jueves, 30 de septiembre de 2010

LA BATALLA DE BUSSACO.

El año va de bicentenerarios, no solo en España, como se podrán imaginar. El caso, es que por estas fechas hace doscientos años, nuestros vecinos lusos ­sí, esos que tenemos al otro lado de la frontera, a tiro de piedra, aunque parezca increíble, ellos también tienen historia, y en la mayoría de los casos, es muy similar a la nuestra­, pues eso, que nuestros vecinos lusos el día 27 de septiembre del año 1810, le dieron la del pulpo a las tropas napoleónicas, a lo mejor no les suena el dato, pero tal vez les suene Bailen, o Arapiles. Bien, pues esto es algo así, tierra cercana, y personajes casi idénticos.

Como les iba diciendo, nos encontramos en Portugal, día 27 de septiembre de 1810, un calor húmedo ahogaba al personal en ambos bandos, unos, los lusos, que luchaban junto a los ingleses, se encontraban en lo alto de un monte, llamado monte de Bussaco, ambos ejércitos, dirigidos por Arthur Wellesley, primer Duque de Wellington. Los otros, pues los de siempre en este siglo, los franceses, los hijos del Imperio, los hijos del petit francés. El temible ejercito napoleónico, que hacia menos de un año se había internado por los Pirineos, con una orden clara, arrasar Portugal, hacerse con el dominio del país y echar de allí como sea a Wellington y a todos sus muchachos.

De lo que ocurrió con el ejercito napoleónico durante ese año, por tierras españolas, hablaremos largo y tendido otro día, que además me pilla de cerca, pues esas tropas que cruzaron la frontera por Ciudad Rodrigo, con destino Coimbra, estuvieron asentadas y haciendo de las suyas en mi pueblo, vamos, a la puerta de mi casa como quien dice, pero ese es otro tema y ya iremos otro día sobre él.

A lo que iba, es que, el ejercito napoleónico, dirigido por el mariscal del Imperio, André Masséna, uno de los ojitos derechos de Bonaparte, se encontraba allí, junto a él, más de sesenta y cinco mil hombres y ciento catorce piezas de artillería, para enfrentarse a los poco más de cincuenta mil portugueses e ingleses, que tan solo contaban con sesenta piezas de artillería. La idea de Masséna, era sencilla, cruzar el Monte de Bussaco, de unos quince quilómetros y avanzar hasta Lisboa, con la intención de hacerse con el control de la capital y por tanto con la del país.

Pero el general inglés, supo por donde le bailaban el agua, y como experimentado militar, se hacía una idea de antemano sobre lo que le rondaba en la cabeza a su colega gabacho y por tanto decidió adelantarse a los acontecimientos, es decir, blindo la zona. El monte de Bussaco, permitía ser cruzado por varios caminos distintos, pero el Duque de Wellington, supuso que lo más lógico, es que los franceses intentaran llegar a la parte alta por la zona más corta, pasando justo al lado del Monasterio de la Santa Cruz de Bussaco y desde allí girar hacia la derecha hacía la estrada de Coimbra, para sorprender a los portugueses, dejarles listos de papeles, y con un poco de suerte llevarse consigo todo elemento de valor que se encontrar en el interior del monasterio.

Dicho y hecho, Wellington, colocó un tercio de sus efectivos en la zona cercana al monasterio, zona que además contaba con un muro de unos tres metros de altura desde el cual podían ver sin ser vistos, mientras que en la zona sur del monte colocó a unos 2200 hombres y al norte, hizo lo mismo con otros 5200, apoyados todos ellos, por las piezas de artillería. Sin llamar la atención, como si la zona fuera una zona defensiva de retaguardia. Imagínense al inglés paseándose como diciendo yo no he hecho nada, mientras su ego, se hinchaba hasta casi ahogarlo, y al otro lado el mariscal francés frotándose las manos, pensando en la perita en dulce que iba a echarse a la faltriquera, pues a su buen entender, lo que tenia delante era solo un pequeño destacamento de retaguardia.

