miércoles, 27 de abril de 2011

EL CARNICERO DE FEZZAN.


Italia, a lo largo de la historia, ha llegado tarde y de segundona a todos los sitios, y a todas las citas importantes-salvo, a lo que historia del arte renacentista se refiere, por supuesto-. Evidentemente, la calidad y saber estar de sus representantes políticos no ayudó mucho, y eso, que allá por el año 1861-durante su unificación como país-, parecía que gobernaba el país gente con dos dedos de frente.
Eso ocurrió también, durante los primeros años del siglo pasado, tras la acelerada unificación, Italia quería un imperio, quería entrar en la historia del colonialismo. Y lo hizo, pero por la puerta de atrás. Llego tarde al reparto de África, y no pudieron posicionarse ante franceses e ingleses. Se interesó en la orilla norte del Mediterráneo, pero las partes más ricas ya tenían dueño. Cuando quisieron darse cuenta, solo quedaban “libres”, la zona Cirenaica y la Tripolitana. Es decir, un pedazo de desierto junto al mar, habitado de unos pocos beduinos, poco dispuestos a poner en bandeja de plata su territorio.
Un rival asequible, debieron de pensar los altos dignatarios italianos, además, la prensa de la época, imploraba por recuperar la Libia del emperador Diocleciano, y conseguir la cuarta costa para Italia. En fin, hacer el Mare Nostrum, más Nostrum si cabe. Tarea sencilla parecía, conquistar la tierra árida, pobre y despoblada, en manos de un decrepito Imperio Otomano. Pero a pesar de que el imperio, estaba camino de su desaparición, no se dejó arrodillar y tras meses de combates, el ejercito italiano se inventó el bombardeo aéreo, el subteniente Gavotti, lanzó a mano cuatro bombas desde su avión sobre un oasis de Taguira. Asunto, que años después, sería crucial en la aviación de la II guerra mundial.
Pero en 1922, todo cambio con el ascenso al gobierno de Italia de Benito Mussolini. El Duce, que hasta horas antes de conseguir su puesto, había criticado la agresión imperialista, ordenó, que se barriera totalmente el territorio Libio, y se hiciera fuerte allí su ejercito. Para ello, nadie mejor que el general Rodolfo Graziani, conocido como El Carnicero de Fezzan. El cual, dirigió con férrea mano, las matanzas civiles, los fusilamientos indiscriminados, la quema de pueblos, la violación de mujeres, los ataques con gases y las deportaciones de los habitantes de desierto a duros campos de concentración, donde la mayoría de ellos murieron.
De El Carnicero de Fezzan, se guardan varios manuscritos realizados durante la campaña africana, en uno de ellos, se puede leer lo siguiente. “Si los libios no se convencen(...)entonces los italianos deberán llevar una lucha continua contra ellos y podrán destruir a todo el pueblo libio para alcanzar la paz, la paz de los cementerios...”. Esta campaña, encabezada por el carnicero italiano, tenía como fin acabar con las incursiones de los milicianos libios, que salían del desierto, cortaban los avances de los invasores, y volvían rápidamente a esconderse en el desierto, sin que los militares italianos fueran capaces ni de decir negros ojos tienes.
El cabecilla de estos insurgentes, era un hombre bajo, de tez oscura y barba blanca, revestido siempre con ropajes amplios y ampulosos, que recibía el nombre de Omar al Mujtar, y que aparece encadenado, humillado y rodeado de altos cabecillas italianos, el mismo día, que la operación militar de El Carnicero de Fezzan, lo capturó, y llevó la “pacificación” a tierras libias, un septiembre de 1931, e incorporándolo a Italia como provincia en el año 39. Es curioso, lo que hizo Mussolini tras la detención del líder libio. Se presentó en Tripolitania y se hizo proclamar allí-junto a los supervivientes de su masacre-, “defensor del Islam”. Donde sus secuaces, le entregaron un sable beduino, que había sido forjado en Florencia.
Crecido con este esperpento en tierras africanas, Mussolini, se lanzó a aumentar sus colonias, a costa de sus vecinos, y cuando vio la oportunidad de hacerlo, se puso a rebufo de los de los chicos de Adolfo, y se lanzaron a la conquista del Egipto británico. Evidentemente, durante la II guerra mundial, los aliados contraatacaron y los italianos tuvieron que abandonar sus intenciones colonizadoras, y además dejar libia. Cosa que los libios no lloraron en absoluto.
Tras esto, Tripolitania cayó en manos de una Administración Británica, avalada por la ONU. Y, que consiguió su independencia en el año 1951, durante unos años, tuvieron una monarquía constitucional, que se hundió -con la llegada, tras un golpe de estado-, en manos de Gadafi en el año 1969, que se agarro al poder, tras tantos años de desequilibrio, creado cuando el gobierno italiano abrió la caja de Pandora.
Por cierto, ese Gadafi, que ahora se fotografía en Roma con su amigo Berlusconi, lo primero que hizo nada más alcanzar el primer puesto gobernativo de Libia, fue echar a los colonos italianos-unos 20.000-, y los que no estuvieron por la labor, fueron pasados a cuchillo. Pues lo dicho, de aquellos polvos vienen estos lodos.

miércoles, 20 de abril de 2011

LA JOVEN DEL SPRAY.


