miércoles, 29 de diciembre de 2010

EL BALCÓN DEL ANARQUISTA.


 

            El día amaneció soleado, tranquilo, como era de esperar, el calendario marcaba en sus páginas el día 31 de mayo, corría el año 1906.

           Un bullicio de gentío, altanero, deseoso de pan y circo se arremolinaba con gran estruendo ante las cercanías de la madrileña iglesia de los Jerónimos, justamente enfrentada a la pared trasera del Museo Nacional del Prado. También, en otras muchas calles de Madrid, se podía ver, oír y sentir el barullo del populacho. Supongo que con estos leves datos, muchos ya se harán cargo del acontecimiento que narro, o que me dispongo a narrar.

          Este día, 31 de mayo de 1906-, se llevaba a cabo en la iglesia citada con anterioridad el enlace matrimonial-y real-, del rey Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg-para algunos en la época la princesa más guapa del momento-. La Puerta del Sol hervía de caras sonrientes, expectantes, para poder ver pasar a unos metros de sus humildes cuerpos la carroza cargada con los recién casados. La Puerta del Sol, aparecía totalmente desierta de canarios-así se denominaba a sus tranvías-, porque la policía había blindado el centro de la ciudad y nada que no fuera excepcional ocurría en su interior, apartando lo diario de sus calles, no había tranvías, ni mendigos, nada de lisiados de la guerra de Cuba o Filipinas. Todo había desaparecido en pro de la seguridad.

          Pero, como en todos los acontecimientos históricos que se precien, existe una cara y una cruz, pues en uno de estos lugares atestados de gente, había otro individuo un tanto ajeno a la felicidad colectiva. Su llegada a la ciudad, no había sido nada fácil-pensaba Mateo Morral-, mientras montaba la bomba casera, sentado sobre un pobre jergón situado en su habitación de pensión. Cuando unos meses antes había dado con sus huesos en la capital de España, nada parecía alentador, primero la dificultad para llegar de Barcelona a Madrid. Luego, la imposibilidad de encontrar una habitación de pensión con un balcón o ventana que diera a algunas de las calles por las que debería de pasar el cortejo, y por si fuera poco, aquel endemoniado y maldito picor, causado por una infección venérea. Pero, algunas cosas se fueron arreglando con el paso del tiempo, y unos días antes al del enlace, Mateo Morral, consiguió hacerse con una habitación que diera a la Calle Mayor de la capital. Concretamente, en el último piso del número 88.

         Ya instalado, otra cosa perturbaba en sobremanera al anarquista, era la maleta, esa maleta que escondía bajo la paupérrima cama, o más bien, lo que le preocupaba, era el interior de esa maleta. Allí, estaba la bomba, la bomba Orsini-un modelo similar a la que explotó en el Liceo de Barcelona-, la cual, aún a medio montar, lo perturbaba. Morral, repasaba una y otra vez, de forma mental y mecánica cada uno de los pasos a seguir para finalizar el tétrico montaje, sudoroso cada vez que la tomaba en sus manos, temeroso de que tras un mal movimiento, el artefacto explotara y se fuera todo a hacer puñetas.

         En esas estaba Morral, cuando miró de reojo el ramo de flores situado a su vera, un ramo de flores, que esa misma mañana había comprado a una florista en la cercana Red de San Luis, tras la última reunión con sus confidentes de la capital. Mientras tanto, recordaba su vida anterior a los viajes a Alemania, donde conoció el anarquismo. Recordaba su infancia rodeado de la burguesía textil catalana-a la que su familia pertenecía-, y recordaba todo esto, intentando olvidar el maldito picor de la enfermedad que lo quemaba por dentro.

       Mientras tanto, la ceremonia de los Jerónimos tocaba a su fin, el cortejo de vuelta a Palacio comenzaba. La carroza real, ricamente decorada y tirada por unos preciosos caballos blancos, tocados con pomposos penachos rojos comenzaban su andadura. Rodeado de la guardia real a caballo, con el traje de gala.