El día 27 de septiembre de 1810, a las ocho y quince minutos de la mañana, el ejército napoleónico se lanzó a hacerse con el monte de Bussaco, sin saber lo que allí se cocía realmente. El resto, pueden imaginárselo, las escenas, pues las típicas de estos acontecimientos, soldados de ambos bandos destripados, saqueados y reventados por la metralla, el corte de las bayonetas y de las piezas de artillería, olor a pólvora, a sangre, a pus viejo y entrañas esparcidas por el monte, olor a guerra.

El final de la batalla llegó ese mismo día sobre las cuatro de la tarde, y el recuento de bajas por el lado portugués fue de 1252 muertos y heridos, mientras que el ejército del Imperio, perdió a 4486 de sus hombres, entre ellos a cinco generales. Pero el mariscal francés André Masséna, tan solo un día después logró dar con el paso franco del monte y supero el obstáculo, lanzándose sobre Lisboa. Eso si, el daño ya estaba hecho, las bajas en sus filas fueron numerosas y la moral de sus soldados estaba por los suelos, todo lo contrario que la de sus oponentes lusos, que a pesar de haber tenido que recular hasta la línea de Torres Vedras, estaban henchidos en su orgullo, y eso vale más que cualquier victoria militar.

jueves, 23 de septiembre de 2010

SOCIEDAD GENERAL DE APROVECHADOS.

Hoy, va el asunto de ejemplos y mala baba a partes iguales. Comencemos por el ejemplo. Usted, humilde lector, tiene la necesidad de comprar una mesa de tamaño estándar para su cocina, comedor, merendero, pérgola, o para donde a usted le venga en gana colocar la mesa de las narices. Por tanto, se acerca a unos grandes almacenes o a una tienda más modesta de barrio y tras una breve conversación con el dependiente y tras que este, le muestre los diferentes modelos con los que cuenta la tienda, usted, elige uno de ellos para colocarlo en su casa. Hasta aquí todo normal, usted a pagado religiosamente la transacción y se ha hecho con un útil que usted necesitaba. El problema viene ahora, usted para inaugurar la mesa, decide invitar a comer a la familia, padres, hermanos y sobrinos. Bien, pues cuando todos están en amor y comparsa degustando y deglutiendo la comida antes dicha, suena el timbre de la puerta. Sorpresa, es el dueño de la tienda de muebles, en la cual el ese día anfitrión compró la mesa en la que ahora reposa la comida a medio engullir.

El individuo de la casa se extraña y pregunta a que se debe tal visita, puesto que él ya lleva viviendo allí más de quince años y el encargado de la tienda de muebles no se había personado en su casa nunca. A lo que el tendero contesta tajante y seguro de si mismo: Como usted bien sabe, las mesas que vendo en mi tienda, son de fabricación propia, es decir, yo, no solo me encargo de vender sino que además, llevo a cabo todo el proceso creativo, y por tanto, yo le cobré lo propio, para uso y disfrute de usted. Pero usted no me dijo que además de su posadera, iba a colocar alrededor de mi mesa las de toda su familia, disfrutando esta de la mesa creada por mi, por lo cual, vengo a su casa a cobrarle una determinada cantidad de su dinero, por cada una de las personas que ahora mismo se encuentran sentadas alrededor de su mesa, y así haré, cada vez que alguien que no sea usted se siente en ella.

Cualquier persona normal, y marco lo de normal, mandaría, en el mejor de los casos, al tipo de la tienda a la calle con cajas destempladas, diciéndole entre exabruptos y ciscamientos varios, que el ya pagó suficiente por la maldita mesa y que ahora se sentara a su alrededor quien le salga a él de la castaña. Esto seria lo normal, y vuelvo a repetir lo normal. Yo pago por una cosa, elemento o utensilio una vez, y luego lo uso como a mi me venga en gana, dejando que lo use quien a mi me apetezca, por que por ello es mío. Supongo que a todos les parece algo lógico y normal­ no dejen caer lo de normal en saco roto­.

