miércoles, 28 de abril de 2010

CON EL MAZO DANDO




Como estudiante de arte y de historia, hay una cosa que suelo hacer a menudo. Visito distintas ciudades, de distintas comunidades y de distintos países, lo hago todo lo a menudo que puedo, y les aseguro, que si pudiera lo haría más a menudo, viajar da más cultura que un año en la facultad, además, cuando lo haces solo, sobretodo en otros países, te curte y te despierta del letargo en el que te sume la sociedad aborregada, por la que en más de una vez nos dejamos llevar. En cuanto a la cultura, pues, que quieren que les diga, ya se vera para que sirve en realidad, el tiempo lo pone todo en su lugar. De momento, creo, que solo sirve para llenar hojas de papel con tus pensamientos e ideas, que tal vez nadie lea nunca y que se pudrirán en el cajón del escritorio donde duermen a diario.

Otra cosa para la que sirve la cultura, es para no gritar cuando se cae el avión, o cuando se hunde el barco. Pero, en el caso que me encontraba cuando ocurrió lo que estoy contando, la cultura sirvió para tranquilizarme, para no irme al obispado de cierta zona y montar una pajarraca delante de según que autoridad eclesiástica, que ríase usted de la que se armó en Puertourraco.

Bueno, antes de que empiecen a llamarme radical, o demócrata, como me llamo cierto señor en una cafetería de Valladolid hace ya unos años, pensando que ese era el peor insulto que podía espetarme a la cara, voy a explicarme. Estaba en la extremeña ciudad de Trujillo, vaya por delante, que la ciudad es una maravilla, arquitectónica e histórica, no dejen de visitarla si tienen la oportunidad, ya saben, que lo cortes no quita lo valiente.

El caso es, que como ya ocurre en muchas catedrales de España, hay que pagar una cuantiá- a veces elevada-, para poder acceder al templo en cuestión, en otros casos, hay que pagar por acceder al templo y volver a pagar de nuevo para poder ver su capilla principal, vamos, la que guarda el interés principal, el que ha echo que te acerques allí, si quieren un ejemplo de esto, pásense por la catedral de Granada y por la capilla donde se encuentran enterrados los reyes católicos, y verán como tienen que sacar la cartera por dos veces para llegar allí.

El caso, es que yo, como estudiante de historia del arte, normalmente no tendría que pagar por acceder a iglesias, museos, colecciones o fundaciones. No, no crean que es un chollo, en el pecado llevo la penitencia. El caso, es que suelo acceder gratis o casi, hasta que llegue a Trujillo, al entrar en la primera iglesia que me encontré frente a mi, nos pidieron el dinero, desechando mis carnets de estudiante e historiador. Cierto es, que la mujer que se encontraba dentro de la garita acristalada, demostró tener un tanto de vergüenza torera, y decidió no cobrar la entrada del que le mostraba el carnet de historiador. Aunque nos advirtió, que lo hacía a nivel personal y que dudaba mucho de que sus compañeros hicieran lo mismo.

Tras un buen rato visitando distintas partes de la ciudad, volvimos a ver otra iglesia, en este caso se trataba de Santa María la Mayor, a la entrada una chica joven, a esta, como bien nos había avisado la mujer, no le salió la vergüenza torera de donde tuviera que salirle, y parapetándose tras la frase : “son ordenes”, y “los únicos que no pagan son los niños”, normal-pensé-, no creo que a un niño de 3 años le interese mucho los cuadros de estilo flamenco del S. XVI, tampoco pagaran las mujeres embarazadas de más de seis meses-supuse-, me hizo sacar la cartera, el precio no era excesivo, pero si lo era la cabezonería del obispado, que es el que ha dado esas ordenes a la chica. Tras visitar la iglesia, que si me permiten, no era la catedral de Burgos, nos dirigimos a una fundación cercana, la fundación era de un Historiador del Arte, y curiosidades de la vida, la entrada es gratuita, y no solo eso, hay que firmar a la entrada, para que la junta no les quite las ayudas, lo que haría que tuvieran que cerrar sus puertas.


Pero mi mala baba no había llegado a su fin, cuando estaba en la cripta de la fundación observando unas fotos, tuve que recoger del suelo una de las entradas de la anterior iglesia, que había ido a parar bajo las escaleras de madera. Cual fue mi sorpresa, al ver que la parte de atrás de la entrada también estaba serigrafiada. Debió de cambiar mi cara, cuando vi lo que rezaba en el sello, tras la entrada, no era ni más ni menos, que la publicidad de un mesón de la plaza mayor de la localidad, el más famoso, me confirmo unos minutos después el portero de la fundación.

