miércoles, 28 de julio de 2010

CARTA A UN LICENCIADO (I).


A ti, que has luchado tanto, a ti, que tantos quebraderos de cabeza-algunos absurdos, producidos por la insensatez de algún profesor-, has sostenido sobre tu cabeza, a ti, que tantas veces te has preguntado- y sin duda aún te preguntas-, para que sirve lo que hago, a ti, que tantas solitarias horas has pasado delante de unos folios, manuscritos o a ordenador, con la sola compañía de una lampara flexo y tu inseparable taza de café, a ti, que sin duda has sentido en algún momento como te daba una vuelta el estomago, sobre todo justo en el momento de entrar a un examen, a ti, que has padecido muchas-o todas-, estas situaciones, a ti, va dirigida esta misiva.
Muchos comenzamos nuestros estudios animados, risueños, diciéndonos que ahora si, ahora estoy haciendo lo que quiero, ahora tengo yo la sartén por el mango-ingenuo de ti-. Lejos de esos profesores de instituto, que te obligaban a estudiar cosas que maldita la gracia que te importaban, esos, que se empeñaban- unos, no todos-, en minar tu moral y a decirte que no valías para estudiar, que tu futuro estaba lejos de los libros. Mientras, otros-más cercanos a tus intereses de estudio-. Se esforzaban en animarte, en arrimarte el hombro todo lo posible para que salieras adelante y llegaras a terminar el bachiller, y pudieses optar a estudiar la carrera que te gustaba. Si, una licenciatura de letras, que tuviera que ver con historia, con arte, con lengua española, con literatura y con música. Muchos de estas personas, aún hoy, ya licenciado y con toda la mili que llevas a cuestas, son amigos, les ves de vez en cuando- en mi caso-, y te tomas unas cañas con ellos, recordando viejos tiempos, y viejos enemigos, que por entonces, desconocías que en realidad eran enemigos comunes.
Hoy, cientos de libros sobre la temáticas antes expuestas, llenan las estanterías de tu casa, junto a numerosas novelas, y al lado de los primeros libros-unos clásicos, otros no-, que tus padres compraron o te cedieron, para ver si el gusanillo de la lectura te picaba en el orgullo. Orgullo, que ellos defendieron en tu nombre, mientras te encontrabas realizando los estudios secundarios, y orgullo que defendiste tu, estando ya en la facultad. Unos, os aferrasteis para defenderlo a las asociaciones de estudiantes, o a los sindicatos estudiantiles, y otros, seguro-como en mi caso-, lo hicisteis por cuenta propia- a mi siempre me ha gustado cazar solo-.
El caso, es que creías, que ahora venia lo bueno, lo fácil, a fin de cuentas-pensabas-, voy a hacer lo que me gusta, no voy a tener problemas en estudiar, es lo que quiero. Comenzaste a conocer personas desde el primer momento que entraste en el aula asignado, muchas de ellas, no te volverán a dirigir la palabra durante el resto de la carrera. Esto es así, lo creas o no. Pero poco a poco, vas encontrando tu sitio, tus amigos y tus enemigos, la gente con la que seguirás viéndote, cenando y tomando cañas después de que la universidad te expida el maldito papel, en el que confirma que eres licenciado de tal o cual materia, papel, que cuesta un testículo de palmípedo conseguir-tanto en lo económico, como en lo administrativo-y eso tratándose de una universidad pública. Lo cierto es, que esas personas es lo que realmente te llevas de tus años de estudiante, eso y el titulo, por supuesto.
Otro gran recuerdo de tu paso por la facultad, serán los viajes- sobre todo en el caso de mi licenciatura-, siempre tendrás el recuerdo de haber viajado con tus amigos de la facultad, por toda Europa y por parte de América, esos recuerdos, siempre se sobrepondrán, a los malos que también los hay, por supuesto. Una licenciatura- a pesar de ser de letras-, no es un camino de rosas como muchos creen. Todos, a lo largo de nuestros estudios, nos hemos encontrado con pequeños dictadorcillos, parapetados detrás de su titulo de doctorado, que lanzan bombas de racimo en forma de perorata intragable sobre su alumnado, y que intentan diezmar al enemigo con notas bajas y regalando coces y exabruptos a diestro y siniestro, cuando se te pasé por la cabeza ir a una revisión de examen, incluso en ocasiones, no dudarán en insultarte o decirte que mejor te dedicaras a otra cosa. Simpáticos imbéciles.
Pero, después de pensarlo mucho, y con el cinismo ventajoso que te ofrece el paso del tiempo. Tiempo que te deja una cicatriz superficial, fácil de olvidar, pero que siempre veras cuando te mires a un espejo-a modo de aviso, para que no te duermas-, entonces, podrás decir, con total tranquilidad, y con la saliva resbalándote por el colmillo, que el tiempo sin duda, pone a cada uno en su lugar, y que tarde o temprano, ese tiempo que en un momento corrió en tu contra, te dará una satisfacción.
Otro tema distinto, son las sensaciones de desamparo, de abandono y de mala leche progresiva, fruto de varias estupideces, como la de un rector endiosado, la de unos ministros o ministras de educación y cultura, que no tienen ni educación ni cultura, y de compañeros correveidile, que mientras te ponen buena cara, afilan el cuchillo cainita de la envidia y el deshonor. Pero para estas y otras cosas-algunas también agradables-, habrá tiempo la próxima semana.

