miércoles, 5 de mayo de 2010

LAS PALABRAS DE MILLÁS

La tarde era desapacible como pocas, llovía siempre y granizaba a ratos, como si fueran violentos espasmos de las nubes oscuras que se abrazaban entre si, impías, descargando sus ampulosas gotas de lluvia, las cuales caían a granel sobre las cabezas de los metropolitanos caminantes. El viento, testarudo, por su lado, hacía su trabajo, aullaba agrio por las avenidas, sacudiendo molestos bofetones de aire en cualquier bocacalle o cruce. Además, este, había realizado un pacto de sangre, uniéndose con los restos de polen arbóreo, caído durante los últimos días, y que alfombraba las calles, convirtiéndose dentro de un remolino, en pequeñas balas color ocre, que raudas y tenaces chocaban contra los rostros de los transeúntes.

Las tormentas primaverales parecían haber llegado, puntuales como cada año, pero nada de eso, los efectos meteorológicos acuciantes, no eran los normales de la temporada estival. El día no era primaveral, y por supuesto lo que cubría las cabezas y las azoteas de los edificios, no era motivado por una tormenta. El día, era desapacible y lluvioso porque sí, simple y llanamente porque a alguien o a algo, le había salido de donde tuviese que salirle, que ese día debía de ser lluvioso y tramontano. Como a modo de escarmiento, de esos valientes que ya habían enviado los abrigos y chubasqueros a los confines más profundos y abruptos de sus armarios roperos, cambiándolos sin duda ni lamento, por la ropa estival de lino y telas vaporosas, pantalones cortos y sandalias de cuero, galantemente oscurecidas por el paso del tiempo y el uso.

Apuntando con su cruel dedo acusador a aquellos que en días anteriores seguros de la persistencia del buen tiempo, se habían lanzado como posesos a las terrazas de las tabernas céntricas, y a los céspedes de los campus universitarios, esos mismos, que en ese mismo instante, estarían en sus casas, mirando embobados caer la lluvia, en la ventana de su piso, como si en vez de agua cayera napalm, frotándose sus incrédulos ojos, pensando que no es posible, si ayer mismo estaba en un parque rodeado de niños sudorosos y de perros sofocados por la solina.

El caso, es que el día era de perros- en cuanto a la climatológico-, y la tarde aún peor. Pero, como el abajo firmante es muy cabezón-en cuanto a la tozudez, que no al tamaño-, y además ese tiempo de desidia no es nada nuevo para su tierra-la cual tiene el dudoso honor de ser una de las más frías de la península-. Por ello, no dude en coger mi mochila repleta de apuntes y libros, lanzándome de cabeza hacía la feria del libro de la capital castellana. Allí, solo unos minutos después los amantes de la lectura teníamos una cita con Juan José Millás.

Ya, dentro del pabellón de autores-una enorme carpa equipada para la exposición de un ciclo de charlas literarias-, el autor valenciano se disponía a dar su conferencia titulada “Las Palabras”, casi nada, un tema como ven fácil de abarcar y de mostrar en todo su esplendor. Tras una larga pero entretenida exhibición de su capacidad literaria y gramatical, en la que el autor nos traslado a su más tierna infancia y a los problemas que en esta temprana edad comenzó a tener con las palabras, las cuales, en más de una ocasión le trajeron más de un problema a lo largo de su escolarización-algún día hablaremos largo y tendido sobre ello, les aseguro que vale la pena-, el periodista acabó reconociendo que se encuentra realizando un diccionario personal de la lengua española, con las palabras de su vida, y con definiciones un tanto peculiares: sus recuerdos.

Finalmente, acertó a comentar unas series de palabras que le gustaban y otras que no, fue una conversación un tanto surrealista, la que mantuvo con su presentador, el también escritor madrileño Jesús Marchamado, comentando curiosidades propias y ajenas, salieron a relucir palabras tales como: monegasco, cafeteros, abotargado, acaparadora, antropófago o acetozolamina.

Cuando termino el acto no pude dejar de acercarme con un ejemplar de su obra para conseguir su rubrica y unas palabras, tengo que reconocer que no eramos muchos los que nos acercamos con un libro hacía él, por lo que pude compartir unos minutos más de charla con el autor.

-¿Sabe?, siempre me acuerdo de usted cuando cojo un avión.
-¿Si?-preguntó-, ¿y porque?.
-Por un articulo suyo escrito ya hace tiempo, que guardo entre mis papeles, hablaba sobre un escrupuloso tipo que trabajaba en el acceso a la zona de embarque de un aeropuerto.
Millás, se echó a reír, si si, lo recuerdo, que te desnudan y vas con los pantalones medio caídos-dijo-.
-Si, -afirme yo-, pues ahora te quitan los zapatos y te ponen una especie de patucos de los que usan los cirujanos cuando vas a operar. Estás un poco neuróticos.
Y el gran Millás sentenció con una frase lapidaria, que no requiere respuesta, sino meditación:

-Si, pero: “Cuanto más deprisa huyes de lo que temes antes lo alcanzas”.

Hay queda eso.

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