miércoles, 2 de junio de 2010

UNA TIENDA EN CANAL STREET

Llovía a cantaros en la ciudad de los rascacielos, jarreaba, el agua caía rauda y fuerte, tal y como solo es capaz de caer en las películas americanas, la calle Lafayette, en su cercano paso por Little Italy, estaba atravesada por un enorme charco, las alcantarillas no daban abasto, para tragar las oleadas de agua de lluvia que se acumulaban en el remanso de su entrada, creando grandes y tétricas espirales sombrías de agua, absorbida al subsuelo, entre los claroscuros de la noche.

La parada de metro de Srping street era una laguna, el agua se escurría por las grietas de su techo, como si fuera un cesto de mimbre, anegando los andenes y la escalera que daba acceso a la calle, por si fuera poco, algunas de las farolas del perímetro se habían apagado por culpa del agua, el clima era desapacible, pero a la vez un tanto especial, incluso, curioso a la vez, pues al levantar la vista de las tiendas y restaurantes de China Town, se podía apreciar a lo lejos, la mastodontica mole que formaba el Empire State. Iluminado como siempre, pero su imagen más característicA, su antena, la que se ve en todas las postales neoyorquinas, la misma antena que sirvió a King Kong de apoyo, estaba cubierta de una tímida niebla que ensombrencia el cielo de la gran manzana desde primera hora de la mañana, aún así, a pesar de la niebla, llovía a mares.

Mi compañero de fatigas-un burgalés agradable al trato e inteligente en conversación-, y yo, luchábamos por intentar poner a salvo del chubasco nuestras cámaras fotográficas, mientras pasábamos de Little Italy a China Town-zonas adyacentes-. Era la hora de la cena y la lluvia no amainaba, por lo que tras varios minutos bajo la lluvia observando nuestro alrededor, cruzamos la esquina de Mulberry street-donde años atrás, los mafiosos italoamericanos arreglaban sus desavenencias repetidora en mano-, y nos colamos en una calle perpendicular a Canal Street. Allí, entre tiendas de ropa y demás productos falsificados, regentadas por ciudadanos chinos, mezcladas con restaurantes, los cuales mostraban patos colgados por ganchos de los escaparates y un McDonals, con todos sus letreros y precios en chino, decidimos llenar nuestros hambrientos estómagos.

Era un restaurante no muy amplio, incluso, se podría decir que tenía mucha luz para ser acogedor, era un establecimiento de comida típica de Nueva York, incluso, me atrevería a decir, que perfectamente podría haber sido parte del atrezzo de alguna película de Robert de Niro o de Woody Allen. En su interior, varios chinos de mala catadura atendían el negocio, con malos modos nos colocaron en una mesa del fondo del establecimiento-desconozco si era algo transitorio o era su estado habitual-, a nuestro lado, en la mesa cercana, dos o tres chinas preparaban unas bandejas, mientras hablaban a voces con los camareros masculinos. La comida lejos de ser para tirar cohetes, sació nuestro apetito: arroz, rollitos de primavera, pollo, tallarines y te, todo ello, perfectamente regado, con la bebida típica de norte americana: Coca-Cola.

Cuando terminamos de cenar la lluvia había arreciado un poco, y decidimos darnos un último paseo por los alrededores de Canal Street, antes de volver a casa. De repente, junto a esta calle, bajo uno de los típicos edificios de viviendas-cuatro pisos, enmarcados por las metálicas escaleras de incendios-, nos dimos de frente con una pequeña tienda, sin publicidad, sin rótulos que anunciaran lo que allí se vendía, tan solo unas fotos en blanco y negro. Como tanto mi amigo como yo, somos dos apasionados de la fotografía entramos raudos en ella, allí, en la primera parte del establecimiento, nos encontramos al dueño. Un afroamericano, de grandes y redondas proporciones, vestía una camisa verde y unos anchos pantalones marrones, tenía en pelo corto, rizado y plateado. Estaba sentado en una silla plegable, mirando impertérrito una pequeña televisión, no recuerdo si era la CBS o la NBC, lo que si estoy seguro, es que era uno de estos programas locales, en los que aparece el locutor ante una gran cristalera, desde la que se puede divisar una parte de la ciudad.

Casi sin mirarnos, nos indico moviendo el brazo que pasáramos a la trastienda, allí, nos encontramos con un ingente numero de cajas de cartón y madera repletas de fotos en blanco y negro, algunas de ellas, eran anónimas, otras muy conocidas, fotos importantes de la historia más reciente. Desde una, en la que se podía ver a John Lenon haciendo el signo de la victoria ante la estatua de la Libertad, hasta algunas de la guerra de Vietnam, donde soldados americanos aparecían cubiertos de barro hasta las orejas, intentando refugiarse en una trinchera. Por supuesto, aparecieron muchas fotos de la segunda guerra mundial. Una de ellas me llamo la atención, la foto es de sobra conocida. En ella, se puede ver a un marinero americano y a una enfermera besándose el 14 de agosto de 1945, cuando las tropas se despedían en Times Square para irse al frente. Aunque, como otras fotos conocidas mundialmente, esta no fue una foto espontanea, hay quien dice que no eran pareja y que se besaron por petición del fotógrafo Víctor Jorgensen. Estas, al igual que la del desembarco de Normandía o la del Miliciano Abatido en Cerro Muriano de Cappa, tienen truco, aunque no por ello dejan de ser representativas de una época. Por ello, no dude en adquirirla, junta a otras cuantas que hoy cuelgan en las paredes de mi casa.

Lo cierto, es que no me traje todas las que quería, por que, simplemente una de ella no la encontré. Se trata de una foto también realizada en blanco y negro, en el año 1963, el positivo recoge, una imagen tomada durante el cortejo fúnebre del presidente John F. Kennedy, mientras todos los medios del mundo retrataban el féretro, este fotógrafo en concreto se giró, dando la espalda al cortejo y disparó su cámara hacía un militar afroamericano, vestido de gala, un hombre grande y fuerte, que lloraba de forma desconsolada al paso del cadáver de su presidente,curiosamente, cuando vi al dueño de la tienda, pensé en este marine.

Por desgracia, la foto no se encontraba en ninguna de las cajas, de hecho aún no he sido capaz de dar con ella, ni con su autor. Asique ya saben, si alguien sabe quien fue el fotógrafo que la hizo, o donde puedo hacerme con ella, que no dude en decírmelo.

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