Pues bien, ahora llega el turno de la mala baba. Resulta que hace unos días una amiga­escritora y editora, para más INRI­, me hace llegar una información un tanto escabrosa, la cual venia acompañada de una carta firmada por un conocido escritor de lengua castellana. Días después, más personas cercanas me enviaron de nuevo la misma misiva. En la información propiamente dicha, se dejaba ver la nueva pantomima sacacuartos que esta llevando a cabo la Sociedad General de Autores española. Resulta, que no satisfechos con colarse en bodas, comuniones y negocios varios para ver si estaban usando música sin haber pagado la cuota establecido por ellos mismos, que ahora esta sociedad de buitres carroñeros que viven agarrados como viles parásitos a la capacidad creativa de músicos y escritores, quieren cobrar a todas la bibliotecas del país, veinte céntimos de euro, por cada libro que estas presten a sus socios. Supongo que para hacerse ellos más ricos, y cuando me refiero a ellos, me dirijo a esos que viven de lo que un día fueron, ya saben, gente como ese chico, Ramón, el rey del pollo, no digo su nombre artístico, porque creo recordar que lo tiene registrado y si lo escribiera en esta página, debería pagar el maldito canon a su maldita sociedad de sacacuartos.

Párense, por favor, un momento a pensar, piensen en los autores de las obras, escritores consagrados que un día hicieron de esas bibliotecas­ a la que ahora unos indeseables buscan sacarles los cuartos­, sus feudos, su lugar más preciado. Esos autores, vivieron rodeados de libros de una biblioteca, normalmente pública. Realmente la mayoría deben lo que hoy son a esos lugares donde gratuitamente podías culturizarte, hacerte más grande como persona y vivir maravillosas aventuras sin salir de las cuatro paredes donde te encontrabas. Esos autores, a los cual nadie a pedido su opinión, y que ahora dicen defender esta Sociedad General de Aprovechados, por no decir otra cosa mal sonante. Dudo mucho que ningún escritor bien nacido este a favor de esta medida, es tirar piedras contra su propio tejado, estoy casi seguro, de que más del noventa por ciento de estos escritores, prefieren ser menos ricos, pero más leídos, estoy seguro que prefieren que se expanda la cultura entre la gente de a pie, a que los precios de mercado, para algunos prohibitivos, impidan a alguno de sus seguidores leer su última creación. Estoy seguro de ello, por que ellos con toda seguridad deben mucho a las bibliotecas y a sus préstamos, por que allí conocieron a los grandes clásicos por primera vez, por que allí se dieron cuenta que la lectura no era aburrida y por que allí muchos pensaron: yo, algún día escribiré una de estas novelas.

Yo personalmente, soy escritor amateur, pero lector profesional, y sinceramente al igual que otros tantos, le debe mucho a las bibliotecas y nada a estos tipos, que se las van dando de defensores de la cultura, cuando en realidad son los mayores censores de la cultura libre, y de la libertad, libertad, que la gente normal, respeta y valora. Lo que esta sociedad lucrativa esta haciendo se llama extorsión, sino lo creen, consulten un diccionario, antes de que un individuo de estos comience a cobrarnos cada vez que abramos uno. Viva la biblioteca pública y libre.

jueves, 16 de septiembre de 2010

AGONÍA DE UN POLÍTICO HONRADO.

