miércoles, 10 de noviembre de 2010

LEMBRANÇAS


Alguien dijo alguna vez-tal vez fuera yo-, que los recuerdos(lembranças), son una bestia siempre dispuesta a morder. No hay ninguna certeza más cierta-valga la redundancia-. Pero también depende, tanto de los recuerdos, como de los distintos momentos en los que los recuerdes.
El asunto, viene a colación por un ataque de recuerdos o lembranças, que me asalto hace unos días. La culpa fue del escritor gallego Manuel Rivas y de la cantante-también gallega-, Lucía Pérez. Nos encontrábamos en la cuarta planta del Circulo de Bellas Artes de Madrid, el ambiente ayudaba al recuerdo y a la morriña-a la que hizo referencia el autor en alguna ocasión-.
El caso, es que justo antes de que la periodista, Marta Gónzalez Novo comenzara con la presentación de la novela, la cantante interpreto uno de los temas, de los cuales llevaría a cabo durante la dicha presentación. El tema, lo reconocí rápidamente, pues es uno de mis fados favoritos: As chaves da minha vida. Interpretada de forma magistral por la fadista gallega y por su acompañante a la guitarra, la profunda y potente voz de la cantante llevando a cabo el fado, me transporto a otro lugar. Un lugar querido y añorado a partes iguales, un lugar al que asistía semanalmente, sin falta, todas las noches de los viernes.
El sitio en cuestión, se encuentra en una de las callejuelas del antiguo barrio de Alfama, como no, en Lisboa, en la calle conocida como Costa do Castelo, un lugar bastante difícil de encontrar entre las distintas rúas de la zona, pero que vale la pena descubrir. Es una casa como otras tantas de la zona, una bella casa llena de historias, donde hasta las paredes hablan diferente al resto de la ciudad, donde cada noche de fados, parece la última fiesta de una época pasada, o la primera de un tiempo futuro. Una gran casa, convertida en centro cultural, donde se puede disfrutar de una obra clásica de teatro después de comer en su restaurante, mientras observas la noche lisboeta alumbrada por el puente del 25 de abril, o puedes ver un espectáculo circense mientras compartes con tus amigos una botella de vino verde. El sitio en cuestión se llama Chapitô, y es de sobra conocido por la gente que haya vivido o pasado una buena temporada en la capital Lusa.
Pero hoy, si me permiten, quiero centrarme en un lugar especifico de este lugar, el lugar a donde me transportó Lucía Pérez con su canto, ese sitio, es un pequeño lugar situado en la parte baja del Chapitô, un diminuto bar, en la parte más bajo del centro, un lugar al que hay que llegar bajando unas escaleras de caracol y que no cuenta con ventanas, de techo bajo y apariencia agradable. Lleno de mesas y sillas, todas distintas, al igual que las copas. Uno de los laterales del bar, está adornado por unas antiguas sillas de barbero, donde a falta de otro lugar, muchas personas se sientan para disfrutar de la música, y de los tés naturales, servidos en grandes vasos de cerámica, casi hirviendo, y acompañados por unas galletas de jengibre. Su nombre es Bartô y allí todos los viernes se dan cita profesionales y aficionados del fado, desde gente que se anima y sube a cantar por que se lo pide el cuerpo, hasta algunos de los mejores del momento. Aún recuerdo, mi primera visita al Bartô, donde tuve la suerte de oír cantar allí a Mafalda Arnauth, la que muchos denominan como la verdadera sucesora de Amalia Rodrigues.
El ambiente fantástico, con las velas tililando a mi alrededor, mientras rasgaban las cuerdas de las guitarras y la hondura de la voz de los fados, con sus letras tristes y sentenciosas, me hacían pensar que me encontraba en otra época, en siglos anteriores, donde la ciudad era lo que debería de seguir siendo, esa ciudad rica y fantástica, la cual ahora apenas se reconoce entre los actuales hoteles y centros comerciales. La voz de la gallega, también me trajo a la mente los ropajes oscuros de los individuos que interpretaban su música, dentro del foso donde se situaban estos. Como no, no pude dejar de recordar el dulce y espeso sabor del vino de Porto, que marcaba con sus lagrimas color escarlata los bordes de las copas de fino cristal, mientras calmaba el frío interior, de los que lo bebíamos para quitarnos la humedad que el invierno lisboeta adhería en nuestros huesos.
Por eso digo, que es cierto que los recuerdos son una bestia siempre dispuesta a morder, pero que esos recuerdos, a veces no solamente te muerden, sino que también, en algunos casos, te sirven de valsamo y te relajan, llevándote durante unos instantes lejos de la realidad que tal vez no era la que desearías. Y que en momentos como el antes citado, me transporta a un lugar agradable donde disfruté tanto en compañía como en solitario, pues una buena copa de vino y una noche de fados se puede disfrutar acompañado, pero no pasa nada por hacerlo en solitario.

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