miércoles, 17 de noviembre de 2010

SOBRE VIAJES Y SOÑADORES


La historia, la narró hace ya unos cuantos años uno de los mejores músicos de este país, y para el que sea seguidor de él o de su música, seguro que la historia le es conocida o por lo menos le sonará, sino, no se preocupen, por que hoy haremos un pequeño esbozo de ella. El músico, llamó a los dos personajes principales de esta historia Abelardo y Eloisa, en realidad, no se si esos son sus verdaderos nombres, o si el artista, sustituyo los reales por estos evocadores nombres de amantes medievales, el caso, es que yo usaré otros más acordes con los tiempos que corren, por ejemplo, digamos que se llamaban Sara y Carlos.
El asunto, es que Sara y Carlos, eran jóvenes-con todo lo que esto implica-, inexpertos como un pájaro sin alas. Los dos, vivían en un lugar lejano de la costa, un lugar de la meseta, una localidad pobre y pequeña, como la mayor parte de las zonas mesetarias. Ninguno de los dos, había salido nunca de su tierra, ni tan siquiera se habían movido hacía los extremos peninsulares, hablando en plata, ninguno conocía el mar. Por supuesto, ambos lo habían visto antes, en fotos, o en las películas en blanco y negro pasadas una y otra vez en los cines de sesión continua. Conocían su textura, su olor y su apariencia, por lo leído en libros, y por lo narrado por aquellos que habían tenido la suerte de admirarlo, e incluso algunos lo habían hecho en el extranjero, lo cual en esos tiempos y en un pequeño pueblo, era casi una heroicidad.
Hasta que llega un día, y uno de los dos se planta-Carlos o Sara-, eso da igual, y le dice a su compañero que le acompañe. ¿Donde?, contestó el otro sorprendido y con una lagrima en el ojo. Al mar, vayámonos al mar, cumplamos nuestro sueño, fue su respuesta. Y un día de madrugada, cuando las calles aún permanecían vaciás, los dos salieron de sus casas, llevando el dinero justo, lo poco que ellos pudieron conseguir, y algo más que algún amigo pudo dejarles y se pusieron en marcha. En busca del mar, pero no de un mar cualquiera, puesto a ello, vayámonos al extranjero pensaron y tras sopesarlo un rato, pensaron que estando en la meseta, el mar extranjero más cercano era el de Lisboa, y allí se fueron, dejando una servilleta escrita para sus padres, en la que se podía leer “Tranquilos, nos vamos a ver el mar, pronto volveremos”.
Cayendo en la gran mentira en la que caen la mayoría de los turistas, esa mentira que dice que Lisboa es la única capital de Europa que tiene mar. Pero esto, ellos no lo supieron hasta que llegaron allí y les dijeron que la capital no tenía mar, ni playa, sino río, un río enorme y fantástico, pero un simple río, y que el mar más cercano estaba a 27 kilómetros, en la localidad de Estoril. Y allí se presentaron, en el primer tren del día, muertos de frío y con el hambre aferrada a sus estómagos, como una lapa.
Por ello, cada vez que me acerco a Estoril suelo recordar y recrear la historia de los chicos, me siento en el paseo marítimo, y les veo allí, nerviosos, moviéndose por la orilla de la estación, impacientes y felices, oliendo el salitre del mar y oyendo al fondo el oleaje Atlántico, pensando que quedaba poco para cumplir sus sueños. Me los imagino juntos, sentados sobre las grandes piedras del espigón, viendo saltar la espuma y el romper de las olas, que les salpicaba con la fina humedad de las gotas en sus rostros juveniles y felices.
La ultima vez, me les imagine allí sentados, sonrientes, felices, sintiéndose libres ante el sueño cumplido, evadidos del mundo, casi creyéndose invisibles. Vi también, como entraban en el espigón los dos policías de la seguridad pública portuguesa, acercándose silenciosamente, ocultando el ruido de sus pisadas con el batir de las olas, y tras colocarse a sus espaldas, y sujetándoles de los hombros, les piden que se identifiquen. Ambos, sabiéndose descubiertos, se levantan y se van con ellos hacía la comisaria más cercana, donde ya no se oye el mar, ni se huele el salitre, donde se acaba su sueño. Allí, ante una vieja y destartalada mesa repleta de papeles, depositan lo que llevan en sus bolsillos, sus mínimas posesiones: sus pasaportes, unos escudos y una postal de Estoril. Esperando que les devolvieran a casa, junto a sus padres asustados, a la par de malhumorados por la aventura de sus hijos, que habían puesto en jaque a las autoridades de dos países y a sus madres al borde del colapso. Pero felices, por el sueño cumplido, un sueño de locos, de libertad autentica, aunque fuese por poco tiempo, una libertad de verdad, como la que sienten los locos, los únicos verdaderamente libres.
El último día que reviví esta historia en mi imaginación, me asaltó esa media sonrisa que me acompaña de forma perenne allí donde voy, como un silencioso polizón, que se apodera de mi cara cuando menos me lo espero. Tras esto, cerré mi chubasquero para protegerme de la incipiente lluvia, gire sobre mis talones, y salí corriendo en dirección al cercanías, que pitaba en el cercano apeadero, anunciando su inmediata partida hacía la vida real.

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