miércoles, 14 de julio de 2010

DOS SEGUNDONES CON SUERTE.


Coloquialmente, se suele decir, que vale más llegar a tiempo que rondar cien años, y Vive Dios que la afirmación es cierta, tan cierta, como que uno de los que tenemos como grandes descubrimientos de la historia, se fraguó por unas casualidades del destino, las cuales hilvanaron de tal manera la vida de dos personas secundarias de la historia, que las ha convertido en piezas indispensables en la cabeza y documentos de cualquier amante de la egiptología o de la egiptomanía-que de todo hay-.
En esta historia, hay dos personajes principales, ambos, eran segundones en su vida y en su profesión, hasta que el destino los junto una tarde de noviembre en las calurosas arenas del desierto egipcio. Los arqueólogos de primera linea habían abandonado la zona, el yacimiento ya no daba más de si, la necrópolis egipcia, situada frente a la ciudad de Tebas, al otro lado del río Nilo, resultaba a esas alturas yerma en cuanto a descubrimientos se refiere. Mientras los arqueólogos más renombrados, recogían su tiendas y utensilios de excavar, un hombre inglés, de tímida y recelosa mirada, ataviado con sombrero y bigote se acercaba. Tras hablar con unos y con otros, decidió echar una última ojeada al valle, los otros, se lo permitieron, por supuesto, no era la primera vez que el inglés lo hacía, que otra cosa podía hacer un segundón, salvo revolver entre lo que los de primera fila habían manoseado ya.
El caso, es que esta vez fue distinto, por pura casualidad dió con algo inesperado, el individuo inglés, no era otro que Howard Carter, un arqueólogo, que había comenzado a trabajar en Egipto desde muy joven y cuyo trabajo consistía en copiar inscripciones, y que fue ascendiendo hasta arqueólogo de segunda, poco respetado por los arqueólogos titulados y por si fuera poco, menos respetado por la suerte. Se pasaba el día pululando por las excavaciones, vaciás y abandonadas, soñando con llevar a cabo algún descubrimiento importante, pero el tiempo pasaba y Carter desesperaba, nada, ni un solo descubrimiento importante. Su tutor y financiero, el también inglés Lord Carnarvon, comenzaba a impacientarse, y a punto estaba de darle una patada en su trasero y dejar de desperdiciar su fortuna, Carter lo sabía y eso lo desesperaba aún más.
Pero un día, Carter, a punto de abandonar la empresa, tuvo su golpe de suerte, justo delante de sus narices, vio en el suelo del valle algo extraño, raudo se arrodillo y comenzó a mover la tierra. Un sudor frío, comenzó a recorrerle la columna, un nerviosismo férreo atacó su sistema nervioso, no podía dar crédito a lo que sus cansados ojos estaban viendo, justo delante de él, justo donde los grandes arqueólogos habían estado durante meses, allí donde estos habían dicho que todo estaba excavado, allí, nacían unos peldaños, una escalera, que sin duda, darían a un hipogeo, una tumba excavada en el suelo, en lugar de la roca. Carter henchido de alegría, no daba crédito a lo que veía, justo allí al lado de otra gran tumba ahora vacía, justo debajo de donde los arqueólogos habían colocado sus tiendas sin reparar en ella, justo ahí, en esa parte del valle tebano, él, Howard Carter, el mayor segundón de los arqueólogos que pululaban por Egipto, acababa de hacer, un grandioso descubrimiento.
