miércoles, 24 de noviembre de 2010

LA TASCA DE LOS U2.


En los últimos tiempos, la figura del grupo irlandés U2 ha estado bastante presente en mi vida, aunque no es de mis grupos favoritos. Es lo que tiene pasarse una larga temporada en Dublín, todas-o casi todas-, las conversaciones de música, acaban siendo abrumadas por el grupo irlandés, y sobre todo por la figura de su líder, Bono. Puedes seguir su vida, desde el edificio, donde el grupo llevó a cabo la grabación de sus primeros discos, hasta la futura U2 TOWER, junto al cauce del río Liffey. Se puede visitar también el pueblo de Killiney, lugar donde cuenta con su residencia Bono. Un pueblo con unas fantásticas vistas sobre el mar, pero pocas sobre la casa de este, donde apenas se podía observar la parte alta del tejado. Se puede visitar su hotel y un pub de su propiedad, e incluso puedes despedir la noche en el Pub Temple Bar, situado en la calle del mismo nombre, con una última canción del grupo.
Lo que no me esperaba, tras mi vuelta a España, era llegar a Madrid y toparme de nuevo con el grupo, mientras tomaba unas cañas en una zona céntrica de Madrid. La calle en cuestión esta relativamente cerca de la Gran Vía, es la de la Madera, la misma calle donde durante los años 1797 al 1805 vivió el chelista y compositor italiano Luigi Boccherini, una calle con dos cuestas, al principio una hacía abajo, y hacía la mitad de la calle, otra hacía arriba, y entre medias, el Teatro Alfil.
El bar donde me encontraba, no era muy amplio, pero tampoco uno de esos bares que parecen un pasillo, se puede estar allí tranquilamente y disfrutar de las cañas. Por fuera, llamó mi atención, las puertas son de esas de los mesones o de las tascas de las de toda la vida, de estas que ya casi no se ven, en ella dominaba el negro y el rojo inglés, tanto en las puertas y ventanas como en el rotulo donde anunciaba el nombre del sitio en cuestión: Casa Julio. La casa, fundada en 1921, sigue manteniendo todo el encanto de la época, no es difícil imaginarse allí a taxistas y tenderos tomando café y coñac, junto a unos churros, a primera hora de la mañana, o a los ferroviarios compartiendo cañas o vermut con sifón, mientras daban cuenta de unos pajaritos fritos en su barra.
Su interior como he dicho, de un tamaño acogedor, se divide en dos, a la izquierda según se entra se levanta la barra en forma de ele, de mármol y madera. A la derecha se sitúan las mesas, cinco o seis no más, de placas rectangulares de mármol, sujetas por hierro torneado. Las sillas y las altas banquetas, son de madera. En el lateral derecho, justo encima de las mesas hay un espejo alargado, rectangular, como los que se podían ver en los viejos cafés tertulias, y que aún hoy se pueden encontrar en algún que otro lugar.
El resto de las paredes, aparecen totalmente cubiertas de fotos, de todos los tamaños, y entre ellas, se cuela de vez en cuando algún recorte de periódico, también enmarcado. La gente consumía sus bebidas, y sus croquetas-que son lo típico del bar, de seis o siete clases, y de buen tamaño-, sin prestar atención a estas imagenes. Al fondo, cerca de un antiguo teléfono negro, aparecían también antiguas fotos en blanco y negro, de pequeño tamaño e intercalando formar circulares y cuadradas. En la pared más larga, aparecen fotos más modernas, en unas se puede ver al dueño, solo, o acompañado de amigos, en otras se ve también al dueño acompañado de importantes y conocidos actores y humoristas.
Pero lo que llamó mi atención, fue la columna central, la que separa la barra de la zona de las mesas, la citada columna, por supuesto también se encuentra cubierta de fotos. Mi vista, se posó en una imagen de la fachada del bar, con su puerta abierta y una persona trajeada ante ella, no era otro, que el escritor e intelectual Luso José Saramago. Pero aún llamo más mi atención, la foto situada justo debajo de la del autor de Ensayo sobre la ceguera. Eran cuatro individuos, repartidos por el interior del bar, con pinta de roqueros, me acerque para verlos más de cerca, y me sorprendí bastante al ver que se trataba de los U2, con su cabecilla Bono-con sus gafas de cristales azulados-, sentado en una de esas sillas de madera, con su espalda apoyada en la pared.
