miércoles, 6 de octubre de 2010

LA SOPRANO Y EL MENDIGO.



Rebeca Nelson, creo recordar que era su nombre, el de ella, el de él, perdónenme, pero no es que no lo recuerde, sino que nunca lo llegué, ni llegaré a conocer, cosas de la vida, ya ven. Ella, joven, bien parecida, larga melena pelirroja recogido en una cola de caballo, unos pendientes de perlas en los orejas, iba ataviada con unas sencillas botas oscuras, unos vaqueros desgastados y una camiseta azul marino, cubierta por una cazadora de cuero. Él, una persona mayor, casi anciana en las maneras, no en los rasgos, grandes ojos abiertos, vivarachos, casi con un toque infantil. Vestía unos vaqueros sucios y anchos, y una gabardina que le cubría hasta por debajo de las rodillas. Pelo y barba blanca, tupida pero arreglada que le cubría la mayor parte de la cara.
El tipo, siempre pedía limosna sentado en una de las tiendas de ropa de alta costura que se sitúan en la mitad superior de la calle, por tanto, era viejo conocido mio y de todos los que pasean o andan por la céntrica calle dublinesa de Grafton Street, calle esta, abarrotada de gente a casi todas horas, donde se pueden ver hombres anuncio hasta donde puede alcanzarte la vista, con puestos de flores naturales casi salidos de otras épocas, con tiendas de lujo y restaurantes de comida rápida, pero aún a pesar del bullicio y de la aplastante modernidad, la calle guarda un atisbo de serenidad y buen gusto, que te tranquiliza y te lleva a un ensimismamiento ligero y transitorio. Una de esas calles que te puedes imaginar perfectamente como era en el siglo XIX, con sus coches de caballos y sus hombres trajeados y mujeres con ampulosos y voluminosos trajes. La chica sin embargo, era nueva en el repertorio de personajes que se dan cita a diario en la céntrica rúa, mostrando sus habilidades.
Lo cierto, es que si algo le sobra a la capital de la República de Irlanda, son buenos músicos, de los de verdad, solo es necesario darse un paseo por el centro o por el famoso Temple Bar, para darse cuenta de ello. Pero, también cuenta con un gran numero de sin techo, de mendigos-homeless-, que dicen ellos. Gente con muchas historias detrás, unas más curiosas que otras, que abarrotan plazas y calles de Dublín. Ambos grupos, suelen hacer su vida por separado, rara es la vez en que músicos y mendigos interactúan entre si, aunque algunos casos hay. El de hoy es uno de ellos.
Como les digo, era la hora de la comida-más o menos-, y la calle estaba llena de gente que iba y venia, con hamburguesas y sándwiches, la mirada perdida, buscando su lugar de trabajo o lo que les diera la gana, cuando de repente en un lateral de la calle, una voz angelical y profunda rompió el silencioso barullo, la antes citada chica, comenzó a cantar opera, con un chorro de voz digno de las grandes divas del escenario, la gente pronto comenzó a arremolinarse en torno a ella, llegando a formar un pequeño tumulto, mientras escuchaban maravillados la voz de la joven soprano. Mientras esta preparaba la voz para entonar otras de sus piezas, pude ver como se hacia un pequeño hueco entre la multitud, y como el anciano mendigo se abría paso entre los transeúntes, para colocarse, apoyando su hombro izquierdo en una farola cercana a la cantante. Comenzando a contemplar a la artista desde ese lugar privilegiado situado apenas a un par de metros de distancia.
De repente, nuestra soprano empezó a entonar una obra por todos conocida, pero no por ello menos bella o más simple. El Ave María de Schubert. El corro de voz invadió la calle y por ente a todos los que allí nos encontrábamos. Y el viejo mendigo, fijando su triste mirada en la chica, comenzó a sonreír, no con una sonrisa amplia, ni ampulosa, sino con una sonrisa corta, recatada, de felicidad. Felicidad reflejada además en una mirada cristalina, de unos ojos claros, profundos como un pozo antiguo, una mirada brillante de color azul, un azul claro y limpio, como el de los zafiros recién pulidos. Una mirada limpia, como he dicho, como la que pone un niño pequeño, ante un escaparate de regalos, donde cada día ve su juguete preferido y lo imagina junto a él. O la mirada cómplice de unos amantes, que se comen con los ojos, disfrutando mutuamente de los rasgos del otro.
Lo cierto, y si me permiten la afirmación. Esta fue una de las escenas más simples y entrañables entre dos desconocidos que he visto nunca, solo la supera una escena similar que fotografié hace unos años a la puerta de una cafetería de Amsterdam, donde un niño pequeño de unos tres años que acompañaba a a su padre de la mano, se quedó embobado mirando a otro mendigo, que tocaba un viejo violín, intentando refugiarse de la apremiante lluvia. Les aseguro que la mirada del niño holandés y la del mendigo irlandés, era la misma. La misma mirada de embelesamiento y felicidad.

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