Muy bien, dije, asique, Patrimonio artístico restaura la maldita iglesia, y yo y otros tantos, los cuales nos encontramos dentro del gremio del arte y el patrimonio, nos toca pagar por entrar en un lugar en el que no deberíamos pagar nadie, pues, cuando Patrimonio restaura algo, lo hace con el dinero de todos, no lo hace con el de la iglesia. Pues, no solo contentos con cobrarnos la entrada, con la escusa que es para arreglar iglesia, un falsa realidad, pues repito que esa restauración la pagamos entre todos. Sino, que el obispado ni siquiera se gasta un duro en el papel de la entradas, ya que las paga el famoso mesón, del que me imagino su dueño sea amigo o posadero de según que obispo o arzobispo, o vaya usted a saber de quien.

Ya ven, esta es la vieja y perra España, cada día estoy más seguro, que la cultura en este país solo sirve para no estar ciscándose en la familia de según que individuos a diario, pues hay cosas en este país, que claman al cielo. Y nunca mejor dicho.

miércoles, 21 de abril de 2010

EL SÍNDROME AIDO

Hace unos días, me encontraba tranquilamente esperando la partida de mi autobús, la tarde, no tenía nada de extraño, era una como otra cualquiera, una de esas tantas veces en las que se espera la salida de un medio de trasporte, supongo que este tiempo de espera – a veces más de lo que se debería-, es tiempo perdido, en estaciones de autobús, ferrocarril y aeropuertos, es el peaje que se ha de pagar para poder moverse y viajar por cualquier parte del mundo.

El caso, es que me encontraba de pie, junto a mi maleta, rodeado de gente de todos los tipos y edades en una pequeña estación de autobuses de una capital media. De repente, apareció en escena un tipo alto y escuálido, de hirsuto pelo negro, zaino y despeinado y con el cabello sucio. Portaba unos pantalones vaqueros, descoloridos, los cuales le quedaban cortos, dejando ver unos calcetines blancos y unas zapatillas también blancas, una de ellas rota en la parte delantera. Aunque hacía buen tiempo, y el primer sol de la primavera invitaba a enseñar brazo y quitarse los jerséis, el llevaba una parca, espesa, que me pareció que en algún momento de su vida fue blanca, pero que en ese momento era una mezcla de ocre blanquecino, mezclado con otros colores menos atrayentes a la vista. Por si fuera poco, cuando la gente pasaba a su lado, el individuo gruñía maldiciones por lo bajo, demostrando una mala catadura y peor jaez. Lo cierto es que su forma de comportarse, hacía, que todo el que pasaba a su vera le miraba un tanto sorprendido, todos los que hacían este automático gesto, pensaban después, que si el carácter demostrado por el tipo, se bebía a que se trataba de un genio desaliñado, un perturbado trastornado, o simplemente un loco de manual.

Tras permanecer un largo rato parado en el mismo sitio, de repente, comenzó a moverse, se dirigía hacía el final de las dársenas, más o menos por donde yo me encontraba, pero cuando se situaba más o menos a la mitad del camino, se paro en seco, miro a su alrededor esbozando una sonrisa, que creo haber visto anteriormente en alguna película de serie B, y levantando la cabeza grito al viento, con todo la fuerza y poderío-que dicen de las folclóricas-, que le permitieron sus pulmones y cuerdas bocales: “Viva España y los españoles y las españolas, somos los mejores y las mejoras”. Así, tal cual, cito textualmente, no me he inventado ni una sola coma, se lo juro por mi colección de Mortadelos.

Cuando unos minutos después subí a mi autocar, y mientras buscaba mi sitio para acomodarme antes de comenzar el viaje, pensé, seriamente, si tal uso de la lengua de Cervantes realizado por aquel individuo, se debía a que era autodidacta y pensaba por su cuenta como se podría evolucionar o hundir su lenguaje-según como se mire-, o si tal vez, había oído las declaraciones sobre el tema referente al uso del genero y la genera, que ya hace unos meses realizo la ministra y ministro de igualdad e igualdod, Bibiana Aido. Ya saben, lo de los miembros y las miembras.

Me imagine acto seguido -he de reconocer que tengo mucha imaginación en según que casos-, a la ministra barra ministro de igualdad barra igualdod aplaudiendo al individuo barra individua, increpador de transeúntes equipados con maletas y culpable del sentimiento de intranquilidad y miedo que mostraban los niños y las niñas, y los barras las viejos barra viejas, que allí se encontraban, Pensé acto seguido, que la Bibi, cogería a ese hombre y se lo llevaría así, tal cual, al congreso de los diputados, para mostrar como se debe usar el lenguaje, tras mostrarlo al alto numero de diputados semi analfabetos y analfabetos completos-incluidos e incluidos ex-ministros y ex-ministras de cultura y culturo seguiría el paseo por las demás cámaras de representantes.

