jueves, 25 de febrero de 2010

LOS CIEGOS Y EL ELEFANTE


Hace unos días me recordaron una anécdota o cuento que leí hace ya unos cuantos años, pero que sin duda se podría aplicar a nuestra sociedad contemporánea, la verdad es que no hay nada como mirar de forma global para darse cuenta de que esto a lo que llamamos vida, se forma de movimientos circulares y repetitivos, avisándonos de que todo se repite, tanto lo bueno como lo malo.
El cuento en si, es una historia de origen indio, seguro que alguno de ustedes lo ha escuchado o leído con anterioridad. Nos encontramos en un pequeño pueblo de algún lugar de la India, en un tiempo indefinido y en un lugar también indefinido, pero en todo caso, estamos en un pequeño pueblo de la India, tan pequeño y tan alejado de las grandes ciudades, que se daba el caso, de que en ese exiguo lugar, nunca nadie había visto un elefante. Pues bien, dio la casualidad de que cierto día llego a la aldea uno de estos animales, lo que desató el correspondiente revuelo en la población y sobretodo de la chiquilleria que corrían en torno a él, chillándose los unos a los otros de forma entusiasta, como si sus compañeros de juego no hubieran visto al animal, evidentemente todo el pueblo se lanzó a la calle para ver la extraordinaria bestia. Todos quedaron sorprendidos, unos por su tamaño, otros por su forma, otros por el global de las cualidades del voluminoso y robusto animal.
Se da la circunstancia de que el pueblo contaba con tres hombres ciegos, a los cuales, al igual que a todos sus vecinos les había hecho mucha ilusión la llegada del extraño animal a su humilde y paupérrima aldea, como todos, se lanzaron a la calle con la idea de acercarse al animal, evidentemente por su problema visual, ninguno de ellos podían hacerse cargo de la envergadura del bicho en cuestión. Entonces, uno de los individuos que se encontraban a su lado tuvo una idea. Esta idea consistía en que los ciegos se acercaran al animal de uno en uno y tocándolo, se hicieran una idea de como era el elefante. Bueno, pues tras la asimilación de la idea, se fueron acercando según la manera establecida, el primero de ellos, se puso delante del animal y agarro su trompa, tocándola poco a poco y con tranquilidad, cuando el primer ciego se aparto, se acerco el segundo, este decidió tocar una de las patas del animal, tras tomárselo con calma y cuando creyó que ya tenía suficiente se apartó, dejando su sitio al tercer ciego, el cual se acerco por detrás y toco la cola del elefante.
Cuando el elefante se hubo ido y todo el pueblo se había vuelto a introducir en su cruel y desdichada monotonía, uno de esos hombre del pueblo, de los que se habían deleitado con la extraña presencia, se dirigió a los ciegos interesándose por lo que este animal había suscitado a sus convecinos. A la pregunta de que les había parecido el animal, el primer ciego, el que había tocado su trompa, dijo, que el elefante era como una serpiente larga y gorda. El segundo, el que se había hecho con la pierna, dijo que de eso nada, que el elefante era como una columna fuerte, rígida y de gran espesura, a lo que el tercer ciego les espetó que si estaban tontos o se habían pasado con el curry, que el elefante, realmente era como una cuerda. Como entre los tres no llegaron a ponerse de acuerdo de manera pacifica, decidieron arreglar sus desavenencias golpeándose en la cabeza con sus bastones.
