miércoles, 1 de septiembre de 2010

DOS JAPONESES Y UNA PAELLA.


         Háganse cargo del asunto, un bar con restaurante de Madrid, cercano a la plaza del Dos de mayo, donde figuran insomnes las figuras pétreas de Daoíz y Velarde, héroes en otras época, y ahora meros espectadores que ven pasar por delante de sus cansados ojos la historia caínita de nuestra vieja y perra España, olvidados por unos y vilipendiados por otros, sobre todo por políticos de chicha y pomelo a los que les gusta cantar por las mañanas, puritanos de pega, que se la cogen con papel de fumar y luchan por la alianza de civilizaciones machacando a estudiantes y trabajadores.


Ahí estaba yo, como otras tantas veces, en el bar de costumbre-si me lo permiten me voy a ahorrar dar nombres-, en el Madrid castizo, un bar de gente del norte-la cabra tira al monte-, de tipos y tipas que un día tuvieron que emigrar a la capital para intentar tirar hacia adelante y ganarse las habichuelas para los suyos-por ello son lugares que frecuento y respeto-. Una tasca con la barra y los taburetes- cuatro o cinco-, de madera, mostrador repleto de tapas y raciones, el tiracañas congelado goteando por la condensación, dejando paso a un pequeño letrero donde se anuncia una cerveza gallega. Al fondo una lámina en blanco y negro enmarcada, es la plantilla del Celta de Vigo-temporada 74-75-. El camarero, grandote, simpático, con su tripa por encima del pantalón, palillo de madera en boca, camisa blanca con un gran manchurrón de color rojizo sobre el ombligo, y en el bolso de ésta, medio paquete de Bisonte. Me reconoce cuando entro; coño zamorano, ya hacía tiempo que no se te veía el pelo. Dice mientras me tira una caña.

          A los pocos minutos entran en el bar dos individuos, pequeños delgados, uno con el pelo al cero y unas grandes gafas, el otro, bien parecido, con su pelo plateado cortado a cepillo-como los antiguos militares- porta en sus manos una guía turística del tamaño de las páginas amarillas, ojos rasgados y una cámara réflex marca Nikon colgada del cuello. Se acercan cautos a la barra, uno de ellos dice con mucha corrección y respeto Du yu espik inglis? El camarero que se le queda mirando, ojos abiertos como platos, pupilas dilatadas, similares a los de un conejo parada en medio de la autovía cuando es deslumbrado por los focos del coche, el cual irremediablemente unos segundos después le va a sesgar la vida. ¿Qué?- dice al rato impávido el tío-. De repente el japo abre la macro guía que sostiene con aplomo y señala algo en ella, mientras dice con su enorme sonrisa, paela. ¡Ah, coño!- revive el camarero con el palillo aún en la boca-, si hombre, si, siéntense aquí, que ahora mismo se la hacemos. Yo mientras tanto observaba la escena desde la lejanía, dando cuenta de un trozo de empanada y un plato de pulpo a feira.

         Mientras esperan los dos japoneses se hacen fotos con todo lo que tienen a su alrededor, incluso, me piden que les haga una mientras ellos posan ante un cartel de una corrida de toros, plaza de las Ventas, Madrid, Feria de San Isidro, año 1984. Encabeza el cartel José Cubero Sánchez ¨El Yiyo¨. Mientras me acerco de nuevo a la barra a por otra caña en espera a que salga la paella-este espectáculo no me lo pierdo, pensé-, los dos japos se retrataban junto a la plantilla del celta de la temporada 74-75. Iba por la tercera caña cuando salió nuestro amigo con la paella, la colocó en medio de los dos japos, y juro por la vela cangreja del San Juan Nepomuceno que casi rompen a aplaudir ante ella. Les observaba acodado en la barra, donde esperaba paciente a que me sirvieran un cortado, mientras tanto ambos japos se esforzaban en explicarle algo al camarero, éste, cuando se acercó a la cafetera para hacerme el café rezongaba por lo bajo; arigato, dice el jambo ahora, ¿qué leches es un arigato? La madre que parió al chino este, porque no van a tocarle el cimbrel a los de los restaurantes modernos, que yo bastante tengo con lo mío. Aunque lo intenté, en ese momento no pude reprimir la sonrisa, mientras los de la mesa seguían con su sesión de fotos, ahora ante la paella.

          Cuando parecía que todo volvía a su estado normal y óptimo, cuando el camarero se enjuagaba ya las gotas de sudor de la frente, pensando estos ya no me torean más, los dos nipones rizaron el rizo y antes de pasarse la paella por la calandria sacaron de sus respectivos bolsos un juego de palillos; redondos, pulidos, en color oscuro, de madera noble, tal vez boj. Rematados con unas letras japonesas en color dorado. Ahí sí, ahí el camarero no pudo soportarlo más, me lanzó una mirada como diciendo: tú te crees, que me hagan esto a mí, a mi paella, a mi restaurante. Acto seguido golpeo la barra de madera con toda su mano abierta, dos veces, pam pam. Y dijo con voz ronca, mala catadura y peor jaez: ¡oyes!, aunque uséis los palos esos, el cubierto os lo pienso cobrar igual. El japo del pelo blanco, con una sonrisa de oreja a oreja y un retranca más grande que un camión de tres ejes, se volvió diciendo de nuevo, yes yes, arigato.  Y qué decir, ahora sí que no pude retener la carcajada mientras el camarero se metió en la cocina maldiciendo y ciscándose en el Imperio del sol naciente y en su mala suerte con los clientes, y en mi por estar allí riéndome a pleno pulmón, mientras uno de los japoneses levantaba una de las cervezas y sonriéndome, dijo: ispanish very simpatic, arigato

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