        El real cortejo, enfilaba ya la Calle Mayor-había dejado atrás el lugar con mayor cantidad de populacho, y por tanto la más peligrosa a ojos de la seguridad, la Puerta del Sol-. El cortejo se detuvo un momento ante la confitería La Mallorquina, para saludar a ciertos personajes importantes de la sociedad madrileña, que habían interrumpido su tertulia y su café, para saludar desde el segundo piso. El ambiente de la calle era de gran alborozo, los obreros agitaban sus viseras como si les fuera la vida en ello, y las mujeres mostraban sus pañuelos de los días de fiesta al ver pasar el séquito.

        Mateo Morral, colocaba con sumo cuidado la bomba Orsini dentro del ramo de flores, con tacto y tranquilidad. La tranquilidad y el tacto que la situación y el nerviosismo le permitía. El alboroto crecía por momentos, lo cual era clara referencia a que los recién casados estaban cerca, el anarquista Morral, se caló la visera hasta las cejas y salió al balcón.

         La comitiva pasaba por delante de la puerta de la iglesia del Sacramento, y de nuevo volvió a pararse a saludar, justo ante la puerta de la pensión, justo ante el número 88 de la Calle Mayor, justo bajo el balcón donde Mateo Morral asomaba ya con un ramo de flores en la mano. De repente, el ramo era lanzado hacía los novios, y unos segundos después, un gran estallido aturdió a toda la calle. Los vecinos del número 88, que estaban asomados a los balcones, fueron lanzados hacía el interior de sus viviendas, los caballos de la carroza real aparecieron destripados en los adoquines, cuando la oscura nube provocada por la explosión desapareció. Guardia reales heridos, cuerpos de ciudadanos anónimos desangrados, con partes de su cuerpo amputadas y esparcidas por el suelo. Un ingente número de gente huía sin dirección, intentado escapar de la tragedia, pisándose unos a otros. 

         La explosión fue tan fuerte, que se oyó incluso en la Plaza de Oriente, donde los asistentes, pensaron en un primer momento que alguno de los enormes andamios de la construcción de la neoclásica catedral de la Almudena se había venido abajo.

         El final del atentado es por todos conocido, los reyes permanecieron a salvo en todo momento, pero la explosión acabo con la vida de sesenta y seis  personas, y con cientos de heridos.

        Hoy en día, el atentado es recordado con una pequeña estatua situada a las puertas de la iglesia del Sacramento, que sustituye el original que fue derruida durante el gobierno de la Segunda República, la cual denominó durante un breve tiempo a la actual Calle Mayor, como Calle de Mateo Morral. Lo que no ya todo el mundo sabe o conoce, es que justo en frente de esta monumento, en el último piso, del número 88 de la Calle Mayor, donde se vislumbra el balcón más cercano a la esquina de la calle de San Nicolás. Allí, permanece de forma perenne, durante todo el año, una palma seca, en recuerdo al lugar desde el que fue lanzada la bomba, en recuerdo a un anarquista catalán, que un caluroso día de 1906, sirvió de cabeza de turco, a los tejemanejes de políticos conocidos, que como siempre no dan la cara. Asique ya saben, la próxima vez que paseen por la Calle Mayor de Madrid, no dejen de levantar la vista hacía el último balcón del número 88. El balcón del anarquista.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

ENTREVISTA A UMBERTO ECO. MADRID13-12-2010.