Como ven ninguno tenia razón por un simple motivo, porque ninguno tuvo la oportunidad o el interés por admirar o tocar el animal de forma global, sino que se conformaron con tocar y analizar la zona que más cerca le quedaba, olvidándose del resto. Pues bien, resulta que la moraleja de este cuento indio me recuerda mucho a la sociedad política actual en la que nos encontramos actualmente. En mi subconsciente, el elefante haría referencia a España, y cada uno de los ciegos se transformaría en distintivos miembros públicos de nuestra vida, véase, el primero de ellos sería el presidente del gobierno de la nación, el segundo seria el presidente del primer partido de la oposición y el tercero de ellos, seria una amalgama o un cajón de sastre, en el que se entremezclarían los distintos sindicatos y los miembros de la patronal. Como bien habrán comprobado no doy nombres, sinceramente me da igual que o quienes y cual sea su ideología- si es que alguno todavía la conserva-, pues como en alguna ocasión he dicho son el mismo perro con distinto collar, y como se dice en mi tierra, entre lobos no se muerden. Pero lo que si es cierto de nuestros políticos y representantes es que no entienden lo que acontece en su país, ni lo que les pasa a sus habitantes-sean votantes suyos o no-, pues no son capaces de ver más allá de la parte del terreno que les toca, es decir, se hacen fuertes en su feudo, sin pensar en ningún momento que el resto del país puede ser distinto o pensar de otra manera a lo que ellos creen. Esto de la globalidad y de observarlo todo desde el punto de vista general, haciéndonos una idea más global, es una cosa que si hacemos los ciudadanos, los que estamos en la calle. Puede ser que para darse cuenta de esto haya que estar en la calle a diario y no parapetado en sus caros despachos, solo saliendo de ellos a darse palos en el congreso o donde toque con sus oponentes, como hacían los ciegos.
Pues lo dicho, que cada uno haga suya la historia y la similitud arriba presentada, y saque de ellas sus conclusiones o su tesis más acertadas, pero lo cierto, es que puede cambiar el gobierno, y los personajes que los componen, pueden cambiar los sindicatos y sus representantes y pueden cambiar al director de la patronal, pero lo que no cambiara nunca sera la pasividad y la incapacidad de estos para ver la globalidad de un país y de sus habitantes.

miércoles, 17 de febrero de 2010

TRINITARIO Y BANDOLERO


Corría el año de 1769 cuando el licenciado y abogado de los Reales Consejos y diputado común de la ciudad de Jerez de la Frontera Juan Tamayo Palomino, fue enviado por el Consejo de Castilla para que investigara un acontecimiento sangriento en la ciudad gaditana, nada le hacia suponer a este la clase de individuos que se iba a echar a la cara. El primer caso con el que se enfrentó fue el asesinato de un fraile en el convento de la Merced de Jerez de la frontera, el fraile en cuestión llamado Fray Manuel de Isasi apareció ahogado en un aljibe del patio central del monasterio. El asunto se puso cuesta arriba cuando los eclesiásticos se negaron a colaborar con la investigación e incluso muchos de ellos abandonaron la clausura. Lo que llevó al Real Consejo a ordenar al citado licenciado Tamayo a investigar hasta la saciedad los conventos y congregaciones jerezanas en busca de otros bandidos y forajidos que tomaban los hábitos para librarse de las manos de la justicia.
Esto, nos lleva al caso más curioso de los miembros del clero jerezano, que digamos, salto la linea de la clausura y haciendo de su capa un sayo llevó a cabo una vida un tanto licenciosa y lujuriosa, lejos de la vida que se concibe para un fraile. Las primeras noticias sobre este hombre le llegaron al licenciado Juan Tamayo Palomino mientras pormenorizaba las investigaciones sobre el asesinato del fraile mercenario. El conocido como fraile bandolero se llamaba Fray Diego Martel y cuando Tamayo se paseaba por Jerez de la Frontera intentando sacar algún dato en claro de la anterior investigación, él, ya hacia años que contaba con el control de su convento y de la zona, por el cual andaba siempre cargado con sus pistolas, según contaría más tarde el licenciado Tamayo en una de las numerosas cartas que mandó al Consejo de Castilla durante la segunda mitad del siglo XVIII.
Cuando Fray Diego Martel desertó de su convento se lanzó al monte cargado con sus pistolas y navajas de siete puntos, nada llamaría la atención sobre su persona, sería un bandolero más de la época, a no ser por su curioso atuendo, siempre iba vestido con su habito de trinitario, que nunca abandono, pues le daba un toque de misticismo, del cual se valía para ganarse la confianza de la gente que encontraba en su camino, a los que luego robaría y que en ocasiones asesinaba, era así temido por las gentes de la zona, y cuando bajaba a algún pueblo cercano nadie hacía nada por contenerle en sus excesos por el temor que este infringía a todo el mundo, por su puesto, a nadie que valorara lo más mínimo su pellejo se le pasaría por la cabeza pararle los pies a nuestro ilustre personaje.
