miércoles, 27 de enero de 2010

CAFÉS DE UNA VIDA


         Alguien dijo alguna vez: La venganza es como el café, por más azúcar que se lo ponga, siempre deja un sabor amargo. Como ven lo del café es una cultura en sí mismo. Como otros tantos elementos que forman parte de una ciudad, los cafés aparecen y crecen alrededor de una cafetera y unas cuantas sillas y mesas, convirtiéndose en un lugar mágico donde compartir una serie de elementos propios y ajenos, lugares éstos, que se introducen en nuestro ser y hacen que los que los frecuentamos a menudo no podamos vivir sin ellos. Al menos el que suscribe no me imagino una vida sin cafeterías, o mejor dicho sin cafés.

     Pero no cualquier café vale, por lo menos para mí, yo hablo de esos antiguos cafés de suelos de madera, o de plaquetas blancas y negras creando formas. Con una entrada antigua de madera y grandes cristaleras, con su barra alta, antigua, de madera, de estaño o de mármol. Sillas de madera y mesas de hierro forjado, normalmente pintado de negro, con una gran placa de mármol blanco encima. Algunos aparecen adornadas con pinturas, otras con fotografías antiguas y casi todos con sus espejos inclinados, pues ya he dicho que no es lo mismo un café que una cafetería, ni en la terminología ni en la apariencia, ni en los sentimientos que supone a los que allí nos damos cita a diario. O casi.

          Lo cierto es que últimamente estos cafés que tanto me gustan. De los cuales tengo muchos en mi memoria: El Espejo en Madrid, el Haacla de Gante, el Friederich de Berlín desde el que pude observar el Reichtag, el Café de l´Opera de Barcelona, El café del Artista también en la ciudad Condal, El café Gijón de Madrid por el cual se paseó Cela o Fernán-Gómez, y por donde aún puedes cruzarte con gente de la literatura y el periodismo. El Antico caffè Greco cerca de Piazza Espagna en Roma, donde puedes tomar el mejor café helado del mundo, El Minuto en Valladolid, que fue mi kilómetro cero durante muchos años.  Mi querido Café Do Monte en el barrio de Graça de Lisboa, lejos del turismo y de los curiosos con mapa. El Majestic de Oporto, Les Deux Magots en pleno Saint-Germain des Pres, a tiro de piedra del fabuloso museo de Delacroix de París, o El Café de la Prensa de Sevilla, en Triana y a orillas del Guadalquivir. Otros tantos van desapareciendo poco a poco, entre ellos uno de mis favoritos, La Bohemia de Madrid, reconvertida en café de colores llamativos que han arrastrado su añeja decoración y su pasado histórico al fondo de un pozo ya lleno de cadáveres. O el café Lisboa de Valladolid, cerrado desde hace casi un año. También conoceré muchos más en próximas ciudades donde viviré, sin duda. Y todos ellos seguro que merecen constar en una segunda parte de este artículo. Tiempo al tiempo.

            Unos dicen que es producto de la crisis, otros que la gente ya no acude a charlar a los cafés, otros pensamos que mucha culpa de la desidia que sufren estos cafés la tienen las estúpidas ansias de mucha gente por aferrarse a las modas, a lo moderno, a lo guay que te rilas. A pensar que por alternar en estos cafés de siempre-donde te puedes encontrar todo tipo de gente- has dejado de ser molón para la panda de cabestros y borregos-perdón a los animales-, que creen que por ir a la moda con lo más caro y exclusivo eres mejor persona. Tontos y tontas del ciruelo y de la ciruela -en esto no existe problemas de género, los dos son igual de estúpidos-. Otros por el contrario no han cerrado pero se han prostituido, introduciendo su nombre en alguna guía turística, haciendo que nadie pueda sentarse en sus mesas abarrotadas de turistas en pantalón corto y camiseta de tirantes. Tipos y tipas, que se dirigen con gritos y exabruptos a todo el que se atreve a ponerse a su lado.

