miércoles, 30 de junio de 2010

EL TIAN´ANMEN MEXICANO.


                Muchos conocemos el año 1968 como el año del mayo francés, pero la historia también ha recordado ese año por otros importantes acontecimientos, que tal vez, para la historia de sus países, fueron mucho más importantes. La historia de hoy habla de una de esos movientes que acabaron marcaron con sangre la historia de una tierra.

            Ya habían amontonado los adoquines en las calles de París, y la joven guerrilla urbana, ataviada con flequillo y pantalones de campana, se había dado cuenta que bajo ellos, no había arena de playa. El calendario marcaba el mes de julio cuando un grupo de estudiantes de la Universidad Autónoma de México protestaba contra la tiranía, y el férreo control que sobre todo el país tenía el Partido Reformista Institucional. También contra la campaña publicitaria llevada a cabo por el gobierno del presidente Díaz Ordaz, aprovechando que las Olimpiadas que se iban a celebrar en la ciudad azteca se encontraban próximas. Con esta campaña, llena de mentiras y manipulación, el gobierno quería demostrar al mundo que no había pobreza en México, ni discriminación, ni crímenes. Sin embargo, la policía secreta y los estudiantes soplones, se encontraban en todos los lugares; en las cafeterías, en las universidades, en las calles…

            Mientras tanto, todos los medios de comunicación que se preparaban para cubrir el acontecimiento deportivo, pasaban por alto estas protestas y centraban su atención en si la gimnasta checa Vera Caslasvska podría conseguir las cuatro medallas de oro a las que aspiraba. Pero la tragedia mexicana se estaba mascando tanto en los despachos del gobierno, como en el interior de las facultades, donde los estudiantes se reunían para formar un comité de huelga, algo que por lo menos consiguiera hacer el suficiente ruido como para que los periodistas fijaran sus objetivos y máquinas de escribir sobre los problemas estudiantiles mexicanos.

            El punto de inflexión llegó cuando los estudiantes se lanzaron a la calle a celebrar el aniversario de la revolución cubana, el ejército disolvió la celebración con porras y bazokas. Tras este ataque indiscriminado los estudiantes se encerraron en la universidad, crearon el comité de huelga para desde allí solicitar a su gobierno que respetara los derechos civiles que se suponía ya les garantizaba su constitución: derecho de expresión, igualdad ante la ley, o que no se pudiese encarcelar de forma indefinida a todo aquel que disintiera del régimen. Mientras tanto, no lejos de allí, el presidente Díaz Ordaz se subía por las paredes del Palacio Presidencial, las olimpiadas se acercaban y los estudiantes no parecían entrar en razón. Seguían sin querer bajarse los pantalones ante su poder.

            La paciencia, como pueden imaginar, no era el mayor don que poseían los políticos autoritarios de México, por lo que pronto se ordenó que el ejército entrara en la universidad con premura y alevosía, la ocupara y detuviera a los estudiantes. Al entrar los militares en la universidad, los estudiantes salieron a la calle huyendo ante los golpes que el ejército repartía a diestro y siniestro. Pero el asunto no quedo allí, el gobierno no lo podía permitir. Es por ello que el día 2 de octubre de 1968 ─exactamente diez días antes de la inauguración de las olimpiadas─, los jóvenes estudiantes decidieron llevar a cabo una manifestación pacífica en una de las plazas cercanas a las instalaciones olímpicas; la conocida como Plaza de las Tres Culturas o Tlatelolco ─nombre que proviene de las ruinas pre-hispánicas cercanas─. Los jóvenes tan solo portaban carteles donde se pedía que les escucharan.

            La plaza estaba abarrotada, incluso los balcones estaban llenos. El lugar era un hervidero de gente que protestaban haciéndose oír para que los periodistas internacionales, que ya se encontraban en la ciudad, hicieran alguna crónica contando al mundo la situación de los estudiantes mexicanos. Poco a poco las cercanías de la Plaza de Tlatelolco se fueron congestionando de militares. El líder estudiantil, viendo el cariz que tomaban los acontecimientos, decidió suspender la manifestación ya que no quería que su pacifica reunión diese pie al gobierno de Díaz Ordaz para acusarlos de alguna ilegalidad subversiva.

            Justo en el mismo momento en el que el líder estudiantil acababa su discurso, un helicóptero del ejército sobrevoló la plaza y lanzó una bengala sobre la multitud. Acto seguido, los militares comenzaron a disparar a bocajarro. Muchos de los que se encontraban allí pensaban que lo hacían al aire para disolver la manifestación, pero esa primera impresión cambio cuando los primeros jóvenes cayeron al suelo heridos de muerte. Alguno de ellos, antes de dar con sus huesos en el suelo, se dieron cuenta de que muchos de los que hasta ese instante eran sus compañeros, se colocaban un guante blanco en su mano izquierda y que los soldados les dejaban salir. Eran policías infiltrados entre los estudiantes, y que en ese momento huían, dejándoles sin escapatoria dentro de la ratonera.

            El resultado de la masacre pueden imaginárselo, cientos de muertos en la plaza, la sangre bañaba las losas de piedra del suelo y el amargo olor de la pólvora invadía la atmósfera de la plaza. Al día siguiente los periódicos ─dominados por el gobierno─, acusaba a los estudiantes de terrorismo, afirmando que estos habían disparado a los militares y que ello se vieron en la obligación de disparar por la espalda, a bocajarro y rematando en el suelo a los jóvenes heridos, mediante el rutilante, pero eficiente, sistema del tiro en la nuca. Hubo más de trescientos muertos, aunque el gobierno aseguró a los pocos periodistas que se interesaron por el tema, que tan solo fueron unos veinte. Advirtiéndoles que no se interesaran demasiado por el asunto, pues simplemente eran unos alborotadores que querían dañar la imagen internacional de México.


        Entre tanto, las cámaras de los periodistas internacionales volvieron sus miradas a la inauguración de las olimpiadas. Poco a poco se fueron olvidando de la matanza de Tatlelolco. La gimnasta checa consiguió sus cuatro medallas de oro, dos atletas negros de Estados Unidos, levantaron sus puños al recibir las medallas, realizando el saludo del movimiento Black Power y fueron excluidos de por vida de las olimpiadas. Y los jóvenes estudiantes de la Universidad Autónoma de México, fueron olvidados por la historia, ahogados entre los gritos y los adoquines del mayo parisino. Sin embargo, casa dos de octubre el pueblo mexicano se lanza a la calle con una consigna inamovible: ¡El 2 de octubre no se olvida! ¡Es de lucha combativa!

No hay comentarios:

Publicar un comentario