miércoles, 10 de febrero de 2010

UN ASUNTO DE HONOR


Últimamente con respecto a los secuestros de pesqueros en Somalía ha salido al candelero la palabra pirata, palabra que en muchas ocasiones se usa mal o se usa a medias, en varios medios de comunicación he oído o leído el termino corsario o filibustero refiriéndose a estos individuos que se dedican a secuestrar, maltratar y extorsionar a pescadores y gobiernos, cogiendo luego el botín y gastándoselo en coches y vicios -como se ha visto en algún video últimamente-, convirtiéndose en mitos o semidioses en su país, recibiendo trato de jefes de estado durante una boda comunal y multitudinaria.
Pues bien, vamos a aclarar varias cosas, no es lo mismo un pirata que un corsario o que un filibustero. Un corsario como su nombre indica trabaja bajo una patente de corso, un documento que le permite contar con un tipo de barco concreto y con una cantidad de cañones y marineros -es como una especie de contrato digamos-, permitiendo a quien la posea apresar barcos enemigos y tomar sus pertenencias y mercancias como botín, botín que deberá ceder en una quinta parte al rey, él cual con anterioridad le ha concedido la patente de corso para que trabaje para él y en su nombre, es decir si el termino no estuviera tan gastado ni tan despreciado, se podría decir que el corsario era un funcionario del estado. Ademas este documento servia de salvoconducto, para que el día que un enemigo cazara al corsario y el asunto se pusiera un pongo cuesta arriba en cuanto a lo de conservar la cabeza pegada al cuerpo se refiere, no lo dejarían listo de papeles de inmediato, ni lo ahorcarían como la tradición mandaba, siendo por lo contrario tratado como un prisionero de guerra. Cosa que no ocurre con los piratas, que trabajan por libre, saqueando y asesinando a su gusto y que evidentemente no tiene derecho ni a dar ni a recibir la mínima piedad, lo mismo ocurre con los filibusteros, que no son más que piratas que en el siglo XVII actuaban en el mar de las Antillas.
Me gustaría contarles hoy la historia de uno de estos corsarios, que un día decidió defender su tierra de otro compañero de fatigas, allá vamos. Estamos en el año 1806, en la isla de Ibiza, su tierra natal. El corsario Antoni Riquer, descansaba en una taberna del puerto ibicenco, tomando una copa de Frígola e intentando camelar a la Francisca, con su verborrea cojitranca y sus interminables batallas, tenía casi la labor echa cuando un joven que venia del malecón, apareció en la taberna gritando a la desesperada, que un barco de vela enemiga acababa de doblar el Cabo de la Mola en la cercana Formentera. Rápidamente, todos salieron a la calle y se acercaron al puerto. No cabía duda -pensó Riquer-, cuando vio el barco, se trataba de El Felecity, un viejo enemigo, el barco era capitaneado rígida y ferozmente por el capitán Miguel Novelli, conocido como “el Papa” en el gremio. Corsario de origen italiano que estaba a sueldo de la corona inglesa. Me cago en dena, dijo Riquer escupiendo un cigarro al suelo, el barco contaba con sesenta y cinco hombres y una fuerte artillería -recordaba en silencio el corsario-, el barco inglés se acerca peligrosamente a la costa, Novelli, no había llegado hasta allí para cazar pescadores, el mal nacido de Novelli estaba allí para provocar.
A todos los allí presentes le vinieron a la mente muchos de los ataques recibidos anteriormente por los berberiscos, matando payeses, saqueando sus cosechas y picándoles el billete a sus señoras. Las grandes torres de piedra que se encontraban a lo largo de la isla daban buena cuenta de ellos, sirviendo de cobijo y de aviso al resto de la isla a lo largo de su historia. Rápidamente un ingente numero de ibicencos se apelotonaban en el puerto viendo el barco enemigo, lleno de bastardos que provenían de la perra Inglaterra. Algunos de estos ibicencos, ya habían cogido en varias ocasiones sus jabeques -embarcaciones de forma triangular a vela-, y se habían lanzado hasta el norte de África, donde se encontraban los berberiscos, al llegar los ibicencos jurando en arameo y con los cuchillos en las boca, los otras veces tan fieros berberiscos corrían sin rumbo con la cimarra entre las piernas, sin saber donde meterse para que esos pequeños y morenos hombres con los ojos rojos de ira y odio y la sangre hirviéndoles dentro de la cabeza no les pasaran a cuchillo y si hicieran luego una bolsa para guardar las tabas con la piel de su escroto.