Il Professore, llegó a la Sala María Zambrano del Circulo de Bellas Artes de Madrid, pasado unos minutos de las once de la mañana. Educado, como siempre, pidió perdón por su leve ronquera, debido a un resfriado que sufre desde hace unos días. El autor de El Nombre de la Rosa (que cumple 30 años de su primera edición), aparece con su perenne traje, tocado con un sombrero y con su bastón de madera color marrón. En la boca juega con una boquilla de cigarro negra, la cual mostrará durante toda la entrevista.
Pregunta: Simonini(el protagonista de su última novela), es un autentico canalla.
Respuesta: Sonríe. Creo, que he creado al personaje más antipático y despreciable de la historia de la literatura. Un italiano glotón, piamontés, que vive en París. Odia a los judíos, a los masones y a los jesuitas, además es misógino.
P: ¿Como cree usted, que el lector acogerá a su personaje?.
R: Realmente, no sabía como el lector acogería a este personaje, ni si podrían confundir la verdad y la ficción. Tal vez, este miedo venga porque he creado una historia folletinesca y decidí crear una novela basada en una serie de documentos, tal vez alguno de los más odiados de la historia reciente, basados en los Sabios Ancianos de Sión, para reconstruir la historia del antisemitismo del siglo XIX, hasta la llegada de Hitler.
P: Se supone, que los Ancianos de Sión, redactaron un panfleto anti-judío en Rusia, el cual sirvió de excusa a los Nazis.
R: Si, esto se tuvo durante muchos años como verdadero, pero en el año 1921 “The Times”, publicó que el documento era falso, sin embargo, a partir de ese momento se toma como verdadero e incluso Hitler decide que el hecho de que se haya publicado diciendo que era falso lo convertía en un documento auténtico.
P: ¿Que hace que una novela como “El Nombre de la Rosa” o “El Cementerio de Praga” se convierta en un superventas?
R: Lo cierto, es que mis lectores tienen mucho aguante-sonríe-, en El Nombre de la Ros, los hice leer muchas partes del libro en latín. En Baudolino, en cambio les hice leer, más de diez hojas en un lenguaje inventado. Por ello, esta claro que mis novelas tienen que tener algo más que la simple historia. Supongo que con la simple historia tendría unos cien mil lectores, pero no más. Sin embargo en un mes, solo en Italia, se han vendido 600.000 libros. No lo entiendo, a lo mejor se han vuelto todos locos-bromea-. Es posible que lo estén, porque votan a Berlusconi-ríe-.
P: Su última novela (El cementerio de Praga),ha sido calificada como una “sinfonía maligna” por el L´Osservatore Romano y por El Vaticano.
R: Bueno, no creo que sea para tanto, el personaje principal no representa a nadie en concreto de la historia. Lo único cierto, es que las declaraciones de El Vaticano, ha sido la mejor publicidad para mi libro, lo cual ha supuesto un aumento de ventas de unas 100.000 copias.
P: Simonini(el protagonista), es un falsificador de documentos de hace siglos, pero que parece de rabiosa actualidad, si lo comparamos con las filtraciones de Wikileaks.
R: Si, es curioso. Antes, pensábamos en el gran hermano de Orwell. El ciudadano se sentía vigilado, el estado podía saber en cada momento lo que hace o donde esta, cuanto has gastado y en que, por ejemplo, se podía saber cuando y como había viajado de Roma a Milán, o que habías comprado en el supermercado, solo con ver el extracto de tu tarjeta de crédito, o con quien y de que habías hablado con tu teléfono móvil.
