miércoles, 31 de marzo de 2010

MALOS POR NATURALEZA


Durante los últimos años he paseado por los lugares donde se han producido las masacres más recientes de occidente, solo me falta el teatro de Dubrovka y el interior de las lineas del metro de Moscú, la cual sufrió recientemente una matanza de civiles, llevada a manos según parece, por las viudas negras del islamismo checheno, tal vez en alguno de mis próximos viajes tenga la oportunidad de visitar esos lugares.
Muchos dirán que eso es morbo, supongo que algo tiene que ver el morbo con lo que nos rodea-con todo, no solo con lo malo-, a mi, visitar estos lugares, sinceramente me sirve para mucho más, tengo la necesidad de saber, de conocer, me pica la curiosidad y además, el estar en esos lugares tiempo después, me sirve para darme cuentas de muchas cosas, cosas que hasta el momento de estar allí no entendía o no conseguía asimilar-. Es la idea clásica: hasta que no estas allí delante, no puedes ponerte totalmente en el pellejo del que perdió el suyo, y no eres capaz de asimilar el caos que se vivió en el momento de la masacre-por lo menos a mi me ocurre así-, es entonces, cuando te das cuenta de que te encuentras aturdido, ahogando un grito en tu garganta y masticando una maldición entre tus propios dientes.
Por ejemplo, cuando hace unos años paseaba alrededor de la estación de metro de King Cross en Londres, me asaltaron a la mente las imágenes de aquel 7 de julio, algunas de las cuales aún hoy guardo en los periódicos de ese día. Mientras paseaba por la cercana estación de St. Pancras, vi de nuevo sentada junto a una papelera con el logotipo del distrito de Candem, a una mujer con las manos llenas de sangre, sujetándose una toalla o una servilleta contra su cara-la cual supongo herida-, con dos agujeros a la altura de los ojos. Antes de esto había paseado numerosas veces por las estaciones madrileñas de Atocha y del Pozo del Tío Raimundo, preguntándome y en ocasiones atormentándome por lo que hubiera ocurrido si aquel maldito tren hubiera explotado en el interior de la estación, totalmente cubierta de cristal. Salgo pensando que esto habría convertido el centro de Madrid en una enorme guillotina para todo el que allí se encontraban, a la entrada de la estación, en la glorieta de Carlos V, veo a los bomberos y a la gente corriendo despavorida, huyendo de las bombas que sesgaron la vida y la ilusión de 192 personas.
El último paseo que he realizado en uno estos lugares, fue hace unos días, en la zona donde se levantaban las torres gemelas del World Trade Center de Nueva York. Paseaba junto a un amigo alrededor de la zona cero, era poco más de mediodía, el tiempo era bueno, soleado e invitaba al paseo y la conversación, estábamos junto al río Hudson, justo en la zona más cercana a Nueva Jersey, allí donde un pequeño muelle de madera se empotra entre los bajos de los rascacielos, en un momento dado mientras proseguíamos con nuestra marcha nos colocamos en frente de la avenida principal que llega directamente a la zona en obras de la zona cero, paseábamos en silencio, despacio, supongo que ambos teníamos en la mente los mismos pensamientos, las mismas imágenes, y me atrevería a decir que las mismas sensaciones.
De repente cuando nos encontrábamos en la mitad de la avenida, por la cual aquel 11 de septiembre de 2001 huía la gente sin rumbo, sin saber donde se dirija, cubierta de polvo blancuzco y espeso, justo después de que los dos grandes edificios se vinieran abajo. En ese instante mi mente veía venir de frente a los ejecutivos trajeados convertidos en blancas siluetas. Tenía a mi alrededor muchas terrazas de establecimientos, acto seguido, imagine que ese día a la hora del atentado estaría llena de gente desayunando, gente, que vería estrellarse los aviones en primera linea, y que poco después verían como las personas que quedaron en los pisos altos, viéndose desahuciadas abrían las ventanas de su despacho y se lanzaron al vació, incluso en un momento dado, me atormento la imagen del oficinista que sentado ante su ordenador, un segundo antes de su final, levanta la cabeza del teclado y ve como un avión va hacia el- Finalmente cuando nos acercábamos al punto exacto, vi la espesa nube de polvo y escombros que cubrió Manhattan y que seguramente se expandió hasta Nueva Jersey y Brooklyn-posiblemente más allá-, sembrando el pánico entre todos los neoyorquinos y ente todos los que seguíamos los acontecimientos por televisión en cualquier parte del mundo.
Tras una leve conversación y tras un largo tiempo de pensamientos, llegue a una conclusión clara y rotunda, dura de lo simple: el hombre es malo por naturaleza. Solo hay que fijarse un poco, cualquier guerra, cualquier vació de ley y de poder nos deja con el culo al aire y hace que se nos vea el plumero. En realidad-pensé-, la sociedad en la que vivimos, no es más que una reserva, un guetto, donde nos obligan a comportarnos de una forma establecida por un conjunto de leyes, creadas y dirigidas por un estamento, que también puede incumplirlas,-pues no son más que hombres-. Las leyes son claras de aplicación en la reserva donde vivimos, si robas, matas, violas o no respetas algunas de las leyes escritas, lo pagas con la cárcel o con tu vida-dependiendo del país donde vivas-, o así debería de ser, como en todo, la teoría y la practica no siempre coinciden. Es entonces cuando la mayoría de los habitantes de la sociedad, asustados, piensan que tal vez lo mejor sea hacer caso a esas leyes que te marcan el camino, a fin y al cabo, es simplemente un precio a pagar por vivir más o menos libre, dentro de una sociedad estable y equilibrada. Por supuesto, ya se que hay individuos que se pasan las leyes por el arco del triunfo y hacen de su capa un sayo, es entonces para lo que se crean los cuerpos de seguridad de los estados, pero eso es otro tema.
Pero todo cambia, a mi modo de ver, cuando estas leyes o los que las imparten desaparecen del panorama de la sociedad o de la reserva, es decir, hay una guerra, hay una desgracia tipo terremoto, una invasión o un atentado de grado descomunal, las reglas desaparecen, puedes hacer lo que te plazca pues nadie va a castigarte por ello, entonces el hombre se transforma, se convierte en un personaje odioso, que mata, saquea y viola, pues no pagara por ello, a los personajes locales, hay que añadir en muchos casos a los militares, que supuestamente van a ayudar y que campan a sus anchas y al que se les enfrente, o a los que se niegan a llevar a cabos sus deseos, se le liquida y santas pascuas- el que no se lo crea que vea las imágenes de Abu Ghaib, o simplemente que lea a Stefan Zweig-.
Al contemplar los atentados y todo lo que trajo consigo, antes y después, y lo que sigue viniendo y vendrá, sigo pensando, sin ningún genero de dudas, que el hombre es malo por naturaleza, todos sin excepción. Cualquiera puede convertirse en un verdugo, solo tienen que darle la oportunidad.