Alguien afirmó una vez: Los políticos honrados se quitan de en medio cuando cae sobre ellos la sospecha. Pero no supo o no quiso terminar la sentencia, el abajo firmante añadiría un pequeño matiz al asunto, hay les va: Los políticos honrados se quitan de en medio cuando cae sobre ellos la sospecha, o más bien se encargan de quitarlos de en medio haciéndoles la vida imposible. A nadie le gusta robar delante de una persona que no lo hace, y que podría chivarse a algún juez, o a alguien que le interese, que ese es otro tema. Además ya sabe lo que dura un pez de colores en una pecera llenas de pirañas. Eso es así, aquí y en Trinidad y Tobago, por mucha democracia que haya ­ ó que nos hacen creer que hay­, por mucha lucha de clases, o por mucha limpieza de dirigentes mamporreros y trafulleros, es de cajón de pino gallego ­ó carvallo, que dicen allá­ que siempre hay políticos que hacen de su capa un sayo y montan una república bananera a su alrededor, amparando bajo su manto de honestidad brutal y ficticia­ sobre todo ficticia­, a sus secuaces disfrazados de diputados y consejeros. Mercenarios con traje y corbata y encima, algunos con valija diplomática, que trabajan por su beneficio, empeñados en hacerse ricos robando al prójimo, y si ese prójimo es conocido mejor que mejor.

El que no salga a la raza que lo maten, dice el refrán castellano, aunque también hay otro más acertado para según que tipo de gente: Dios los cría y ellos se juntan. Se creerán que es una bobada pero pásense por los restaurantes cercanos al congreso de los diputados de Madrid, a la hora de la comida, y verán a esos políticos que cantan por las mañanas que se lanzan flechas ardiendo dentro del hemiciclo, dándose palmaditas en la espalda, preguntándose por la familia mientras se toman unas copas de Chivas con hielo, acompañado de un Montecristo, riéndose de usted y de mi, que les mantenemos en su pedestal.

Es cierto que la mayoría se dedican a lo que se dedican, ya saben el cuento de Pedro y el lobo, pues ellos a lo mismo, pero estos con especulación urbanística y corrupción en vez de con ovejas, riéndose a carcajadas, diciendo que viene el juez, que viene el juez, hasta que un día, viene un juez con los huevos en su sitio y les trinca, metiéndoles la quinta enmienda por cierto orificio y sin parar hasta que les toca con ella la campanilla. Pero, cuando el político de turno se lo esta empezando a hacer encima, pensando esta vez si, esta vez me caigo con todo el equipo, aparece su salvador, llámenlo ángel de la guarda, llámenlo Tribunal Supremo, para ellos es el mismo perro con distinto collar y les saca del apuro, dejando libre de cargos y de polvo y paja, eso si, regañándoles, no por lo que han robado, sino por ser tan gilipollas como para dejarse pillar. Pero no me fastidies hombre, con lo fácil que es llenarse el bolso en este país sin que se entere ni el tato y me vas tú y me sales en la portada de los periódicos, haber si aprendes de tus socios de partido, que no dan un ruido.

Pero como en todos los sitios cuecen habas, este gremio, también tiene sus garbanzos negros, ya ven no todo el monte es orégano, o no todo el hemiciclo son gente de bien, honrada, y de buena catadura. También hay ciertos individuos que luchan por sus ideales, por su comunidad o provincia, por esos que un día lo votaron para que defendiera sus intereses. Esos que van al congreso o a la diputación con idea de trabajar, de los que madrugan todos los días y que además están todas las horas en el curro, que no ponen excusas para escaquearse un par de días y hacerse un puente, para ir a las Seychelles, con su familia, o con la de otro, que de todo hay. Esos individuos que buscan aprobar leyes y enmiendas para ayudar a la juventud y a los trabajadores. Esa gentuza que se creen que pueden hacer algo de provecho para la comunidad, en vez de entretenerse llenando sus bolsillos y los de todos sus primos.

Esos, que se conocen como políticos honrados, que duran poco en los puestos públicos, que lo dejan hartos de malas jugadas, de que les pongan una y otra vez la zancadilla y de que se rían en su jeta, el resto, esos digamos hijos de mal vientre, por no decir otra cosa, y no me pidan que de nombres que todos conocemos, por que si lo hiciera, tendría que ciscarme en la madre que los parió acto seguido, esos que aparecen tan dignos en los telediarios, diciendo que ellos no han hecho nada malo, mientras no pueden evitar que se les escape una sonrisilla, esos a los que habría que esperar a la salida del congreso o de donde toque, con una recortada llena de posta lobera y montar allí mismo la de San Quintín.