Pero ahora, se han invertido los papeles, y son los ciudadanos los que todo lo ven, todo es transparente y el poder necesita de un cierto secreto. Ahora, no sabemos que pasará. Puede que se vuelva a los mensajeros a caballo. O tal vez en un baile aparezca un caballero y apartándose una mascara, aparezca Obama, o que tras una dulce damisela, se encuentre la señora Merkel.
P: Se dice, que la sociedad judía ha criticado el libro. ¿Es cierto?.
R: No, nada de eso, todo lo contrario, incluso tres asociaciones judías me han invitado a presentar el libro en la feria del libro de Jerusalén, son gente muy inteligente, saben diferenciar entre el personaje y el autor. Mary Shelley, creó El Monstruo de Frankenstein, pero Mary Shelley no era el monstruo de Frankenstein.
P: Volvamos a la novela. Como ya ha dicho, la novela se basa en el estilo folletinesco del siglo XIX. Incluso, lleva casi 60 ilustraciones a la antigua usanza.
R: Si, y ese es uno de los mayores problemas para el lector, pues algunas de ellas se han realizado exclusivamente para el libro, pero otras de ellas, son originales del siglo XIX, por ello el lector, tiene momentos de su lectura, en la que no sabe si la historia que están leyendo es real o ficticia.
P: ¿Cree que el la sociedad actual siguen existiendo los falsificadores de documentos?.
R: Vivimos rodeados de falsificadores de los servicios secretos y de los gobiernos. El ejemplo más claro y reciente, es la guerra de Iraq, es una guerra fundamentada, en unos documentos que decían que el gobierno de Sadam ocultaba armas de destrucción masiva, y evidentemente, se ha demostrado que esos documentos eran falsos.
P: Hablemos un poco de actualidad. ¿Cree que Berlusconi es un cuerpo que se arrastra hacía su muerte política o esta más vivo de lo que todos creemos?.
R: Entre el cuerpo que se arrastra y el muerto existe la figura del vampiro, Berlusconi es un zombi, un muerto viviente muy peligroso.
P: ¿Que opina de los recortes culturales que esta llevando a cabo en Italia el ministro de Finanzas?.
R: El ministro de finanzas de Italia, dice, que con la cultura no se come. Yo no estoy de acuerdo, que vaya al museo del Louvre y verá si se come de la cultura.
P: ¿Que opinión tiene usted sobre la actuación de la Liga Norte?.
R: En Italia, hay un sector de la derecha que odia la cultura y a los intelectuales, desde hace muchos años. Además, en el gobierno hay gente inculta y racista. Está surgiendo un populismo en el que el Parlamento pierde sus funciones y una sola persona tiene el control mediático.
Pero, no miren tan lejos, deben tener cuidado, porque en su país, también puede ocurrir esto.
P: Últimamente el norte de Italia, sale a la palestra por los problemas religiosos.
R: La noticia religiosa que recorre Italia en los últimos días, habla sobre la sentencia a favor de un hombre musulmán radical, que a conseguido que su hija acuda a clase de música con unos auriculares para que no escuche la música, la cual cree su padre, que podría corromperla en su religión.
Lo cierto, es que la religión ha sido un estimulo muchas veces. Sin ella no habríamos tenido a Miguel Ángel o a Rafael, pero el fanatismo reprime la creatividad.
Madrid 13 de diciembre de 2010.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

