miércoles, 23 de marzo de 2011

LA DIGNIDAD ANTE EL DESASTRE.


A todos nos suenan las imágenes, lo hemos visto cada minuto durante la última semana, y lo seguiremos viendo, durante bastante tiempo más. Todos, hemos visto la gran ola negra que arrasaba las localidades costeras de Japón, todos hemos visto el gran movimiento de la tierra, o como caían las placas de escayola de algunos edificios, y muchos hemos visto, con bastante preocupación-y seguimos viéndolo así-, las imágenes de la central nuclear de Fukushima. Contemplamos aún a diario, casi hora a hora la evolución de la central, y nos sobrecogemos, cada vez que los trabajadores que allí se encuentran, tienes que poner pies en polvorosa porque, a uno de los reactores le ha dado por dejar escapar humo, u otros elementos de toque radiactivo.
Pero, lo que hemos visto menos, por lo menos al principio, han sido las imágenes de los nipones. Cuando el maremágnum de imágenes, del agua arrasando ciudades, el fuego consumiendo las pertenencias de los desgraciados, que se vieron envueltos y abofeteados por la naturaleza, y de las continuas explosiones de la central nuclear. Las cámaras, de todos los medios de comunicación del mundo se han posado en ellos, ellos, son los tristes protagonistas de esta historia. Los japoneses, que sobrevivieron al terremoto y al tsunami, esos que aguantan colas interminables, sin mover una ceja, sin levantar la voz y sin caer en el pánico.
Los hemos visto, esperando largas colas, para conseguir algo de comida, para conseguir unos litros de gasolina para llenar los depósitos de sus coches-y salir de la zona-, o para las pequeñas garrafas naranja rojizo, con la que poder encender sus calefacciones-los que han podido conservar su casa-, y no morir de frío, pues la madre naturaleza, tras los desastres del terremoto y la alarma nuclear, los ha premiado con una copiosa y gélida nevada. Incluso, los hemos visto aguantando estoicamente, colas kilométricas para usar una cabina pública. Sin cambiar su rostro, puedo contar con los dedos de las manos, los japoneses que han aparecido en pantalla derramando lagrimas, a pesar de que muchos de ellos lo han perdido todo.
Ahora, les propongo un juego, o más bien un ejercicio de imaginación y suposición. Imagínense, que lo mismo que ha acontecido en tierras del Imperio del sol naciente, hubiese ocurrido en cualquier país de Europa. Ya no digo aquí, sino, en tierras de los cuadriculados alemanes, o en territorio de los educados y estirados ingleses. Ante la más mínima catástrofe natural, caeríamos en una circulo de miedo y pánico, acompañado por la necesidad de salir a la calle y saquear lo que más cercano nos quede, seguramente, en cuestión de horas, todos los centros comerciales, que comercializan con electrodomésticos y elementos de segunda o tercera necesidad, quedarían barridos. Lo que demuestra lo estúpido de la sociedad, pues esta muy bien que te hayas llevado una televisión de plasma, con HD y no se cuantas mandangas más, tres ordenadores de última generación y dos cafeteras futurístas, que anuncia cierto actor norteamericano, pero dime una cosa, donde piensas enchufarlas. Genio.
Supongo que más tarde, tras abastecer nuestro ego consumista-que de otra forma nuca podríamos haber conseguido-, nos daría por pensar, en que de algo hay que llenarse el estomago si el asunto va para largo, y nos lanzaríamos a acabar con todo lo que hubiera en restaurantes y supermercados. Más tarde, cuando el agua y los alimentos escaseasen y las hambrunas se generalizaran, aparecerían los militares enviados por al OTAN, y tras oír sus recomendaciones de esperar en una cola bien formada, nos lanzaríamos en avalancha contra los soldados y no solo les quitaríamos la comida y el agua, sino que le arrancaríamos un brazo a un casco azul si fuera necesario. Acaparando toda la comida y bebida posible, para poder, si se da el caso, venderlos al mejor postor. Así, y no de otra manera, reaccionaríamos ante una catástrofe como la sufrida en tierra japonesa.
Sinceramente, pensé, o pienso así. Pienso que el hombre es malo por naturaleza-como ya he dicho aquí alguna vez-, y al desaparecer la ley, que nos controla y nos mantiene dentro de una reserva social, donde nos enseñan a comportarnos y en la que nos castigan con el código penal, si sacamos los pies del tiesto, actuaríamos así, y no de otra manera. Nos convertiriamos en lobos, capaces de cualquier cosa por salir adelante, llegando a matar-lo hemos visto en otras catástrofes naturales-.
Pero, el pueblo japones me ha hecho tener o ver una luz al final del túnel, simplemente, porque el pueblo nipón, ha demostrado como comportarse ante una catástrofe de estas dimensiones, y en un país de las características de Japón. Allí, todos los miembros de la sociedad piensan en conjunto y en el conjunto. El individuo particular es secundario, y por eso sobrevivirán y saldrán adelante, porque en vez de lanzarse a acaparar y a devastar, se ponen manos a la obra, hombro con hombro, y son capaces de esperar horas y horas por su turno, tan solo por conseguir un bol de arroz. Porque tienen claro, que en un mundo como el nuestro, un individuo, no puede sobrevivir a la adversidad en singular.

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