miércoles, 14 de julio de 2010

DOS SEGUNDONES CON SUERTE.


Coloquialmente, se suele decir, que vale más llegar a tiempo que rondar cien años, y Vive Dios que la afirmación es cierta, tan cierta, como que uno de los que tenemos como grandes descubrimientos de la historia, se fraguó por unas casualidades del destino, las cuales hilvanaron de tal manera la vida de dos personas secundarias de la historia, que las ha convertido en piezas indispensables en la cabeza y documentos de cualquier amante de la egiptología o de la egiptomanía-que de todo hay-.
En esta historia, hay dos personajes principales, ambos, eran segundones en su vida y en su profesión, hasta que el destino los junto una tarde de noviembre en las calurosas arenas del desierto egipcio. Los arqueólogos de primera linea habían abandonado la zona, el yacimiento ya no daba más de si, la necrópolis egipcia, situada frente a la ciudad de Tebas, al otro lado del río Nilo, resultaba a esas alturas yerma en cuanto a descubrimientos se refiere. Mientras los arqueólogos más renombrados, recogían su tiendas y utensilios de excavar, un hombre inglés, de tímida y recelosa mirada, ataviado con sombrero y bigote se acercaba. Tras hablar con unos y con otros, decidió echar una última ojeada al valle, los otros, se lo permitieron, por supuesto, no era la primera vez que el inglés lo hacía, que otra cosa podía hacer un segundón, salvo revolver entre lo que los de primera fila habían manoseado ya.
El caso, es que esta vez fue distinto, por pura casualidad dió con algo inesperado, el individuo inglés, no era otro que Howard Carter, un arqueólogo, que había comenzado a trabajar en Egipto desde muy joven y cuyo trabajo consistía en copiar inscripciones, y que fue ascendiendo hasta arqueólogo de segunda, poco respetado por los arqueólogos titulados y por si fuera poco, menos respetado por la suerte. Se pasaba el día pululando por las excavaciones, vaciás y abandonadas, soñando con llevar a cabo algún descubrimiento importante, pero el tiempo pasaba y Carter desesperaba, nada, ni un solo descubrimiento importante. Su tutor y financiero, el también inglés Lord Carnarvon, comenzaba a impacientarse, y a punto estaba de darle una patada en su trasero y dejar de desperdiciar su fortuna, Carter lo sabía y eso lo desesperaba aún más.
Pero un día, Carter, a punto de abandonar la empresa, tuvo su golpe de suerte, justo delante de sus narices, vio en el suelo del valle algo extraño, raudo se arrodillo y comenzó a mover la tierra. Un sudor frío, comenzó a recorrerle la columna, un nerviosismo férreo atacó su sistema nervioso, no podía dar crédito a lo que sus cansados ojos estaban viendo, justo delante de él, justo donde los grandes arqueólogos habían estado durante meses, allí donde estos habían dicho que todo estaba excavado, allí, nacían unos peldaños, una escalera, que sin duda, darían a un hipogeo, una tumba excavada en el suelo, en lugar de la roca. Carter henchido de alegría, no daba crédito a lo que veía, justo allí al lado de otra gran tumba ahora vacía, justo debajo de donde los arqueólogos habían colocado sus tiendas sin reparar en ella, justo ahí, en esa parte del valle tebano, él, Howard Carter, el mayor segundón de los arqueólogos que pululaban por Egipto, acababa de hacer, un grandioso descubrimiento.
Sin dudarlo un minuto, avisó a su mecenas, este, con toda su pachorra de noble caprichoso, dijo a Carter que no tocara nada hasta que él llegara a Egipto, lo cual no ocurriría hasta varias semanas después. Pueden imaginarse al bueno de Carter, esperando, desesperado, mordiéndose las uñas y los dedos, subiéndose por las paredes, esperando a que su insigne mecenas tuviese la cortesía de pasear su pomposa barriga a ese lugar del mapa, sin duda, la paciencia se le acababa y más de una vez pensó mandarlo todo a galeras y ponerse a escavar. Pueden imaginarse la situación, su mayor descubrimiento, y esperando días, semanas, sin poder lanzarse a ver que había dentro. Solo falta-pensaba, durante las noches de espera-, que tanto esperar y que ahora llegue un listo y me levante el hallazgo. Finalmente Lord Carnarvon llegó, y Carter se puso manos a la obra.
Ni en sus mejores ensoñaciones, adivinó Carter lo que se iba a encontrar dentro, sabia que había descubierto una tumba, pero ni por asomo pensó encontrarla entera, con su rico ajuar-por todos es sabido la facilidad para saquear tumbas que tenían los antiguos egipcios-, pero allí estaba todo, tal cual, sus trajes, sus carros, sus camas, sus tronos y sobre todo su sarcófago. Aunque aún no lo sabía, Carter acababa de descubrir la tumba del último faraón de la dinastía XVIII, correspondiente al Imperio Nuevo. La tumba, pertenecía a otro segundón de la historia de Egipto, un faraón, que apenas reinó durante nueve años-que murió sin cumplir los dieciocho posiblemente-, y que pasó por la vida sin pena ni gloria, enfermo desde su nacimiento, debilitado por un sistema oseo frágil, y que en cuanto a lo político, fue mandado y manejado como un títere por todo el que se encontraba a su alrededor, apenas reconocido por sus coetáneos y olvidado por la historia, de no haber sido por el repentino golpe de suerte de Carter, aquel 4 de noviembre de 1922.
Ni siquiera hoy conocemos a este faraón por el nombre adoptado al subir al trono-Nebjeprure-, como a todos los demás, sino que le conocemos por su nombre de nacimiento-Tutankamon-, algo poco respetuoso en el antiguo Egipto.
Sin embargo, su mascara funeraria es la más conocida del mundo, sirviendo de portada para muchas publicaciones en torno a Egipto, y el nombre de su descubridor, pasó de ser de un arqueólogo de segunda-que malvivía dibujando jeroglíficos-, a convertirse en la figura más relevante dentro de la egiptología. Ya ven, no hay nada como estar en el lugar idóneo, en el momento adecuado.

2 comentarios:

  1. Joder, vaya forma de desmontar un mito, ¿no? No sé si será más veraz tu versión que otras que he escuchado, pero distinta sí que lo es; bastante...

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  2. Los mitos, son solo eso. El trabajo de los Historiadores consiste en buscar que parte es real y cual no, y mostrar el fin último de cada hecho historico.

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