Sin dudarlo un minuto, avisó a su mecenas, este, con toda su pachorra de noble caprichoso, dijo a Carter que no tocara nada hasta que él llegara a Egipto, lo cual no ocurriría hasta varias semanas después. Pueden imaginarse al bueno de Carter, esperando, desesperado, mordiéndose las uñas y los dedos, subiéndose por las paredes, esperando a que su insigne mecenas tuviese la cortesía de pasear su pomposa barriga a ese lugar del mapa, sin duda, la paciencia se le acababa y más de una vez pensó mandarlo todo a galeras y ponerse a escavar. Pueden imaginarse la situación, su mayor descubrimiento, y esperando días, semanas, sin poder lanzarse a ver que había dentro. Solo falta-pensaba, durante las noches de espera-, que tanto esperar y que ahora llegue un listo y me levante el hallazgo. Finalmente Lord Carnarvon llegó, y Carter se puso manos a la obra.
Ni en sus mejores ensoñaciones, adivinó Carter lo que se iba a encontrar dentro, sabia que había descubierto una tumba, pero ni por asomo pensó encontrarla entera, con su rico ajuar-por todos es sabido la facilidad para saquear tumbas que tenían los antiguos egipcios-, pero allí estaba todo, tal cual, sus trajes, sus carros, sus camas, sus tronos y sobre todo su sarcófago. Aunque aún no lo sabía, Carter acababa de descubrir la tumba del último faraón de la dinastía XVIII, correspondiente al Imperio Nuevo. La tumba, pertenecía a otro segundón de la historia de Egipto, un faraón, que apenas reinó durante nueve años-que murió sin cumplir los dieciocho posiblemente-, y que pasó por la vida sin pena ni gloria, enfermo desde su nacimiento, debilitado por un sistema oseo frágil, y que en cuanto a lo político, fue mandado y manejado como un títere por todo el que se encontraba a su alrededor, apenas reconocido por sus coetáneos y olvidado por la historia, de no haber sido por el repentino golpe de suerte de Carter, aquel 4 de noviembre de 1922.
Ni siquiera hoy conocemos a este faraón por el nombre adoptado al subir al trono-Nebjeprure-, como a todos los demás, sino que le conocemos por su nombre de nacimiento-Tutankamon-, algo poco respetuoso en el antiguo Egipto.
Sin embargo, su mascara funeraria es la más conocida del mundo, sirviendo de portada para muchas publicaciones en torno a Egipto, y el nombre de su descubridor, pasó de ser de un arqueólogo de segunda-que malvivía dibujando jeroglíficos-, a convertirse en la figura más relevante dentro de la egiptología. Ya ven, no hay nada como estar en el lugar idóneo, en el momento adecuado.

miércoles, 7 de julio de 2010

JUGUETES ROTOS.


