miércoles, 31 de marzo de 2010

MALOS POR NATURALEZA


Durante los últimos años he paseado por los lugares donde se han producido las masacres más recientes de occidente, solo me falta el teatro de Dubrovka y el interior de las lineas del metro de Moscú, la cual sufrió recientemente una matanza de civiles, llevada a manos según parece, por las viudas negras del islamismo checheno, tal vez en alguno de mis próximos viajes tenga la oportunidad de visitar esos lugares.
Muchos dirán que eso es morbo, supongo que algo tiene que ver el morbo con lo que nos rodea-con todo, no solo con lo malo-, a mi, visitar estos lugares, sinceramente me sirve para mucho más, tengo la necesidad de saber, de conocer, me pica la curiosidad y además, el estar en esos lugares tiempo después, me sirve para darme cuentas de muchas cosas, cosas que hasta el momento de estar allí no entendía o no conseguía asimilar-. Es la idea clásica: hasta que no estas allí delante, no puedes ponerte totalmente en el pellejo del que perdió el suyo, y no eres capaz de asimilar el caos que se vivió en el momento de la masacre-por lo menos a mi me ocurre así-, es entonces, cuando te das cuenta de que te encuentras aturdido, ahogando un grito en tu garganta y masticando una maldición entre tus propios dientes.
Por ejemplo, cuando hace unos años paseaba alrededor de la estación de metro de King Cross en Londres, me asaltaron a la mente las imágenes de aquel 7 de julio, algunas de las cuales aún hoy guardo en los periódicos de ese día. Mientras paseaba por la cercana estación de St. Pancras, vi de nuevo sentada junto a una papelera con el logotipo del distrito de Candem, a una mujer con las manos llenas de sangre, sujetándose una toalla o una servilleta contra su cara-la cual supongo herida-, con dos agujeros a la altura de los ojos. Antes de esto había paseado numerosas veces por las estaciones madrileñas de Atocha y del Pozo del Tío Raimundo, preguntándome y en ocasiones atormentándome por lo que hubiera ocurrido si aquel maldito tren hubiera explotado en el interior de la estación, totalmente cubierta de cristal. Salgo pensando que esto habría convertido el centro de Madrid en una enorme guillotina para todo el que allí se encontraban, a la entrada de la estación, en la glorieta de Carlos V, veo a los bomberos y a la gente corriendo despavorida, huyendo de las bombas que sesgaron la vida y la ilusión de 192 personas.
El último paseo que he realizado en uno estos lugares, fue hace unos días, en la zona donde se levantaban las torres gemelas del World Trade Center de Nueva York. Paseaba junto a un amigo alrededor de la zona cero, era poco más de mediodía, el tiempo era bueno, soleado e invitaba al paseo y la conversación, estábamos junto al río Hudson, justo en la zona más cercana a Nueva Jersey, allí donde un pequeño muelle de madera se empotra entre los bajos de los rascacielos, en un momento dado mientras proseguíamos con nuestra marcha nos colocamos en frente de la avenida principal que llega directamente a la zona en obras de la zona cero, paseábamos en silencio, despacio, supongo que ambos teníamos en la mente los mismos pensamientos, las mismas imágenes, y me atrevería a decir que las mismas sensaciones.
De repente cuando nos encontrábamos en la mitad de la avenida, por la cual aquel 11 de septiembre de 2001 huía la gente sin rumbo, sin saber donde se dirija, cubierta de polvo blancuzco y espeso, justo después de que los dos grandes edificios se vinieran abajo. En ese instante mi mente veía venir de frente a los ejecutivos trajeados convertidos en blancas siluetas. Tenía a mi alrededor muchas terrazas de establecimientos, acto seguido, imagine que ese día a la hora del atentado estaría llena de gente desayunando, gente, que vería estrellarse los aviones en primera linea, y que poco después verían como las personas que quedaron en los pisos altos, viéndose desahuciadas abrían las ventanas de su despacho y se lanzaron al vació, incluso en un momento dado, me atormento la imagen del oficinista que sentado ante su ordenador, un segundo antes de su final, levanta la cabeza del teclado y ve como un avión va hacia el- Finalmente cuando nos acercábamos al punto exacto, vi la espesa nube de polvo y escombros que cubrió Manhattan y que seguramente se expandió hasta Nueva Jersey y Brooklyn-posiblemente más allá-, sembrando el pánico entre todos los neoyorquinos y ente todos los que seguíamos los acontecimientos por televisión en cualquier parte del mundo.