miércoles, 17 de marzo de 2010

LA ENCARGADA DE LOS DÓLARES


           Me dirijo a la sucursal central de una caja de ahorros, situada en una céntrica plaza de la ciudad en donde vivo. Mi intención, algo de lo más normal en los tiempos que corren, cambiar euros por dólares americanos, algo cotidiano, suponía.

            El caso, es que entro en la sucursal y me dirijo a la caja donde un hombre de mediana edad  -de brillante calva y con las gafas a mitad de la nariz-, se afanaba en contar billetes de cien. Me acerco a la mesa hasta colocarme frente a él, éste, sin dejar de contar billetes me echa una mirada de soslayo por encima de las gafas, e inclina la barbilla preguntando que qué quiero.

            Hola-digo-, quería cambiar euros por dólares americanos. De repente se quita las gafas, cara de circunstancia, leve movimiento de cabeza. Vaya-pensé-, algo habré hecho mal para que al tipo le bloquee el circuito y parezca desconcertado. Tras unos inciertos momentos de incomodo silencio sale del trance y dice: Puffff, lo de los dólares lo lleva mi compañera, ahora vendrá, que ha tenido que salir un momento. Está a tomar el café-pensé-, ya eche aquí la mañana. Tras un (indeterminado) tiempo mirando las vitrinas donde se muestran los últimos libros editados por la obra social de la caja de ahorros en cuestión, veo como aparece la “encargada de los dólares”.

