miércoles, 20 de enero de 2010

LA CHICA DEL GORRO AZUL


Hace unos meses me acosté pensando que tal vez el mundo que conocemos no este del todo abocado al fracaso, a la desaparición y a la destrucción a manos de sus propios habitantes, el acto en cuestión, una acción solidaria y solitaria, abrió una tenue luz entre los nubarrones que acechaban mi perspectiva futura sobre la sociedad.
Un acto digo, que me gustaría suponer ocurre más a menudo de lo que pensamos, aunque en la practica todo me hace pensar que no es así, pues no somos capaces de ver más allá de nuestras narices, permanecemos más preocupados por nuestras nimiedades que por la desgracia ajena, aunque esa desgracia la veamos a todas horas a nuestro alrededor. Personalmente me ocurrió el pasado año, me tuve que ir lejos de mi casa, concretamente a Lisboa para darme cuenta del verdadero terror que es ser ciego en un lugar donde si no cuentas con una familia que te pueda ayudar eres carne de cañón, pues el estado no se hace cargo de ti, y donde ni siquiera existe una fundación privada para darte trabajo como ocurre en otros países -creo que ya he hablado aquí antes sobre ello-, supongo que hay que salirse de la cotidianidad para darse cuenta de muchas cosas obvias.
Ya he dicho que soy persona de costumbres, era un día del mes de noviembre y como todos los días estaba leyendo el periódico mientras tomaba un café, me encontraba en una céntrica calle de Barcelona, cerca de las Ramblas, un segundo piso, la mesa en la que me encontraba estaba delante de un gran ventanal que daba directamente al asfalto de dicha calle. Me encontraba inmerso en la lectura de un articulo de opinión de un historiador a cuenta de la memoria histórica. En un momento dado levante la vista del papel y la fije en la calle, exactamente en el paso de peatones que unía una acera con la otra, como siempre a esa hora había un gran numero de personas que cruzaban rápidamente sin ni siquiera mirarse.
Llamo mi atención un hombre, desgarbado, con su poco pelo blanco y gafas oscuras, era ciego y se aseguraba el paso con un bastón desmontable, blanco, acabado en una bola -todos los conocen-, el caso, es que cuando el hombre se encontraba más o menos a la altura de la mitad del paso de cebra tropezó, con tan mala suerte, que el bastón se desprendió de su mano y rodó unos tres o cuatro metros lejos de donde él se encontraba. Todo el mundo seguía su paso, nadie se percataba del asunto, o si lo hacían, no dijeron ni negros ojos tienes y por su puesto nadie hizo nada por ayudarle, el hombre, desorientado no era capaz de acercarse al bastón, además la gente pasando a su lado, muchos casi golpeándole no ayudaba mucho a mejorar su situación.
Segundos después el hombre seguía en la misma encrucijada, pero el asunto se complicaba, el tiempo pasaba y el semáforo en pocos segundos cambiaría de color, lo cual podía transformar la situación de peligrosa en tragedia. En un momento pensé en bajar corriendo, desechando la idea de inmediato, pues, mientras pagaba la consumición, bajaba del segundo piso a la calle y llegaba a la altura del hombre el semáforo ya habría cambiado varias veces de color. La situación se ponía tensa, el semáforo comenzaba a parpadear. Fue entonces cuando apareció ella, una joven, no muy alta, con unos vaqueros claros, una chaqueta de color marrón y un vistoso gorro azul que le recogía el pelo, alargo la mano hasta el escurridizo bastón y acto seguido agarró con firmeza al hombre del brazo derecho, llevándolo junto a ella hasta la otra acera, hasta un lugar seguro, después mantuvieron una corta conversación, de dos o tres frases -supongo que ella comentaría la jugada y él supongo también le daría las gracias-, acto seguido cada uno siguió su camino.
Cuando poco después paseaba por el Raval pensaba que poco me había faltado para mandarlo todo al carajo, para coger mi mochila y meter en ella la cámara reflex, una fiambrera con una tortilla de patatas-de las de mi madre-, unos cuantos libros de mis autores favoritos- Quevedo, Lope, Larra, Valle, Queiros, Tolstoi, Eco, Zweig, Marsé, Reverte, Mendoza, Ledesma...-, un par de discos de Sabina y el numero de teléfono de Audrey Tautou -por si acaso-, y tirarme al monte, o a donde sea, lejos de esta aburrida y detestable sociedad -en la que me incluyo por supuesto-, que no es capaz de ayudar a su prójimo a cruzar un maldito paso de cebra y que luego malgasta su vida delante de una televisión o un ordenador.
Pero, es entonces cuando aparece una chica con un gorro azul y te calma la válvula interior que estaba a punto de estallarte dentro y hace que se te equilibre la bilis negra y la paz interior. Y de repente dejas de desear que desciendan del cielo las parcas y que nos piquen el billete a todos y comprendes con una leve sonrisa en los labios que tal vez no haya llegado el momento de quemar las naves y fusilar a Caronte, porque aunque solo sea un grano de arena en un inmenso desierto estoy seguro de que existen muchas más chicas de gorro azul que hacen que esta perra vida sea más llevadera y evita que un individuo harto de todo lo que le rodea monte una pajarraca en medio de la calle dejando listo de papeles a algún insensato que se le paró delante para mirar que pasaba. Mientras pensaba esto recorría el barrio con una extraña sensación de candidez, estado, que me había brindado una persona a la que nunca había visto,y a la que probablemente no volveré a ver más.

1 comentario:

  1. 1. ¿Llamaste ya a Tatou? Dale tu blog y que se lea este arrículo. Si le queda algo de la Amelie que lleva dentro, seguro que te llama.

    2. De hecho, siempre he pensado que el mundo giraría armónicamente para todos si cada uno de nosotros albergara dentro suyo algo de ese personaje creado por el gran Jean-Pierre Jeunet, uno de mis directores fetiche.

    3. ...la loca revolución amarilla nació de ese gris-azul-oscuro-casi-negro que acompaña a la conciencia de las cosas porque ya no pudo más, y era un manifiesto en pro de la vida (eros) y la justicia social, en contra de toda maldad mundana e indiferencia inhumana (defectos aquí descritos).
    Creo que la lucha más necesaria es contra la indiferencia innecesaria, que nos aleja del pulso vital y de la EMPATÍA.

    4. ¿Has visto 'Persépolis?

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