Ya se que son pocos, pero fíjense y recuerden, seguro que tarde o temprano encontraran algún nombre, alguna persona que en su día se dedicaron a la política y tras unos pocos años intentar hacerse oír, lo dejan, por la puerta de atrás, con el rabo entre las piernas, sumidos en una profunda agonía. Mandándolo todo a varas, y volviendo a su antiguo trabajo, a dar clase en la universidad normalmente. Ya se sabe, en ciertos lugares no se puede tener iniciativas positivas y poder al mismo tiempo, dicho en plata. No se puede tener la verga del teniente y la paga del coronel.

jueves, 9 de septiembre de 2010

LA PUERTA DE LA TRAICIÓN.

Noche Cerrada sobre la ciudad de Zamora, una amarillenta luna en cuarto menguante ilumina tenuemente la oscuridad, mientras que el frío afilado y peligroso cubría de escarcha blanquecina todo aquello que se encontraba a la intemperie, corría el año 1067 y no estaba el aceite para buñuelos, pintaban bastos para los zamoranos viejos y lo sabían -a veces es peor ser consciente de que se corre peligro a correrlo-, correr peligro es soportarle, pero saber que se corre, eso mina la moral de hasta el más lanzado.

            La única salvación de los vencidos es no esperar salvación alguna -pensaba el vigía-, en la elevación que le permitía su situación de vigilancia sobre lo alto de la empalizada. Tiritaba, bajo una simple saya color marrón, deshilachada y atestada de manchas y chinches a partes iguales, hambriento, famélico y cansado, escaso de fuerzas. No era para menos, el asedio de las tropas castellanas del rey Sancho II estaba a punto de cumplir siete meses. Y mientras tanto, ellos, los zamoranos, resistiendo cada ataque, como los juncos resisten la fuerza del aire, doblándose algunas veces, pero sin llegar a partirse nunca, manteniéndose en pie, impávidos, firmes y fríos como un témpano, girando la cara a cada sacudida, pero volviendo a su estado inicial al instante, con dos cojones.

            El cierzo del norte llevaba toda la noche sin arreciar, mientras que el frío por su parte aumentaba a cada instante, el aire le cortaba la cara al vigía, sus mejillas de soplacaldos se iban enrojeciendo hasta llegar a arder bajo la tupida barba negra, que ya empezaba a canear en el mentón, sus grandes y ojerosos ojos relucían en la oscuridad cada vez que una antorcha cercana chisporroteaba, sus pupilas se mostraban dilatadas por la oscuridad y por el vino tinto que escondía en una bota dentro de su faltriquera. La madre que los parió- masculló el vigía-, mientras observaba pequeños movimientos en la campa donde se asentaban los guerreros de Sancho II. Y encima estaba el asunto de aquel gallego, Bellido Dolfos dicen que se llama, que la noche anterior había aprovechado un resquicio en la seguridad de la ciudad para pasarse al enemigo. El vigía aún sin conocerlo lo maldice entre dientes, a estas alturas de la película, lo que menos falta hace a nadie es disidentes.

             Mientras tanto, en el cercano campamento, el rey Sancho II, que ya hacía años había comenzado unas campañas para reconquistar lo que él consideraba como su herencia, pues él era el primogénito, y su padre había decidido repartir su reino entre sus cinco hijos en vez de cedérselo a él como debería. Por ello, ahora tenía que volver a juntarlos por la fuerza. Galicia ya era suyo de nuevo, y Don García -rey legítimo de tierras gallegas-, había tenido que esconderse en Toledo, protegido por el rey Mamum.

              Ahora tenía entre ceja y ceja a Zamora, y tras siete meses estaba a punto de conseguirla.