Tras una leve conversación y tras un largo tiempo de pensamientos, llegue a una conclusión clara y rotunda, dura de lo simple: el hombre es malo por naturaleza. Solo hay que fijarse un poco, cualquier guerra, cualquier vació de ley y de poder nos deja con el culo al aire y hace que se nos vea el plumero. En realidad-pensé-, la sociedad en la que vivimos, no es más que una reserva, un guetto, donde nos obligan a comportarnos de una forma establecida por un conjunto de leyes, creadas y dirigidas por un estamento, que también puede incumplirlas,-pues no son más que hombres-. Las leyes son claras de aplicación en la reserva donde vivimos, si robas, matas, violas o no respetas algunas de las leyes escritas, lo pagas con la cárcel o con tu vida-dependiendo del país donde vivas-, o así debería de ser, como en todo, la teoría y la practica no siempre coinciden. Es entonces cuando la mayoría de los habitantes de la sociedad, asustados, piensan que tal vez lo mejor sea hacer caso a esas leyes que te marcan el camino, a fin y al cabo, es simplemente un precio a pagar por vivir más o menos libre, dentro de una sociedad estable y equilibrada. Por supuesto, ya se que hay individuos que se pasan las leyes por el arco del triunfo y hacen de su capa un sayo, es entonces para lo que se crean los cuerpos de seguridad de los estados, pero eso es otro tema.
Pero todo cambia, a mi modo de ver, cuando estas leyes o los que las imparten desaparecen del panorama de la sociedad o de la reserva, es decir, hay una guerra, hay una desgracia tipo terremoto, una invasión o un atentado de grado descomunal, las reglas desaparecen, puedes hacer lo que te plazca pues nadie va a castigarte por ello, entonces el hombre se transforma, se convierte en un personaje odioso, que mata, saquea y viola, pues no pagara por ello, a los personajes locales, hay que añadir en muchos casos a los militares, que supuestamente van a ayudar y que campan a sus anchas y al que se les enfrente, o a los que se niegan a llevar a cabos sus deseos, se le liquida y santas pascuas- el que no se lo crea que vea las imágenes de Abu Ghaib, o simplemente que lea a Stefan Zweig-.
Al contemplar los atentados y todo lo que trajo consigo, antes y después, y lo que sigue viniendo y vendrá, sigo pensando, sin ningún genero de dudas, que el hombre es malo por naturaleza, todos sin excepción. Cualquiera puede convertirse en un verdugo, solo tienen que darle la oportunidad.

2 comentarios:

  1. je,je,je, y aun con todo tenemos mucha suerte de vivir en la época que vivimos. A mi particularmente se me ponen los pelos como escarpias solo de imaginar como sería la vida, no ya en el siglo XII (condenado a una vida de servidumbre, hambre, falta de libertad de todo y muerte asegurada antes de tiempo), sino ya bien entrado el XIX. A no ser que fueramos hijos de noble o industrial claaaro, pero se nos olvida que vivimos entre ALGODONES actualmente, con tantas comodidades y facilidades para todo. ¿Y la guerra de Irak? jajo-jajota, a mi me parece un calco de otra guerra ocurrida 100 años antes.. la que los EE.UU. nos declararon en 1898 con falaces argumentos para hacerse con Cuba y Filipinas, amén de Guam y Puerto Rico.

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  2. Pues si, realmente la afirmación de que el hombre es malo por naturaleza, se puede aplicar a cualquier momento de nuestra historia, sin duda.
    Lo que ocurre ahora, es que como bien dice, vivimos entre algodones y tal vez estos hechos nos parezcan más malvados que a una persona del siglo XVI o XIX (gentes del pueblo llano en todo caso), qUe bastante tenian con pensar en si ese día podrían comer o no.

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