jueves, 23 de septiembre de 2010

SOCIEDAD GENERAL DE APROVECHADOS.

Hoy, va el asunto de ejemplos y mala baba a partes iguales. Comencemos por el ejemplo. Usted, humilde lector, tiene la necesidad de comprar una mesa de tamaño estándar para su cocina, comedor, merendero, pérgola, o para donde a usted le venga en gana colocar la mesa de las narices. Por tanto, se acerca a unos grandes almacenes o a una tienda más modesta de barrio y tras una breve conversación con el dependiente y tras que este, le muestre los diferentes modelos con los que cuenta la tienda, usted, elige uno de ellos para colocarlo en su casa. Hasta aquí todo normal, usted a pagado religiosamente la transacción y se ha hecho con un útil que usted necesitaba. El problema viene ahora, usted para inaugurar la mesa, decide invitar a comer a la familia, padres, hermanos y sobrinos. Bien, pues cuando todos están en amor y comparsa degustando y deglutiendo la comida antes dicha, suena el timbre de la puerta. Sorpresa, es el dueño de la tienda de muebles, en la cual el ese día anfitrión compró la mesa en la que ahora reposa la comida a medio engullir.

El individuo de la casa se extraña y pregunta a que se debe tal visita, puesto que él ya lleva viviendo allí más de quince años y el encargado de la tienda de muebles no se había personado en su casa nunca. A lo que el tendero contesta tajante y seguro de si mismo: Como usted bien sabe, las mesas que vendo en mi tienda, son de fabricación propia, es decir, yo, no solo me encargo de vender sino que además, llevo a cabo todo el proceso creativo, y por tanto, yo le cobré lo propio, para uso y disfrute de usted. Pero usted no me dijo que además de su posadera, iba a colocar alrededor de mi mesa las de toda su familia, disfrutando esta de la mesa creada por mi, por lo cual, vengo a su casa a cobrarle una determinada cantidad de su dinero, por cada una de las personas que ahora mismo se encuentran sentadas alrededor de su mesa, y así haré, cada vez que alguien que no sea usted se siente en ella.

Cualquier persona normal, y marco lo de normal, mandaría, en el mejor de los casos, al tipo de la tienda a la calle con cajas destempladas, diciéndole entre exabruptos y ciscamientos varios, que el ya pagó suficiente por la maldita mesa y que ahora se sentara a su alrededor quien le salga a él de la castaña. Esto seria lo normal, y vuelvo a repetir lo normal. Yo pago por una cosa, elemento o utensilio una vez, y luego lo uso como a mi me venga en gana, dejando que lo use quien a mi me apetezca, por que por ello es mío. Supongo que a todos les parece algo lógico y normal­ no dejen caer lo de normal en saco roto­.

Pues bien, ahora llega el turno de la mala baba. Resulta que hace unos días una amiga­escritora y editora, para más INRI­, me hace llegar una información un tanto escabrosa, la cual venia acompañada de una carta firmada por un conocido escritor de lengua castellana. Días después, más personas cercanas me enviaron de nuevo la misma misiva. En la información propiamente dicha, se dejaba ver la nueva pantomima sacacuartos que esta llevando a cabo la Sociedad General de Autores española. Resulta, que no satisfechos con colarse en bodas, comuniones y negocios varios para ver si estaban usando música sin haber pagado la cuota establecido por ellos mismos, que ahora esta sociedad de buitres carroñeros que viven agarrados como viles parásitos a la capacidad creativa de músicos y escritores, quieren cobrar a todas la bibliotecas del país, veinte céntimos de euro, por cada libro que estas presten a sus socios. Supongo que para hacerse ellos más ricos, y cuando me refiero a ellos, me dirijo a esos que viven de lo que un día fueron, ya saben, gente como ese chico, Ramón, el rey del pollo, no digo su nombre artístico, porque creo recordar que lo tiene registrado y si lo escribiera en esta página, debería pagar el maldito canon a su maldita sociedad de sacacuartos.

Párense, por favor, un momento a pensar, piensen en los autores de las obras, escritores consagrados que un día hicieron de esas bibliotecas­ a la que ahora unos indeseables buscan sacarles los cuartos­, sus feudos, su lugar más preciado. Esos autores, vivieron rodeados de libros de una biblioteca, normalmente pública. Realmente la mayoría deben lo que hoy son a esos lugares donde gratuitamente podías culturizarte, hacerte más grande como persona y vivir maravillosas aventuras sin salir de las cuatro paredes donde te encontrabas. Esos autores, a los cual nadie a pedido su opinión, y que ahora dicen defender esta Sociedad General de Aprovechados, por no decir otra cosa mal sonante. Dudo mucho que ningún escritor bien nacido este a favor de esta medida, es tirar piedras contra su propio tejado, estoy casi seguro, de que más del noventa por ciento de estos escritores, prefieren ser menos ricos, pero más leídos, estoy seguro que prefieren que se expanda la cultura entre la gente de a pie, a que los precios de mercado, para algunos prohibitivos, impidan a alguno de sus seguidores leer su última creación. Estoy seguro de ello, por que ellos con toda seguridad deben mucho a las bibliotecas y a sus préstamos, por que allí conocieron a los grandes clásicos por primera vez, por que allí se dieron cuenta que la lectura no era aburrida y por que allí muchos pensaron: yo, algún día escribiré una de estas novelas.

Yo personalmente, soy escritor amateur, pero lector profesional, y sinceramente al igual que otros tantos, le debe mucho a las bibliotecas y nada a estos tipos, que se las van dando de defensores de la cultura, cuando en realidad son los mayores censores de la cultura libre, y de la libertad, libertad, que la gente normal, respeta y valora. Lo que esta sociedad lucrativa esta haciendo se llama extorsión, sino lo creen, consulten un diccionario, antes de que un individuo de estos comience a cobrarnos cada vez que abramos uno. Viva la biblioteca pública y libre.

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