Vaya-pensé-, nunca me imaginé a un grupo de rock irlandés, de cañas por esta zona de Madrid y mucho menos, disfrutando de un plato tan típico de España como las croquetas, pero así era y al seguir repasando las paredes de la tasca, vi algún recorte de periódico donde la prensa local recogía la visita, se podía leer titulares como: Vino Bono o Las croquetas de U2. Sin darme cuenta, comencé a recordar mis visitas irlandesas a los lugares frecuentados por el grupo, pronto mi cabeza se llenó de recuerdos, de música celta, de mejillones con pan de centeno, de cerveza negra... Y mientras salia del bar, y andaba en dirección a la Calle del Pez, mi subconsciente me hizo comenzar a silbar la melodía de una de las canciones de los U2. Sunday Bloody sunday.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

SOBRE VIAJES Y SOÑADORES


La historia, la narró hace ya unos cuantos años uno de los mejores músicos de este país, y para el que sea seguidor de él o de su música, seguro que la historia le es conocida o por lo menos le sonará, sino, no se preocupen, por que hoy haremos un pequeño esbozo de ella. El músico, llamó a los dos personajes principales de esta historia Abelardo y Eloisa, en realidad, no se si esos son sus verdaderos nombres, o si el artista, sustituyo los reales por estos evocadores nombres de amantes medievales, el caso, es que yo usaré otros más acordes con los tiempos que corren, por ejemplo, digamos que se llamaban Sara y Carlos.
El asunto, es que Sara y Carlos, eran jóvenes-con todo lo que esto implica-, inexpertos como un pájaro sin alas. Los dos, vivían en un lugar lejano de la costa, un lugar de la meseta, una localidad pobre y pequeña, como la mayor parte de las zonas mesetarias. Ninguno de los dos, había salido nunca de su tierra, ni tan siquiera se habían movido hacía los extremos peninsulares, hablando en plata, ninguno conocía el mar. Por supuesto, ambos lo habían visto antes, en fotos, o en las películas en blanco y negro pasadas una y otra vez en los cines de sesión continua. Conocían su textura, su olor y su apariencia, por lo leído en libros, y por lo narrado por aquellos que habían tenido la suerte de admirarlo, e incluso algunos lo habían hecho en el extranjero, lo cual en esos tiempos y en un pequeño pueblo, era casi una heroicidad.
Hasta que llega un día, y uno de los dos se planta-Carlos o Sara-, eso da igual, y le dice a su compañero que le acompañe. ¿Donde?, contestó el otro sorprendido y con una lagrima en el ojo. Al mar, vayámonos al mar, cumplamos nuestro sueño, fue su respuesta. Y un día de madrugada, cuando las calles aún permanecían vaciás, los dos salieron de sus casas, llevando el dinero justo, lo poco que ellos pudieron conseguir, y algo más que algún amigo pudo dejarles y se pusieron en marcha. En busca del mar, pero no de un mar cualquiera, puesto a ello, vayámonos al extranjero pensaron y tras sopesarlo un rato, pensaron que estando en la meseta, el mar extranjero más cercano era el de Lisboa, y allí se fueron, dejando una servilleta escrita para sus padres, en la que se podía leer “Tranquilos, nos vamos a ver el mar, pronto volveremos”.
Cayendo en la gran mentira en la que caen la mayoría de los turistas, esa mentira que dice que Lisboa es la única capital de Europa que tiene mar. Pero esto, ellos no lo supieron hasta que llegaron allí y les dijeron que la capital no tenía mar, ni playa, sino río, un río enorme y fantástico, pero un simple río, y que el mar más cercano estaba a 27 kilómetros, en la localidad de Estoril. Y allí se presentaron, en el primer tren del día, muertos de frío y con el hambre aferrada a sus estómagos, como una lapa.