MILAGRO EN BARAJAS.


El té, estaba servido en vaso de cartón y además, sabia a jabón. La leche por su lado, estaba fría, pero la novela que portaba en mis manos, por lo menos era buena. Aunque, el barullo que reinaba en toda la terminal del aeropuerto de Madrid Barajas, no me permitía llevar a cabo una lectura tranquila y sosegada, la cual me hubiese gustaría.
Pero el asunto, no era para menos, las cuatro terminales del aeropuerto de la capital, estaban saturadas de gente y de maletas, que iban y venían sin rumbo establecido, debido a que los informadores de Aena y las compañías aéreas, les mandaban de un lado para otro sin darles explicación alguna, de por que no salían sus vuelos. Apenas unas leves explicaciones, diciendo que los controladores aéreos, se habían puesto malos, o se habían sentido indispuestos, todos a la vez y se encontraban reponiéndose de sus vahídos-curiosamente todos juntos y en comandita-, en el gran salón de actos, de un importante y conocido hotel, cercano al aeropuerto madrileño.
El caos, montado por el boicot de los controladores, era aterrador, de repente, la gente, que antes hacía cola, regular y tranquilamente, ante los mostradores de facturación, comenzaron a alborotarse, a pedir aclaraciones, a perseguir a la gente de Aena, y a pedir inmediatamente una explicación creíble y justa-la cual se merecían, y la cual nadie les dio-. El asunto, comenzaba a enquistarse, según iban pasando los minutos y al pasar las horas, comenzaba a mascarse la tragedia. Una tragedia aeroportuaria.
Yo, que tan solo esperaba, que no iba a ningún sitio, cerré mi libro-era imposible seguir leyendo-, y me paseé por la terminal en la que me encontraba, el alboroto ya era general-no sin razón-, pues este grupo de trabajadores, los cuales cuentan con unos sueldos que ya quisiéramos los demás, con una jornada laboral, que ya la quisiéramos los demás, y que hacen de su capa un sayo y se pasan por el arco del triunfo las leyes, y lo que es peor, las ilusiones y los sueños, de la gente que les paga el sueldo.
Muchas personas se desesperaban, pues veían como se cernía sobre ellos la oscura sombra de la perdida de las reservas de sus vuelos y sus hoteles en el extranjero, otros, equipados con un número ingente de maletas y niños, veían como se alejaba la oportunidad de llevar a sus hijos a un parque temático francés, a la vez que veían como junto a los sueños de sus hijos por conocer a Pluto, se alejaban también, los miles de euros gastados en la actividad. Algunos-la mayoría extranjeros-, veían como se quedaban aislados en Madrid, sin conocer el país, ni el idioma, porque se encontraban allí esperando un segundo vuelo que los llevase a sus países de origen. Otros-no pocos-, ponían la voz en el cielo, porque por culpa de estos individuos, no podrían volver a sus puestos de trabajo a tiempo, y pensaban-no sin razón-, que esta ocurrencia podría costarles el puesto. Una mujer joven, de unos veintitantos, lloraba en una esquina sentada sobre una maleta rosa, mientras habalba por su móvil, diciendo a su interlocutor, que o mucho cambiaba la película o que iban a a tener que anular la boda, simple y llanamente, por que ella-la novia-, no iba a llegar a tiempo al altar.
El momento del cenit, llegó, cuando se sumó a estos, el grupo de viajeros que habían sido evacuados de un vuelo transcontinental, cuando su avión ya rodaba por la pista de despegue. El asunto estaba espinoso, muy espinoso. Las voces amenazantes y desilusionadas se oían por encima del resto de la gente. Muchos, no sabían aún a que se debía el hecho de no poder volar, cuando ya habían llegado los primeros periodistas a cubrir la noticia. Todo era un caos, las colas se multiplicaban antes decenas de mostradores, los insultos y los malos modos-repito, que con toda la razón-, se repetían cada vez en más idiomas y la desesperación de muchos- que no veían otra forma de llegar a su destino-, se notaba y se masticaba en el ambiente.
Pero, como en la mayoría de los casos de desesperación y de mala leche colectiva, ocurrió una cosa, increíble, memorable. Cerca de donde se encontraba el grueso del vituperio y el ultraje, un grupo de personas, de varias edades y de ambos sexos, comenzaron a cantar, con voces angelicales profundas, un grupo de voces celestiales, dentro de cuerpos humanos y en medio de una situación irrespirable, donde el agobio y la mala baba era constante.
El grupo de voces, comenzó a llevar a cabo una canción de opereta, calentando las cuerdas vocales. De repente, todo el mundo se giró-o nos giramos-, hacía ellos, de repente, el murmullo y las voces generales comenzaron a descender poco a poco, hasta llegar un momento-unos segundos-, en que la mayor parte de la terminal permaneció en silencio, escuchando y maravillados por el tema a cappella interpretado por este grupo. Grupo que por otro lado, esperando un vuelo con el que llegar a su actuación en Londres, dedicaba la espera a ensayar.
Cuando la agrupación cesó en la practica del ensayo con este primer tema, el barullo volvió a la terminal, las voces se apoderaron de nuevo de las personas que veían su puente volar, a los llantos por no poder llegar a su propia boda, y a las caras de niños y padres defraudados por culpa de unos individuos que cobran más de lo que merecen y que piden a la gente de la calle que comprendan lo incomprensible.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

EL OFICIO DE OBSERVAR.




