miércoles, 11 de agosto de 2010

UNA PARTIDA DE AJEDREZ.


El alfil blanco se retira de su posición en C4, retrocediendo en su campo, hasta colocarse en la cercana casilla D3, lo cual, permitió la posibilidad de llevar a cabo un jaque doble. El primero de ellos, de la dama blanca al rey negro. El segundo, por parte del propio alfil blanco a la dama negra.
Uno de los jugadores-el que lo hace con las figuras blancas-, deja escapar una leve sonrisa de su boca, un leve destello de alegría, una mueca lobuna, de contenida suficiencia, era consciente del golpe de efecto que acababa de infligir a su contrincante. Este, pensativo, finalmente lleva a cabo su movimiento, sabiéndose alcanzado y perdido, elige del mal el menos y huye con su rey de A4 a B3, dejando a la dama negra a su suerte.
La partida tocaba a su fin, o eso parecía, y eso que el reloj no marcaba más que un par de minutos sobre las ocho de la mañana.
Yo me dirigía a una cafetería del barrio de El Raval barcelonés, un lugar cercano a la casa donde pasó sus últimos años Terenci Moix, cerca de una de las sedes de la CNT y al lado del Museo de arte Contemporáneo de Barcelona. Allí, en uno de los rincones más sombríos de la Plaza de los Ángeles-aún vacía a aquella hora-apareció algo que me llamo la atención. Detuve mis pasos antes de proseguir en busca de mi desayuno, justo ante un grupo de unos tres o cuatro individuos. Estaban tumbados en el suelo, rodeados de litronas de cerveza y cartones de vino vacíos, vestían ropas ajadas y sucias, no había que pensar mucho para darse cuenta de que eran unos de las muchas personas sin casa de la capital catalana, ellos, como otros pasan las noches en esa plaza, unos en las esquinas sucias, otros en las escaleras y otros refugiándose en los entrantes y salientes del moderno edificio del MACBA.
Se encontraban despiertos en torno a algo que los entretenía de sobremanera, manteniéndolos callados y observando atentamente el artilugio que se situaba en medio del grupo, me acerque lentamente, y ví como dos de ellos jugaban una apasionada partida de ajedrez, cabizbajos, concentrados, vislumbrando como serán los próximos movimientos de uno y otro jugador. Estuve unos minutos parado ante ellos, viendo como llevaban a cabo la partida, eran técnicos, valoraban cada situación posible antes de mover una u otra pieza.
El tiempo que transcurrió entre las dos jugadas arriba descritas, me dió la posibilidad de analizar a las personas que allí estaban, sus caras a pesar de estar abotargadas por el alcohol e invadidas de un color escarlata-supongo que por lo mismo-, eran de personas inquietas, pero a la vez escondían un toque de vivacidad, tal vez de inteligencia. Algunos de ellos, cruzaron unas palabras, sus acentos eran de procedencia balcánica. Tal vez-pensé-, eran algunas de esas personas que en sus países de origen eran ingenieros, médicos o profesores, quien sabe. Y que tras ver como su país se iba al garete, tuvieron que huir a otros para buscarse la vida, y llegando a su situación actual por distintos motivos: falta de trabajo, desconfianza de la sociedad, por que la economía del nuevo país tampoco estaba muy boyante e iba siendo engullida poco a poco por una cruel crisis, o simplemente por la comodidad de no hacer nada salvo malvivir en la calle. Quien sabe.
El caso, es que no jugaban por jugar, sabían lo que hacían y como lo hacían, como si lo hicieran desde hace años. Tal vez aprendieron el juego mientras asistían al colegio en algún país perteneciente a la órbita soviética-la U.R.S.S fue la superpotencia ajedrecística durante casi un siglo-, o tal vez simplemente el aburrimiento de las calles les había apremiado a aprenderlo, tras haber encontrado las piezas y el tablero en algún lugar indeterminado de la ciudad.
Pero, tras sopesar esta idea, finalmente la rechace y supuse que habían aprendido de niños, y que alguno de ellos guardaba el juego como si de un trofeo de guerra, o un recuerdo de su lejano país se tratara, pues, el ajedrez, era de gran tamaño, con las piezas aparentemente realizadas a mano-o casi-, eran totalmente de madera, no de mal plástico, como las que se ven ahora en la mayoría de las tiendas. Tal vez-volví a pensar-, fueran de boj y ébano, al igual que la caja rectangular donde las guardaban. Apartada y cerrada en esos momentos, justo al lado de unas mantas arrugadas y amontonadas.
Después de dos movimientos más, el jugador de blancas dió jaque mate a su oponente, las otras personas, sentados junto a ellos rompieron a aplaudir, el ganador comenzó a colocar su fichas de nuevo, esperando una nueva partida, y yo seguí camino en busca de mi café.

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