          Me acerco a su mesa, mientras tanto ella se está pegando con el teclado del ordenador. Es de mayor edad que su compañero, debe de estar cerca de la edad de jubilarse. No tiene prisa en hacer su trabajo- se le nota-, me mira como inquiriéndome que hable. Quiero dólares-abrevio-, ¿los has encargado?-me contesta. Pues no- respondo sorprendido-, son dólares y esto es la central de una caja, se supone que deberían tener una divisa tan importante, esto no es un quiosco donde encargas el siguiente entrega de “Yo, Claudio”. No contesta. Pues, entonces quiero encargarlos-prosigo-.

             Encargo la cantidad de dinero que necesito, ella me hace el cambio y firmo el papel dando mi consentimiento y aceptando el compromiso. Vuelva dentro de una par de días me dice, porque si te doy lo que tengo en caja ahora me quedo sin dólares. Salgo de la sucursal maldiciendo mi mala suerte por lo bajo, y pensando que menos mal que solo quería dólares americanos, si llego a necesitar Leks albaneses, me toca pedir permiso a la casa de la moneda.

             Dos días después: vuelvo a cruzar el recibidor de la dicha entidad bancaria- lo hago más temprano que el anterior día, por lo de evitar la hora del café-, me acerco de nuevo a la caja. El hombre calvo sigue contando de forma automática billetes de cien, al fondo vislumbro a la “encargada de los dólares”, vestía un traje imposible, de un color indeterminado, creo habérselo visto a la reina madre de Inglaterra en algún momento de su vida. Me acerco a ella, y la digo, vengo a por mis dólares. ¿Los has encargado?, -me mira inquisitorialmente-, si, hace dos días respondo al borde de mi paciencia. Se pone a pelearse con el ordenador, le acerco la hoja en la que se fijó el intercambio económico, no la mira. Pasan unos segundos, me pregunta de nuevo que cuantos dólares quiero, se lo repito y acto seguido me da una conversión inferior a la que me había presupuestado dos días antes.

              Me incorporo un poco en la silla, y le digo con paciencia y educación; Perdone, creo que se equivoca, me está dando de menos. No, dice seria. El cambio está a 1,31, ya-respondo yo-, pero es que resulta que cuando hice la reserva el cambio estaba a 1,37. Coge el papel, lo mira, lo remira y me dice, que eso fue hace dos días y que hoy está a 1,31. Vuelvo a decirle que sí que vale, que de acuerdo. Pero que yo los reservé dos días antes y que tengo un papel firmado por ella y sellada por su caja, donde claramente pone que el cambio está a 1,37. Prosigo-siempre con respeto y buena letra-, que yo los reserve a ese precio, y que si la entidad no contaba a diario con divisa extranjera para satisfacer la demanda de los clientes de una ciudad de tamaño medio no es problema mío. Ella me mira cómo se mira a un loco. Mientras yo sigo con mi perorata-pensando al ver su expresión-, que una de dos, o no me está entendiendo o no me está haciendo ni puñetero caso. Cuando acabo con mi elocución me quita el papel de las manos, se levanta y se dirige hacía una pecera gigante donde un hombre trajeado y de pelo engominado habla por teléfono sentado en un sillón de cuero- Cruzan unas palabras, y al momento el tipo del traje me mira con desprecio desde su pecera. Sale la “encargada de los dólares”, y me da el dinero que me corresponde, a 1,37 dólares el euro.

            Mientras cuenta los dólares me va diciendo: pues la próxima vez, para que no pase esto, lo que tienes que hacer es irte a la central del Banco de España de Madrid. Contesto que sí, que eso sería súper guay del Paraguay, y que si mi prima segunda por parte de madre tuviese ruedas sería una bicicleta y que eso además seria gracioso que te rilas, pero que la vida es súper injustísima de la muerto con el hombre de a pie-apostillo con la saliva escurriéndome por el colmillo-.