Varias, eran las personas que iban tras de él, cansados de los excesos y las provocaciones de este fraile trinitario convertido a bandolero, saqueador y asesino. Él, como buen delincuente, escapó en numerosas ocasiones con gran habilidad y astucia de este cerco de perseguidores, hasta que el corregidor jerezano decidió ponerse manos a la obra y lanzarse tras el. El fraile bandolero, ya no solo aterrorizaba con sus andanzas a los vecinos de Jerez de la Frontera y sus pueblos cercanos, haciendo que cualquier viaje por corto que pudiera parecer entre una y otro población se convirtiera en un viaje temeroso y en toda una odisea por miedo a cruzarse en el camino o en el campo visual de Fray Diego Martel, convirtiéndose desde ese momento en su próxima victima, siendo saqueados y maltratados con un poco de suerte, o aumentando la lista de asesinatos que este fraile llevaba a las espaldas si se carecía de esta. Cuando Fray Martel se hizo con el poder de la sierra Jerezana y no contento con tener aterrada a su ciudad, comenzó a hacer lo mismo con la campiña gaditana, llegando a convertirse en un grave problema de seguridad para toda la provincia de Cádiz.
Hasta que un 15 de abril de 1770, aquel trinitario bandolero, que en tantas ocasiones se había zafado de sus captores y de los aldeanos que habían puesto precio a su cabeza y habito ,fue capturado por el corregidor de Jerez, para el cual el asunto del fraile ladrón y asesino se había convertido en toda una obsesión. Encarcelado automáticamente, se abrió contra él una causa larga y compleja por el gran numero de delitos de los que se le acusaba, entre uno de los grupos de la acusación se encontraba el Consejo de Castilla, debido al alboroto que el comportamiento escandaloso y sanguinario del trinitario había levantado en toda la sociedad, convirtiéndose en un verdadero terror para la ciudadania -propio de el desaparecido semanario El Caso-. Valiéndose de la inmunidad que le daba su habito y orden, había llegado incluso a intentar matar a su prelado, se le acusó también de realizar contrabando durante numerosos años de su vida. La acusación del Consejo de Castilla apuntaba también al arzobispado de Sevilla, del cual dependía el convento de los Trinitarios de Jerez de la Frontera, pudiendo haber hecho más por capturarlo y llevarlo ante la justicia, a lo que el arzobispado contesto simple y llanamente que tal vez deberían expulsar al fraile de la orden.
Tras un largo y costoso juicio, que trajo de cabeza tanto a los miembros del Consejo de Castilla como al arzobispado de Sevilla, fray Diego Martel sería condenado de por vida en una ajada y destartalada celda, amén de lo que el tribunal del Santo Oficio tuviera que decir sobre sus escarceos y vaivenes. Pero, llámenlo casualidad o suerte, pero lo cierto es que en el año 1775 el monarca Carlos III llevó a cabo un real indulto, uno de esas amnistiás que algunos reyes de la historia de España han llevado a cabo el algún momento de su vida debido a algún acontecimiento importante de la historia. El fraile trinitario se aferró a ella como a un clavo ardiendo, beneficiándose de ella, por lo que apenas cinco años después de ser detenido se vio de nuevo en la calle para regocijo de él y escarnio de los habitantes de toda la provincia de Cádiz.
El fraile Diego Martel volvió a la serranía, sembrando de nuevo el terror sin dejar de robar y matar hasta el día de su muerte, tampoco hasta ese día el fraile abandono ni los hábitos ni la orden de los trinitarios.

miércoles, 10 de febrero de 2010

UN ASUNTO DE HONOR


Últimamente con respecto a los secuestros de pesqueros en Somalía ha salido al candelero la palabra pirata, palabra que en muchas ocasiones se usa mal o se usa a medias, en varios medios de comunicación he oído o leído el termino corsario o filibustero refiriéndose a estos individuos que se dedican a secuestrar, maltratar y extorsionar a pescadores y gobiernos, cogiendo luego el botín y gastándoselo en coches y vicios -como se ha visto en algún video últimamente-, convirtiéndose en mitos o semidioses en su país, recibiendo trato de jefes de estado durante una boda comunal y multitudinaria.
Pues bien, vamos a aclarar varias cosas, no es lo mismo un pirata que un corsario o que un filibustero. Un corsario como su nombre indica trabaja bajo una patente de corso, un documento que le permite contar con un tipo de barco concreto y con una cantidad de cañones y marineros -es como una especie de contrato digamos-, permitiendo a quien la posea apresar barcos enemigos y tomar sus pertenencias y mercancias como botín, botín que deberá ceder en una quinta parte al rey, él cual con anterioridad le ha concedido la patente de corso para que trabaje para él y en su nombre, es decir si el termino no estuviera tan gastado ni tan despreciado, se podría decir que el corsario era un funcionario del estado. Ademas este documento servia de salvoconducto, para que el día que un enemigo cazara al corsario y el asunto se pusiera un pongo cuesta arriba en cuanto a lo de conservar la cabeza pegada al cuerpo se refiere, no lo dejarían listo de papeles de inmediato, ni lo ahorcarían como la tradición mandaba, siendo por lo contrario tratado como un prisionero de guerra. Cosa que no ocurre con los piratas, que trabajan por libre, saqueando y asesinando a su gusto y que evidentemente no tiene derecho ni a dar ni a recibir la mínima piedad, lo mismo ocurre con los filibusteros, que no son más que piratas que en el siglo XVII actuaban en el mar de las Antillas.
Me gustaría contarles hoy la historia de uno de estos corsarios, que un día decidió defender su tierra de otro compañero de fatigas, allá vamos. Estamos en el año 1806, en la isla de Ibiza, su tierra natal. El corsario Antoni Riquer, descansaba en una taberna del puerto ibicenco, tomando una copa de Frígola e intentando camelar a la Francisca, con su verborrea cojitranca y sus interminables batallas, tenía casi la labor echa cuando un joven que venia del malecón, apareció en la taberna gritando a la desesperada, que un barco de vela enemiga acababa de doblar el Cabo de la Mola en la cercana Formentera. Rápidamente, todos salieron a la calle y se acercaron al puerto. No cabía duda -pensó Riquer-, cuando vio el barco, se trataba de El Felecity, un viejo enemigo, el barco era capitaneado rígida y ferozmente por el capitán Miguel Novelli, conocido como “el Papa” en el gremio. Corsario de origen italiano que estaba a sueldo de la corona inglesa. Me cago en dena, dijo Riquer escupiendo un cigarro al suelo, el barco contaba con sesenta y cinco hombres y una fuerte artillería -recordaba en silencio el corsario-, el barco inglés se acerca peligrosamente a la costa, Novelli, no había llegado hasta allí para cazar pescadores, el mal nacido de Novelli estaba allí para provocar.
A todos los allí presentes le vinieron a la mente muchos de los ataques recibidos anteriormente por los berberiscos, matando payeses, saqueando sus cosechas y picándoles el billete a sus señoras. Las grandes torres de piedra que se encontraban a lo largo de la isla daban buena cuenta de ellos, sirviendo de cobijo y de aviso al resto de la isla a lo largo de su historia. Rápidamente un ingente numero de ibicencos se apelotonaban en el puerto viendo el barco enemigo, lleno de bastardos que provenían de la perra Inglaterra. Algunos de estos ibicencos, ya habían cogido en varias ocasiones sus jabeques -embarcaciones de forma triangular a vela-, y se habían lanzado hasta el norte de África, donde se encontraban los berberiscos, al llegar los ibicencos jurando en arameo y con los cuchillos en las boca, los otras veces tan fieros berberiscos corrían sin rumbo con la cimarra entre las piernas, sin saber donde meterse para que esos pequeños y morenos hombres con los ojos rojos de ira y odio y la sangre hirviéndoles dentro de la cabeza no les pasaran a cuchillo y si hicieran luego una bolsa para guardar las tabas con la piel de su escroto.
Por esos recuerdos, y por que el capitán Riquer se había hecho con la situación nadie se lo quiso perder, rápidamente el capitán subió a su barco seguido por un gran numero de paisanos y payeses, decididos a dejar las cosas claras a los componentes de El Felicity, solo permitieron un canto a la duda, este fue, que les acompañara el cura José Iturrit, por si les tenia que dar una carta de recomendación para San Pedro. Eran las cuatro de la tarde del 1 de junio de 1806 cuando los jabeques San Juan y Santa Isabel se echaban a la mar en dirección a El Felicity. Los locales tenían una leve ventaja frente a los ingleses, ellos conocían las mareas y los vientos de la zona y podían aprovecharse de ello para acerarse por el lugar más peligroso, pero por otro lado estaba claro que llevaban las de perder si la batalla se desarrollaba a distancia, pues el Felicity, contaba con doce cañones de a ocho, cuatro de a doce y dos obuses del cuarenta y ocho, a los que Riquer y su gente solo podía responder con dos de a ocho, cuatro de a seis y dos de a cuatro.
Pero pronto trabaron sus jabetas contra la nave inglesa. Conscientes del infierno que iba a desatarse, los tripulantes de El Felicity disparaban los cañones intentando separarse de las naves ibicencas, pero eso no fue posible, cuando quisieron darse cuenta, los rudos ibicencos ya estaban en la cubierta con sus cuchillos afilados y sus juramentos en arameo. De lo que ocurrió a continuación no hay una descripción detallada, pero pueden hacerse una idea, sangre, carreras desesperadas y más de alguna risotada un tanto tétrica antes de dejar listo de papeles a algún oponente. Cuando la cubierta del barco ya estaba llena de sangre y cadáveres, apareció en escena un inglés rubio y grande que apunto con una pistola a la cabeza al capitán Riquer que se había despistado abriendo en canal a un tipo que pasaba por allí. Este que de repente se vio con un tiro a bocajarro en la cabeza y angelitos al cielo, maldijo su suerte.Pero al joven inglés le salio el marrano mal capado, y la pistola no disparó, tal vez por la pólvora mojada o tal vez por la cantidad ingente de padres nuestros que había rezado el padre Iturrit, él caso es que el rubio guiri, asustado al ver la cara de perro rabioso del capitán ibicenco, le lanzo la pistola a la cara maldiciendo el arma y su suerte, un instante después volaba por los aires en dirección al mar, recordando y no para bien supongo el arma que le había provocado estar en aquella situación.
Unos minutos después Riquer y alguno de sus hombres recorrían el barco de arriba a abajo buscando supervivientes y algún botín que llevarse a la boca, fue así como entró en el camarote del capitán Novelli, al que encontró metido dentro de un armario con la patente de corso entre los dedos tiritando y el cual se había meado encima del miedo. En vez de pegarle un tiro y lavarse las manos, el corsario Riquer le perdonó la vida, como un caballero, pues el salvar a un corsario con la patente de corso en las manos era un asunto de honor. Como ven hay cosas que son sagradas para un corsario que no lo son para un pirata o para un filibustero, aunque ahora pensemos que son lo mismo y lo tratemos como tales.
La verdad es que Riquer en una sociedad como la nuestra no seria bien visto, lo tomarían como un salvaje, como un animal que no atiende a formas ni a maneras, un animal que goza matando y saqueando, sin ver mas allá, de que su labor es defender a su pueblo y a su rey, pues el oficio de corsario no era en su época más que otro oficio, como el de herrero, y tan digno como lo era el de regentaba una abacería. Pero que quieren que les diga, aún a sabiendas de que en la época contemporánea seria visto como un delincuente, yo no tendría ningún inconveniente en compartir con él alguna que otra copa de Frígola mientras disfrutaba de la narración de sus aventuras.