Como otras tantas fotos ya mencionadas y descritas en esta página, la de hoy, también cuelga en una de las paredes de mi casa, junto a otras muchas que tal vez algún día-o tal vez no-, salgan a colación de algún que otro tema.
La de hoy, es una de mis favoritas, a diferencia de las otras comentadas en esta humilde publicación, la que se muestra arriba, nos pilla a todos mucho más de cerca, por dos razones básicas. Su autor es español, y además lo que se muestra en ella- a simple vista, la figura de un niño sobre un grupo de gente-, muestra en el fondo, lo que fue un momento importante de la historia de este país- España-. Por si fuera poco, es una imagen relativamente reciente, que marca y refleja el cambio político más importante de las últimas décadas.
La foto en cuestión, fue tomada un día del año 1976, en una de las manifestaciones a favor de la democracia, dicha instantánea, fue tomada por un importante fotógrafo, un hombre que fue capaz de retratar la transición española como pocos, o mejor dicho, como nadie, y que después de comenzar a trabajar con menos de dieciocho años para Europa Press, pasó a hacer fotos por encargo, para la farándula y el mundo del cine, tanto español como americano. Su nombre, es César Lucas, y se ha jubilado hace poco, después de cincuenta años detrás de una cámara.
Pero vayamos a la foto y a lo que evoca, que a fin de cuentas, ese es el trabajo de la foto y del que la realizó, ya saben, ese oficio de observar y mostrar a los demás lo que ven, ese trabajo que hay que valorar, como hay que valorar también, el de los reporteros que hoy, se juegan la vida de guerra en guerra, o de catástrofe natural, en catástrofe natural, para convertirse en nuestros ojos y mostrarnos lo que ocurre en la parte más alejada del globo terráqueo.
Lo dicho, la foto se sitúa en una calle indeterminada, de una ciudad indeterminada de nuestro cainita país. Posiblemente Madrid-que cada uno piense lo que quiera, eso aquí es lo de menos-, sería una foto más, de una manifestación en pos de la libertad, de la democracia o por la legalización de ciertos partidos políticos, sino fuera por una cosa distinta, un elemento que le da ese toque de suficiencia y que le ha hecho mantenerse en las colecciones fotográficas del siglo XX. Sobre la multitud de cabezas de personas anónimas, y sobre los hombros de su padre, se alza un niño de no más de de seis o siete años, con el pelo rubio y el puño en alto.
La foto, es un canto a la libertad, a la idea de cambio de una situación un tanto anormal en un país supuestamente evolucionado, muestra la transformación de este país, y la posibilidad de invertir el presente en un futuro más esperanzador, donde todos tuviesen derechos y obligaciones, donde cada uno pudiese elegir lo que quisiera ser y tener. Era esa época, en donde se sitúan las imágenes de la vida española entre el blanco y negro y el color. El momento, en el que los jóvenes tenían la oportunidad de hacerse con sus discos favoritos de Joan Manuel Serrat o del chileno Víctor Jara sin tener que jugarse su libertad, o podían dejar de comprar bajo cuerda y la mirada inquisitiva de la estatua de Cascorro, los libros con las décimas de Violeta Parra o los poemas de amor y soledad de Pablo Neruda. Donde se podía ir a escuchar tranquilamente las canciones del desaparecido grupo La Mandrágora, en el antro -también desaparecido-, del mismo nombre, donde Joaquín Sabina, Javier Krahe o Alberto Pérez, comenzaban a hacer sus primeras apariciones públicas, sin miedo a que los grises les sacasen de allí a la carrera.
Pero la realidad no era tan bonita-como nunca lo es la realidad-, pues seguramente, mientras César Lucas tomaba esta instantánea del niño sonriente sobre los hombros de su padre, es muy probable que en algún lugar de la ciudad un grupo de pistoleros, manejados como marionetas sangrientas por otros individuos más poderosos, limpiaran y sacaran brillo a las armas, con las que un año después asesinarían a unos abogados laboralistas en el número 55 de la Calle Atocha. Sin saber tampoco, que por aquel entonces, muy probablemente, un grupo de haraganes uniformados de color verde oliva, buscaban una cabeza de turco para que perpetrara el golpe de estado de febrero del 81.
Ahora, mientras tomo un cortado y escribo estas lineas en el céntrico café del Nuncio, en la capital de España, me imagino a este niño treinta y cuatro años después. Sentado en su casa, con sus canas y sus entradas en un pelo más lacio, y con su pequeña barriga incipiente por encima del cinturón. Observando y analizando la España actual, cansado, hastiado y desilusionado con lo que ve cada día y viendo tan lejos de si, el país que él y su padre soñaron una vez, y que quedo atrás, tan lejos como el mayo francés y su arena bajo los adoquines. Por culpa de una clases política rancia e iletrada, una clase política, que en unos casos, ha cambiado la camisa azul bordada en rojo por el traje y la corbata, pero no su pensamiento. Y en el otro, ha cambiado las ideas de Pablo Iglesias, por unas vacaciones en las Bahamas y un coche alemán de alta cilindrada. Juntándose ambos grupos tras cada pleno, para comer en la misma mesa, dándose palmaditas en la espalda y vanagloriándose de lo que han hecho con este país, nuestro país.