             Lo cierto es que me quede con ganas de seguir con mi relato. Y decirla, que si pago un tanto por ciento anualmente o semestralmente para llevar un trozo de plástico con su logotipo en la cartera, y que si actualizo mi cartilla y saco mi dinero en el cajero es para que ella no tenga que moverse de la silla donde reposa sus posaderas, y para que cuando necesite que me cambie un maldito puñado de dólares no me toque la bisectriz. Aunque finalmente renuncio a ello, pues supongo que a ella esto, le importa un testículo de palmípedo.

            Mientras recojo mis ansiados dólares, me dice- para rematar el asunto-, que su superior no puede saber los dólares que debe pedir cada día. Ahora sí, ahora me saltó la válvula, y mientras me pongo en pie- y siempre desde el respeto-, la contesto que le diga a su superior que si es un tanto obtuso para desempeñar según qué tipo de actividad bancaria tal vez deberían sustituirlo por otra persona más capaz.

Yo no puedo decirle eso-interviene ella-. Ya-pongo media sonrisa-, ya sé que usted no puede decirle eso, pero yo sí que puedo. Y aquí estoy, pudiendo.

 

 

LA ENCARGADA DE LOS DÓLARES


            Me dirijo a la sucursal central de una caja de ahorros, situada en una céntrica plaza de la ciudad en donde vivo. Mi intención, algo de lo más normal en los tiempos que corren, cambiar euros por dólares americanos, algo cotidiano, suponía.

             El caso, es que entro en la sucursal y me dirijo a la caja donde un hombre de mediana edad  -de brillante calva y con las gafas a mitad de la nariz-, se afanaba en contar billetes de cien. Me acerco a la mesa hasta colocarme frente a él, éste, sin dejar de contar billetes me echa una mirada de soslayo por encima de las gafas, e inclina la barbilla preguntando que qué quiero.

             Hola-digo-, quería cambiar euros por dólares americanos. De repente se quita las gafas, cara de circunstancia, leve movimiento de cabeza. Vaya-pensé-, algo habré hecho mal para que al tipo le bloquee el circuito y parezca desconcertado. Tras unos inciertos momentos de incomodo silencio sale del trance y dice: Puffff, lo de los dólares lo lleva mi compañera, ahora vendrá, que ha tenido que salir un momento. Está a tomar el café-pensé-, ya eche aquí la mañana. Tras un (indeterminado) tiempo mirando las vitrinas donde se muestran los últimos libros editados por la obra social de la caja de ahorros en cuestión, veo como aparece la “encargada de los dólares”.

             Me acerco a su mesa, mientras tanto ella se está pegando con el teclado del ordenador. Es de mayor edad que su compañero, debe de estar cerca de la edad de jubilarse. No tiene prisa en hacer su trabajo- se le nota-, me mira como inquiriéndome que hable. Quiero dólares-abrevio-, ¿los has encargado?-me contesta. Pues no- respondo sorprendido-, son dólares y esto es la central de una caja, se supone que deberían tener una divisa tan importante, esto no es un quiosco donde encargas el siguiente entrega de “Yo, Claudio”. No contesta. Pues, entonces quiero encargarlos-prosigo-.

              Encargo la cantidad de dinero que necesito, ella me hace el cambio y firmo el papel dando mi consentimiento y aceptando el compromiso. Vuelva dentro de una par de días me dice, porque si te doy lo que tengo en caja ahora me quedo sin dólares. Salgo de la sucursal maldiciendo mi mala suerte por lo bajo, y pensando que menos mal que solo quería dólares americanos, si llego a necesitar Leks albaneses, me toca pedir permiso a la casa de la moneda.