Por esos recuerdos, y por que el capitán Riquer se había hecho con la situación nadie se lo quiso perder, rápidamente el capitán subió a su barco seguido por un gran numero de paisanos y payeses, decididos a dejar las cosas claras a los componentes de El Felicity, solo permitieron un canto a la duda, este fue, que les acompañara el cura José Iturrit, por si les tenia que dar una carta de recomendación para San Pedro. Eran las cuatro de la tarde del 1 de junio de 1806 cuando los jabeques San Juan y Santa Isabel se echaban a la mar en dirección a El Felicity. Los locales tenían una leve ventaja frente a los ingleses, ellos conocían las mareas y los vientos de la zona y podían aprovecharse de ello para acerarse por el lugar más peligroso, pero por otro lado estaba claro que llevaban las de perder si la batalla se desarrollaba a distancia, pues el Felicity, contaba con doce cañones de a ocho, cuatro de a doce y dos obuses del cuarenta y ocho, a los que Riquer y su gente solo podía responder con dos de a ocho, cuatro de a seis y dos de a cuatro.
Pero pronto trabaron sus jabetas contra la nave inglesa. Conscientes del infierno que iba a desatarse, los tripulantes de El Felicity disparaban los cañones intentando separarse de las naves ibicencas, pero eso no fue posible, cuando quisieron darse cuenta, los rudos ibicencos ya estaban en la cubierta con sus cuchillos afilados y sus juramentos en arameo. De lo que ocurrió a continuación no hay una descripción detallada, pero pueden hacerse una idea, sangre, carreras desesperadas y más de alguna risotada un tanto tétrica antes de dejar listo de papeles a algún oponente. Cuando la cubierta del barco ya estaba llena de sangre y cadáveres, apareció en escena un inglés rubio y grande que apunto con una pistola a la cabeza al capitán Riquer que se había despistado abriendo en canal a un tipo que pasaba por allí. Este que de repente se vio con un tiro a bocajarro en la cabeza y angelitos al cielo, maldijo su suerte.Pero al joven inglés le salio el marrano mal capado, y la pistola no disparó, tal vez por la pólvora mojada o tal vez por la cantidad ingente de padres nuestros que había rezado el padre Iturrit, él caso es que el rubio guiri, asustado al ver la cara de perro rabioso del capitán ibicenco, le lanzo la pistola a la cara maldiciendo el arma y su suerte, un instante después volaba por los aires en dirección al mar, recordando y no para bien supongo el arma que le había provocado estar en aquella situación.
Unos minutos después Riquer y alguno de sus hombres recorrían el barco de arriba a abajo buscando supervivientes y algún botín que llevarse a la boca, fue así como entró en el camarote del capitán Novelli, al que encontró metido dentro de un armario con la patente de corso entre los dedos tiritando y el cual se había meado encima del miedo. En vez de pegarle un tiro y lavarse las manos, el corsario Riquer le perdonó la vida, como un caballero, pues el salvar a un corsario con la patente de corso en las manos era un asunto de honor. Como ven hay cosas que son sagradas para un corsario que no lo son para un pirata o para un filibustero, aunque ahora pensemos que son lo mismo y lo tratemos como tales.
La verdad es que Riquer en una sociedad como la nuestra no seria bien visto, lo tomarían como un salvaje, como un animal que no atiende a formas ni a maneras, un animal que goza matando y saqueando, sin ver mas allá, de que su labor es defender a su pueblo y a su rey, pues el oficio de corsario no era en su época más que otro oficio, como el de herrero, y tan digno como lo era el de regentaba una abacería. Pero que quieren que les diga, aún a sabiendas de que en la época contemporánea seria visto como un delincuente, yo no tendría ningún inconveniente en compartir con él alguna que otra copa de Frígola mientras disfrutaba de la narración de sus aventuras.

2 comentarios:

  1. No significan lo mismo, por eso se les llama sinónimos relativos. Suerte.

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  2. Muchos lo coprendemos, pero muchos medios de comunicación y personas influyentes de nuestra sociedad, parece que los confunden, teniendo en cuenta que ellos son los que llegan a la gran maraña de individuos que no los diferencia por indiferencia o por ignorancia, confundiendoles con terminos falsos que usan como sinonimos a secas, y que hacen un flaco favor a nuestro rico vocabulario, algo como lo que ocurre con el asunto de los generos, solo hay que recordar lo de los miembros y las miembras.
    Gracias, un saludo.

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