miércoles, 13 de enero de 2010

EL GALEATA O LA ÚLTIMA DERROTA

A pesar del esfuerzo realizado por las autoridades españolas para enterrarlo, hundirlo y desguazarlo haciéndole perder su dignidad, desprendiéndolo de sus velas y sus mástiles, con su casco oxidado, desconchado y agujereado por culpa del salitre, el velero Galeata -hoy Glenlee-, sigue vivo, haciendo las labores de museo y brindando buenos momentos a personas que nada tienen que ver con los individuos que lo frecuentaron en épocas anteriores, como rudos marineros mercantes o jóvenes militares que soñaban con convertirse en oficiales heroicos unos y chusqueros de medio pelo otros.

Nada indicaba que acabaría así cuando lo botaron en aguas de Glasgow un 3 de diciembre de 1896, era uno de los pocos barcos de acero que se movían a vela. Su eslora de 74,87 metros, su manga de 11,85m, y su puntal de 7,85m, relucían sobre las tibias aguas del Océano Atlántico, la gente admiraba enmudecida la potencia y envergadura de su calado, 5,20 metros en la proa y nada menos que 5,80m en la popa. Además como si de un pavo real se tratara desplegó todo su encanto cuando dio a conocer su superficie vélica de 2800 metros cuadrados, repartida en 21 velas y un palo mayor de 54 metros de altura. Comenzó sus andaduras marinas como transportador de mercancías entre Gran Bretaña y Oceanía y atravesó, no sin incidentes, quince veces el cabo de Hornos -hay es nada-, cuando la Pérfida Albión se canso de sus servicios lo vendió a una naviera italiana que lo cambio el nombre por el de “Clara Estella” y durante tres años perteneció a la marina del país mediterráneo donde lo reconvirtieron en un motovelero -buque de vela con un motor auxiliar a propulsión-.

Así, de esa guisa fue como llegó a España en el año 1922 comprado por el gobierno español, dirigido entonces por un irascible y simplón mallorquín llamado Antonio Maura, rehabilitado y transformado en los astilleros gaditanos de Echevarrieta y Larrinaga, le cambiaron el casco negro por otro blanco e impoluto y allí le dieron el nombre de Galatea, después del cambio de imagen comenzó a servir en la marina española como buque escuela sustituyendo al viejo Nautilus, hasta que después de muchos años y más millas a la espalda que las corbetas de Cook, La Pérousse y Malaspina juntas, fue sustituido por el actual Juan Sebastián ElCano, pasando a ser primero buque escuela auxiliar y más tarde buque pontón -buque amarrado a puerto que hace las veces de almacén, hospital o cárcel-, en el arsenal militar de El Ferrol. El Galeatea peregrinó por distintos caladeros españoles arrastrando el abandono y la vergüenza del que fue un barco histórico de España, hasta que un día de 1994 la misma empresa que lo construyó lo recompró, haciendo entonces su último viaje desde Sevilla a Glasgow remolcado y sin velas ni mástiles, como si de una oxidada y gigante bañera se tratara.

Por suerte los ingleses -o escoceses según se mire-, saben conservar y respetar su memoria -histórica y marítima- y han conseguido darle la función y el final que se merecía, por el servicio ofrecido a una comunidad que no supo darle ese homenaje final de sobra ganado, borrándole el nombre español y sustituyéndolo de nuevo por el original como queriéndole borrar los malos tratos sufridos en los últimos años que estuvo en aguas españolas. Pero sinceramente no me extraña que el velero español acabara así, olvidado, desprovisto de toda dignidad y defenestrado por la memoria colectiva, así somos en este país, hacemos monumentos a becerros de oro que salen en televisión contando sus actos íntimos con el analfabeto de turno -no me hagan dar nombres-, y dejamos de lado las cosas de las que realmente deberíamos sentirnos orgullosos, así es esta pérfida España de chicha y pomelo, cojitranca de áspero pasado e incierto futuro, tan tópica y predecible como una mala novela, pero que aunque ya escarmentados,a muchos no deja de sorprendernos ingratamente a diario. Ya saben, si quieren ver un trozo de la historia de España solo tiene que viajar a Glasgow.

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