             Dos días después: vuelvo a cruzar el recibidor de la dicha entidad bancaria- lo hago más temprano que el anterior día, por lo de evitar la hora del café-, me acerco de nuevo a la caja. El hombre calvo sigue contando de forma automática billetes de cien, al fondo vislumbro a la “encargada de los dólares”, vestía un traje imposible, de un color indeterminado, creo habérselo visto a la reina madre de Inglaterra en algún momento de su vida. Me acerco a ella, y la digo, vengo a por mis dólares. ¿Los has encargado?, -me mira inquisitorialmente-, si, hace dos días respondo al borde de mi paciencia. Se pone a pelearse con el ordenador, le acerco la hoja en la que se fijó el intercambio económico, no la mira. Pasan unos segundos, me pregunta de nuevo que cuantos dólares quiero, se lo repito y acto seguido me da una conversión inferior a la que me había presupuestado dos días antes.

            Me incorporo un poco en la silla, y le digo con paciencia y educación; Perdone, creo que se equivoca, me está dando de menos. No, dice seria. El cambio está a 1,31, ya-respondo yo-, pero es que resulta que cuando hice la reserva el cambio estaba a 1,37. Coge el papel, lo mira, lo remira y me dice, que eso fue hace dos días y que hoy está a 1,31. Vuelvo a decirle que sí que vale, que de acuerdo. Pero que yo los reservé dos días antes y que tengo un papel firmado por ella y sellada por su caja, donde claramente pone que el cambio está a 1,37. Prosigo-siempre con respeto y buena letra-, que yo los reserve a ese precio, y que si la entidad no contaba a diario con divisa extranjera para satisfacer la demanda de los clientes de una ciudad de tamaño medio no es problema mío. Ella me mira cómo se mira a un loco. Mientras yo sigo con mi perorata-pensando al ver su expresión-, que una de dos, o no me está entendiendo o no me está haciendo ni puñetero caso. Cuando acabo con mi elocución me quita el papel de las manos, se levanta y se dirige hacía una pecera gigante donde un hombre trajeado y de pelo engominado habla por teléfono sentado en un sillón de cuero- Cruzan unas palabras, y al momento el tipo del traje me mira con desprecio desde su pecera. Sale la “encargada de los dólares”, y me da el dinero que me corresponde, a 1,37 dólares el euro.

           Mientras cuenta los dólares me va diciendo: pues la próxima vez, para que no pase esto, lo que tienes que hacer es irte a la central del Banco de España de Madrid. Contesto que sí, que eso sería súper guay del Paraguay, y que si mi prima segunda por parte de madre tuviese ruedas sería una bicicleta y que eso además seria gracioso que te rilas, pero que la vida es súper injustísima de la muerto con el hombre de a pie-apostillo con la saliva escurriéndome por el colmillo-.

         Lo cierto es que me quede con ganas de seguir con mi relato. Y decirla, que si pago un tanto por ciento anualmente o semestralmente para llevar un trozo de plástico con su logotipo en la cartera, y que si actualizo mi cartilla y saco mi dinero en el cajero es para que ella no tenga que moverse de la silla donde reposa sus posaderas, y para que cuando necesite que me cambie un maldito puñado de dólares no me toque la bisectriz. Aunque finalmente renuncio a ello, pues supongo que a ella esto, le importa un testículo de palmípedo.

         Mientras recojo mis ansiados dólares, me dice- para rematar el asunto-, que su superior no puede saber los dólares que debe pedir cada día. Ahora sí, ahora me saltó la válvula, y mientras me pongo en pie- y siempre desde el respeto-, la contesto que le diga a su superior que si es un tanto obtuso para desempeñar según qué tipo de actividad bancaria tal vez deberían sustituirlo por otra persona más capaz.

Yo no puedo decirle eso-interviene ella-. Ya-pongo media sonrisa-, ya sé que usted no puede decirle eso, pero yo sí que puedo. Y aquí estoy, pudiendo.

 

 

miércoles, 10 de marzo de 2010

LISBOA




            Aún hoy recuerdo con anhelo y nocturnidad los olores de sus calles, de sus bacalaos colgados en los techos de las tiendas, bacalaos estucados con una salazón que te asalta las vías respiratorias, mostrándote, con un simple olor, una de las partes más importantes de su cultura: su gastronomía. Olor al que se debe añadir el sabor de sus típicas sopas, las cuales añoro cada vez que me siento a la mesa.

