miércoles, 12 de enero de 2011

DOS CERDOS CON UNIFORME.


            Hace ya unos días, oí en un céntrico restaurante madrileño a un periodista radiofónico-de sobra conocido-, afirmar no sin razón, que en este país no entra ni un tonto más, que si lo hace nos desbordamos y nos vamos todos a tomar por saco. Al día siguiente o así, leí un artículo de uno de mis escritores preferidos, en el que afirmaba exactamente lo mismo. Y si me lo permiten, lo voy a apoyar, pero además voy a añadir algo más de mi propia cosecha, demostrando con lo abajo relatado que en este país no caben más tontos, pero tampoco más hijos de puta.

           Era por la mañana-casi noche, aún-, amenazaba lluvia, el cielo plomizo no daba ninguna esperanza. El tren llegaba con retraso, algo normal en el servicio de cercanías de la Renfe de Madrid, más si cabe durante los fines de semana. Me encontraba en la estación central de la ciudad en cuestión. Ocho vías con cuatro apeaderos entre ellas, dos a dos.  A pesar de encontrarnos en las primeras horas de la mañana de un día festivo, los andenes contaban con numerosas personas en ellos, unos esperando llegar a sus domicilios tras una larga noche de trabajo, otros, buscaban lo mismo tras una noche de farra, y otros-como el abajo firmante-, buscaban llegar a su trabajo mañanero lo antes posible. Pues el frío que hacía en la estación, se veía incrementado por la gélida corriente de aire que te helaba hasta el tuétano. A pesar de todo, permanecía impertérrito, sentado en uno de los férreos bancos del apeadero, con mi perenne libro en la mano. Uno que hablaba sobre la guerra de Afganistán, Cuadernos de Kabul se titulaba, del periodista Ramón Lobo.

           De pronto, hizo entrada en escena una señora mayor, con bastón de madera y abrigo de tres cuartos. Acababa de entrar en el apeadero de enfrente por la escalera mecánica, se movía cadenciosamente, despacio y caneándose levemente sobre su cadera. Vestía sobrio y con colores oscuros, con un leve toque de alivio de luto, rematado por su ensortijado pelo blanco. Mientras tanto, la estación permanecía ajena a lo suyo, a su locura diaria de idas y venidas, en la que nadie se fija en nadie, ni maldita las ganas que les hace. Una ciudad, de esas, que cuentan con más radio taxis que sentimientos, con más códigos de barras que corazones, y donde es más fácil pillar una legionela que enamorarse. Uno de esos sitios, ahogados por el hormigón y el asfalto, en el que conociéndome-y algo me conozco-, acabaré ciscándome tarde o temprano y haré mutis por el foro.

            El caso, es que la señora me llamó la atención entre el gentío, tal vez porque no pegaba en medio de aquella marabunta, entre aquella locura de jóvenes resacosos, trabajadores que buscan llegar a su lugar de trabajo a pesar de ser fin de semana, o entre las personas ociosas que madrugan para llevar a cabo cuanto antes las compras de las cercanas fiestas religioso-gastronómicas. O tal vez, porque su forma de actuar y de vestir parecían de otra época, o de personas que pasaron la mayor parte de su vida en un pueblo de la meseta.

           De pronto, también mi vista se fijó en otros dos personajes que compartían andén con la señora, dos guardias de seguridad de los que podemos encontrar en cualquier estación o edificio público. Con sus trajes marrones de ribetes amarillos, y un chaleco reflectante con el nombre de la empresa que les paga a la espalda. Uno de ellos, llevaba colgado a la derecha de su cinturón una pistola, modelo STAR PK 28, acompañada por una canana repleta de balas doradas de 9 milímetros parabellum. El otro, desarmado llevaba una porra oscura y cilíndrica, y unos grilletes sujetos a la parte trasera de su cintura, justo donde la espalda pierde su nombre.

          El cercanías hacía su entrada en la estación, mientras la señora llevaba su lenta silueta a la altura de los dos guardias de seguridad, parecía que la mujer les decía algo a los dos tipos. Cuando el ruido que hacían las metálicas ruedas del tren sobre los raíles paró, pude empezar a hacerme una idea de lo que sucedía una vía y un andén más allá de donde yo me encontraba. La situación, era muy simple, la señora, poco ágil como ya he comentado, pedía cariacontecida a los guardias de seguridad si podían ayudarla a subir al tren, pero ellos dos negaban al unísono, moviendo sus cerriles cabezas, diciendo que ese no era su trabajo, que su trabajo solo consiste en vigilar y nada más. Ella, insistía, que solo iba a ser un momento, que no les iba a costar nada, que si no iba a perder el tren. Pero ellos, seguía negando la mayor, parapetándose en la excusa de que ayudar a subir a la gente a los trenes no constaba en sus obligaciones, y que si lo hicieran seria porque ellos quisieran, pero vamos que no querían, y que si quería que alguien le ayude fuera a hablar con el jefe de estación.

         El tren ya comenzaba a pitar, anunciando que en los siguientes segundos se cerrarían las puertas y el tren seguiría su camino. La señora ya casi desesperada, se encontraba apunto-supongo-, de mandar a los dos individuos a tomar por donde se rompen los calderos, cuando un chico joven, viendo la misma situación que yo pero desde un lugar más cercano, abandono su sitio y bajando del tren, ayudo a la señora a subir a bordo ante la mirada inocua y vacía de los dos bastardos con traje de guardia de seguridad, que se quedaron riéndose y retozando como cerdos en el barro-cada uno se ríe y retoza como lo que es-.

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