miércoles, 9 de febrero de 2011

LA GILIPOLLEZ VISTE DE PRADA.


La culpa fue mía, sin duda. Lo fue, por alejarme de mi zona, de mis cafés y de las calles de costumbre. Lo fue, por hacer caso a un amigo, y juntarnos para tomar un café, en una cafetería cerca de la Calle Serrano de Madrid, una cafetería sin encanto, cool que te rilas y atestada de tipos odiables, que se la sujetan con papel de fumar cuando van a mear. Y de tipas-que no se me enfade ningún talibán del genero y la genera-, que se denominaban las unas a las otras, como Cuqui esto, Cuqui lo otro, mientras se miran sin verse, y se hablan sin escucharse.
La espera no resulto muy esperanzadora-mi amigo llegaba tarde como siempre-, saqué un novela de mi chaqueta, con cuidado, parsimonia, pero con peligrosidad. Como un soldado de los tercios de flandes, sacaba la vizcaína de entre su capa y su coleto de piel. El vocerío a esa hora, en dicha cafetería era ensordecedor, cada vez echaba más de menos las tranquilas tardes en los cafés de siempre, con la gente de siempre y con el café o la caña de siempre. Esos cafés de los barrios de toda la vida, lejos del bullicio y del pijerio. Cada minuto que pasaba allí sentado, recordaba las calles del Raval o de Lavapies, con las tascas y los cafés de toda la vida. Lugares, donde además de tomarte algo, puedes vivir curiosos momentos, o conocer a ciertos personajes muy interesantes. Individuos, como el profesor Chester- algún día hablaré largo y tendido sobre él-, un neozelandés, que conocí en un bar de Chueca, capaz de narrarte el problema de los indígenas maorís o maoríes, en un perfecto inglés de Londres, y de repente soltarte un Vamos no me jodas, tan castizo que parece que se ha criado en la Calle de la Ballesta.
El caso, es que allí estaba yo, saboreando un pseudocafé, e intentando concentrarme sobre las letras del libro que tenia entre las manos, cuando llegaron un grupo de tres o cuatro mujeres. Como ya he dicho antes hablaban todas a la vez, sin escucharse y sin mirarse, cada una a lo suyo. Pero era curiosos como interactuában y se entendían a la perfección. Pidieron su consumición según entraron en el local, como si el camarero no tuviera otra cosa que hacer, que estar toda la tarde esperando, a que entraran estos cuatro loros a pedir su consumición. Asique, como era lógico, el camarero las atendió cuando las tocaba, o cuando al chaval le salió del ciruelo.
Mientras esperaban los cafés, comenzaron otra vez la conversación a gritos, una de ellas, tomo la voz cantante y tras unas frases vaciás, repletas y cubiertas de monas, chica, cuqui y perladas de oseas. La tipa en cuestión se puso de pie y mostrando su cuerpo a sus compañeras, dijo: si, si, cuquis, es lo que pensáis, es de Prada, ¿a que es lo más cool del día?. Y se volvió a sentar. Cada minuto que pasaba, más ganas tenía de que llegara mi amigo y largarme de allí para no volver nunca más.
Cuando la cosa, parecía que no podía ir a peor, lo fue. Llegó otra mujer más y se sentó a la mesa, sacó de su bolso un perro enano, un chiguagua blanco, que más parecía una zarigüeya enana, que un can. Comenzó a hablar de una de sus sirvientas-tunecina, acertó a decir-. Levanté la vista, y por el modelito, pensé, que también vestía de Prada, y supuse, que al igual que sus compañeras de mesa, ella también, estaba encantada de haberse conocido.
Comenzó acto seguido a contar banalidades sobre su día y de repente cambió de registro, y empezó a hablar sobre la sirvienta tunecina, la cual -siempre según la tipa del perro enano-, se pasaba el día llorando, porque no sabia nada de su familia, envuelta en la revuelta política de su país. Y lo peor -apostilló-, es que no está, no está a lo suyo, incluso el otro día, no os lo vais a creer cuquis, sirvió el té frío, cuando estaba con las amigas del club de campo. Asique ya veis monas, estoy que no me llega la camisa al cuello, de lo mal que me ha hecho quedar delante de las vip class.
Lo cierto, es que me cisque en la madre que la parió, a ella y a todos los miembros de su vip class, no se si me oyó, o no. La verdad, es que me importa un testículo de palmípedo, pero supongo, que estaba muy ocupada pensando en lo que pensarían sus friends, sobre tener a su servicio a una persona que piensa más en su familia -en peligro de muerte-, que en la temperatura idónea de un té. Asique, me levanté, aboné mi consumición, dándole una palmadita de ánimo al joven camarero, y salí a la calle, sin esperar a mi amigo, al cual, llamé por teléfono para cambiar el lugar de encuentro, y para darle mi opinión sobre el lugar que había elegido para nuestro cita.

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