            Nunca podré olvidar, las gotas de color escarlata dejadas por el vinho do Porto, marcándose a fuego al trasluz de una copa, mientras las llamas de unas velas cercanas crepitaban, prestando su tenue iluminación a la cantina que albergaba el sonido profundo de los fados, mientras las guitarras de doce cuerdas, vibran a la sombra de la colina de Alfama. Me vienen a la memoria sus tiendas de ultramarinos, con latas de conservas amontonadas, unas encima de otras, conservas, que parecen de otro siglo. Esas pastelerías que te asaltan en cada esquina, mostrando sus especialidades, o las tiendas de todo un poco, donde los olores de las especias colocadas en hilera,  te trasladan con sus recios y vigorosos olores y colores a cualquier zoco de África u Oriente. Recuerdo esa ciudad que aún es capaz de conservar un alegre toque bohemio, al cual, se une  un sentimiento de ciudad cosmopolita, aunque si permiten mi modesta opinión, en esta ciudad ambos adjetivos se simultanean y  solapan en numerosas ocasiones.

            Recuerdo el crujir de los suelos de las librerías de viejo, como si fuera un antiguo velero a punto de zarpar hacía cualquiera de las numerosas aventuras, que esos ajados libros esconden en su interior, algunos de ellos se han convertido con el paso del tiempo en verdaderas antigüedades, que abarrotan las estanterías de madera de estas tiendas de ilusión,  las cuales, aparecen difuminadas, salpicando  con su cultura toda la ciudad. Ciudad, que resulta un tanto desordenada a simple vista, pero que al poco de encontrarte en ella, aprendes a interpretar, como si hubieses crecido allí, en esas calles abarrotadas de gente, de todos los países, razas y pensamientos, que sin embargo se acoplan de forma elemental donde nadie parece extraño, donde nadie llama la atención, salvo algún iluminado que avisa de la llegada del fin del mundo voz en grito.

            No puedo olvidar la sensación de libertad, que se siente al cruzar el gran cauce del río Tejo subido en uno de esos viejos transbordadores, dejando atrás la ciudad recortada sobre el azul del agua y el cielo, destacando al fondo la cúpula neoclásica de su Panteón Nacional, todo esto, acompañado por el seco carraspeo del motor del barco. Desde él, observar esa ciudad que ha sabido mantenerse al margen de las evoluciones urbanicídas de otras capitales o ciudades Europeas, ciudades que han perdido su esencia, haciendo así mismo, que sus ciudadanos hayan perdido su verdadera   personalidad. Algo que Lisboa ha sabido  respetar, consiguiendo salvar a sus marineros, a sus mujeres de vestidos negros e ideas de otras épocas, que miran con extrañeza a los turistas que pasan por delante de sus casas, pero que no dudan en ofrecerte su ayuda y mostrarse incluso su morada si te muestras amable e interesado en su historia- lo sé de buena tinta-. Han sabido conservar sus viejas bodegas de vinos, donde seguro, algunos de ellos temblaron sísmicamente durante el terrible terremoto de 1755.

              Incluso la ciudad, ha sabido respetar su historia, sus iglesias desquebrajadas y hundidas por ese terremoto y el posterior maremoto que produjo más víctimas que el temblor terrestre y del que muchos se olvidan. Los lisboetas, han rendido homenaje a sus antepasados, sean colonos o colonialistas, se puede ver  el monumento a su héroe nacional, Enrique “el navegante”, y si sigues investigando puedes darte de bruces con la plaza de la concordia, dedicada a todos los esclavos que sufrieron el ansia colonialista de los lusos, plaza, colocada exactamente en el misma lugar, donde antiguamente subastaban al mejor postor los esclavos negros de las colonias africanas, que se traían encadenados por el cuello y los tobillos desde el río, atormentados, sometidos y despreciados. Por suerte hoy todo ha cambiado, y ahora sus  sucesores se juntan allí para charlar o jugar al ajedrez ataviados muchos con las ropas típicas de su tierra.

