miércoles, 2 de febrero de 2011

SOBRE BOMBAS Y ESPERANZAS.


 
             El caluroso mes de agosto, invitaba al juego, a la charla y al esparcimiento ocioso en la calle, bajo la sombra de algún árbol, o en el recoveco de alguna construcción, otros-los más-, se afanaban en llevar a cabo sus empleos, fuera el que fuera. En esas se encontraba la gente, personas o habitantes de una cercana población de la ciudad japonesa de Hiroshima. De repente, el mundo se paró, la historia se había dado cita en aquel momento, alrededor de aquella gente humilde, anónima, gente que no sabía de qué iba el asunto, ni maldita la gana que tenían. En sus rostros, se reflejó el miedo, la masacre, el terror al fin. Muchos de ellos murieron de una de las formas más horribles-calcinados por una ola de calor abrasadora-, sin saber lo que ocurría. Solamente un gran estruendo, una nube de polvo, y el fin, se acabó el cuento. El calendario marcaba el seis de agosto del sangriento año de 1945, el reloj se quedó parado a las ocho horas y quince minutos de la mañana. Los Estados Unidos, acababan de lanzar la bomba atómica sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.

 

            Una columna de humo ascendió rápidamente, su centro, mostraba un terrible color rojo, a su alrededor todo era una pura turbulencia, los incendios-decenas, cientos-, se multiplicaban por doquier, imposibles de controlar, imposibles de enumerar. El hongo, como una melaza imposible de controlar se alzaba hacía el cielo, tomando un tono violáceo muy extraño, la ciudad y las colinas desaparecían bajo el humo. Una media hora más tarde de la primera explosión, comenzó a ocurrir un efecto extraño, de pronto una lluvia negra empezó a caer sobre la zona, la lluvia venía llena de polvo, hollín, y particularizas radioactivas que arrasaron a su paso con todo lo que la primera explosión no pudo, contaminado para los siguientes siglos el agua y los campos.

 

            Por aquel entonces-cuando Estados Unidos intentó acabar con la Segunda Guerra Mundial matando a más de doscientas mil personas en menos de cinco minutos-, Sadako Sasaki, solo contaba con dos tiernos años, no sabía lo que era una guerra mundial, no sabía que la bomba que acababa de arrasar su tierra se llamaba Little Boy, y ni por asomo sabía que se componía básicamente de Uranio-235, un isótopo del Urano. Simplemente era una niña feliz y energética.     

 

            Curiosamente así siguió siendo, la bomba que sesgo la vida de la gente de su entorno o que sembró la enfermedad dentro de otros, incluso en miembros de su familia, parecía que había pasado por encima de ella sin tan siquiera rozarla. Sadako Sasaki prosiguió su vida, siguió creciendo, siguió siendo feliz y energética, como si nada. Hasta que unos cuantos años después de la catástrofe humanitaria, Sadako comenzó a sentirse rara, una rareza que su corta edad no era capaz de entender y mucho menos de asimilar, pero que se filtraba en su carácter y en su fisonomía. Su carácter dicharachero y bromista se fue tornando en apatía y tristeza, su tez se fue clareando cada vez más, hasta que un día sus familiares más cercanos decidieron llevarla a la consulta de un cercano doctor. La exploración del médico no pudo dar un diagnóstico más desesperanzador. Lo que en un primer momento pareció un milagro, librando a la niña japonesa del poder radiactivo de la bomba, se había reconvertido en la más cruel realidad.

 

            Sadako Sasaki, padecía leucemia en un grado muy avanzado, causada por la radiación de la bomba americana. Evidentemente, la niña fue ingresada de urgencia en el mismo hospital donde la habían detectado la enfermedad. Allí, entre los llantos y la desesperación de sus familiares, se coló la esperanza de otra niña, una de las mejores amigas de Sadako. Entró en la habitación de su amiga con algo entre las manos, y con parsimonia y seguridad se puso a la altura de la niña y colocó sobre su regazo lo que ocultaba en sus manos. Era una grulla de papel, su amiga le contó que en la cultura japonesa-su cultura-, se creía que las grullas llegaban a vivir mil años. Y que la leyenda contaba que si una persona enferma era capaz de hacer mil de esas grullas, los dioses le concederían un deseo, el deseo de curarse de sus dolencias.

 

            La historia de su pequeña  amiga, cubrió de esperanza a Sadako, que de forma inmediata y con el ímpetu de un joven que sale a la calle a comerse el mundo, Sadako Sasani se puso manos a la obra, realizando grullas de papel durante día y noche hasta que le vencía el sueño, mientras tanto su amiga le hacía compañía contándole nimiedades de su vida, o aumentando su conocimiento con otras leyendas. Pero entre historia y pajarita, llegó lo que tenía que llegar, y un día Sadako Sasani falleció, cuando tan solo había construido seiscientas de las mil grullas necesarias para que los dioses le concedieran su más preciado deseo.

 

            Pero la historia de Sadako se conoció ya en la época en la que transcurre esta historia, y muchos niños japoneses cercanos a ella se unieron tras su muerte para realizar las grullas que faltaban para las mil, lo hicieron a modo de homenaje para su amiga. Pero el homenaje no acabó allí, pues todos los niños y colegios de Japón llevaron en posteriores años una colecta, para hacer un gran homenaje a Sadako y a sus grullas. Finalmente consiguieron levantar con sus donativos y sus esperanzas una estatua. Esta escultura se colocó en medio del parque de la paz de la ciudad de Hiroshima, donde se recuerda a todos los muertos causados por el lanzamiento de la bomba. Allí los niños tienen un sitio especial, reservado para ellos y para sus sueños. Justo el mismo sitio donde se levanta la efigie de una niña sujetando una grulla entre sus manos.

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