miércoles, 1 de diciembre de 2010

EL OFICIO DE OBSERVAR.




Como otras tantas fotos ya mencionadas y descritas en esta página, la de hoy, también cuelga en una de las paredes de mi casa, junto a otras muchas que tal vez algún día-o tal vez no-, salgan a colación de algún que otro tema.
La de hoy, es una de mis favoritas, a diferencia de las otras comentadas en esta humilde publicación, la que se muestra arriba, nos pilla a todos mucho más de cerca, por dos razones básicas. Su autor es español, y además lo que se muestra en ella- a simple vista, la figura de un niño sobre un grupo de gente-, muestra en el fondo, lo que fue un momento importante de la historia de este país- España-. Por si fuera poco, es una imagen relativamente reciente, que marca y refleja el cambio político más importante de las últimas décadas.
La foto en cuestión, fue tomada un día del año 1976, en una de las manifestaciones a favor de la democracia, dicha instantánea, fue tomada por un importante fotógrafo, un hombre que fue capaz de retratar la transición española como pocos, o mejor dicho, como nadie, y que después de comenzar a trabajar con menos de dieciocho años para Europa Press, pasó a hacer fotos por encargo, para la farándula y el mundo del cine, tanto español como americano. Su nombre, es César Lucas, y se ha jubilado hace poco, después de cincuenta años detrás de una cámara.
Pero vayamos a la foto y a lo que evoca, que a fin de cuentas, ese es el trabajo de la foto y del que la realizó, ya saben, ese oficio de observar y mostrar a los demás lo que ven, ese trabajo que hay que valorar, como hay que valorar también, el de los reporteros que hoy, se juegan la vida de guerra en guerra, o de catástrofe natural, en catástrofe natural, para convertirse en nuestros ojos y mostrarnos lo que ocurre en la parte más alejada del globo terráqueo.
Lo dicho, la foto se sitúa en una calle indeterminada, de una ciudad indeterminada de nuestro cainita país. Posiblemente Madrid-que cada uno piense lo que quiera, eso aquí es lo de menos-, sería una foto más, de una manifestación en pos de la libertad, de la democracia o por la legalización de ciertos partidos políticos, sino fuera por una cosa distinta, un elemento que le da ese toque de suficiencia y que le ha hecho mantenerse en las colecciones fotográficas del siglo XX. Sobre la multitud de cabezas de personas anónimas, y sobre los hombros de su padre, se alza un niño de no más de de seis o siete años, con el pelo rubio y el puño en alto.
La foto, es un canto a la libertad, a la idea de cambio de una situación un tanto anormal en un país supuestamente evolucionado, muestra la transformación de este país, y la posibilidad de invertir el presente en un futuro más esperanzador, donde todos tuviesen derechos y obligaciones, donde cada uno pudiese elegir lo que quisiera ser y tener. Era esa época, en donde se sitúan las imágenes de la vida española entre el blanco y negro y el color. El momento, en el que los jóvenes tenían la oportunidad de hacerse con sus discos favoritos de Joan Manuel Serrat o del chileno Víctor Jara sin tener que jugarse su libertad, o podían dejar de comprar bajo cuerda y la mirada inquisitiva de la estatua de Cascorro, los libros con las décimas de Violeta Parra o los poemas de amor y soledad de Pablo Neruda. Donde se podía ir a escuchar tranquilamente las canciones del desaparecido grupo La Mandrágora, en el antro -también desaparecido-, del mismo nombre, donde Joaquín Sabina, Javier Krahe o Alberto Pérez, comenzaban a hacer sus primeras apariciones públicas, sin miedo a que los grises les sacasen de allí a la carrera.
Pero la realidad no era tan bonita-como nunca lo es la realidad-, pues seguramente, mientras César Lucas tomaba esta instantánea del niño sonriente sobre los hombros de su padre, es muy probable que en algún lugar de la ciudad un grupo de pistoleros, manejados como marionetas sangrientas por otros individuos más poderosos, limpiaran y sacaran brillo a las armas, con las que un año después asesinarían a unos abogados laboralistas en el número 55 de la Calle Atocha. Sin saber tampoco, que por aquel entonces, muy probablemente, un grupo de haraganes uniformados de color verde oliva, buscaban una cabeza de turco para que perpetrara el golpe de estado de febrero del 81.
Ahora, mientras tomo un cortado y escribo estas lineas en el céntrico café del Nuncio, en la capital de España, me imagino a este niño treinta y cuatro años después. Sentado en su casa, con sus canas y sus entradas en un pelo más lacio, y con su pequeña barriga incipiente por encima del cinturón. Observando y analizando la España actual, cansado, hastiado y desilusionado con lo que ve cada día y viendo tan lejos de si, el país que él y su padre soñaron una vez, y que quedo atrás, tan lejos como el mayo francés y su arena bajo los adoquines. Por culpa de una clases política rancia e iletrada, una clase política, que en unos casos, ha cambiado la camisa azul bordada en rojo por el traje y la corbata, pero no su pensamiento. Y en el otro, ha cambiado las ideas de Pablo Iglesias, por unas vacaciones en las Bahamas y un coche alemán de alta cilindrada. Juntándose ambos grupos tras cada pleno, para comer en la misma mesa, dándose palmaditas en la espalda y vanagloriándose de lo que han hecho con este país, nuestro país.

No hay comentarios:

Publicar un comentario