miércoles, 26 de enero de 2011

LOS OJOS DE LA PEREGRINA.


Eran galanos, enorme, azules claros, garzos. Unos ojos profundos, como un pozo de agua cristalina, y limpia, en el que podrías caerte sin darte cuenta y pasar unos minutos, que parecerían una eternidad hasta llegar a tocar el fondo. Pensarán que exagero, pero eran unos ojos casi tan azules como los zafiros recién pulidos y lavados. Vivos, inteligentes, tal vez. Suspicaces y perspicaces, seguro. Unos de esos ojos, que te atrapan un instante, mientras te van desarmando cuando te atreves a contemplarlos de frente.
El pelo, largo castaño, caía sobre su espalda, recogido en una coleta o cola de caballo, limpio, casi brillante, el cual, reflejaba como un espejo la última luz del día del verano barcelonés. Cargada a sus espaldas, llevaba una mochila pesada, reposando sobre su hombro derecho. Calzaba unas botas bajas de trekking. Esperaba en la estación del Norte la salida de su autobús, que casualmente, también era el mio, y que partía de la ciudad Condal, tan solo unos minutos después, con dirección a tierras gallegas.
Se dirigía a El Bierzo-dijo-, hacía Ponferrada, creo recordar. Parecía que huía de algo durante su explicación, dejando atrás ciertas cosas, unas conscientemente, otras, tal vez de forma inconsciente, una salida del tiesto, sin hacer prisioneros, largarse y punto. Buscando el fin del mundo,que ahora no lo es, pero que en su día lo fue. El final de su camino no era Santiago-como el lector perspicaz ya habrá adivinado-, sino Finisterre, el cual, durante muchos siglos fue el fin del mundo, y donde, a pesar de lo que muchos meapilas y salvapatrias digan, acaba el camino de Santiago. Donde aún hoy, los peregrinos miran embobados, extasiados por lo que llevan a su espalda y recordando los buenos momentos, las personas conocidas y las historias relatadas durante las noches, entorno a una hoguera a la luz de la luna, o a la vera de una pétrea chimenea, disfrutando de un café o de un caldo. Disfrutando de la vista, posiblemente una de las más bellas del mundo- junto a la de los Acantilados de Moher, en Galway, en la costa Atlántica de Irlanda-, tras quemar las ropas y el calzado, usado durante el transcurso del largo recorrido del camino.
La vi, en un primer oteo de la estación, sus ojos ya he dicho me llamaron la atención, pero pronto comenzó a mostrar una conversación inteligente y cercana, como si nos conociéramos de toda la vida, es curioso, como te puedes pasar la vida alrededor de una persona y no sentirte a gusto junto a ella, y en otras ocasiones, conocerla, y unos minutos después, sentirte como si te encontraras con un viejo amigo, reencontrado tras muchos años. Lo cierto, es que pensé, en un viejo comentario que ya hace tiempo me comento Horacio Neves-el viejo capitán portugués del carguero San Gabriel-. Ten cuidado rapaz-decia-, pues en asunto de mujeres, a veces oyes canto de sirena y luego te sale loba de mar. Lo cierto, es que se me escapo una media sonrisa al recordarlo, acodado en la barra de la tasca de Nuno, con su eterna copa de ginebra holandesa entre las manos.
La verdad, es que disfrutaba escuchándola, pero al cabo de un tiempo, sus palabras me dejaban un regusto áspero, como de ceniza. Como si narrará su historia con un poco de pena, mezclada con la necesidad de comenzar una nueva vida. Buscando reencontrarse a si misma, sus ojos lo reflejaban, en ciertos momentos de la conversación, incluso hablaban más que ella. En otras, se compenetraban a la perfección con su relato, con sus a veces planes de futuro, a veces sus recuerdos.
Al final, resulto, que entre parrafada y parrafada, hablando un poco de todo, incluso de cultura, algo de lo que apenas se habla ya, a no ser que estés dentro de una academia rodeado de académicos revestidos de frac o chaqué. Las largas horas del viaje por carretera, se nos fueron pasando rápidamente. La peregrina, según avanzaban los quilómetros, según pasaban los hitos de la carretera, y nos íbamos internado en tierras aragonesas, riojanas y castellanas, su cara iba cambiando, y sus ojos iban tomando un aspecto más alegre, como si se alegrara de estar llegando a su destino, o si lo hiciera por alejarse de su lugar de partida. Nunca lo sabre, simplemente miré sus ojos, y fue en el único momento en que no mostraron una verdadera expresión, por ello, tampoco me atreví a preguntar. Al fin y al cabo-pensé-, no era de mi incumbencia.
Cuando cerca de las seis de la madrugada, llegué a mi destino, la peregrina dormitaba cubierta con su cortavientos, tapándose con él su cuerpo a modo de manta, pues aunque nos encontrábamos en agosto, las noches zamoranas no dan tregua y la temperatura era bastante baja. Me despedí de ella en un tono bajo, para no despertar al resto del autobús. Ella, abrió su azules ojos y se despidió también, como si de nuevo fuéramos dos viejos amigos, que se despiden de nuevo, para pasar otros cuantos años sin verse, o para no volver a verse nunca más.

2 comentarios:

  1. Precioso relato, espero que os volváis a encontrar. Te animo a compartir tu experiencia en el Camino de Santiago en nuestros foros http://camino.xacobeo.es/es/comunidad-peregrinos/foro.

    ¡Un saludo peregrino!

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  2. Muchas gracias, prometo haceros una visita en los foros y compartir en ellos, este y otros artículos.
    un saludo.

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