Por ello, cada vez que me acerco a Estoril suelo recordar y recrear la historia de los chicos, me siento en el paseo marítimo, y les veo allí, nerviosos, moviéndose por la orilla de la estación, impacientes y felices, oliendo el salitre del mar y oyendo al fondo el oleaje Atlántico, pensando que quedaba poco para cumplir sus sueños. Me los imagino juntos, sentados sobre las grandes piedras del espigón, viendo saltar la espuma y el romper de las olas, que les salpicaba con la fina humedad de las gotas en sus rostros juveniles y felices.
La ultima vez, me les imagine allí sentados, sonrientes, felices, sintiéndose libres ante el sueño cumplido, evadidos del mundo, casi creyéndose invisibles. Vi también, como entraban en el espigón los dos policías de la seguridad pública portuguesa, acercándose silenciosamente, ocultando el ruido de sus pisadas con el batir de las olas, y tras colocarse a sus espaldas, y sujetándoles de los hombros, les piden que se identifiquen. Ambos, sabiéndose descubiertos, se levantan y se van con ellos hacía la comisaria más cercana, donde ya no se oye el mar, ni se huele el salitre, donde se acaba su sueño. Allí, ante una vieja y destartalada mesa repleta de papeles, depositan lo que llevan en sus bolsillos, sus mínimas posesiones: sus pasaportes, unos escudos y una postal de Estoril. Esperando que les devolvieran a casa, junto a sus padres asustados, a la par de malhumorados por la aventura de sus hijos, que habían puesto en jaque a las autoridades de dos países y a sus madres al borde del colapso. Pero felices, por el sueño cumplido, un sueño de locos, de libertad autentica, aunque fuese por poco tiempo, una libertad de verdad, como la que sienten los locos, los únicos verdaderamente libres.
El último día que reviví esta historia en mi imaginación, me asaltó esa media sonrisa que me acompaña de forma perenne allí donde voy, como un silencioso polizón, que se apodera de mi cara cuando menos me lo espero. Tras esto, cerré mi chubasquero para protegerme de la incipiente lluvia, gire sobre mis talones, y salí corriendo en dirección al cercanías, que pitaba en el cercano apeadero, anunciando su inmediata partida hacía la vida real.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

LEMBRANÇAS


Alguien dijo alguna vez-tal vez fuera yo-, que los recuerdos(lembranças), son una bestia siempre dispuesta a morder. No hay ninguna certeza más cierta-valga la redundancia-. Pero también depende, tanto de los recuerdos, como de los distintos momentos en los que los recuerdes.
El asunto, viene a colación por un ataque de recuerdos o lembranças, que me asalto hace unos días. La culpa fue del escritor gallego Manuel Rivas y de la cantante-también gallega-, Lucía Pérez. Nos encontrábamos en la cuarta planta del Circulo de Bellas Artes de Madrid, el ambiente ayudaba al recuerdo y a la morriña-a la que hizo referencia el autor en alguna ocasión-.
El caso, es que justo antes de que la periodista, Marta Gónzalez Novo comenzara con la presentación de la novela, la cantante interpreto uno de los temas, de los cuales llevaría a cabo durante la dicha presentación. El tema, lo reconocí rápidamente, pues es uno de mis fados favoritos: As chaves da minha vida. Interpretada de forma magistral por la fadista gallega y por su acompañante a la guitarra, la profunda y potente voz de la cantante llevando a cabo el fado, me transporto a otro lugar. Un lugar querido y añorado a partes iguales, un lugar al que asistía semanalmente, sin falta, todas las noches de los viernes.
El sitio en cuestión, se encuentra en una de las callejuelas del antiguo barrio de Alfama, como no, en Lisboa, en la calle conocida como Costa do Castelo, un lugar bastante difícil de encontrar entre las distintas rúas de la zona, pero que vale la pena descubrir. Es una casa como otras tantas de la zona, una bella casa llena de historias, donde hasta las paredes hablan diferente al resto de la ciudad, donde cada noche de fados, parece la última fiesta de una época pasada, o la primera de un tiempo futuro. Una gran casa, convertida en centro cultural, donde se puede disfrutar de una obra clásica de teatro después de comer en su restaurante, mientras observas la noche lisboeta alumbrada por el puente del 25 de abril, o puedes ver un espectáculo circense mientras compartes con tus amigos una botella de vino verde. El sitio en cuestión se llama Chapitô, y es de sobra conocido por la gente que haya vivido o pasado una buena temporada en la capital Lusa.
