miércoles, 7 de abril de 2010

UNA FOTO ACUSADORA

Como ya se habrán dado cuenta si siguen a menudo esta página, me gusta contar historias de personajes que en algún momento dado de la historia tuvieron un papel importante y que por unas cosas o por otras han pasado de puntillas o de forma olvidada a nuestros días, ya saben, esa otra historia que no vienen en los libros de texto, y que no se explican en charlas ni aulas, porque algunos talibanes de la educación los consideran políticamente incorrectos o simplemente porque ciertos individuos no tienen inquietudes que les lleve a investigar más allá de los libros de texto, otras veces han malversado su memoria o simplemente los han omitido, ya conocen a alguno de estos amigos: Alejandro Malaspina, José Bustamante, Antoni Riquer, Harald Jäger, Robert Jenkins o Vasco Blas de Lezo, a otros los irán conociendo. De momento pongamos otro nombre a la lista de descalabrados por la memoria histórica de nuestra sociedad.
El personaje recuperado hoy de las fauces del olvido se llamaba Conrad Shumann, posiblemente de mi colección de los socialmente apartados de los libros de texto, este, sea el más conocido, pues aparece en una foto muy difundida, a veces demasiado, pero me juego mi constitución de 1812 a que la mayoría de los que la reproducen o usan no conocen su historia. Como en otros casos, cuando hablo de fotos o libros, los suelo tener delante, en este caso también la tengo, es más, esa foto esta de forma perenne colgando en una de las paredes de mi casa, junto a otras tan importantes de la historia, como lo es esta.
Corría el 15 de agosto de 1961, Berlín, en plena guerra fría, ese día se comenzó con la tercera fase del construcción del famoso muro de Berlín, pasando de ser un conjunto de alambradas y piedras a levantarse las primeras partes del muro de fabrica, de unos tres metros de alto y realizado con hormigón reforzado interiormente por ferralla, tal vez por eso, allí se encontraban un gran número de medios de comunicación y por ello, hoy tenemos esta instantánea y algún video. En ella, se ve como un centinela de la RDA, tras mirar a ambos lados varias veces e intentando controlar el nerviosismo que le agarrotaba las entrañas, salta la menuda valla y sin quitarse el casco y con el pesado fusil al hombro, flanquea la frontera de las dos alemanias, huyendo raudo y veloz hasta tierra de la Alemania Occidental, sin mirar atrás, hasta que consiguió subirse a un coche de la policía occidental, alejándose de su antiguo lugar de trabajo, como verán, la imagen es de sobra conocida y esta parte de la historia también, solo queda decir, que el autor de la foto fue el fotoperiodista Peter Leibing, y que retrato en ese momento la imagen más significativa de la guerra fría.
Shumann, desde ese momento, se convirtió en el primer desertor de la historia del muro de Berlín, casi nada, toda la Europa occidental y sobretodo la Alemania de la RFA lo consideraron todo un héroe y fue tratado como tal durante un largo tiempo, incluso, cuando después de un tiempo se retiro de la capital para asentarse en la zona de Baviera. Pero, como en la mayoría de los casos, la felicidad nunca es completa, y este caso no iba a ser menos. Su familia, perteneciente a la RDA, y convencidos de la necesidad del carácter soviético para la salvación del mundo, jamas le perdonaron la huida, lo consideraron desde entonces un traidor del comunismo y una vergüenza para la familia, estas acusaciones de sus más cercanos le causo una gran herida, en lo psicológico y en lo afectivo durante toda su vida, llegando incluso a reconocer que él, solo se sintió libre el día que cayo el muro, pero realmente nunca se sintió libre del todo, pues su familia incluso tras la reunificación lo trato como un apestado.
Finalmente, diez años después de la caída del muro, Shumann no pudo soportar más su cruz y las acusaciones de su familia, la cual lo llamaba “el traidor que salto la verja”. El que durante años fue héroe de occidente, se colgó de una de las vigas de su casa en Baviera.
No fue el único que se largo por las buenas de la RDA, en realidad hubo más de 5000 fugados, de los cuales 192 murieron fusilados al intentar saltar el complejo muro, que además contaba con alarmas que marcaban el contacto con el suelo, la iluminación de más de 300 torres de vigilancia unidas a proyectores de búsqueda, a las que se unían pistas de control para recoger las huellas de los fugitivos, y que no debían ser pisadas por los soldados.
Recuerdo un lugar un tanto tétrico, con el cual me encontré hace años mientras paseaba por la capital alemana, el sitio en cuestión esta entre la puerta de Brandemburgo y el Reichstag, allí en un pequeño jardín, hay una enorme colección de cruces blancas cubiertas de flores, me acerque sorprendido y ley lo allí escrito, las cruces, eran un homenaje a todos los fusilados al intentar cruzar el muro, una por cada asesinado con la fecha de su muerte y su edad escritas en negro sobre blanco.
Me llamó la atención la de un joven, contaba con 18 años cuando fue asesinado, su historia dramática, se llamaba Peter Fechter, fue tiroteado desde zona oriental y cayo en tierra de nadie, murió desangrado y tardo en ese trance más de hora y media, lo que dio tiempo a los medios de comunicación a acercarse y grabar la muerte en directo, nadie pudo ayudarle, pues los soldados orientales del muro amenazaban con disparar a cualquiera que se acercara, solo dejaron tocarlo cuando había muerto. Fue un puñetazo sobre la mesa que albergaba el mapa de la guerra fría. Como ven, hay historias que deberían contarse en los libros, para que las generaciones venideras aprendan una de las grandes lecciones de la vida, que hace años materializo Thomas Hobbes en una frase, ya saben, el hombre es un lobo para el hombre.

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