               Nunca podré olvidar sus adoquinadas calles de piedras blancas y negras, que en algunos momentos se ponían complicadas de transitar, sobre todo los días de lluvia. Esas cuestas que te separan de todos los sitios imaginables, pero que subías con ansia, pues al llegar arriba, siempre te encuentras con algo nuevo, algo, que el día anterior no estaba allí. Las noches en O Bairro Alto con su música en directo y sus combinados de procedencia brasileña. Sus miradores escondidos de mirones indiscretos, que al caer la noche te abrazan con una candidez que solo se puede asimilar al olor febril de una amante, la cual te abraza tras una larga noche, temerosa de que vayas a marcharte para siempre, esa misma candidez que se apodera de toda la ciudad cuando comienza a anochecer sobre ella, con esos tonos de tintes rojizos, que se refleja a la vez en las grandes torres de cristal de la zona de Campo Ourique y en las construcciones de ladrillo y mampostería ocres de la vieja Moureria, mezclándose en una inimaginable amalgama de colores, que se asentaron en mis retinas para quedarse allí durante el resto de mi vida, asaltándome la memoria cuando menos me lo espero, sumergiéndome en una grave y profusa melancolía.

            También, por supuesto, como todas las ciudades tienes sus cosas malas, pero si me lo permiten estas las vamos a dejar para otro día.

 

 

