miércoles, 16 de febrero de 2011

LAS CONSERVAS DE NAPOLEÓN.


Ya saben, que desde hace unos años-los que hace que escribo esta página semanal-, uso la misma, para rendir cuentas o para romper lanzas en pro de ciertas personas o personajes, que tuvieron cierta importancia para nuestra historia pasada, y como en el caso del que trato hoy, también lo tiene en nuestro presente. Puesto que los políticos y los libros de historia políticamente correctos, no los mencionan ni los mencionarán nunca, ni por encima. Me siento en la obligación, de hacer con ellos, un poco de justicia.
El invento del que hablamos hoy, es muy usado. De hecho, me juego mi colección de Asterix a que cada uno de ustedes, tienen alguno en su casa. Para comenzar, voy a dar unas pinceladas históricas, para que el lector, pueda hacerse cargo de la situación en la que nos encontramos, y pueda ponerse en situación. Tranquilícense, que no les voy a dar una clase de historia.
Situémonos. Año 1812, mientras las tropas de Napoleón Bonaparte se dejan los cuernos intentando hacerse con el control total de España-cosa que no conseguirán-, le petit cabrón, decidió, que su enorme ego, no se vería cubierto con el control de la Península Ibérica, por ello, también quería hacerse con el poder de Rusia. Y allí se plantó. El caso, es que cuando el Zar Alejandro I de Rusia, quiso darse cuenta, el ejercito napoleónico-el más grande formado hasta el momento en el viejo continente-, cruzaba el río Niemen y ponían dirección hacía Moscú. De forma ardua, el Zar, representado por su comandante en jefe Barclay, movilizó a su ejercito-infinitamente menor en número que el francés-, desplegándolo en la frontera de la Polonia rusa.
El comandante en jefe Barclay, a pesar de las presiones de sus superiores, en ningún momento atacó al ejercito del Imperio, pues sabía perfectamente de lo inútil de esa táctica, era imposible vencer al ejercito más importante de Europa en campo abierto, y por ello decidió crear una férrea defensa-defensa, que por otro lado no sirvió de nada-, pues los soldados del pequeño gran hombre, se fueron internando a pasos agigantados en territorio ruso. Poco a poco, los galos fueron entrando en las profundidades del invierno ruso. Pronto se dieron cuenta, de que sus parafernalias vestimentas, de poco servían en aquellas tierras. Y por si fuera poco, lo que se suponía una campaña rápida sobre Moscú, se estaba convirtiendo en un nuevo asedio sin fin próximo. Los soldados, no podían ser relevados, pues más de 300.000 de sus compañeros, aún luchaban en España, intentando que la ciudad de Cádiz-entre otras-, se doblegaran. Además, entre las muertes sumadas en enfrentamiento y las producidas por el frío, hubo que sumar una enorme hambruna, que se hizo perenne tras meses de confrontación. Los alimentos traídos desde tierras propias, o estados satélites del Imperio, llegaban congelados o podridos. Y aquí viene lo que nos interesa.
Viendo Napoleón, como una y otra vez sus esfuerzos por abastecer a la tropa de alimentos, se veía entorpecida, unas por el transcurso del tiempo y, otras por la climatología, tomo la decisión, de compensar con 12.000 francos, a aquel que fuera capaz, de hallar un método para mantener los víveres en perfecto estado, durante un largo tiempo y en una climatología adversa.
He aquí nuestro hombre, un inventor francés-que como todo buen inventor de la época, malvivía de sus inventos y comia de lo que los vecinos tenían a bien darle-, se puso manos a la obra. Este tipo, llamado Nicolás Appert, tras muchas pruebas y muchas cabalas, se dió cuenta que guardando los alimentos en recipientes de cristal herméticos y metiéndolos en agua caliente, estos, se sellaban totalmente, lo cual permitía transportarlos y conservarlos, en perfecto estado de consumo, durante un largo periodo de tiempo. Arduo, se lo hizo saber al Emperador, el cual agradecido, no solo le dió los 12.000 francos pactados, sino que también lo nombró “Benefactor de la Humanidad”. Años más tarde, José Casado sustituirá el cristal por hojalata, lo que además conservara el producto de la luz-pero ese es otro tema-.
Lo cierto, es que el invento nos sirve más hoy en día, de lo que les sirvió a los soldados de Napoleón, pues meses después de esto, entraron en Moscú, donde se encontraron una ciudad arrasada, ardiendo como una tea, y sin una triste moneda que echarse a la faltriquera. Pues los rusos, viéndose acorralados, huyeron de ella, pero arrasándola antes, para que los gabachos no la saquearan, evitando así, que los soldados del Imperio pudiera abrigarse en la ciudad y seguir desde allí la invasión. Por ello, viendo que los rusos no mostraban rendición y sintiendo como se acercaba el crudo invierno de la estepa rusa, Napoleón decidió volver. Diezmado, a pie y con los miembros de muchos de sus soldados congelados o a punto de estarlo, se convirtieron en un blanco fácil para los Cosacos rusos, que pasaron a cuchillo a un gran número de franceses, cuando estos intentaban cruzar el río Bezerina. Siendo de esta manera, totalmente expulsados de tierras rusas, y colocando una pesada losa sobre las intenciones napoleónicas de dominar toda Europa. Losa, que pronto incrementaría su peso, tras la perdida de la guerra en territorio español.

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