Pero hoy, si me permiten, quiero centrarme en un lugar especifico de este lugar, el lugar a donde me transportó Lucía Pérez con su canto, ese sitio, es un pequeño lugar situado en la parte baja del Chapitô, un diminuto bar, en la parte más bajo del centro, un lugar al que hay que llegar bajando unas escaleras de caracol y que no cuenta con ventanas, de techo bajo y apariencia agradable. Lleno de mesas y sillas, todas distintas, al igual que las copas. Uno de los laterales del bar, está adornado por unas antiguas sillas de barbero, donde a falta de otro lugar, muchas personas se sientan para disfrutar de la música, y de los tés naturales, servidos en grandes vasos de cerámica, casi hirviendo, y acompañados por unas galletas de jengibre. Su nombre es Bartô y allí todos los viernes se dan cita profesionales y aficionados del fado, desde gente que se anima y sube a cantar por que se lo pide el cuerpo, hasta algunos de los mejores del momento. Aún recuerdo, mi primera visita al Bartô, donde tuve la suerte de oír cantar allí a Mafalda Arnauth, la que muchos denominan como la verdadera sucesora de Amalia Rodrigues.
El ambiente fantástico, con las velas tililando a mi alrededor, mientras rasgaban las cuerdas de las guitarras y la hondura de la voz de los fados, con sus letras tristes y sentenciosas, me hacían pensar que me encontraba en otra época, en siglos anteriores, donde la ciudad era lo que debería de seguir siendo, esa ciudad rica y fantástica, la cual ahora apenas se reconoce entre los actuales hoteles y centros comerciales. La voz de la gallega, también me trajo a la mente los ropajes oscuros de los individuos que interpretaban su música, dentro del foso donde se situaban estos. Como no, no pude dejar de recordar el dulce y espeso sabor del vino de Porto, que marcaba con sus lagrimas color escarlata los bordes de las copas de fino cristal, mientras calmaba el frío interior, de los que lo bebíamos para quitarnos la humedad que el invierno lisboeta adhería en nuestros huesos.
Por eso digo, que es cierto que los recuerdos son una bestia siempre dispuesta a morder, pero que esos recuerdos, a veces no solamente te muerden, sino que también, en algunos casos, te sirven de valsamo y te relajan, llevándote durante unos instantes lejos de la realidad que tal vez no era la que desearías. Y que en momentos como el antes citado, me transporta a un lugar agradable donde disfruté tanto en compañía como en solitario, pues una buena copa de vino y una noche de fados se puede disfrutar acompañado, pero no pasa nada por hacerlo en solitario.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

UNA HISTORIA DE GUERRA Y HONOR.


Nos encontramos a día 9 de Noviembre del año 1808, en un lugar concreto, exactamente entre las poblaciones de Gamonal y Villafria, en la actual provincia de Burgos, en esos mismos momentos, el ejercito francés, con su emperador a la cabeza, se dirige a realizar una reconquista, la de la ciudad de Burgos. Napoleón, y sus chicos se mueven desde la Bureba hacía la capital, a reconquistar la plaza que el día 22 de septiembre habían perdido, por la fiereza de los burgaleses.
El francés, no iba solo evidentemente, además de sus húsares y mamelucos, lo acompañaban, los dragones y los terribles lanceros polacos, el cuerpo de ejercito I, II, III, IV y VI, así como su guardia Imperial y la reserva de la división del general Merle. Un total de 20.040 hombres, así como 4000 fuerzas de caballería y 62 piezas de artillería.
Por el otro lado, el español, los hombres que hacían frente al petit cabrón-como le conocían algunos en la época-, era la Primera División del Cuerpo del ejercito de Extremadura, mal dirigidos y peor representados por Ramón Patiño, Conde de Belveder, que pasó de ser un simple Guardia de Corps a General. Reforzados por el Batallón de Escolares de Benavente y el Provincial de Tuy, junto a un pequeño grupo de artillería con 4 piezas del Ejercito de Galicia. Aguantando y esperando la aparición del ejercito inglés, que debería llegar a manos del general Blake.