              El rey sentado sobre un arcón de madera esperaba nervioso la visita de un gallego, que la noche anterior había huido del cerco y ahora iba a confesarle un lugar para poder acceder a la ciudad sin ser visto y así hacerse con ella. Mientras tanto, un mochilero de unos quince años se encontraba sentado sobre un jergón de paja húmeda, tiritando de frío, mientras afilaba y limpiaba la espada que el rey portaría esa misma madrugada, cuando el gallego llamado Bellido Dolfos, hijo de Dolfos, le llevara hasta la puerta de su victoria final.

             La madrugada no fue mejor que la noche, el cierzo soplaba con fuerza y la escarcha que cubría el suelo crujía al ser pisada por el rey y el vasallo, que por aquella altura ya era conocido en Zamora como el traidor. Ambos se acercaban a la pétrea muralla, cuando se encontraban a unos metros de una abertura -poco más grande que la puerta de una casa, y cubierta parcialmente por maleza-, el rey comenzó a sentirse mal. El rey Sancho II, se sentía indispuesto, un fuerte golpe sacudió su estómago. El maldito frío, o una mala digestión -se dijo-, pidió disculpas a su guía y se ausento durante unos minutos.

              Cuando el rey se encontraba haciendo cosas que nadie podía hacer por él, Bellido Dolfos se acercó sigilosamente, pisando con ligero y buena letra. El rey Sancho II, más pendiente de sus tripas que de su alrededor, no oyó como su acompañante se acercaba por su espalda. El gallego afincado en Zamora, traidor aún en eso momentos para la ciudad que lo acogió, sacó de su bota un puñal, y sin pensárselo dos veces se lo clavó en el pecho al rey que quería hacerse con Zamora. Esto por Zamora y por los gallegos, maldito bastardo, dijo mientras le escupía en la cara. Entre tanto el rey viéndose listo de papeles intento avisar a sus secuaces, pero el mal-o el bien-, según se mire-, ya estaba hecho. Y de esta manera el que fue considerado durante un tiempo como traidor por los zamoranos, se convirtió en su salvador, pues días después de picarle el billete al rey Sancho II, sus esbirros recogieron el campamento y cesaron en su intento de conquistar Zamora.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

DOS JAPONESES Y UNA PAELLA.


         Háganse cargo del asunto, un bar con restaurante de Madrid, cercano a la plaza del Dos de mayo, donde figuran insomnes las figuras pétreas de Daoíz y Velarde, héroes en otras época, y ahora meros espectadores que ven pasar por delante de sus cansados ojos la historia caínita de nuestra vieja y perra España, olvidados por unos y vilipendiados por otros, sobre todo por políticos de chicha y pomelo a los que les gusta cantar por las mañanas, puritanos de pega, que se la cogen con papel de fumar y luchan por la alianza de civilizaciones machacando a estudiantes y trabajadores.


Ahí estaba yo, como otras tantas veces, en el bar de costumbre-si me lo permiten me voy a ahorrar dar nombres-, en el Madrid castizo, un bar de gente del norte-la cabra tira al monte-, de tipos y tipas que un día tuvieron que emigrar a la capital para intentar tirar hacia adelante y ganarse las habichuelas para los suyos-por ello son lugares que frecuento y respeto-. Una tasca con la barra y los taburetes- cuatro o cinco-, de madera, mostrador repleto de tapas y raciones, el tiracañas congelado goteando por la condensación, dejando paso a un pequeño letrero donde se anuncia una cerveza gallega. Al fondo una lámina en blanco y negro enmarcada, es la plantilla del Celta de Vigo-temporada 74-75-. El camarero, grandote, simpático, con su tripa por encima del pantalón, palillo de madera en boca, camisa blanca con un gran manchurrón de color rojizo sobre el ombligo, y en el bolso de ésta, medio paquete de Bisonte. Me reconoce cuando entro; coño zamorano, ya hacía tiempo que no se te veía el pelo. Dice mientras me tira una caña.

