jueves, 30 de septiembre de 2010

LA BATALLA DE BUSSACO.

El año va de bicentenerarios, no solo en España, como se podrán imaginar. El caso, es que por estas fechas hace doscientos años, nuestros vecinos lusos ­sí, esos que tenemos al otro lado de la frontera, a tiro de piedra, aunque parezca increíble, ellos también tienen historia, y en la mayoría de los casos, es muy similar a la nuestra­, pues eso, que nuestros vecinos lusos el día 27 de septiembre del año 1810, le dieron la del pulpo a las tropas napoleónicas, a lo mejor no les suena el dato, pero tal vez les suene Bailen, o Arapiles. Bien, pues esto es algo así, tierra cercana, y personajes casi idénticos.

Como les iba diciendo, nos encontramos en Portugal, día 27 de septiembre de 1810, un calor húmedo ahogaba al personal en ambos bandos, unos, los lusos, que luchaban junto a los ingleses, se encontraban en lo alto de un monte, llamado monte de Bussaco, ambos ejércitos, dirigidos por Arthur Wellesley, primer Duque de Wellington. Los otros, pues los de siempre en este siglo, los franceses, los hijos del Imperio, los hijos del petit francés. El temible ejercito napoleónico, que hacia menos de un año se había internado por los Pirineos, con una orden clara, arrasar Portugal, hacerse con el dominio del país y echar de allí como sea a Wellington y a todos sus muchachos.

De lo que ocurrió con el ejercito napoleónico durante ese año, por tierras españolas, hablaremos largo y tendido otro día, que además me pilla de cerca, pues esas tropas que cruzaron la frontera por Ciudad Rodrigo, con destino Coimbra, estuvieron asentadas y haciendo de las suyas en mi pueblo, vamos, a la puerta de mi casa como quien dice, pero ese es otro tema y ya iremos otro día sobre él.

A lo que iba, es que, el ejercito napoleónico, dirigido por el mariscal del Imperio, André Masséna, uno de los ojitos derechos de Bonaparte, se encontraba allí, junto a él, más de sesenta y cinco mil hombres y ciento catorce piezas de artillería, para enfrentarse a los poco más de cincuenta mil portugueses e ingleses, que tan solo contaban con sesenta piezas de artillería. La idea de Masséna, era sencilla, cruzar el Monte de Bussaco, de unos quince quilómetros y avanzar hasta Lisboa, con la intención de hacerse con el control de la capital y por tanto con la del país.

Pero el general inglés, supo por donde le bailaban el agua, y como experimentado militar, se hacía una idea de antemano sobre lo que le rondaba en la cabeza a su colega gabacho y por tanto decidió adelantarse a los acontecimientos, es decir, blindo la zona. El monte de Bussaco, permitía ser cruzado por varios caminos distintos, pero el Duque de Wellington, supuso que lo más lógico, es que los franceses intentaran llegar a la parte alta por la zona más corta, pasando justo al lado del Monasterio de la Santa Cruz de Bussaco y desde allí girar hacia la derecha hacía la estrada de Coimbra, para sorprender a los portugueses, dejarles listos de papeles, y con un poco de suerte llevarse consigo todo elemento de valor que se encontrar en el interior del monasterio.

Dicho y hecho, Wellington, colocó un tercio de sus efectivos en la zona cercana al monasterio, zona que además contaba con un muro de unos tres metros de altura desde el cual podían ver sin ser vistos, mientras que en la zona sur del monte colocó a unos 2200 hombres y al norte, hizo lo mismo con otros 5200, apoyados todos ellos, por las piezas de artillería. Sin llamar la atención, como si la zona fuera una zona defensiva de retaguardia. Imagínense al inglés paseándose como diciendo yo no he hecho nada, mientras su ego, se hinchaba hasta casi ahogarlo, y al otro lado el mariscal francés frotándose las manos, pensando en la perita en dulce que iba a echarse a la faltriquera, pues a su buen entender, lo que tenia delante era solo un pequeño destacamento de retaguardia.

El día 27 de septiembre de 1810, a las ocho y quince minutos de la mañana, el ejército napoleónico se lanzó a hacerse con el monte de Bussaco, sin saber lo que allí se cocía realmente. El resto, pueden imaginárselo, las escenas, pues las típicas de estos acontecimientos, soldados de ambos bandos destripados, saqueados y reventados por la metralla, el corte de las bayonetas y de las piezas de artillería, olor a pólvora, a sangre, a pus viejo y entrañas esparcidas por el monte, olor a guerra.

El final de la batalla llegó ese mismo día sobre las cuatro de la tarde, y el recuento de bajas por el lado portugués fue de 1252 muertos y heridos, mientras que el ejército del Imperio, perdió a 4486 de sus hombres, entre ellos a cinco generales. Pero el mariscal francés André Masséna, tan solo un día después logró dar con el paso franco del monte y supero el obstáculo, lanzándose sobre Lisboa. Eso si, el daño ya estaba hecho, las bajas en sus filas fueron numerosas y la moral de sus soldados estaba por los suelos, todo lo contrario que la de sus oponentes lusos, que a pesar de haber tenido que recular hasta la línea de Torres Vedras, estaban henchidos en su orgullo, y eso vale más que cualquier victoria militar.

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