            No deberíamos olvidar que aparte de darnos un cobijo sólido para nuestros recuerdos, buenos y malos, mezclando momentos de esperanza y desgracia, que permanecerán amarrados a nuestra vida para siempre, estos lugares en innumerables casos son también sinónimos de cultura. De la de verdad.  
            En infinidad de casos estos cafés están íntimamente relacionados con la historia de nuestro país y de sus habitantes. A nadie se le pasan algunos ejemplos, como Les Quatre Gats de la Barcelona modernista, donde conversaron durante muchos años los artistas Ramón Casas y Rusiñol. Imagínense el tipo de conversaciones que se pudieron llevar allí: “Has visto a ese chico joven, malagueño creo que es. Si hombre, ese que viene por aquí de vez en cuando. Ése que pinta las putas de la calle Avignon, Pablo Picasso creo que se llama, dicen que puede ser algo en el mundo del arte, aunque yo lo veo un poco distraído, la verdad”. O las acaloradas charlas políticas –discusiones en la mayoría de los casos- de alto nivel intelectual llevadas a cabo en el Café Fígaro de la calle del Príncipe de Madrid entre defensores de Cánovas o de Sagasta, los de Maura o lo de Moret… y los que hacían lo propio con la república durante los controvertidos años del siglo XIX y XX español. Ejemplo del ambiente literario y político nacional fue sin duda el café de la Montaña donde Ramón del Valle-Inclán perdió el brazo en una disputa con un contrincante artístico, y seguramente también político. O los cafés ovetenses donde Ángel González comenzaba a escribir sus poemas hoy tan valorados. Los de Salamanca donde Miguel de Unamuno prepara los textos de sus publicaciones a la vez que repasaba el guión para alguna de sus clases magistrales de la universidad. Para no olvidar, los cafés venidos a menos del desaparecido barrio Chino o del Raval barcelonés, donde Vázquez Montalbán buscaba casos sin resolver para Pepe Carvalho.

            Esos cafés de toda la vida, donde he aprendido a escuchar, a proponer mis teorías y a defenderlas, razonarlas y a contrariar las que no me parecen justas sin levantar la voz. Donde he compartido cañas y cafés con amigos y con personas que acabas de conocer. Esos cafés donde muchos hemos jugado a ser escritores, y donde aún hoy sacamos las hojas blancas y las plumas impolutas esperando que las musas de tantos genios que han pasado por allí nos aniden dentro. De hecho yo mismo he de confesar que una gran parte de los artículos de esta publicación, suya y mía, han nacido al calor de uno de estos lugares.

            ¿Qué sería de este país sin sus cafés, sin sus tertulias?, ¿Y qué sería de nosotros sin sus recuerdos?
            

4 comentarios:

  1. Buscando el título de un libro de Steiner sobre Europa y sus cafés, me he encontrado un artículo de una periodista a la que sigo bastante, Joana Bonet. Es este:

    http://www.lavanguardia.es/cultura/noticias/20090610/53720486060/cafe-europa-revolucion-francesa-george-steiner-schopenhauer-henry-james-liberation-amsterdam-canalet.html

    Respuesta a sus preguntas: 'Viejas utopías descafeinadas'.

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  2. Es cierto, que sería de nuestro patrimonio socio cultural sin la frase: ¿nos tomamos un café?, sinonimo de charla, de confidencia y de diversión, aunque luego acabes tomando cañas o lo que salga. Hay una influencia sobrenatural que me incita a entrar y conocer todos los cafés que cumplen cierto requisitos -arriba marcados-, que me cruzo en mi vida. Supongo que ese sentimiento y su gente son el verdadero patrimomio de cada uno, y no su país o sus fronteras ni esas estupidas luchas políticas por el cambio de un termino o sustantivo que realmente nada aportan.

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  3. por cierto, te debo un café!

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