miércoles, 18 de mayo de 2011

SOBRE REINOS Y PUÑALADAS.


Cuando Ruy Gómez de Silva- a la sazón príncipe de Éboli-, recomendó al rey Felipe el segundo, que un cántabro de Colindres, un tal Juan de Escobedo, fuera secretario del Consejo de Hacienda y años después-1569, en concreto- alcaide del castillo de San Felipe y de las casas reales de Santander. Ni tan siquiera lograba imaginarse, el fin de tales lances que acontecerían, trufados de incógnitas y traiciones, en medio de las calles de la capital del reino.
De resultas de esto, el nivel de popularidad del susodicho cántabro, fue aumentando, así como su poder e influencia. Fue así, como a la altura del año 1574, el mentado Juan de Escobedo, fue recomendado por el secretario del rey Felipe el segundo, para ser enviado a Flandes, donde el hermanastro del rey-Juan de Austria-, luchaba por mantener el orden. Supongo, que si les digo que el secretario real, se llamaba Antonio Pérez, tal vez no les diga nada. Pero sin duda eso cambiara, si les aclaro que fue el amante de la princesa de Éboli.
El caso, es que el ya mencionado Antonio Pérez, consiguió-apoyado o no por el rey, eso nunca lo sabremos-, que Juan de Escobedo llegára a tierras flamencas, para llevar a cabo su nuevo empleo, que en fin, consistía en ser el secretario personal de Juan de Austria. En primera instancia-y por eso personalmente no descarto el apoyo del rey-, su papel era de topo, de agente doble. Es decir, vigilar de cerca la labor, los contactos y los ideales de Juan de Austria, y así, además de controlarlo, poder manipularlo, y si se daba el caso, hundirlo y hacerle caer en desgracia, humillándolo públicamente, y si fuera menester, que cayéra en manos de cierto fraile dominico, y de sus secuaces, aficionados a los autos de fe.
Pero como suele ocurrir a menudo en estos casos, el marrano les salió mal capado. Pues Juan de Escobedo, no solo no llevó a cabo su labor de soplón del reino, sino que fascinado por la labor y la fuerza de Juan de Austria, se convirtió, no solo en su seguidor, sino que además fue el más fiel defensor del gobernador de los Países Bajos.
Evidentemente, eran otros tiempos, y esa unión y defensa, había que demostrarlo con honor, no solo con palabra. Eso no se hizo esperar, y el secretario personal del gobernador de los Países Bajos, que además como buen cántabro no tenía ni un pelo de tonto, rápidamente se percató de que el rey de las Españas y su “amigo”, el promiscuo asaltante de anaqueles de alta alcurnia, lo habían usado como infiltrado. Evidentemente, lo falto tiempo, para dar la vuelta a la tortilla y aprovechar su estancia en territorio conflictivo, para sacar provecho propio y para su jefe.
A la vez, que el gobernador Juan de Austria se dejaba los cuernos luchando contra los rebeldes de Flandes, intentando hacerse con el territorio para España, y tranquilizar el ambiente. El rey de las Españas, Felipe el segundo, iba aumentando su temor, a que su hermanastro Juan de Austria creara su propio estado separado de la corona española. Y por si fuera poco, el otro vértice del triangulo, Juan de Escobedo, fue recolectando información suficiente para poder acusar a Antonio Pérez y a su amante, la princesa de Éboli, de llevar a cabo negocios y apoyos con los rebeldes flamencos, y de pasó, sacar a la luz los escarcéos amorosos de ambos.
Fue entonces, cuando Juan de Escobedo, viendo que tenía cogido al judío por el cimbrel, y buscándose grajearse el favor de un rey, al que el aún creía preocupado del asunto de los tercios. Se vió con las fuerzas suficientes para amenazar al secretario real, con confabular contra él y acusarlo ante el rey y la inquisición, por máxima traición. Aunque, lo dejó una puerta abierta, si tanto él, como “su” princesa, dejaban sus trapicheos y apoyaban la empresa de su idolatrado Juan de Austria, el permanecería callado de por vida. Finalmente, así fue, como el hermanastro del rey, consiguió salvar los muebles del frente flamenco.
Cuando el ambiente se calmó, por aquellas tierras del norte. Juan de Austria, crecido por la victoria, pidió en una misiva a su hermanastro, que les permitieran tanto a él, como a su secretario personal volver a tierras madrileñas, y hacerse cargo de la política del monarca. Decían las malas lenguas, sobre todo las de los mentideros de la capital, que fue Antonio Pérez, el que convenció a su majestad de lo apropia de la venida.
La sorpresa mayor, llegó la tarde noche de un 31 de marzo, coincidiendo con la noche del lunes de pascua de 1578. Apenas a unas manzanas de la plaza Mayor de Madrid, exactamente a su paso por la calle de la Almudena, allí donde antiguamente se levantaba la iglesia de la patrona de Madrid, donde hoy se pueden contemplar apenas unas ruinas. Donde a su paso, el secretario personal del gobernador de los Países Bajos y hermanastro del rey de España. Juan de Escobedo, fue asaltado por varios hombres, cubiertos con capas y tocados con sombreros de ala ancha, hiriéndolo de muerte, marcando su cuerpo con numerosas puñaladas, picándole el billete y dejándolo listo de papeles en aquel mismo momento.
La historia ha hablado de complot, de venganzas y de otras muchas cosas, aunque a casi nadie le pasa por alto, que el cántabro, con los atributos en su sitio, puso en su lugar a las cabezas más sobresalientes del reino, desde el amante pueril y desconfiado de la princesa de Éboli, hasta el rey de las Españas, el rey de la mayor parte del mapa geopolítico del momento.

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