y se encuentra en Manhattan. En realidad el pub se llama McGee´s, también es irlandés y por supuesto se encuentra en Manhattan, relativamente cerca- en Nueva York, la distancia siempre es relativa-, de Times Square. Concretamente, podrán encontrarlo en el oeste de la ciudad, en la cincuenta y cinco, entre Broadway y la octava avenida.
El caso, es que junto a unos amigos-que también siguen, o siguieron la serie-nos presentamos en su puerta. El pub, cuenta con dos pisos, el de abajo pertenece al bar y en el superior se encuentra el restaurante. La entrada, se encuentre cubierta con un toldo azul-algo típico de los negocios de Manhattan-, donde se puede leer el nombre del establecimiento y el número de la calle, las puertas y ventanas-tres en total-, se forman de grandes cristaleras de madera, pintadas en un llamativo rojo inglés.
El interior, pues que les voy a contar, el típico pub irlandés, con su larga barra de madera oscura, banquetas, realizadas por supuesto en madera, tapizadas en el mismo rojo que cubre la madera de la entrada, al lado contrario, unas mesas con divanes y al fondo una gran bandera de la República de Irlanda con un arpa en el centro y dos enormes tréboles-San Patricio, había sido unos días antes-, rematando la decoración con varias televisiones de plasma, en la cual se pueden ver varios tipos de deporte en vivo.
Mientras dábamos cuenta de unas cervezas locales, hablábamos sobre la serie. Cuando se acerco un camarero. Moreno de pelo, ojos oscuros, enorme y blanca sonrisa. Nos explico primero en inglés y luego en castellano la historia del bar y de la serie. Atento y agradable a la conversación, nos dijo, que el antiguo McGee´s era exactamente como aparece en la serie, pero que por problemas de alquiler, se tuvieron que trasladar unas calles hacía arriba, tan solo un par de años antes, y la distribución del pub cambio un poco, pero no la idea, ni el sentimiento del pub-eso es cierto-.
El camarero que nos atendió, se llamaba Roberto Moller, y le prometí que a mi vuelta a España, escribiría aquí un articulo sobre el pub, sobre él, la serie y muchas experiencias individuales y colectivas que viví en la ciudad de los rascacielos. Es cierto, he tardado bastante en cumplir mi palabra, pero aquí esta esto, para demostrar que no olvide la palabra que un día le di. Además, en estos tiempos que corren, en las que las promesas, en muchos casos caen en saco roto, aquí queda esto, para que vean que las palabras de honor, a veces se cumplen.
Puesto que yo he cumplido mi palabra, espero que todos los que lean esto y que alguna vez viajen a Nueva York, se pasen por el pub McGee´s- que para mi, siempre será el pub McLaren´s- y se tomen una cerveza local-la Brooklyn-, y si tiene algo más de tiempo, cenen o vean un partido de la NBA o de la NFL, en alguna de sus múltiples televisiones.

miércoles, 11 de agosto de 2010

UNA PARTIDA DE AJEDREZ.


El alfil blanco se retira de su posición en C4, retrocediendo en su campo, hasta colocarse en la cercana casilla D3, lo cual, permitió la posibilidad de llevar a cabo un jaque doble. El primero de ellos, de la dama blanca al rey negro. El segundo, por parte del propio alfil blanco a la dama negra.
Uno de los jugadores-el que lo hace con las figuras blancas-, deja escapar una leve sonrisa de su boca, un leve destello de alegría, una mueca lobuna, de contenida suficiencia, era consciente del golpe de efecto que acababa de infligir a su contrincante. Este, pensativo, finalmente lleva a cabo su movimiento, sabiéndose alcanzado y perdido, elige del mal el menos y huye con su rey de A4 a B3, dejando a la dama negra a su suerte.
La partida tocaba a su fin, o eso parecía, y eso que el reloj no marcaba más que un par de minutos sobre las ocho de la mañana.
Yo me dirigía a una cafetería del barrio de El Raval barcelonés, un lugar cercano a la casa donde pasó sus últimos años Terenci Moix, cerca de una de las sedes de la CNT y al lado del Museo de arte Contemporáneo de Barcelona. Allí, en uno de los rincones más sombríos de la Plaza de los Ángeles-aún vacía a aquella hora-apareció algo que me llamo la atención. Detuve mis pasos antes de proseguir en busca de mi desayuno, justo ante un grupo de unos tres o cuatro individuos. Estaban tumbados en el suelo, rodeados de litronas de cerveza y cartones de vino vacíos, vestían ropas ajadas y sucias, no había que pensar mucho para darse cuenta de que eran unos de las muchas personas sin casa de la capital catalana, ellos, como otros pasan las noches en esa plaza, unos en las esquinas sucias, otros en las escaleras y otros refugiándose en los entrantes y salientes del moderno edificio del MACBA.
Se encontraban despiertos en torno a algo que los entretenía de sobremanera, manteniéndolos callados y observando atentamente el artilugio que se situaba en medio del grupo, me acerque lentamente, y ví como dos de ellos jugaban una apasionada partida de ajedrez, cabizbajos, concentrados, vislumbrando como serán los próximos movimientos de uno y otro jugador. Estuve unos minutos parado ante ellos, viendo como llevaban a cabo la partida, eran técnicos, valoraban cada situación posible antes de mover una u otra pieza.
El tiempo que transcurrió entre las dos jugadas arriba descritas, me dió la posibilidad de analizar a las personas que allí estaban, sus caras a pesar de estar abotargadas por el alcohol e invadidas de un color escarlata-supongo que por lo mismo-, eran de personas inquietas, pero a la vez escondían un toque de vivacidad, tal vez de inteligencia. Algunos de ellos, cruzaron unas palabras, sus acentos eran de procedencia balcánica. Tal vez-pensé-, eran algunas de esas personas que en sus países de origen eran ingenieros, médicos o profesores, quien sabe. Y que tras ver como su país se iba al garete, tuvieron que huir a otros para buscarse la vida, y llegando a su situación actual por distintos motivos: falta de trabajo, desconfianza de la sociedad, por que la economía del nuevo país tampoco estaba muy boyante e iba siendo engullida poco a poco por una cruel crisis, o simplemente por la comodidad de no hacer nada salvo malvivir en la calle. Quien sabe.
El caso, es que no jugaban por jugar, sabían lo que hacían y como lo hacían, como si lo hicieran desde hace años. Tal vez aprendieron el juego mientras asistían al colegio en algún país perteneciente a la órbita soviética-la U.R.S.S fue la superpotencia ajedrecística durante casi un siglo-, o tal vez simplemente el aburrimiento de las calles les había apremiado a aprenderlo, tras haber encontrado las piezas y el tablero en algún lugar indeterminado de la ciudad.
Pero, tras sopesar esta idea, finalmente la rechace y supuse que habían aprendido de niños, y que alguno de ellos guardaba el juego como si de un trofeo de guerra, o un recuerdo de su lejano país se tratara, pues, el ajedrez, era de gran tamaño, con las piezas aparentemente realizadas a mano-o casi-, eran totalmente de madera, no de mal plástico, como las que se ven ahora en la mayoría de las tiendas. Tal vez-volví a pensar-, fueran de boj y ébano, al igual que la caja rectangular donde las guardaban. Apartada y cerrada en esos momentos, justo al lado de unas mantas arrugadas y amontonadas.
Después de dos movimientos más, el jugador de blancas dió jaque mate a su oponente, las otras personas, sentados junto a ellos rompieron a aplaudir, el ganador comenzó a colocar su fichas de nuevo, esperando una nueva partida, y yo seguí camino en busca de mi café.