Acto seguido-sigo con mi imaginación-, lo llevaría a la Real Academia de la Legua, donde esos tradicionales de libro y pluma-estilográfica-, se apoltronan en sus sillones tocados por letras mayúsculas y minúsculas y que van-siempre según la ministra-, a la cola de la sociedad, y poniendo zancadillas a las personas y personos como ella que quieren hacer del lenguaje castellano una punta de lanza donde todo el que tenga alguna idioted cerebral que aportar al lenguaje, lo haga.

Este tipo de gente-sobretodo los que ocupan un cargo público-, me recalienta el espejuelo y me hace saltar la válvula. Miren a su alrededor, fíjense en todas esas personas, individuos, personajillos y cabestros, que solo por que saben usar-más o menos-, un lenguaje, creen que tienen la capacidad y la libertad de cambiarlo, usando las palabras a su libre albedrío. Hay muchos ejemplos, pero hay tres que me trepanan las entrañas especialmente. Uno de ellos, tal vez el más grave, sea, el de denominar a nuestros mayores como tercera edad, haciendo un claro paralelismo con la denominación de tercer mundo-otra muestra de lo grotesco de la manipulación del lenguaje-, quitándoles, a esas personas la oportunidad y el orgullo de que se les pueda llamar mayores o viejos, como si ese adjetivo fuera un insulto, cuando debería ser un alago-ojala todos llegáramos a viejos-.

Las otras dos, son si quieren más relamidas, más políticamente correctas para los tiempos que corren, más empalagosas en según que buces, como la aplicación del termino “personas de color”, para referirse a la raza negra, cuando a ellos les sienta peor esta discriminación lingüística- por lo menos a los que yo conozco-, pues a mi tampoco, me molesta cuando me llaman blanquito. O la de perder la frescura del lenguaje castizo, al referirse a las lumis o prostitutas de toda la vida, dándoles el apelativo de señoritas de compañía o de cenicientas de saldo y esquina-esta última por lo menos es un tanto poética-.

El caso es que según va el paso y según caza la perra-que dicen en mi tierra-, en un futuro, nos marcaran la evolución del lenguaje los politicuchos y politicuchas, los mismos, que cuando abren la boca no saben si matan o espantan, y los mismos-tanto los de ahora como los de antes-, que han hecho que la educación y la cultura de este país sea escasa y cara. Poniendo, además, un peaje generacional a nivel ideomatico, entre los jóvenes españoles y el resto de jóvenes europeos. Peaje, que ahora quieren arreglar con ese desproposito llamado Plan Bolonia, pero esto, lo dejaremos para otro día, que hoy ya esta bien de palos.

miércoles, 14 de abril de 2010

EL SAMAÍN ESTADOUNIDENSE


            ¿En cuantas películas, series o documentales grabados en los Estados Unidos hemos visto las famosas calabazas de Halloween? Ya saben, esas calabazas naranjas, vaciadas por dentro y con muecas tétricas en su frente. Cuando las vemos, todos pensamos que esta tradición de calabazas, dulces y sustos es típicamente yankee, pero al igual que ocurre con tantas otras cosas que damos por sentadas, no hay nada más lejos de la realidad.

            El número de elementos intercambiados entre América y Europa, durante los primeros viajes de ida y vuelta fueron ingentes, entre ellos, se mezclaron comidas, elementos culturales, creencias religiosas y costumbres varias. Una de estas costumbres culturales que se intercambiaron por medio de los viajes en barcos entre ambos continentes, fue esta tradición de las calabazas. Además, como por todos es sabido, una de las grandes aportaciones a América vino dada por el pueblo celta, sobretodo de la zona irlandesa, pero sin dejar atrás a muchas personas de nuestra cercana Galicia, asentándose en tierras americanas con un gran peso, peso que se aprecia hoy en día -solo hay que fijarse en el día de San Patricio (santo de origen irlandés), que es la mayor festividad de la ciudad de Nueva York-.