            Hace ya tiempo que las vengo observando, están en todas las ciudades, da igual el tamaño y el país, hay algunos lugares, como en Italia, que florecen como champiñones en época de lluvias. Son las declaraciones de amor, que decoran las paredes, las puertas, e incluso alguna sabana recién colgada y que queda cerca de la pasión de algún romántico. A lo largo de mis viajes, me las he encontrado en todo tipo de formato e idioma, incluso las he fotografiado-alguna hace tanto que me acompañan, que las guardo en negativos-, con la idea, de algún día hacer una exposición con ellas en alguna galería o en una cafetería.

           Recuerdo una de las primeras que fotografié, se podía leer desde la lejanía, las letras medían casi dos metros de alto, y estaba escrito en el centro de Caprarola: “Elena ti amo”. En el mirador de Santa Luzía de Lisboa, justo por donde cientos de turistas pasan a diario, montados en el  tranvía número 28, se encuentra una de las declaraciones más bellas, “Raquel estou apasionado por ti”. Incluso, en el centro de la ciudad que nunca duerme, hay lugar para las demostraciones de cariño, en medio de Manhattan, tan solo a unas calles del Empire State, se puede leer “Betty I love you”. Pero, no todas las declaraciones amorosas, tienen como destinataria a la amada, pues en Barcelona-por ejemplo-, se cambian las tornas, si pasas por el Poble Nou, allí, donde se levantaban las antiguas fábricas textiles de la burguesía catalana, podrás leer, “T´estimo molt Arnau”.

           Toda esta retahíla que les he contado, se me vino a la cabeza hace unos días, mientras paseaba por las calles de París. Acababa de tomar un café en un cinematográfico bar del barrio de Montmartre, y bajaba por Rue Lepic, hacía el Mouline Rouge. Iba pensando en  mis cosas-como siempre-, cuando mis sentidos se percataron de una joven chica, que subía la calle, y que se encontraba ya a mi altura. La joven, morena, bien parecida, vestía una camiseta verde y unos vaqueros, y en la mano agitaba furiosamente un bote de pintura en spray.

            Al ver este panorama, sinceramente me quede bastante sorprendido, pero continué con mi camino, como si nada. Hasta que en un momento dado, gire sobre mis talones, y vi que la chica seguía ascendiendo hacia la parte alta del barrio. De repente, me pico la curiosidad, y cambie la dirección de mi caminar, saliendo detrás de la chica del spray. Volví a recorrer el camino, que había descendido solo unos segundos antes, y me encamine hacia el final de la Rua Lepic, cuando se terminó la cuesta, la chica giró hacia la izquierda, dejando a un lado el antiguo Mouline de la Galette, donde a principios del siglo XIX, se daban cita los parisinos los días de asueto, y donde los Impresionistas, comenzaban a entrar en la historia del arte a golpe de luz. No podía remediarlo, cada vez me comía más la curiosidad, por saber a dónde se encaminaba la joven del spray.

           Tras andar unos metros más, llegamos a una blanca pared, que hacía recoveco con otra calle, justo en frente de una frutería. Me paré en la esquina, y me apoye en una señal de tráfico sobre mi hombro derecho, esperando el final  del asunto. La joven, apartó el tapón de plástico transparente, que cubría el dispositivo para pulverizar la pintura. Durante unos segundos más, siguió agitando el bote, y se acercó a la pared. En un primer momento, pensé, que iba a realizar una pintada más, otra cicatriz en la extensa ciudad. Pero pronto, la chica se apartó de la blanca pared, y se acercó a la parte más apartada de la calle, donde podían verse otras pintadas. Con la parsimonia de un cirujano, se situó delante de una frase manuscrita en negro.

            En dicha frase, se podía leer “Alice Je t´aime” (Alice te amo), rauda, comenzó a pulverizar el contenido del bote sobre la frase de amor, borrando la declaración por completo, ocultando bajo la negrura del spray, toda esperanza y mandando al infierno a su enamorado. Una mujer, que compraba en la frutería cercana, llamó su atención, y ella, contestó que la dejara en paz, que era su vida y hacía con ella lo que le salía del badajo.

             En ese momento, supe que estaba contemplando a la propia Alice, acabando con la relación y con todas las declaraciones, de buena-o no tan buena-, intención que su ex amado pueda tener. Lo cierto, es que en este caso, no pude llevar a cabo la fotografía de costumbre, para unirla a mi álbum de declaraciones amorosas, ya que cuando quise reaccionar, la pintada había dejado paso a un enorme borratajo indescifrable. Pero, no les quepa la menor duda, de que es una de las historias de amor y desamor, más interesante y graciosa que me he echado a la cara en mi vida.

            Cuando después de todo, reanude mi paseo, fui mirando a los lados, viendo  los pintores y  los cafés del barrio, y volví a pensar una vez más, que sí, que es cierto, que ésta ciudad, aún conserva un encanto y una magia especial, que hace que te encuentres con cosas que parecen sacadas de un guion cinematográfico, propio de Truffaut o de la Nouvella vague.