Todos los domingo, suelo leer alguna revista de estas que acompaña a los periódicos, un dominical, ya saben, la revista que habla un poco de todo, cultureta que te rilas, con artículos de grandes firmas y entrevistas a lo más variopinto de nuestra sociedad. Pues bien, hace unos domingos abrí una de estas revistas- por la última hoja, como hago siempre-, allí un individuo trajeado, repeinado y engominado, aparece junto a un lienzo de una mujer desnuda. El titular era el siguiente: “La nariz de Belén quedó muy bien. La critican porque la ven mucho”. Vaya-pensé-, hasta en las revistas culturetas de fin de semana, aparecen ya estos engendros de las cavernas televisivas del corazón, lo que me faltaba.
El caso, es que la página en cuestión, es una de mis lecturas favoritas de la hora de la siesta dominguera, una entrevista ligera, un tanto contumaz y a veces-no muchas, dicho sea de paso-, con una mala baba irreverente, que hace que me lo pase como un gorrino en un lodazal, cada semana, un personaje importante de la sociedad, aparece en esta página cerrando la publicación. De los últimos meses puedo recordar las entrevistas a un payaso de la tele, a un par de humoristas, un embajador africano, un artista plástico, un director de cine, un actor americano, una cantante mexicana....Pero, nunca me había echado a la cara a un cirujano plástico, y mucho menos al cirujano plástico de una diosa con pies de barro y cerebro de coleóptero, pero bueno, como hombre de costumbres, hice de mi capa un sayo y la ley. Como dice un buen amigo, que se dedica a la literatura: en esta vida hay que leer de todo.
La entrevista, se la pueden imaginar, halagos sobre lo bien que le queda el implante tal y cual, sobre la gente famosa, que el cirujano en cuestión ha operado-sin decir nombres por supuesto-, lo bien que lucen los arreglos en la televisión y lo majas y majos- no me cojeras en un descuido Bibiana-, que son todos y todas cuando salen luciéndose en antena. Como ven, posiblemente sea una de las entrevistas más insustancial, vaciá y etérea que he leído en esta página en los últimos cinco años. Tampoco, quiero echar la culpa al entrevistador, al fin y al cabo entrevistar a una persona-que con todos mis respetos-, es famoso por operarle el lanzamocos a un personajillo del corazón, que a su vez, lo máximo que ha echo en la vida, ha sido calzarse a un torero, pues, era de cajón de madera de pino, que mucha chicha no iban a sacar de ahí.
Lo que me jode un poco más la paz interior, es el nivel de estupidez contagiosa a la que esta llegando nuestra sociedad y nuestro país, estamos creando monstruos televisivos, que no saben diferenciar un culo de las témporas, y que además son un insulto para mucha gente que enciende el televisor y se los encuentra a cualquier hora y en cualquier lugar diciendo barbaridades, dando un gran ejemplo a los niños, pues a mucha gente se le olvida tal vez, que toda esta calaña aparece en pantalla durante horario infantil, dando ejemplo de bajeza y analfabetismo-unas más que otros, cierto es reconocerlo-.
Dejando entrever a los tiernos infantes, que para triunfar en la vida, lo mejor es no tener cultura, no saber hablar más que a voces, luchar hasta la muerte por picarle el billete a un o una famoso o famosa y salir a contarlo en cuantas más televisiones y revistas mejor, que se entere toda España de que eres un vago y que disfrutas con ello. Si tienes un poco de suerte, le caerás en gracia a ese publico exquisito, que se apoltrona cada tarde a escuchar un cumulo de barbaridades y despropósitos varios, y después de eso, después de que la calle te admire por tu “trabajo”, es entonces cuando puedes hacer lo que te salga de donde tenga que salirte, porque todo sera aceptado por esta sociedad que alza a los becerros de oro de los programas del corazón.
Pero no se confundan, pues todo tiene un final, y tan rápido como han ascendido, caerán. No será el primer juguete roto que fabrica nuestra sociedad, y por supuesto, tampoco será el último. Ha habido cientos, con diferentes destinos cada uno de ellos, unos han sido niños artistas explotados hasta la saciedad, hasta acabar queriendo olvidar su pasado unos, o acabando entre rejas otros, dueños de circos, a los que lo raro es que la parca no viniera a buscarlo antes y en definitiva muchos productos trabajados por esa industria y apoyados a pies juntillas por un gran número de espectadores.
Pero, llegará un día, en que estos espectadores se cansen del personaje en cuestión, que la productora, no les den el dinero que demandan y que la parrilla televisiva les de la espalda. Ese, sera el momento, en que estos juguetes rotos de la sociedad, se den cuenta de lo que son en realidad, y entonces será cuando lleguen los lamentos y las ensoñaciones, y puede que muchos tomen la decisión, que en su día tomo otro juguete roto, un boxeador vasco, que cuando vio que todo lo que tenía se había ido, se subió a lo más lato de su edifico en una calle de Madrid y se lanzó al vació.