            Para llegar al núcleo de esta tradición celta, hay que irse un poco atrás en el tiempo, más o menos, unos 3000 años de nuestra historia, cuando el pueblo bárbaro y conquistador celta se extendía por toda Europa. Pueden hacerse una idea del asunto en cuestión, ya saben, un pueblo conquistador, fuerte y raudo, que pasa a rodillo y a cuchillo a todos los que se pongan delante intentando poner freno a sus ambiciones. Como todas las culturas, la celta también llevaba a cabo unas jornadas de celebración o digamos, una jornada de acción de gracias a su dios, dioses, o a quien sea por sus triunfos o por lo que venga a cuento. Ya saben, cada uno con sus cosas, ahora no quiero meterme en camisas de once varas, ni en trabajos antropológicos, pues lo que me interesa aclarar es otra cosa más simple.

           El caso, es que el pueblo celta, celebraba una de sus fiestas más importantes el último día del mes de octubre, esta fiesta, era considerada por ellos como el año nuevo celta, fecha que curiosamente coincide con la fiesta cristiana de la noche de los difuntos, como ven, de nuevo la religión se apropia de una fiesta pagana para usarla en su provecho y allanarse el terreno para conseguir la aceptación de su nueva religión, por parte de un pueblo analfabeto y necesario de creencia a pies puntillas.

          El caso, es que esa noche, la del 31 de octubre, en todas las casas celtas era costumbre colocar un elemento muy parecido a las calabazas americanas en sus puertas, como evidentemente hace 3000 años en la vieja Europa no se conocían las calabazas, el elemento elegido por estas familias, era la de las calaveras de sus enemigos, vencidos durante el año. Un tanto tétrico, tal vez, pero más que tétrico, para ellos, era un elemento y una costumbre beneficiosas para su pueblo y sus pobladores, pues, con la exposición de las calaveras de sus enemigos, pretendían espantar a los malos espíritus de sus aldeas.

         Cuando años después, el pueblo celta, dejo de ser un pueblo bárbaro, para convertirse en un pueblo asentado, de costumbres fijas y cultura abierta -como hoy más se les conoce y recuerda-, dejaron a un lado la costumbre de colocar ante sus puertas las calaveras de sus enemigos, para colocar una especie de nabos gigantes, que se cultivaban especialmente para ello, a estos tubérculos de grandes dimensiones, se les ahuecaba, se les calaban los ojos y boca y se les colocaba dentro un facho encendido.

         Como ven, en esta época avanzada del pueblo celta, la tradición ya se parecía mucho a lo que ahora vemos en las películas de América del Norte, pero, no acaban aquí la similitudes, pues ya saben, que una de los elementos más importantes del Halloween, es que los niños recojan dulces durante la tarde y coman después de ellos junto a su familia. Pues bien, esto también proviene del Samaín celta-noche en la que la puerta entre el mundo de vivos y muertos desaparece y las almas de los muertos volvían a visitar los lugares terrenales-, pues los antiguos pueblos celtas, se juntaban esa noche de fin de año para degustar dulces. Y hoy en día, no es raro ver en los pueblos irlandeses y en muchos gallegos, a las personas que los habitan degustando distintos dulces realizados con calabaza o cabello de ángel.

         Como ven, el pueblo celta fue y es muy importante a nivel cultural y tradicional, además, aunque en nuestro subconsciente pensemos que ciertas tradiciones de un país en concreto pertenecen a su cultura desde el principio de los tiempos, manejando ciertas informaciones, nos damos cuenta que no lo son tanto, por lo que es importante saber de donde vienen las cosas que celebramos o que realizamos en ocasiones especiales. Pues, en la mayoría de los casos nos llevaríamos una gran y grata sorpresa.

