miércoles, 20 de abril de 2011

LA JOVEN DEL SPRAY.


            Hace ya tiempo que las vengo observando, están en todas las ciudades, da igual el tamaño y el país, hay algunos lugares, como en Italia, que florecen como champiñones en época de lluvias. Son las declaraciones de amor, que decoran las paredes, las puertas, e incluso alguna sabana recién colgada y que queda cerca de la pasión de algún romántico. A lo largo de mis viajes, me las he encontrado en todo tipo de formato e idioma, incluso las he fotografiado-alguna hace tanto que me acompañan, que las guardo en negativos-, con la idea, de algún día hacer una exposición con ellas en alguna galería o en una cafetería.

           Recuerdo una de las primeras que fotografié, se podía leer desde la lejanía, las letras medían casi dos metros de alto, y estaba escrito en el centro de Caprarola: “Elena ti amo”. En el mirador de Santa Luzía de Lisboa, justo por donde cientos de turistas pasan a diario, montados en el  tranvía número 28, se encuentra una de las declaraciones más bellas, “Raquel estou apasionado por ti”. Incluso, en el centro de la ciudad que nunca duerme, hay lugar para las demostraciones de cariño, en medio de Manhattan, tan solo a unas calles del Empire State, se puede leer “Betty I love you”. Pero, no todas las declaraciones amorosas, tienen como destinataria a la amada, pues en Barcelona-por ejemplo-, se cambian las tornas, si pasas por el Poble Nou, allí, donde se levantaban las antiguas fábricas textiles de la burguesía catalana, podrás leer, “T´estimo molt Arnau”.

           Toda esta retahíla que les he contado, se me vino a la cabeza hace unos días, mientras paseaba por las calles de París. Acababa de tomar un café en un cinematográfico bar del barrio de Montmartre, y bajaba por Rue Lepic, hacía el Mouline Rouge. Iba pensando en  mis cosas-como siempre-, cuando mis sentidos se percataron de una joven chica, que subía la calle, y que se encontraba ya a mi altura. La joven, morena, bien parecida, vestía una camiseta verde y unos vaqueros, y en la mano agitaba furiosamente un bote de pintura en spray.

            Al ver este panorama, sinceramente me quede bastante sorprendido, pero continué con mi camino, como si nada. Hasta que en un momento dado, gire sobre mis talones, y vi que la chica seguía ascendiendo hacia la parte alta del barrio. De repente, me pico la curiosidad, y cambie la dirección de mi caminar, saliendo detrás de la chica del spray. Volví a recorrer el camino, que había descendido solo unos segundos antes, y me encamine hacia el final de la Rua Lepic, cuando se terminó la cuesta, la chica giró hacia la izquierda, dejando a un lado el antiguo Mouline de la Galette, donde a principios del siglo XIX, se daban cita los parisinos los días de asueto, y donde los Impresionistas, comenzaban a entrar en la historia del arte a golpe de luz. No podía remediarlo, cada vez me comía más la curiosidad, por saber a dónde se encaminaba la joven del spray.

           Tras andar unos metros más, llegamos a una blanca pared, que hacía recoveco con otra calle, justo en frente de una frutería. Me paré en la esquina, y me apoye en una señal de tráfico sobre mi hombro derecho, esperando el final  del asunto. La joven, apartó el tapón de plástico transparente, que cubría el dispositivo para pulverizar la pintura. Durante unos segundos más, siguió agitando el bote, y se acercó a la pared. En un primer momento, pensé, que iba a realizar una pintada más, otra cicatriz en la extensa ciudad. Pero pronto, la chica se apartó de la blanca pared, y se acercó a la parte más apartada de la calle, donde podían verse otras pintadas. Con la parsimonia de un cirujano, se situó delante de una frase manuscrita en negro.

            En dicha frase, se podía leer “Alice Je t´aime” (Alice te amo), rauda, comenzó a pulverizar el contenido del bote sobre la frase de amor, borrando la declaración por completo, ocultando bajo la negrura del spray, toda esperanza y mandando al infierno a su enamorado. Una mujer, que compraba en la frutería cercana, llamó su atención, y ella, contestó que la dejara en paz, que era su vida y hacía con ella lo que le salía del badajo.

             En ese momento, supe que estaba contemplando a la propia Alice, acabando con la relación y con todas las declaraciones, de buena-o no tan buena-, intención que su ex amado pueda tener. Lo cierto, es que en este caso, no pude llevar a cabo la fotografía de costumbre, para unirla a mi álbum de declaraciones amorosas, ya que cuando quise reaccionar, la pintada había dejado paso a un enorme borratajo indescifrable. Pero, no les quepa la menor duda, de que es una de las historias de amor y desamor, más interesante y graciosa que me he echado a la cara en mi vida.

            Cuando después de todo, reanude mi paseo, fui mirando a los lados, viendo  los pintores y  los cafés del barrio, y volví a pensar una vez más, que sí, que es cierto, que ésta ciudad, aún conserva un encanto y una magia especial, que hace que te encuentres con cosas que parecen sacadas de un guion cinematográfico, propio de Truffaut o de la Nouvella vague.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario