miércoles, 17 de febrero de 2010

TRINITARIO Y BANDOLERO


Corría el año de 1769 cuando el licenciado y abogado de los Reales Consejos y diputado común de la ciudad de Jerez de la Frontera Juan Tamayo Palomino, fue enviado por el Consejo de Castilla para que investigara un acontecimiento sangriento en la ciudad gaditana, nada le hacia suponer a este la clase de individuos que se iba a echar a la cara. El primer caso con el que se enfrentó fue el asesinato de un fraile en el convento de la Merced de Jerez de la frontera, el fraile en cuestión llamado Fray Manuel de Isasi apareció ahogado en un aljibe del patio central del monasterio. El asunto se puso cuesta arriba cuando los eclesiásticos se negaron a colaborar con la investigación e incluso muchos de ellos abandonaron la clausura. Lo que llevó al Real Consejo a ordenar al citado licenciado Tamayo a investigar hasta la saciedad los conventos y congregaciones jerezanas en busca de otros bandidos y forajidos que tomaban los hábitos para librarse de las manos de la justicia.
Esto, nos lleva al caso más curioso de los miembros del clero jerezano, que digamos, salto la linea de la clausura y haciendo de su capa un sayo llevó a cabo una vida un tanto licenciosa y lujuriosa, lejos de la vida que se concibe para un fraile. Las primeras noticias sobre este hombre le llegaron al licenciado Juan Tamayo Palomino mientras pormenorizaba las investigaciones sobre el asesinato del fraile mercenario. El conocido como fraile bandolero se llamaba Fray Diego Martel y cuando Tamayo se paseaba por Jerez de la Frontera intentando sacar algún dato en claro de la anterior investigación, él, ya hacia años que contaba con el control de su convento y de la zona, por el cual andaba siempre cargado con sus pistolas, según contaría más tarde el licenciado Tamayo en una de las numerosas cartas que mandó al Consejo de Castilla durante la segunda mitad del siglo XVIII.
Cuando Fray Diego Martel desertó de su convento se lanzó al monte cargado con sus pistolas y navajas de siete puntos, nada llamaría la atención sobre su persona, sería un bandolero más de la época, a no ser por su curioso atuendo, siempre iba vestido con su habito de trinitario, que nunca abandono, pues le daba un toque de misticismo, del cual se valía para ganarse la confianza de la gente que encontraba en su camino, a los que luego robaría y que en ocasiones asesinaba, era así temido por las gentes de la zona, y cuando bajaba a algún pueblo cercano nadie hacía nada por contenerle en sus excesos por el temor que este infringía a todo el mundo, por su puesto, a nadie que valorara lo más mínimo su pellejo se le pasaría por la cabeza pararle los pies a nuestro ilustre personaje.
Varias, eran las personas que iban tras de él, cansados de los excesos y las provocaciones de este fraile trinitario convertido a bandolero, saqueador y asesino. Él, como buen delincuente, escapó en numerosas ocasiones con gran habilidad y astucia de este cerco de perseguidores, hasta que el corregidor jerezano decidió ponerse manos a la obra y lanzarse tras el. El fraile bandolero, ya no solo aterrorizaba con sus andanzas a los vecinos de Jerez de la Frontera y sus pueblos cercanos, haciendo que cualquier viaje por corto que pudiera parecer entre una y otro población se convirtiera en un viaje temeroso y en toda una odisea por miedo a cruzarse en el camino o en el campo visual de Fray Diego Martel, convirtiéndose desde ese momento en su próxima victima, siendo saqueados y maltratados con un poco de suerte, o aumentando la lista de asesinatos que este fraile llevaba a las espaldas si se carecía de esta. Cuando Fray Martel se hizo con el poder de la sierra Jerezana y no contento con tener aterrada a su ciudad, comenzó a hacer lo mismo con la campiña gaditana, llegando a convertirse en un grave problema de seguridad para toda la provincia de Cádiz.
Hasta que un 15 de abril de 1770, aquel trinitario bandolero, que en tantas ocasiones se había zafado de sus captores y de los aldeanos que habían puesto precio a su cabeza y habito ,fue capturado por el corregidor de Jerez, para el cual el asunto del fraile ladrón y asesino se había convertido en toda una obsesión. Encarcelado automáticamente, se abrió contra él una causa larga y compleja por el gran numero de delitos de los que se le acusaba, entre uno de los grupos de la acusación se encontraba el Consejo de Castilla, debido al alboroto que el comportamiento escandaloso y sanguinario del trinitario había levantado en toda la sociedad, convirtiéndose en un verdadero terror para la ciudadania -propio de el desaparecido semanario El Caso-. Valiéndose de la inmunidad que le daba su habito y orden, había llegado incluso a intentar matar a su prelado, se le acusó también de realizar contrabando durante numerosos años de su vida. La acusación del Consejo de Castilla apuntaba también al arzobispado de Sevilla, del cual dependía el convento de los Trinitarios de Jerez de la Frontera, pudiendo haber hecho más por capturarlo y llevarlo ante la justicia, a lo que el arzobispado contesto simple y llanamente que tal vez deberían expulsar al fraile de la orden.
Tras un largo y costoso juicio, que trajo de cabeza tanto a los miembros del Consejo de Castilla como al arzobispado de Sevilla, fray Diego Martel sería condenado de por vida en una ajada y destartalada celda, amén de lo que el tribunal del Santo Oficio tuviera que decir sobre sus escarceos y vaivenes. Pero, llámenlo casualidad o suerte, pero lo cierto es que en el año 1775 el monarca Carlos III llevó a cabo un real indulto, uno de esas amnistiás que algunos reyes de la historia de España han llevado a cabo el algún momento de su vida debido a algún acontecimiento importante de la historia. El fraile trinitario se aferró a ella como a un clavo ardiendo, beneficiándose de ella, por lo que apenas cinco años después de ser detenido se vio de nuevo en la calle para regocijo de él y escarnio de los habitantes de toda la provincia de Cádiz.
El fraile Diego Martel volvió a la serranía, sembrando de nuevo el terror sin dejar de robar y matar hasta el día de su muerte, tampoco hasta ese día el fraile abandono ni los hábitos ni la orden de los trinitarios.

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