miércoles, 7 de abril de 2010

UNA FOTO ACUSADORA

Como ya se habrán dado cuenta si siguen a menudo esta página, me gusta contar historias de personajes que en algún momento dado de la historia tuvieron un papel importante y que por unas cosas o por otras han pasado de puntillas o de forma olvidada a nuestros días, ya saben, esa otra historia que no vienen en los libros de texto, y que no se explican en charlas ni aulas, porque algunos talibanes de la educación los consideran políticamente incorrectos o simplemente porque ciertos individuos no tienen inquietudes que les lleve a investigar más allá de los libros de texto, otras veces han malversado su memoria o simplemente los han omitido, ya conocen a alguno de estos amigos: Alejandro Malaspina, José Bustamante, Antoni Riquer, Harald Jäger, Robert Jenkins o Vasco Blas de Lezo, a otros los irán conociendo. De momento pongamos otro nombre a la lista de descalabrados por la memoria histórica de nuestra sociedad.
El personaje recuperado hoy de las fauces del olvido se llamaba Conrad Shumann, posiblemente de mi colección de los socialmente apartados de los libros de texto, este, sea el más conocido, pues aparece en una foto muy difundida, a veces demasiado, pero me juego mi constitución de 1812 a que la mayoría de los que la reproducen o usan no conocen su historia. Como en otros casos, cuando hablo de fotos o libros, los suelo tener delante, en este caso también la tengo, es más, esa foto esta de forma perenne colgando en una de las paredes de mi casa, junto a otras tan importantes de la historia, como lo es esta.
Corría el 15 de agosto de 1961, Berlín, en plena guerra fría, ese día se comenzó con la tercera fase del construcción del famoso muro de Berlín, pasando de ser un conjunto de alambradas y piedras a levantarse las primeras partes del muro de fabrica, de unos tres metros de alto y realizado con hormigón reforzado interiormente por ferralla, tal vez por eso, allí se encontraban un gran número de medios de comunicación y por ello, hoy tenemos esta instantánea y algún video. En ella, se ve como un centinela de la RDA, tras mirar a ambos lados varias veces e intentando controlar el nerviosismo que le agarrotaba las entrañas, salta la menuda valla y sin quitarse el casco y con el pesado fusil al hombro, flanquea la frontera de las dos alemanias, huyendo raudo y veloz hasta tierra de la Alemania Occidental, sin mirar atrás, hasta que consiguió subirse a un coche de la policía occidental, alejándose de su antiguo lugar de trabajo, como verán, la imagen es de sobra conocida y esta parte de la historia también, solo queda decir, que el autor de la foto fue el fotoperiodista Peter Leibing, y que retrato en ese momento la imagen más significativa de la guerra fría.
Shumann, desde ese momento, se convirtió en el primer desertor de la historia del muro de Berlín, casi nada, toda la Europa occidental y sobretodo la Alemania de la RFA lo consideraron todo un héroe y fue tratado como tal durante un largo tiempo, incluso, cuando después de un tiempo se retiro de la capital para asentarse en la zona de Baviera. Pero, como en la mayoría de los casos, la felicidad nunca es completa, y este caso no iba a ser menos. Su familia, perteneciente a la RDA, y convencidos de la necesidad del carácter soviético para la salvación del mundo, jamas le perdonaron la huida, lo consideraron desde entonces un traidor del comunismo y una vergüenza para la familia, estas acusaciones de sus más cercanos le causo una gran herida, en lo psicológico y en lo afectivo durante toda su vida, llegando incluso a reconocer que él, solo se sintió libre el día que cayo el muro, pero realmente nunca se sintió libre del todo, pues su familia incluso tras la reunificación lo trato como un apestado.
Finalmente, diez años después de la caída del muro, Shumann no pudo soportar más su cruz y las acusaciones de su familia, la cual lo llamaba “el traidor que salto la verja”. El que durante años fue héroe de occidente, se colgó de una de las vigas de su casa en Baviera.
No fue el único que se largo por las buenas de la RDA, en realidad hubo más de 5000 fugados, de los cuales 192 murieron fusilados al intentar saltar el complejo muro, que además contaba con alarmas que marcaban el contacto con el suelo, la iluminación de más de 300 torres de vigilancia unidas a proyectores de búsqueda, a las que se unían pistas de control para recoger las huellas de los fugitivos, y que no debían ser pisadas por los soldados.
Recuerdo un lugar un tanto tétrico, con el cual me encontré hace años mientras paseaba por la capital alemana, el sitio en cuestión esta entre la puerta de Brandemburgo y el Reichstag, allí en un pequeño jardín, hay una enorme colección de cruces blancas cubiertas de flores, me acerque sorprendido y ley lo allí escrito, las cruces, eran un homenaje a todos los fusilados al intentar cruzar el muro, una por cada asesinado con la fecha de su muerte y su edad escritas en negro sobre blanco.
Me llamó la atención la de un joven, contaba con 18 años cuando fue asesinado, su historia dramática, se llamaba Peter Fechter, fue tiroteado desde zona oriental y cayo en tierra de nadie, murió desangrado y tardo en ese trance más de hora y media, lo que dio tiempo a los medios de comunicación a acercarse y grabar la muerte en directo, nadie pudo ayudarle, pues los soldados orientales del muro amenazaban con disparar a cualquiera que se acercara, solo dejaron tocarlo cuando había muerto. Fue un puñetazo sobre la mesa que albergaba el mapa de la guerra fría. Como ven, hay historias que deberían contarse en los libros, para que las generaciones venideras aprendan una de las grandes lecciones de la vida, que hace años materializo Thomas Hobbes en una frase, ya saben, el hombre es un lobo para el hombre.