miércoles, 3 de marzo de 2010

THE BLOODY SUNDAY




Cuando Michael McDaid salió de su casa aquella soleada tarde de invierno en la ciudad norirlandesa de Derry, aquel domingo 30 de enero de 1972, nada le hacía pensar lo que le esperaba. Había quedado con sus amigos en el centro de su barrio, el de Bogside, para asistir a la manifestación pacífica que se disponía a salir del centro del barrio católico de Derry.
El colectivo católico norirlandes estaba harto de la cantidad de atropellos que sufrían por parte del gobierno de Irlanda del Norte y de Gran Bretaña, sobretodo después de que estos aprobaran la ley llamada Intemmeat, la cual permitía la detención y arresto sin juicio previo de todas aquellas personas sospechosas de colaborar con el grupo terrorista del I.R.A, la medida había dado con los huesos de más de cien personas en las cárceles en tan solo unos días, la mayoría de acusados en esta caza de brujas evidentemente no tenía nada que ver con el grupo armado.
Cuando Michael McDaid acudió a la cita con sus colegas ya había miles de personas en el lugar de partida de la manifestación- más de 15.000 dirán más tarde las crónicas-. Desde hace varios días el barrio católico, conocido como Free Derry estaba rodeado por barricadas y el gobierno norirlandes había prohibido cualquier tipo de manifestación dentro del barrio, para conseguir un levantamiento del veto durante unas horas, los organizadores habían pedido al I.R.A provisional que abandonará su actividad violenta durante ese día, para que todos-violentos y pacíficos-, pudieran asistir esa tarde a la multitudinaria protesta contra la sin razón británica y norirlandesa.
El primer contratiempo apareció a la vez que McDaid y sus amigos se entremezclaban con el grupo de la plaza, las autoridades habían prohibido tajantemente que la procesión abandonara las fronteras de barrio, por lo cual no podrían llegar hasta la puerta del ayuntamiento de la ciudad, para presentar al alcalde sus quejas, por lo que con la manifestación ya en marcha, decidieron que el mejor lugar para terminar y llevar a cabo su peticiones seria el Free Derry Corner, plaza donde se podía y se puede leer sobre una gran pared con grandes letras negras sobre fondo blanco, You are now entering free Derry ( Estás entrando en Derry libre). No fue ese el único contratiempo, sino que las famosas barricadas que separaban el barrio católico del resto de la ciudad estaban atestadas de militares, e incluso, el gobierno británico había mandado al cuerpo de élite más fulminante de su gobierno, los paracaidistas del ejercito inglés.
Cuando el grueso de la concentración se paró en la plaza de Free Derry corner para llevar a cabo algún tipo de acto de manifiesto, la lectura de un comunicado o simplemente con la idea de permanecer allí para hacer ver al gobierno británico que no pensaban dejarse pisotear. En ese momento un grupo se separo del grueso de los manifestantes, Michael McDaid se unió a ellos alejándose de sus amigos, en un momento este grupo se encontraba delante de una de las barricadas donde se asentaban los militares, increpándolos y lanzándoles piedras de forma inmediata, en ese momento lo que empezó como una tarde pacífica comenzaba a teñirse de sangre.
Unos minutos después de los primeros lanzamientos de piedras e insultos los militares británicos comenzaron a soltar culatazos a los manifestantes y a golpear a la gente que les increpaba, muchos de ellos comenzaron a correr, pues se esperaba que comenzara una batalla campal entre el grupo de exaltados y los miembros del ejercito, acto seguido se comenzaron a oír disparos, pero no eran disparos al aire, sino que los militares estaban disparando a la multitud.
Michael McDaid, al oír el primer disparo puso pies en polvorosa y volvió a retomar como alma que lleva el diablo la avenida que acababa de recorrer, pero esta vez en dirección opuesta, intentando volver a Free Derry corner. Junto a él corría mucha más gente, a la mayoría de ellos no los había visto en su vida. Uno de las personas que corrían a su lado era Gerald McKinney, este, en un momento dado se giro, como si hubiera visto a alguien conocido, en ese momento, recibió un disparo en el pecho, McDaid, siguió corriendo incluso más rápido, un poco más allá, vio como otro joven había recibido un disparo en las piernas, lo cual le había hecho caer al suelo-era James Wray-, que no podía mover las piernas, segundos después, mientras el tullido pedía ayuda, un militar se le acerco y le descerrajo tres tiros a bocajarro en el pecho y la cabeza, dejándolo listo de papeles en el acto. McDaid viendo esto se aterró, corría chillando intentando ocultarse, en un momento pensó que tal vez si llegaba a la siguiente intersección de calles podría dar esquinazo a sus perseguidores, y se lanzó en su busca como si le fuera la vida en ello-aunque tal vez le fuera-.
Cuando se encontraba cerca de su objetivo, notó como un fuerte latigazo le golpeaba la cara, sin hacer caso siguió corriendo hasta que se dio cuenta que de repente sangraba mucho, segundos después se desvaneció, cayó fulminado. La bala disparada desde las murallas de la ciudad le había entrado por la mejilla izquierda saliendole por la parte superior derecha de la espalda, Michael McDaid, tenía veinte años. El recuento final dio un total de trece muertos-seis de ellos solo contaban con diecisiete años-, unos meses después moriría el numero catorce debido a las heridas sufridas ese Domingo Sangriento.
Evidentemente el asunto no quedo así, al día siguiente la embajada británica en Belfast ardía como una tea, muchas empresas inglesas de todo el mundo sufrieron asaltos y amenazas, los días anteriores y posteriores al entierro-al cual asistieron más de 20.000 personas-, las bombas del I.R.A sembraban de pánico y horror Belfast y todos sus alrededores.
El asunto hizo que la por entonces conocida como I.R.A provisional, que era una banda pobre y débil se volviera sangrienta y fuerte, pues un número ingente de católicos de irlanda habían entrado a reforzar sus filas y a colaborar con ella, para luchar contra la discriminación institucional y los asesinatos de los católicos de Derry y de toda Irlanda del Norte.
Incluso la diputada independiente Bernadette Devlin que se encontraba presente en la manifestación, increpó y abofeteo al ministro de interior británico diciéndole “Ayer me disparó su ejercito. Hipócrita asesino”. El primer ministro británico viendo el cariz que tomaban los acontecimientos, mandó realizar una investigación que demostrara que el ejercito inglés había actuado en defensa propia, defendiéndose de los disparos de los manifestantes. Después de varios meses de investigación, lo único que pudo demostrar esta, fue que ninguno de los manifestantes portaba armas la tarde del fatídico domingo, pero sin embargo si pudieron demostrar que la mayor parte de los muertos fueron disparados por la espalda mientras huían.