Bueno, a parte de los datos cronológicos y cronográficos, datos que siempre caracterizan cualquier detallada descripción de un batalla, por pequeña u olvidada por la historia y sus libros que sea. Pero, lo que me interesa de esta historia de guerra, no es solo la guerra en si, me interesan otras muchas más cosas que en un momento narraré, esos pequeños detalles, que hacen que la historia haya ido hacía una u otra dirección, así como las malas decisiones de los malos mandos, o la capacidad de decisión y los atributos bien puestos de otros personajes, y lo narrado a continuación, es una caso claro y correcto de lo que quiero decir.
El día 9 de noviembre de 1808, el Conde de Belveder, recibió, la orden clara por parte de generales mucho más expertos y veteranos. Esa orden decía, que defendiera la plaza de Burgos llevando a cabo una defensa periférica de la ciudad desde los cerros cercanos, mientras esperaban la llegada de los ingleses, pero el inepto del Conde de Belveder decidió hacer lo que le vino en gana y salió con sus tropas a campo abierto, entre las poblaciones de Gamonal y Villafria, situando su vanguardia en Rubena, quedando al descubierto y vendidos. Por ello, cuando el día 10 de noviembre de 1808, en el momento en el que ambos ejércitos se juntaron en el campo de batalla, lo que en un momento inicial fue un choque de ejércitos, se convirtió en una matanza, en una tragedia donde los españoles fueron masacrados en unos minutos, y un poco después de las once de la mañana, solo unos pocos vencidos, huían entre las calles de Gamonal o buscaban la huida a través de la ribera del ría Arlanzón.
El avance Imperial era imparable a esa hora, mucho más sabiendo que el Conde de Belveder había dejado la defensa de la ciudad en manos de una población, pauperricamente armada y atemorizada, como si de un niño abandonado y asustado se tratase. Pero, como en todas las historias, al igual que hay un inepto descerebrado-el nuestro ya lo tenemos-, también hay un héroe, que tiene todo donde lo tiene que tener. Este, no fue otro que Vicente Genaro de Quesada, que ese día accidentalmente se encontraba al mando del batallón que defendió con sus pocos hombres la ciudad, ante la entrada enfervorizada y en busca de sangre y oro, de la caballería gabacha. Se mantuvo de pie con sus hombres, hasta que herido en todo su cuerpo, exhausto y con el sabor dulce y espeso de su propia sangre en la boca, defendió su vida y la de sus 74 hombre hasta las últimas consecuencias, por su honor y por sus huevos-un tipo que se vestía por los pies-. Un tipo, que cuando tenía todo perdido, y con un pie en el otro barrio, saco fuerza de flaqueza y cuando el general Bessiers le ordenó que entregara su sable, este le mando a paseo. Este tipo, sabia lo que era el honor y sabia defender el suyo y lo demostró a costa casi de su vida.
Pero en esta historia, hay otro personaje que demostró su honor y valía, así como su respeto ante los valientes, aunque sean enemigos. Cuando unos días después, Napoleón hacía su entrada en la ciudad sin triunfalismos y se asentaba en el Consulado del Mar, un individuo de su ejercito, el general Bessiers, se acercó al hospital de Sangre, donde Vicente Genaro de Quesada se debatía entre la vida y la muerte, y haciendo valer su honor como militar y como persona, se acerco a aquel que se había defendido a sablazos contra sus hombres, y quitándose el sombrero Imperial, le entregó su espada, la misma que el militar español se había negado días antes a entregar al ejercito del francés.
Como ven a pesar de ser una guerra abierta, de sangre y machetazos, una guerra dura y a muerte, como lo son todas a fin de cuentas, hay pequeños detalles como estos, que demuestran que a pesar de ser enemigos, y a pesar de pasarse unos a otros por la calandria sin rechistar. A pesar de todo esto, se puede demostrar que lo cortes no quita lo valiente y que hay gente que además de un uniforme y un cargo tiene también honor y respeto.