          A los pocos minutos entran en el bar dos individuos, pequeños delgados, uno con el pelo al cero y unas grandes gafas, el otro, bien parecido, con su pelo plateado cortado a cepillo-como los antiguos militares- porta en sus manos una guía turística del tamaño de las páginas amarillas, ojos rasgados y una cámara réflex marca Nikon colgada del cuello. Se acercan cautos a la barra, uno de ellos dice con mucha corrección y respeto Du yu espik inglis? El camarero que se le queda mirando, ojos abiertos como platos, pupilas dilatadas, similares a los de un conejo parada en medio de la autovía cuando es deslumbrado por los focos del coche, el cual irremediablemente unos segundos después le va a sesgar la vida. ¿Qué?- dice al rato impávido el tío-. De repente el japo abre la macro guía que sostiene con aplomo y señala algo en ella, mientras dice con su enorme sonrisa, paela. ¡Ah, coño!- revive el camarero con el palillo aún en la boca-, si hombre, si, siéntense aquí, que ahora mismo se la hacemos. Yo mientras tanto observaba la escena desde la lejanía, dando cuenta de un trozo de empanada y un plato de pulpo a feira.

         Mientras esperan los dos japoneses se hacen fotos con todo lo que tienen a su alrededor, incluso, me piden que les haga una mientras ellos posan ante un cartel de una corrida de toros, plaza de las Ventas, Madrid, Feria de San Isidro, año 1984. Encabeza el cartel José Cubero Sánchez ¨El Yiyo¨. Mientras me acerco de nuevo a la barra a por otra caña en espera a que salga la paella-este espectáculo no me lo pierdo, pensé-, los dos japos se retrataban junto a la plantilla del celta de la temporada 74-75. Iba por la tercera caña cuando salió nuestro amigo con la paella, la colocó en medio de los dos japos, y juro por la vela cangreja del San Juan Nepomuceno que casi rompen a aplaudir ante ella. Les observaba acodado en la barra, donde esperaba paciente a que me sirvieran un cortado, mientras tanto ambos japos se esforzaban en explicarle algo al camarero, éste, cuando se acercó a la cafetera para hacerme el café rezongaba por lo bajo; arigato, dice el jambo ahora, ¿qué leches es un arigato? La madre que parió al chino este, porque no van a tocarle el cimbrel a los de los restaurantes modernos, que yo bastante tengo con lo mío. Aunque lo intenté, en ese momento no pude reprimir la sonrisa, mientras los de la mesa seguían con su sesión de fotos, ahora ante la paella.

          Cuando parecía que todo volvía a su estado normal y óptimo, cuando el camarero se enjuagaba ya las gotas de sudor de la frente, pensando estos ya no me torean más, los dos nipones rizaron el rizo y antes de pasarse la paella por la calandria sacaron de sus respectivos bolsos un juego de palillos; redondos, pulidos, en color oscuro, de madera noble, tal vez boj. Rematados con unas letras japonesas en color dorado. Ahí sí, ahí el camarero no pudo soportarlo más, me lanzó una mirada como diciendo: tú te crees, que me hagan esto a mí, a mi paella, a mi restaurante. Acto seguido golpeo la barra de madera con toda su mano abierta, dos veces, pam pam. Y dijo con voz ronca, mala catadura y peor jaez: ¡oyes!, aunque uséis los palos esos, el cubierto os lo pienso cobrar igual. El japo del pelo blanco, con una sonrisa de oreja a oreja y un retranca más grande que un camión de tres ejes, se volvió diciendo de nuevo, yes yes, arigato.  Y qué decir, ahora sí que no pude retener la carcajada mientras el camarero se metió en la cocina maldiciendo y ciscándose en el Imperio del sol naciente y en su mala suerte con los clientes, y en mi por estar allí riéndome a pleno pulmón, mientras uno de los japoneses levantaba una de las cervezas y sonriéndome, dijo: ispanish very simpatic, arigato