jueves, 9 de septiembre de 2010

LA PUERTA DE LA TRAICIÓN.

Noche Cerrada sobre la ciudad de Zamora, una amarillenta luna en cuarto menguante ilumina tenuemente la oscuridad, mientras que el frío afilado y peligroso cubría de escarcha blanquecina todo aquello que se encontraba a la intemperie, corría el año 1067 y no estaba el aceite para buñuelos, pintaban bastos para los zamoranos viejos y lo sabían -a veces es peor ser consciente de que se corre peligro a correrlo-, correr peligro es soportarle, pero saber que se corre, eso mina la moral de hasta el más lanzado.

            La única salvación de los vencidos es no esperar salvación alguna -pensaba el vigía-, en la elevación que le permitía su situación de vigilancia sobre lo alto de la empalizada. Tiritaba, bajo una simple saya color marrón, deshilachada y atestada de manchas y chinches a partes iguales, hambriento, famélico y cansado, escaso de fuerzas. No era para menos, el asedio de las tropas castellanas del rey Sancho II estaba a punto de cumplir siete meses. Y mientras tanto, ellos, los zamoranos, resistiendo cada ataque, como los juncos resisten la fuerza del aire, doblándose algunas veces, pero sin llegar a partirse nunca, manteniéndose en pie, impávidos, firmes y fríos como un témpano, girando la cara a cada sacudida, pero volviendo a su estado inicial al instante, con dos cojones.

            El cierzo del norte llevaba toda la noche sin arreciar, mientras que el frío por su parte aumentaba a cada instante, el aire le cortaba la cara al vigía, sus mejillas de soplacaldos se iban enrojeciendo hasta llegar a arder bajo la tupida barba negra, que ya empezaba a canear en el mentón, sus grandes y ojerosos ojos relucían en la oscuridad cada vez que una antorcha cercana chisporroteaba, sus pupilas se mostraban dilatadas por la oscuridad y por el vino tinto que escondía en una bota dentro de su faltriquera. La madre que los parió- masculló el vigía-, mientras observaba pequeños movimientos en la campa donde se asentaban los guerreros de Sancho II. Y encima estaba el asunto de aquel gallego, Bellido Dolfos dicen que se llama, que la noche anterior había aprovechado un resquicio en la seguridad de la ciudad para pasarse al enemigo. El vigía aún sin conocerlo lo maldice entre dientes, a estas alturas de la película, lo que menos falta hace a nadie es disidentes.

             Mientras tanto, en el cercano campamento, el rey Sancho II, que ya hacía años había comenzado unas campañas para reconquistar lo que él consideraba como su herencia, pues él era el primogénito, y su padre había decidido repartir su reino entre sus cinco hijos en vez de cedérselo a él como debería. Por ello, ahora tenía que volver a juntarlos por la fuerza. Galicia ya era suyo de nuevo, y Don García -rey legítimo de tierras gallegas-, había tenido que esconderse en Toledo, protegido por el rey Mamum.

              Ahora tenía entre ceja y ceja a Zamora, y tras siete meses estaba a punto de conseguirla.

              El rey sentado sobre un arcón de madera esperaba nervioso la visita de un gallego, que la noche anterior había huido del cerco y ahora iba a confesarle un lugar para poder acceder a la ciudad sin ser visto y así hacerse con ella. Mientras tanto, un mochilero de unos quince años se encontraba sentado sobre un jergón de paja húmeda, tiritando de frío, mientras afilaba y limpiaba la espada que el rey portaría esa misma madrugada, cuando el gallego llamado Bellido Dolfos, hijo de Dolfos, le llevara hasta la puerta de su victoria final.

             La madrugada no fue mejor que la noche, el cierzo soplaba con fuerza y la escarcha que cubría el suelo crujía al ser pisada por el rey y el vasallo, que por aquella altura ya era conocido en Zamora como el traidor. Ambos se acercaban a la pétrea muralla, cuando se encontraban a unos metros de una abertura -poco más grande que la puerta de una casa, y cubierta parcialmente por maleza-, el rey comenzó a sentirse mal. El rey Sancho II, se sentía indispuesto, un fuerte golpe sacudió su estómago. El maldito frío, o una mala digestión -se dijo-, pidió disculpas a su guía y se ausento durante unos minutos.

              Cuando el rey se encontraba haciendo cosas que nadie podía hacer por él, Bellido Dolfos se acercó sigilosamente, pisando con ligero y buena letra. El rey Sancho II, más pendiente de sus tripas que de su alrededor, no oyó como su acompañante se acercaba por su espalda. El gallego afincado en Zamora, traidor aún en eso momentos para la ciudad que lo acogió, sacó de su bota un puñal, y sin pensárselo dos veces se lo clavó en el pecho al rey que quería hacerse con Zamora. Esto por Zamora y por los gallegos, maldito bastardo, dijo mientras le escupía en la cara. Entre tanto el rey viéndose listo de papeles intento avisar a sus secuaces, pero el mal-o el bien-, según se mire-, ya estaba hecho. Y de esta manera el que fue considerado durante un tiempo como traidor por los zamoranos, se convirtió en su salvador, pues días después de picarle el billete al rey Sancho II, sus esbirros recogieron el campamento y cesaron en su intento de conquistar Zamora.

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